San Teófano, devoto de los mártires y del martirio – Hna. María Gloria de la Creu

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«Cuando era un niño de nueve años, llevaba a pastar mi cabra por las colinas de Bel-Air, devoraba con los ojos el librito en el que se narran la vida y la muerte del Venerable Charles Cornay, y me decía: Yo también quiero ir a Tonkín, yo también quiero ser mártir. ¡Oh, hilo admirable de la Providencia, que me has conducido a través del laberinto de la vida hasta Tonkín, hasta el martirio!»

Este es el precioso testimonio autobiográfico de Jean-Theóphane Vénard, escrito para su hermano pocos días antes de su decapitación. Efectivamente, su historia termina como empieza.

 

Teófano nace en un día —y sábado— dedicado a la Virgen María, el 21 de febrero de 1829, en el seno de una familia cristiana y particularmente unida. Para el pequeño Teófano, los afectos del hogar, la vida de piedad y los boletines de la Propagación de la Fe constituyen todo su horizonte. Durante sus paseos pastoriles en compañía de su vecina Julie Bonet, lee en voz alta libros edificantes o los Anales de la Propagación de la Fe. Le lectura del martirio de Charles Cornay no se ajusta al ambiente bucólico, risueño, de la colina de Bel-Air: este joven misionero de veintiocho años fue decapitado pocos años atrás y luego cortado a pedazos según las leyes annamitas vigentes. Julie es la única testigo de la gracia actual que recibe el muchacho cuando termina la relación del martirio: «¡Yo también quiero ir a Tonkín, yo también quiero ser mártir!», exclama invadido, arrebatado por la Caridad Divina. Que no se trató de un deseo pueril y efímero lo demuestra el desenlace de su historia y aún la gloriosa fecha del 19 de junio de 1988, cuando San Juan Pablo II proclama santos al mencionado mártir Cornay, al mismo Teófano y a otros ciento quince valientes caídos por Cristo en las tierras del actual Vietnam. 

Al cumplir los doce años, el chico solicita y obtiene el permiso de su padre para seguir la carrera eclesiástica. La primera tortura sufrida por Cristo es la separación de la familia1. Pero hay un amor más intenso que le conforta en su determinación. Prueba de ello es la siguiente confesión a su hermana Mélanie, a quien dirige las páginas más íntimas de su epistolario: «Hasta ahora, yo no he vivido, pero ahora voy a empezar a vivir. […] tengo prisa por lanzarme en medio de la sociedad, tengo prisa por ir a servir a mis hermanos […]. Si examino cualquier otra empresa, ninguna me atrae. Todos los días vuelvo a un único pensamiento: ser sacerdote. Sí, un día yo seré soldado de Jesucristo. Ya no veo lejano este día: dentro de poco veré despuntar su aurora». Descubrimos en esta carta y en otras una especie de leitmotiv: la inquietud por la realización concreta de su vocación, su futuro, su misión personal. En 1848 ingresa en el Gran Seminario de Poitiers. Aquel impulso de oblación que le llevó a consagrarse a Dios no ha dejado de empujar su corazón hacia algo más heroico. El joven siente esa vehemencia casi como algo violento dentro de sí: «…tengo siempre un pensamiento que ha sido el motor de toda mi vida en el Seminario […]: Ad quid venisti? ¿Para qué has venido aquí? ¿Por qué el Seminario? ¡El Seminario! ¿Y después?» En realidad, ya está discerniendo su proyecto de hacerse misionero y de ingresar al Seminario MEP, si bien no habla de ello más que con el director espiritual y su hermana. Finalmente obtiene del obispo el permiso para ingresar en el Seminario de las Misiones Extranjeras de París, en la Rue du Bac. Llega aquí el 3 de marzo de 1851 con tan solo veintidós años. Este Seminario es la Casa Madre de una Sociedad Apostólica llamada de las Misiones Extranjeras (ME o MEP) de derecho pontificio, fundada por Mons. Lambert y el padre Rhodes en 1559 especialmente para la evangelización de las tierras paganas.

