En una tierra lejana, hay un pueblo llamado “La Vergüenza”. ¿Por qué un nombre tan deshonroso? Sus habitantes siempre han sido muy avaros, hasta el punto de que las caravanas de mercaderes intentan pasar de largo.
Una vez, el rey pasó por allí, y los habitantes de “La Vergüenza” se sintieron obligados a honrarlo, pues era el rey. Para evitar que el rey los considerara tacaños y faltos de generosidad, decidieron colocar un odre lleno de leche para el desayuno real frente a la puerta donde se alojaba el rey. Los habitantes tuvieron que ordeñar sus cabras y aportar una porción de leche para llenar el odre para el rey. Cada campesino pensó que si, en lugar de aportar leche al 100%, la diluían al 50% con agua, nadie se daría cuenta.
Al día siguiente, dejaron el odre de vino frente a la residencia del rey. Este, que había traído sus propias provisiones, decidió aceptar la ofrenda de los aldeanos y optó por desayunar la leche que le habían ofrecido. Sin embargo, cuando el rey y su séquito la bebieron, vieron que no era leche, sino un líquido blanquecino con aspecto de leche, pero que sabía a nada más que una falta de respeto, y la situación era una auténtica vergüenza.
Esta historia puede ayudarnos a reflexionar sobre cómo vivimos nuestra vida cristiana. A menudo, vivimos nuestra vida cristiana como una obligación, tal como los habitantes de La Vergüenza se sentían obligados a rendir homenaje. Cuando adoramos más por obligación que por amor, nuestra adoración termina siendo solo eso: un líquido acuoso con solo la apariencia de adorar a Dios.
Por otro lado, si adoramos a Dios por amor, es ese amor el que nos lleva a dar lo mejor de nosotros en el acto de adoración que le ofrecemos. De esta manera, le entregamos el 100% a Él y no solo una parte de nosotros mismos, con el corazón dividido entre Dios (cuando vamos a la iglesia) y el mundo (cuando no estamos en la iglesia).
Si adoramos a Dios sólo cuando vamos a la iglesia, pero el resto del día no nos preocupamos de Dios, es decir, no nos esforzamos por cumplir los mandamientos ni por ordenar nuestra vida diaria según los principios del Evangelio, entonces nuestra adoración se convierte precisamente en eso: una vida aguada que puede parecer adoración a Dios pero no tiene nada de verdadera adoración; así como aquel líquido no era leche y, en lugar de ser un acto de honor hacia el rey, terminó siendo un acto de falta de respeto hacia él.
Es importante entender que no debemos hacer esto para el beneficio de Dios, como si Él necesitara nuestra adoración. Así como el rey de la historia tenía sus propias provisiones y no necesitaba la leche de los aldeanos, Dios tampoco necesita las alabanzas ni los sacrificios que le ofrecemos. Dios no es más o menos Dios según obedezcamos los mandamientos.
Dios nos dio los mandamientos, y Jesús predicó el Evangelio para nuestro bien. Si vivimos según las enseñanzas del Evangelio, los primeros en beneficiarnos somos nosotros, porque la mejor manera de vivir esta vida es vivirla según el Evangelio.


