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“…hay que trabajar contra la habitual disipación, la falta de mortificación y los afectos desordenados”.
 (Dir. Espiritualidad nº 14)

 

Muchas veces —quizá en los días de retiro, preparando una dirección espiritual, o simplemente en la oración silenciosa— nos asalta una pregunta desconcertante: ¿cómo puede ser que no cambie?, ¿por qué no logro crecer en esta virtud, cumplir aquel propósito, vencer esta actitud que tanto me pesa?

No es que no lo vea. Veo su fealdad, o al contrario, la belleza del bien al que Dios me llama. Y, sin embargo, pasa el tiempo… y sigo igual.

Y aquí aparece una primera sorpresa del Doctor místico: el problema no son los muchos problemas ni las tentaciones. De hecho, hacia el final de su vida escribía a una dirigida espiritual (22 de agosto de 1591): «Dios nos dé recta intención en todas las cosas y no admitir pecado a sabiendas, que, siendo así, aunque la batería sea grande y de muchas maneras, segura irá, y todo se volverá en corona».

Es decir: la lucha no impide el progreso; puede incluso acelerarlo. Las dificultades no detienen al alma cuando el corazón permanece recto delante de Dios.

Tampoco —y esto desconcierta más— la causa está en la falta de propósitos, de ejercicios de piedad o de obras buenas. Muchos multiplican prácticas espirituales esperando que allí esté el secreto del crecimiento. Pero San Juan de la Cruz advierte que todo eso es como sembrar semillas: buenas, necesarias, incluso santas… aunque inútiles si antes no se ha trabajado la tierra.

Porque el alma es un campo. Y si la tierra no se ara, si no se arrancan los yuyos, la semilla no fructifica; y si algo llega a brotar, se seca en un santiamén. Arar la tierra del alma —dice el Santo— es mortificar los apetitos, arrancar esos gustos desordenados que ocupan el corazón.

Por eso escribe: «Por lo cual es harto de llorar la ignorancia de algunos, que se cargan de extraordinarias penitencias y de otros muchos voluntarios ejercicios, y piensan que les bastará eso y esotro para venir a la unión de la Sabiduría divina, si con diligencia ellos no procuran negar sus apetitos. Los cuales, si tuviesen cuidado de poner la mitad de aquel trabajo en esto, aprovecharían más en un mes que por todos los demás ejercicios en muchos años. Porque, así como es necesaria a la tierra la labor para que lleve fruto, y sin labor no le lleva, sino malas hierbas, así es necesaria la mortificación de los apetitos para que haya provecho en el alma; sin la cual —oso decir— para ir adelante en perfección y noticia de Dios y de sí mismo, nunca le aprovecha más cuanto hiciere que aprovecha la simiente echada en la tierra no rompida».

Aquí comienza a aclararse la respuesta. El obstáculo no está fuera, sino dentro. No en la falta de luz, ni en la escasez de medios espirituales, sino en algo más silencioso: el corazón no termina de soltarse.

Porque una cosa es querer el bien en general, y otra aceptar el despojo concreto que ese bien exige. Queremos la paz, pero sin renunciar a ciertos apoyos; la unión con Dios, pero conservando algunos gustos; la libertad interior, pero sin perder aquello que todavía nos sostiene.

El alma queda entonces dividida. Mira hacia Dios, pero permanece apoyada en sí misma. Y mientras esa adhesión secreta subsiste, el tiempo pasa sin verdadero progreso: cambian los propósitos, se multiplican los ejercicios, pero la raíz permanece intacta.

San Juan de la Cruz describe muy bien esta situación. El problema no suele estar en la falta de gracia ni en la debilidad humana, sino en esos pequeños asimientos que el alma no quiere soltar del todo, aunque ya sabe que la detienen. Estos asimientos casi nunca son grandes faltas visibles. Más bien suelen ser cosas pequeñas, ordinarias, incluso buenas en sí mismas, pero a las que el corazón se aferra sin advertirlo. Por ejemplo: la necesidad de tener siempre razón o de que se reconozca el propio juicio; el apego a la propia manera de hacer las cosas; la dificultad para aceptar correcciones o cambios no elegidos; el deseo secreto de aprobación, estima o gratitud; cierta dependencia del consuelo sensible en la oración; el rechazo interior ante una humillación pequeña o una contradicción cotidiana; la resistencia a perder tiempo, comodidad o gustos personales; la necesidad de comprenderlo todo antes de obedecer; el aferrarse a recuerdos, heridas o injusticias sufridas; la inclinación a hablar de lo que mortifica para obtener alivio humano; la búsqueda constante de pequeñas compensaciones interiores, etc.

Por eso, en el capítulo 10 del primer libro de la Subida al Monte Carmelo, da una respuesta tan simple como profunda: la voluntad está repartida.

Si el apetito de la voluntad se derrama en otra cosa fuera de la virtud, ha de quedar más flaco para la virtud. Y así, el alma que tiene la voluntad repartida en menudencias es como el agua que, teniendo por donde se derramar hacia abajo, no crece para arriba” (1S, 10, 1).

No es que falte deseo del bien; es que las fuerzas del alma se escurren. Se van en cosas pequeñas, en gustos, en preocupaciones, en afectos no ordenados, en apoyos que parecen inofensivos pero que absorben energía interior. Como el agua que se pierde por las grietas, el alma ya no tiene presión para subir.

San Juan de la Cruz lo dice sin vueltas: el problema no está en la dificultad de la virtud, sino en los apetitos y aficiones no puras en Dios. No necesariamente pecados graves, sino querencias mezcladas, amores secundarios, pequeñas dependencias que dividen el corazón. El alma quiere a Dios, sí, pero no lo quiere solo.

Por eso describe con crudeza el estado en que dejan los apetitos: “Es gran lástima considerar cuál tienen a la pobre alma los apetitos que viven en ella: cuán desgraciada para consigo misma, cuán seca para los prójimos y cuán pesada y perezosa para las cosas de Dios”.

Aquí el santo toca algo muy actual: el agotamiento interior. Desde el capítulo 6 viene insistiendo en el cansancio psíquico y espiritual que producen los apetitos. No dan descanso; prometen alivio y dejan fatiga. El alma se vuelve pesada para el bien, como un enfermo que no tiene fuerzas ni para caminar ni para comer. No porque el camino sea imposible, sino porque algo la debilita desde dentro.

Y entonces aparece la frase que explica tantas estancadas espirituales: “Ordinariamente, la causa por que muchas almas no tienen diligencia y gana de cobrar virtud es porque tienen apetitos y aficiones no puras en Dios”.

No es falta de método, ni de propósitos, ni siquiera de buena voluntad. Es falta de unificación del querer. El corazón dividido no corre; se arrastra.

Nuestro Santo  contrapone este estado a otro muy distinto, casi luminoso: el del alma enamorada de veras. “El alma enamorada no cansa ni se cansa” (D 96).

Donde hay amor puro, hay energía; donde hay amor mezclado, hay cansancio. La diligencia espiritual no se fabrica a fuerza de voluntarismo; nace cuando el alma se despoja de lo que no es Dios. Entonces la virtud deja de ser pesada y empieza a ser connatural. El alma avanza no porque se obligue, sino porque ya no tiene peso que la frene.

Tal vez la pregunta correcta no sea: ¿por qué no avanzo? Sino esta, más sanjuanista y más verdadera: ¿en qué se me está yendo el corazón? Ahí, casi siempre, está la respuesta.

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