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Por la vida religiosa se quiere morir al mundo
quitando, por la profesión de los votos hasta donde es posible,
la raíz de las concupiscen­cias del hombre.

(Directorio de Vida Consagrada nº 197)

 

El Maestro de la fe tenía una afinidad singular con el Apóstol de las gentes. Lo llama “siervo” de Cristo (CB 1, 7); lo nombra “mi apóstol” por antonomasia (2S 22, 6); lo presenta “fuerte en el espíritu” (2S 24, 3), como tipo perfecto de cristiano (CB 1, 14; 12, 7; 22, 6), y llega a yuxtaponerlo en sus pruebas a la misma Virgen María (CB 20-21, 10). No se limita a repetir sus palabras. Penetra sus “penas” íntimas (2S 18, 8), sus “deseos” (C 11, 9), sus “sentimientos” (LlB 2, 14) y sus “gemidos” (C 1, 14) cuando escribe a las iglesias. Sabe también —y esto le impresiona— que el Apóstol ha recibido la revelación directamente de Dios, y que, no obstante, la contrasta con la tradición apostólica. De ahí aquella exclamación admirativa: “¡Cosa, pues, notable parece, Pablo!” (2S 22, 12). El Doctor místico ve en Pablo no sólo al teólogo, sino al hombre herido por la luz. Y quizá por eso lo comprende tan bien.

Pero nos estábamos deteniendo en esta relación, rica y llena de implicancias, cuando la intención era otra. Volvamos, pues, al punto que traíamos entre manos.

Escribe San Pablo en la carta a los Gálatas, de modo contundente: “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo (Gál 6,14).

San Pablo habla como quien ha muerto ya. No dijo que el mundo le es indiferente, ni que le cuesta menos. Dijo que está muerto para él. Y que él también lo está para el mundo. Doble crucifixión. Así se vive en Cristo.

Nosotros, en cambio, andamos a medio morir. Al pecado lo anestesiamos en vez de extirparlo, o le negociamos tregua en vez de declararle guerra, y hasta le pedimos que se acomode… en vez de echarlo a patadas. A las tentaciones le damos charla como quien discute el precio de un objeto que ya decidió comprar. Vivimos medio muertos: al mundo, a nuestras pasiones, a los gustos, pero nunca terminamos de morir. Y por eso tampoco terminamos de vivir para Dios. Y tal vez por eso andamos muchas veces sin ganas. Medio apagados. Con una tristeza que no sabemos bien de dónde viene. Se nos enfría el celo apostólico. Rezamos… pero arrastrando los pies. Trabajamos… pero sin alma.

Nuestro Santo en la Llama de amor viva (LlB 3,27), se pregunta por qué hay tan pocos que lleguen a la unión perfecta con Dios, y responde con precisión: “No es porque Dios quiera que haya pocos de estos espíritus levantados (…), sino que halla pocos vasos que sufran tan alta y subida obra; que, como los prueba en lo menos y los halla flacos, de suerte que luego huyen de la labor, no queriendo sujetarse al menor desconsuelo y mortificación (…), no dan lugar a Dios para recibir lo que le piden cuando se lo comienza a dar.”

O sea: le rezan por la santidad, pero cuando Dios les da el bisturí para empezar la cirugía… salen corriendo. No quieren pasar por la purificación. Rechazan el primer peldaño de la escalera, y después se quejan de no ver el cielo. Es una de las imágenes más potentes de la mística sanjuanista: Dios quiere hacer vasos fuertes, pero la arcilla huye del torno. Y sin fuego no hay vasija.

San Juan Crisóstomo —ese titán de la Palabra entre los Padres griegos— comenta con fuerza este mismo versículo paulino. En su tratado Sobre la verdadera compunción, explica: “Así era el bienaventurado Pablo, que residiendo en medio de las ciudades se apartó tanto de las cosas presentes cuanto nosotros nos alejamos de los cadáveres de los muertos (…). No dijo solamente: el mundo está crucificado para mí, y se calló, sino que reveló también otra cosa, diciendo: como yo lo estoy para el mundo. (…) No sólo se aleja de las cosas como los vivos de los muertos, sino como los muertos de los muertos. Porque el vivo aún puede admirar o llorar al difunto. El muerto no.”

Es decir: No se trata simplemente de tener el mundo lejos, ni de despreciarlo desde cierta altura espiritual: se trata de haberlo dejado morir dentro de uno. De ya no escucharlo, ni sentirlo, ni desearlo. Como un alma que vive ya en otra patria. Hay que enterrarlo. Y no como quien guarda un recuerdo piadoso, sino como quien cierra una tumba con decisión… y no vuelve. Ahí empieza la libertad del Evangelio. Ahí empieza la verdadera vida interior.

Pero nosotros, mientras tanto, seguimos contemplando el cadáver del mundo con nostalgia. Nos da pena dejarlo. Nos cuesta soltarlo. Todavía nos conmueve su música, sus noticias, su lenguaje, sus modos. Todavía lo lloramos. Y por eso, aunque recemos y comulguemos, seguimos siendo vasos inútiles. Porque no queremos dejarnos moldear.

Hay que decidirse. Y no una vez, sino cada día. Decidirse por morir a todo lo que no es Dios. No porque seamos fuertes. Sino porque Él quiere hacer su obra en nosotros. Y si nos encuentra fieles en lo pequeño —en el dolor sin queja, en la renuncia sin cuartel, en la soledad de la incomprensión—, entonces nos irá llevando. Pero si nos sigue encontrando frágiles, pusilánimes y blandos, nos dejará a medio hacer… como quien interrumpe una obra porque la piedra no se deja labrar.

Ése es el muerto que falta.

El que no se termina de entregar. El que se deja seducir aún por lo que ya debería estar enterrado. Y mientras ese muerto no aparezca, Cristo no tendrá su trono en el alma.

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