Saber que Jesús es verdadero Dios
nos debe mover a practicar las virtudes de la trascendencia:
fe, esperanza y caridad; a dar importancia insustituible a la vida de oración
y a la necesidad de las purificaciones activas y pasivas del sentido y del espíritu.
(Constituciones n. 40)
¿Para qué sirve un ejemplo?
La respuesta más inmediata es: para imitarlo. Vemos cómo otro se comportó y aprendemos algo para nuestra propia vida. Un ejemplo también consuela: saber que alguien pasó antes por donde nosotros pasamos hace que el camino parezca un poco menos solitario. Y sirve, además, para algo especialmente importante cuando hablamos de la vida espiritual: hacer visible una realidad que de suyo no se ve. Hay cosas del alma difíciles de explicar hasta que encontramos a alguien que las ha vivido.
El ejemplo supremo, evidentemente, es Cristo. En Él encontramos la medida de toda virtud y el modelo acabado de toda santidad. Pero precisamente porque los santos participan de su vida, nos acercan también al misterio de Cristo y nos muestran maneras concretas de vivirlo. Cada santo parece tomar un rayo de esa única luz y hacerlo pasar por su propia historia.
Algo semejante sucede con los Justos de la Sagrada Escritura, aunque aquí se da, en cierto modo, el movimiento contrario. Ellos fueron puestos por Dios como figuras de Cristo, como anticipaciones de aquel que había de venir. Por eso, cuando después de Cristo volvemos a mirar a estos Justos, podemos descubrir en sus historias una luz nueva: no sólo nos hablan de ellos mismos, sino que nos ayudan a comprender mejor el misterio de Cristo y, unidos a Él, los caminos por los que Dios obra en nosotros.
San Juan de la Cruz encuentra en Job una de las figuras más completas de aquello que él llama la purificación pasiva. Jonás le sirve. Jeremías también. Los salmos de David aparecen continuamente cuando necesita poner palabras a la noche. Pero Job tiene algo especial: recorre casi todo el camino.
Pierde sus bienes, queda desnudo, enfermo, abandonado por los amigos, incapaz de comprender lo que Dios está haciendo con él. Y después viene todavía una prueba más dura: la del alma que busca a Dios y parece no encontrarlo; que recuerda la prosperidad pasada y no entiende la miseria presente; que pregunta, gime, protesta y llega casi al límite de sus fuerzas.
Por eso Job le sirve a san Juan de la Cruz como ejemplo, como mapa de las noches. En él van apareciendo, una tras otra, muchas de las notas con que el Santo describe las purificaciones pasivas.
La primera es quizá la más desconcertante: Dios purifica sin explicar de antemano lo que está haciendo. La noche es obra suya, pero quien la atraviesa no alcanza a comprender, mientras sucede, el sentido de aquella acción. Lo que objetivamente es purificación puede sentirse como abandono; lo que es una comunicación más alta de Dios se experimenta como oscuridad; aquello que finalmente conducirá a una unión más profunda puede parecer, durante un tiempo, desmoronamiento.
Eso es precisamente lo que vemos en Job.
San Juan de la Cruz explica que uno de los frutos de la noche es «el conocimiento de sí y de la propia miseria» (1N 12, 2), que enseña al alma a tratar a Dios con más «comedimiento y cortesía» …lo cual en la prosperidad de su gusto y consuelo no hacía; porque aquel sabor gustoso que sentía, hacía ser al apetito acerca de Dios algo más atrevido de lo que bastaba y descortés y mal mirado (1N 12, 3). Y para mostrarlo vuelve justamente a Job. Dios no le descubrió sus grandezas «en el tiempo de la prosperidad», sino después de haberlo probado, teniéndolo «desnudo en el muladar, desamparado y aun perseguido de sus amigos, lleno de angustia y amargura, y sembrado de gusanos el suelo». Y añade nuestro Santo algo impresionante: entonces se dignó Dios «hablar allí cara a cara con él» (1N 12, 3).
La escena dice mucho. Nosotros hubiéramos esperado el encuentro con Dios antes del muladar. San Juan de la Cruz lo coloca allí. No cuando Job tiene todo bajo control, sino cuando ya no le queda casi nada en qué apoyarse. Una de las leyes más difíciles de la noche parece ser ésta: Dios puede estar haciendo su obra más profunda precisamente cuando nosotros menos conseguimos reconocerla.
A esta oscuridad se añade otro matiz: los caminos de Dios resultan indescifrables para quien los está recorriendo. San Juan de la Cruz recoge aquella pregunta del libro de Job: «¿Por ventura, has tú conocido las sendas de las nubes grandes o las perfectas ciencias?» (Jb 37, 16; 2N 17, 8).
Las sendas de las nubes. Es una imagen magnífica para la vida espiritual. Hay caminos de Dios que solamente se pueden recorrer dentro de una nube. No vemos de dónde vienen ni hacia dónde van. Quisiéramos que Dios nos explicara primero y nos pidiera después el abandono. Con frecuencia hace lo contrario: pide que nos abandonemos y sólo mucho más tarde nos deja comprender algo.
Pero la noche no consiste únicamente en no entender. Puede llegar hasta algo mucho más doloroso: sentirse abandonado por Dios.
