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Se dice que un hombre pobre se ganaba la vida con un viejo violín. Iba de pueblo en pueblo, empezaba a tocar y la gente se reunía a su alrededor. Después de escuchar su música, le dejaban una pequeña limosna, porque su música no valía más que eso.

Un día, empezó a tocar como de costumbre, se reunió una multitud y ocurrió lo habitual: ruidos más o menos armoniosos. Ni el violín ni el violinista podían producir nada mejor. Por casualidad, pasó por allí un violinista profesional. Al oír el ruido del violín, algo le llamó la atención: sonaba mal, pero a su oído profesional le parecía que podía sonar mejor.

Cuando el pobre hombre terminó de tocar una canción, el profesional le pidió el violín. El pobre hombre, algo sorprendido, se lo entregó. El violinista comenzó a afinarlo y a prepararlo para tocarlo. Finalmente, comenzó a tocar una pieza clásica de una manera maravillosa.

Todos los espectadores quedaron asombrados. El pobre propietario del violín también se sorprendió, no solo por la hermosa música, sino también por el hecho de que una música tan hermosa pudiera salir de su violín. Al ver a la gente reunida a su alrededor, fascinada por la música, tan pronto como terminó la pieza, el pobre hombre comenzó a exclamar: «¡Es mi violín…! ¡Es mi violín…! ¡Es mi violín…!». Nunca había imaginado que aquellas viejas cuerdas tuvieran tantas posibilidades.

Esta interesante historia se puede comparar con nuestras vidas. Nosotros somos ese pobre violinista, el violín representa nuestra vida y el violinista profesional es Dios, que quiere hacer música hermosa con nuestras vidas.

Somos como ese violinista: tocamos el violín de nuestras vidas, pero, por supuesto, no somos violinistas profesionales, por lo que no conseguimos más que ruidos, en el mejor de los casos, más o menos armoniosos. Nuestras habilidades no nos permiten más.

Dios está siempre cerca de nosotros, pidiéndonos que le entreguemos el violín de nuestras vidas para que Él pueda crear una música hermosa. Si queremos que nuestras vidas suenen como un violín bien afinado en manos de un gran violinista, debemos entregarle el violín a Dios y dejar que Él toque.

¿Cuándo tocamos nosotros en lugar de Dios? ¿Cómo dejamos que Dios toque el violín de nuestras vidas? Cuando actuamos según nuestros propios gustos y deseos, somos nosotros quienes tocamos el violín de nuestras vidas: los sonidos que salen no son más que ruidos sin valor, no la verdadera música de la vida.

Cuando escuchamos la voz de Dios y hacemos las cosas según su voluntad, es cuando le dejamos tocar los acordes de nuestras vidas. De esta manera, nuestras vidas no solo producirán música, sino música divina, al igual que las vidas de los santos han producido música divina simplemente porque dejaron que Dios tocara el violín de sus vidas.

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Comentarios 1

  1. Claudia Verónica Hernández Paulín dice:

    Hermoso.
    Muchas gracias, que Dios lo bendiga.

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