 

¡Qué cantero de santos es el Seminario de las Misiones Extranjeras! Debemos contemplar a San Teófano en un ambiente espiritual selecto, embebido de la teología providencialista de Bossuet y de la espiritualidad de San Francisco de Sales; todo se rige aquí por la vida de piedad, el estudio, la disciplina y una profunda fraternidad. En este año hay treinta jóvenes candidatos a las misiones. En el MEP se veneran férvidamente las reliquias —entre ellas los instrumentos de suplicio— de los misioneros o cristianos nativos martirizados traídas del Extremo Oriente: Teófano describe la reverencia con que los seminaristas se pasean por la Sala de los mártires, repleta de reliquias, objetos, cuadros y grabados que casi parecen salpicar la sangre de los compatriotas caídos en China, Tonkín, Cochinchina, Siam o Camboya.  Los parisinos dicen de ellos que son los que van a China para que los martiricen. «La casa madre de las Misiones Extranjeras Francesas en la Rue du Bac había producido tantos mártires por la fe en Indochina y China que se la denominó “Instituto Politécnico de Mártires”»2

Particularmente vívida es aquí la piedad mariana: además de las imágenes de la Virgen veneradas en la iglesia, los miembros del MEP tienen una devoción especialísima a la Regina Martyrum de la capillita del jardín. En fin, se trata de un Seminario que mantiene izado el estandarte de un gran ideal: la salvación de las almas a precio de vidas humanas, las propias.  

 

Esta devoción al martirio no tiene nada de ingenuo: los jóvenes candidatos a las misiones, seminaristas o presbíteros, adquieren perfecto conocimiento de lo que significa subirse a un barco y llegar (si es que se llega3) pasado por lo menos un año a tierras donde la cabeza de los misioneros tiene precio. El director del Seminario MEP en este momento es el P. Charrier. Ha misionado once años en Tonkín con la muerte en los talones, huyendo y escondiéndose decenas de veces de los soldados de Ming Mang; sabe lo que es ser prendido y maniatado, arrastrar cadenas y cargar la canga —una suerte de yugo formado por palos largos que los presos podían llevar incluso durante meses—; ha sido apaleado con crueldad y torturado en todo el cuerpo con el castigo de las tenazas; y esperó el día de su ejecución metido en una pequeña jaula, hasta que el ejército francés intervino y le trajo de vuelta a París, contra su voluntad: el P. Charrier suplicaba al capitán del ejército que le dejase desembarcar en Tonkín, al lado de Mons. Retord y de sus queridos compañeros. Era, como todos aquellos apóstoles de fuego, devotísimo del martirio y contaba con nostalgia a los seminaristas sus peripecias. «Oyendo al sr. Charrier, Teófano pudo conocer con creciente admiración quiénes eran aquel obispo y aquellos misioneros a los que el peligro continuo, afrontado continuamente con valor, había forjado una mentalidad de héroes»4

Los Anales de la Fe que circulan por el MEP publican las cartas del mencionado obispo Retord, cartas descarnadas y estremecedoras: «¡Ah!, dadme lirios y flores de color púrpura para que las esparza aquí y allí sobre este sepulcro sin nombre, escondido cuidadosamente en un lugar solitario por temor a que el mandarín venga a exhumar las cenizas y a encontrar en la tumba de un muerto un motivo para perseguir a los vivos. Así es, pasa velozmente la vida de los misioneros […]. El P. Suat murió ahogado hace tres años; el P. Molin, también en las aguas de un río; el P. Gagelin fue estrangulado; el P. Rouge murió en las montañas; el P. Jaccard fallece lentamente en una prisión oscura; ¡el P. Marchand…!»5, y la pluma del obispo Retord parece atragantarse, dejando incompleta la noticia sobre este misionero, torturado primero con las tenazas candentes y muerto por la pena de los cien azotes; su cadáver fue cortado en cuatro partes y echado al río. Los misioneros franceses asesinados por la fe en Tonkín antes de San Teófano fueron nueve; la legión de mártires annamitas y dominicos españoles es incontable; y otros, como refiere Retord, sucumbían al clima, a las inundaciones, a las cárceles o a la miseria de los montes y arrozales en que se amparaban como fugitivos. 