San Juan de la Cruz vuelve entonces a Job y recuerda sus palabras: «Si viniere a mí no le veré, y si se fuere no le entenderé» (Jb 9, 11; CB 1, 3). No es posible medir la cercanía de Dios por lo que sentimos. La consolación sensible no demuestra por sí misma su presencia, ni la sequedad demuestra su ausencia. Sin embargo, cuando el alma entra en determinadas purificaciones, esta verdad deja de ser una afirmación fácil de repetir y se convierte en una experiencia dolorosa.
Entonces padece «desamparo y suma pobreza» y no encuentra «ni un pensamiento que la consuele, ni aun poder levantar el corazón a Dios» (2N 5, 6-7). En Job esa experiencia adquiere palabras. Y no siempre son palabras dulces. Llega a decirle a Dios: «Mudádoteme has en cruel» (Jb 30, 21; Ll 1, 20).
San Juan de la Cruz enseña que otra de las notas de la noche consiste precisamente en que la acción amorosa de Dios puede sentirse como dureza. Cuando la viva llama de la contemplación está todavía purificando al alma, puede experimentarse no como blanda y suave, sino como áspera y penosa. Dios parece tratar con mano «dura y rigurosa, tocándole ásperamente» (Ll 2, 16). El alma llega incluso a sentir que Dios está contra ella. Por eso Job pregunta: «¿Por qué me has puesto contrario a ti, y soy grave y pesado para mí mismo?» (Jb 7, 20).
San Juan de la Cruz dice que sentir «estar Dios contra ella y que ella está hecha contraria a Dios» es uno de los mayores tormentos de la noche (2N 5, 5). Y, sin embargo, Job sigue delante de Dios. Protesta, pregunta, gime. Pero protesta delante de Él. Su dolor no lo saca de la relación con Dios. Incluso cuando lo acusa, continúa hablándole. Ahí se descubre algo precioso: la fe puede permanecer incluso cuando la experiencia sensible parece decir exactamente lo contrario.
A la oscuridad interior se suma muchas veces otra prueba: la incomprensión de los demás.
Quien atraviesa ciertas noches descubre que muchas explicaciones que antes servían ya no consuelan. Incluso buenos amigos pueden convertirse, sin quererlo, en una carga más. Eso es exactamente lo que le sucede a Job. Por eso exclama: «Compadeceos de mí, a lo menos vosotros mis amigos, porque me ha tocado la mano del Señor» (Jb 19, 21; 2N 5, 7).
San Juan de la Cruz sabe que existe una soledad a la cual no llega fácilmente ni siquiera el director espiritual. Hay momentos en que las palabras de los demás no pueden entrar hasta donde está el dolor. No porque esas palabras sean falsas, sino porque Dios está trabajando en una profundidad que escapa a nuestras explicaciones habituales.
Y todavía queda una de las pruebas más extremas de la noche: la esperanza llevada casi hasta su límite.
El alma puede pensar que su mal no acabará nunca. San Juan de la Cruz habla de «un esperar y padecer sin consuelo de cierta esperanza de alguna luz y bien espiritual» (2N 11, 6). Todo se vuelve estrecho. El alma «no cabe en sí, no cabe en el cielo ni en la tierra». Y una vez más Job sirve para poner palabras a esa situación: «se está marchitando en sí misma e hirviendo sus interiores sin alguna esperanza» (Jb 30, 16 y 27; 2N 9, 9). Hay que notar una diferencia importante entre desesperar y sentirse al borde de la desesperación. Job permanece en ese borde.
Y cuando el dolor ya no cabe dentro, aparece otra característica de la noche: el gemido que ya casi no puede expresarse con palabras. San Juan de la Cruz habla de «un dolor y gemido tan profundo que causa fuertes rugidos y bramidos espirituales, pronunciándose a veces por la boca, y resolviéndose en lágrimas cuando hay fuerza y virtud para poderlo hacer». Para explicar semejante experiencia, vuelve otra vez a Job: «De la manera que son las avenidas de las aguas, así el rugido mío» (Jb 3, 24; 2N 9, 7). Y también esos dolores tienen un lugar delante de Dios.
Quizás por eso Job sea una figura tan consoladora para quien alguna vez atraviesa una noche. No porque nos dé una explicación clara de todo lo que sucede. Precisamente lo contrario. En su historia vemos que la purificación puede traer oscuridad, abandono, incomprensión, sensación de rechazo, incertidumbre y hasta un dolor que parece no tener palabras.
San Juan de la Cruz encontró en él mucho más que el proverbial ejemplo de un hombre paciente. Encontró la figura de un alma atravesada por Dios, llevada por caminos que no comprende y, sin embargo, sostenida misteriosamente en ellos.
Y quizá ésta sea una de las mayores utilidades de los ejemplos bíblicos. Cuando llega la hora de nuestra propia noche, descubrimos que aquello que nos sucede no es completamente extraño. Alguien estuvo allí antes. Y el Espíritu Santo quiso dejar por escrito su historia para que pudiéramos reconocer, bajo formas distintas, algunos de los caminos por los que Dios conduce y purifica al alma.
Por eso conviene hacerse amigo de Job: volver a su historia, aprender sus palabras, rezar con sus lamentos, para que, cuando nos toque atravesar alguna oscuridad, podamos reconocer en sus palabras algo de nuestra propia historia ante Dios y descubramos que Job se ha convertido en uno de los mejores amigos que Dios nos había preparado para acompañarnos en la noche.
P. Gabriel María Prado, IVE


