“Nada puede apagar la presencia de Jesús.”
En la noche de Navidad, cuando todo se llena de alegría por el nacimiento de Jesús, también resuenan las voces de quienes han celebrado este misterio en medio de la oscuridad y el dolor. La luz del Niño Dios no se apaga en las cárceles ni se oculta entre cadenas: allí, donde todo parece sufrimiento, Él mismo se hace presente como consuelo y esperanza.
Uno de estos testigos fue el sacerdote albanés Anton Luli, que pasó más de cuarenta años en prisión por su fidelidad a Cristo. En su celda descubrió que el Señor estaba junto a él, transformando su dolor en consuelo. Su historia nos recuerda que el misterio de la Navidad brilla con más fuerza precisamente donde la fragilidad humana parece vencida, y que la verdadera alegría nace de la certeza de que Cristo nunca abandona a los suyos.
El jesuita Anton Luli fue arrestado en 1947 y pasó 42 años entre cárceles y trabajos forzados. Muchos de sus compañeros fueron mártires; él no derramó su sangre, pero padeció profundos tormentos físicos y morales por su fidelidad a Cristo y a la Iglesia. Durante el Jubileo Sacerdotal de San Juan Pablo II en 1996 narró su experiencia ante el Papa y los sacerdotes presentes. Murió en Roma en 1998, a los 88 años, dejando un testimonio luminoso de fe y perseverancia.
Fragmentos de su testimonio
“El 19 de diciembre de 1947 me arrestaron con la acusación de agitación y propaganda contra el gobierno. Viví diecisiete años de cárcel estricta y muchos otros de trabajos forzados. Mi primera prisión, en aquel gélido mes de diciembre en una pequeña aldea de las montañas de Escútari, fue un cuarto de baño.
Allí permanecí nueve meses, acurrucado sobre excrementos endurecidos y sin poder enderezarme completamente por la estrechez del lugar. La noche de Navidad de ese año —¿cómo podría olvidarla? — me sacaron de allí y me llevaron a otro cuarto de baño en el segundo piso de la prisión. Me obligaron a desvestirme y me colgaron con una cuerda bajo las axilas. Estaba desnudo y apenas podía tocar el suelo con la punta de los pies. Sentía que mi cuerpo desfallecía lenta e inexorablemente. El frío me subía poco a poco por el cuerpo y, cuando llegó al pecho y estaba a punto de parárseme el corazón, lancé un grito de agonía. Acudieron mis verdugos, me bajaron y me llenaron de puntapiés. Esa noche, en ese lugar y en la soledad de aquel primer suplicio, viví el sentido verdadero de la Encarnación y de la cruz.
Pero en esos sufrimientos tuve a mi lado y dentro de mí la consoladora presencia del Señor Jesús, sumo y eterno sacerdote, a veces incluso con una ayuda que no puedo menos de definir “extraordinaria”, pues era muy grande la alegría y el consuelo que me comunicaba.
Prácticamente he conocido la libertad a los 80 años, cuando en 1989 pude celebrar la primera Misa en libertad. Hoy, recorriendo con mi pensamiento mi propia existencia, me doy cuenta de que ha sido un milagro de la gracia de Dios. Me sorprendo de haber podido soportar tanto sufrimiento con una fuerza que no era la mía, conservando una serenidad que solo podía venir del corazón de Dios.
Nunca he guardado rencor hacia los que, humanamente hablando, me robaron la vida. Después de la liberación, me encontré por casualidad en la calle con uno de mis verdugos: sentí compasión por él, fui a su encuentro y lo abracé.”
Anton Luli recuerda su primera Navidad en prisión: colgado y torturado, allí descubrió “el sentido verdadero de la Encarnación y de la cruz”. La fuerza de Dios se perfecciona en la debilidad (2 Cor 12,10). La cruz de Cristo “transignifica” los criterios del mundo: en su silencio elocuentísimo revela que la realidad es distinta de lo que aparece. La cruz cambia el significado de las cosas, les da otra finalidad, las transfinaliza.
Así como Cristo nace en un establo, Anton Luli experimenta la Navidad en la oscuridad de la celda, acompañado por la presencia consoladora de Jesús, como José y María en la soledad de una cueva de animales.
Cristo sigue naciendo en los lugares donde parece que no hay espacio para Él: en la pobreza, en la persecución, en la vida cotidiana marcada por la dificultad. El único impedimento para que nazca en nuestro corazón es el pecado, pero su amor siempre busca abrirse paso.
El testimonio del padre Anton Luli nos recuerda que Dios se encuentra donde menos lo esperamos: en la cárcel, en el dolor, en la fragilidad. Y también en nuestras propias pruebas de cada día.
La Navidad nos invita a descubrir que la verdadera esperanza no depende de las circunstancias externas, sino de la certeza de que nada puede separarnos del amor de Cristo.
Como decía san Pablo, repetido por Anton Luli: “Los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura” (Rom 8,18).



Comentarios 1
Relatos como este llenan de esperanza mi corazón y me dan nuevas energías para continuar aún en las dificultades o más bien principalmente en las dificultades gracias por este hermoso relato