 

En 1851 es decapitado en Tonkín otro miembro de la Sociedad: Jean-Louis Bonnard. Por estas fechas, nuestro Santo es designado por los Superiores para la misión en China. Partirá con otros cuatro compañeros en septiembre. La noticia del martirio de Bonnard llega a París el 16 de septiembre, justo el día de la despedida del grupo de estos cinco jóvenes misioneros. «Aquel día, se respiraba entusiasmo en el aire: el Seminario había recibido una “feliz noticia”, el anuncio del martirio del Rev. Bonnard, decapitado por la fe el primero de mayo». En su carta de despedida a Mélanie, Teófano no oculta su entusiasmo: «Tengo que advertirte de que un mártir de nuestra Congregación se ha ido al cielo para recibir la palma que los tonquineses le han hecho ganar […]. Reza por mí, mi querida hermana. ¡Oh, si algún día también yo fuese llamado a dar, con mi sangre, testimonio de la fe! La misión en Tonkín es ahora la misión deseada, visto que ofrece el medio más rápido para ir al cielo». En otra carta llama al reino de Tonkín «tierra gloriosa de mártires».

 

Digamos algo de la célebre despedida de los misioneros que se marchaban a los lejanos pueblos paganos de Asia. En el MEP se bendecía y se honraba a los misioneros con una solemne ceremonia abierta a los fieles en que se cantaba el himno que todos conocemos, Chant des missionaires (Partid, heraldos del Santo Evangelio), y se les besaban los pies. Este himno, escrito por el íntimo amigo de San Teófano, el P. Dallet, con música de Charles Gounod, hablaba sin tapujos de muerte, derramamiento de sangre y fatigas en tierras «tragadas por el infierno»: «nous irons tous prêcher et morir. […] A vous nos cœurs, notre sang, tout notre être, a vous, à la vie, à la mort», «iremos a predicar y a morir. […] A vos, Cristo Dios, nuestros corazones, nuestra sangre, todo nuestro ser, nuestra vida y nuestra muerte». 

 

Teófano ha decidido no volver a su hogar para un último abrazo antes de embarcar. No pudiendo contener sus sentimientos, escribirá más de una carta de despedida a su familia. En una de ellas les manda una fotografía suya: «…os mando mi retrato. Es muy parecido, pero me he olvidado de sonreír». El día tan anhelado de su partida les da una prueba más de su santa obsesión: «Mis compañeros y yo partimos con buenos auspicios: ayer mismo supimos de un nuevo mártir. En el pasado mes de mayo, el Rev. Bonnard, de Lyon, que embarcó a Tonkín en 1849, ha dado su vida por la fe. Y es el aniversario de la inmolación del Rev. Schoeffler»6, decapitado el año anterior. 

¡Cuán espontáneamente llama inmolación a una muerte infame! Y, viajando ya de Francia a Inglaterra para desde allí embarcar rumbo a Hong Kong, al percatarse de que su primer día de viaje era un 20 de septiembre, escribía a la familia que era el «aniversario del martirio de Charles Cornay»7. Debemos imaginar, empero, a un joven seminarista sediento de martirio, pero refulgente de luz: «Sobre todo ten cuidado —escribe por esos días a su hermano— de no caer en el desaliento; el uniforme del alma cristiana es la esperanza, siempre la esperanza, la esperanza a toda costa»; y también, no lo perdamos de vista, abandonado y humillado en su espíritu como un niño en los brazos de la Virgen: «Yo soy un benjamín de la Santísima Virgen. Ella es una madre para mí, y yo necesito mucho que esto sea así; ¡el diablo se reiría mucho de mí, si estuviese solo…!».

 

El P. Teófano y sus compañeros saben, pues, la suerte que corren los misioneros en el lejano Oriente. Lo saben y lo ansían. Cuando nuestro mártir espere su sentencia de muerte en la cárcel de Hué, escribirá a Mons. Théruel este testimonio solemne del deseo comunitario del martirio: «¡Ah, Monseñor!, ya me ha llegado aquella hora que cada uno de nosotros ha deseado siempre tanto!»

