Juan Pablo II fue un papa que viajó mucho durante su pontificado. Realizó un total de 104 viajes apostólicos fuera de Italia, recorriendo 1 200 000 kilómetros, lo que equivale a dar 29 vueltas al mundo y más de tres veces la distancia entre la Tierra y la Luna. Esto le valió los títulos de «el papa peregrino» y «el papa viajero». Sin embargo, también le valió algunas críticas.
Por ejemplo, en tono crítico, un periodista le preguntó una vez: «Santidad, ¿cuánto cuestan los viajes papales?», dando a entender que el gasto que generaban tantos viajes era desproporcionado.
Juan Pablo II respondió inmediatamente con otra pregunta: «Para usted, ¿cuánto vale un alma?», sugiriendo que si todo ese dinero sirve para salvar aunque sea un solo alma, vale la pena gastarlo. La salvación de un alma vale mucho más que cualquier bien terrenal.
Si valoramos las cosas por lo que cuestan, recordemos que, mientras que el universo le costó a Dios una sola palabra, como dice el Salmo 148: Dios habló y todo fue creado, la salvación de nuestra alma le costó la Sangre Divina: Cristo pagó con su vida el rescate de la humanidad.
Esta lección tiene dos caras. Una es la del apostolado y la obligación que todos los cristianos deben sentir de no escatimar esfuerzos para llevar el mensaje de Cristo a la humanidad, tal como lo hizo San Juan Pablo II, quien, a pesar de tener el enorme peso de gobernar la Iglesia, no olvidó el deber primordial de todo cristiano: predicar el Evangelio para que la salvación traída por Cristo llegue a todos los hombres.
La otra cara de la lección se refiere a la salvación de mi propia alma, porque cuando afirmamos que la salvación de un alma vale mucho más que cualquier otra cosa, esto también incluye mi alma. Por lo tanto, no vale la pena arriesgar la salvación de mi alma por nada en el mundo: no debemos jugar con la salvación de nuestra alma.
Siempre que hagamos algo que pueda poner en peligro la salvación de nuestra alma, debemos recordar las palabras que San Juan Bosco dijo a sus jóvenes: «No tenéis más que una alma: si la salváis, lo habéis salvado todo; si la perdéis, lo habéis perdido todo para siempre».


