Bendice, alma mía al Señor, y no olvides sus beneficios…

“Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre.

Bendice, alma mía, al Señor, no olvides sus beneficios” (Sal 103)

¿Cómo no agradecer todas las actividades de verano? ¿Cómo no agradecer todas las gracias que inmerecidamente recibimos en este tiempo de misión? “Todo es gracia”, decía santa Teresita.

Por gracia de Dios, durante este verano pudimos tener muchas actividades en nuestra parroquia san Juan Bautista: jornadas de jóvenes, campamentos de niños y de jóvenes, ejercicios espirituales, el viaje de algunos jóvenes a Rusia para el encuentro de las “Voces del Verbo”, visitas a otras parroquias de Uzbekistán y la excelente convivencia con los sacerdotes de la querida Congre.

En estas tierras de misión, es muy hermoso ver cómo la Iglesia crece, cuántos se acercan a Dios y a la fe católica, cuántos reciben por primera vez los sacramentos, el escapulario de la Virgen del Carmen, y tantas otras cosas. Uno ve y comprueba que Dios es Padre, y que nunca se deja ganar en generosidad, como siempre hemos escuchado. Uno comprueba también, y lo ve, que todo tiene que nacer del amor de Cristo, de la fuerza cristocéntrica, como leemos en el evangelio de san Juan: “sin Mí nada podéis hacer” (Jn 15,5). Es otro orden, es lo sobrenatural, porque con las solas fuerzas humanas no basta. Todo nace de Jesús, para así “prolongar la encarnación del Verbo en todo hombre, en todo el hombre y en todas las manifestaciones del hombre” (Constituciones nro. 5), para que el mundo crea que Cristo es el Señor.

Con la gracia de Cristo y bajo la protección maternal de María Santísima, Nuestra Soberana, uno puede lanzarse a misionar. Como nos mandó Jesús: “Id y haced discípulos a todas las naciones bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”(Mt 28,19). Como magníficamente el poeta José María Pemán pone en labios de san Francisco Javier en el Divino Impaciente: “¿Por qué hacer del Finis terrae nombre de magia que cierre la senda a toda intención? Hombre es de corta ambición el que sus ansias encierre en palabra tan ruin… ¡Mientras exista un confín de tierra, sin adorar al que nos vino a salvar, la tierra no tiene fin!”.

Con ese espíritu liberal, generoso y magnánimo de entregar la vida, como nos enseña san Ignacio en los Ejercicios espirituales, uno se lanza a la misión, pero tendiendo presente la enseñanza de Cristo de la parábola del tesoro escondido, por lo cual, uno vende todo, compra el campo en donde está el tesoro, y cuida con su vida ese tesoro que es la gracia, la vocación, la palabra de Dios, la fe, Cristo mismo.

Seguía diciendo Pemán, pero esta vez por boca de san Ignacio, en la despedida de san Francisco Javier para las Indias: “Yo te bendigo, Javier: que Dios bendiga tus hechos. A grandes empresas vas y no hay peligro más cierto que éste de que, arrebatado por el afán del suceso, se te derrame por fuera lo que debes guardar dentro”. Por eso, agradecemos a María Santísima todos los bienes que Dios nos da en este tiempo por medio de sus benditas y santísimas manos. San Luis María Grignon de Montfort, en su breve libro El secreto de María, cita a san Bernardino de Siena, que afirma: “Ella (María) ha recibido de Dios el poder de repartir a quien quiere, como quiere y cuando quiere y cuanto quiere las gracias del Padre, las virtudes del Hijo y los dones del Espíritu Santo”.

Por eso, a Nuestra Madre Celestial nos confiamos una vez más, y agradecemos todos los bienes que Dios nos da por medio de su protección maternal.

Padre Agustín Bernardo Giacinti, IVE

Samarcanda, 28 de agosto de 2026

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