Al llegar en 1854 a Hong Kong y conocer su destinación al Tonkín occidental, como embriagado por una felicidad divina escribe en diversas cartas todo lo que siente. Resulta interesante leerlas paralelamente. En la que dirige a todos los Vénard dice: «Me voy a Tonkín, mi querida familia, adonde murió mártir el venerable Charles Cornay. Esto no significa que me espere la misma suerte, pero, si vosotros pedís bien al Señor por mí, quizás me podría ser concedido el mismo favor. Que sea lo que Dios quiera, ¿no?, tanto para vosotros como para mí, ¡en Tonkín como en Francia!» En la carta a su hermano Eusèbe, que está en el Seminario Menor de Montmorillon, donde se formó él siendo un muchacho, dice: «Querido y buen hermano, te aviso y te pido que digas a la gente de Montmorillon que no me llamen más ‘el chino’ sino ‘el tonquinés’ […]. Voy a esa parte de la misión llamada Tonkín Occidental. Allí fue martirizado el venerable Charles Cornay; allá alcanzaron también la corona del martirio los Padres Schoeffler y Bonnard, uno el primero de mayo de 1851, el otro en mayo de 1852. Es en los países annamitas, que comprenden la Conchinchina y el Tonkín, donde hierve la persecución. La cabeza de cada misionero tiene precio, y, cuando logran atrapar a alguno, lo decapitan sin miramientos. Pero Dios vela sobre los suyos y no pone en manos de los verdugos más que aquellos a quienes su misericordia quiere conceder la gracia del martirio. Uno es tomado, el otro dejado; y en esto, como en todo, se cumple siempre la voluntad de Dios. Ya que la persecución es más violenta en la tierra annamita que en todos los demás países, precisamente por eso es allí donde las misiones florecen más. “Sanguinis Martyrum semen christianorum” (Tertuliano). En la travesía de Hong Kong a Tonkín temo seamos atacados por los piratas que infestan esta parte del mar, pero ellos nada podrán hacernos sin el permiso de Dios. Di, pues, a mi amigo Paziot que me voy al Tonkín y que me prepare una urna para mis futuras reliquias. Cada año tiene sus mártires, como la primavera sus flores y el otoño sus frutos. Y, sin embargo, la predicación del evangelio no se detiene; la sangre de los mártires produce el céntuplo. […] Desde que Mons. Retord, mi ilustre vicario apostólico, dirige la misión de Tonkín, su rebaño ha aumentado a más de 40.000 neófitos. ¿No es un buen séquito para subir al cielo y una brillante corona para la eternidad?» En su carta a su hermana Mélanie: «Si en su gran misericordia el buen Dios me llamase al martirio, deberíamos gozar en lugar de llorar. Os abrazo tiernamente». Aun en otra carta a la familia: «Al enumerar las bellezas de Tonkín, no he dicho nada de los mártires, flores inmortales que la mano del Señor ha recogido en el campo de su predilección. Los mártires son, sin duda alguna, los patronos, los protectores de las misiones que los han ofrecido al Cielo: su sangre derramada por la buena causa habla alto delante de Dios, y el recuerdo de su victoria fortifica el coraje de aquellos que están en el campo de batalla. Dime, hermano, qué bueno sería, qué suerte para Teófano, si el Señor se dignase… ¿Me entiendes? Te Deum laudamus… Te martyrum candidatus laudat exercitus!» 

Finalmente, es su amigo Dallet quien tiene el honor de conocer sin velos las aspiraciones de Teófano: «Hace algunos años, los Padres Galy y Berneux fueron detenidos al llegar al Tonkín; ¿y si tal fuera también nuestra suerte…? ¡Oh, mi querido P. Dallet!, cada vez que me viene el pensamiento del martirio, vibro de felicidad: es la parte mejor y más bella que no se concede a todos… “Exultent in Domino Sancti, alleluja! (Oficio de los Mártires). Yo no oso pedir una corona tan brillante: Domine, non sum dignus, pero no puedo reprimir una viva emoción y los frecuentes suspiros de mi alma: Domine, qui dixisti: Majorem charitatem nemo habet, ut animam suam ponat quis pro amicis suis…8 (Oficio de los Apóstoles) Acordaos de la oración que compusisteis. Para mí, tiene una fuerza de atracción irresistible: “Sancta Maria, Regina Martyrum, ora pro nobis”». 

 

Hasta aquí un P. Teófano que no ha comenzado todavía su labor misionera en la «gloriosa tierra de mártires», el Tonkín. 

Tercera parte en la próxima publicación

 

NOTAS:

 

  1.  Sería éste un tema merecedor de un artículo aparte. Dejar para siempre a su familia fue para nuestro Santo un acto verdaderamente heroico.
  2. https://americaneedsfatima.org/articles/st-auguste-chapdelaine
  3. Cientos de misioneros morían durante las largas travesías en barco antes de llegar a China o a la India.
  4. TROCHU, Un martire moderno – Il beato Teofano Vénard, pág. 123.
  5.  Op. cit., pág. 205.
  6. TROCHU, Un martire moderno – Il beato Teofano Vénard, pág. 129.
  7. Ídem, pág. 135.
  8. Jn 15, 13: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos».

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