Cuando reflexionamos sobre el amor de Dios, el amor con el que Él nos ama, a veces olvidamos que la Escritura insiste muy a menudo en un aspecto particular de este amor, que es el amor maternal. Dios nos ama también como una Madre, no solo como un Padre. Es cierto que esta consideración es utilizada a veces como «bandera o estandarte» por grupos o ideologías que quieren negar la verdadera dimensión de la personalidad de Dios: como las corrientes feministas, progresistas, o en definitiva, por los que odian todo lo que pertenece al tesoro secular de la Iglesia, y que dicen estar tanto afuera como incluso dentro de ella, pero eso no quita que estas consideraciones estén enraizadas en dicho patrimonio, de los cuales estos innovadores poco o nada conocen. Nuestra labor consiste en tratar de rescatar este verdadero patrimonio y exponerlo.
Es común para mucha gente pensar en una oposición exagerada entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Dejamos a salvo la sentencia de San Agustín, que afirma: Novum in Vetere latet et in Novo Vetus patet («El Nuevo Testamento se esconde en el Antiguo, mientras que el Antiguo se revela en el Nuevo»). Ciertamente que en el Nuevo Testamento, la Revelación de Dios llega a su coronación en la enseñanza y en la vida de Jesús de Nazaret, su Hijo y enviado. Eso no quita, no obstante, que muchos atributos divinos se muestren ya con gran fuerza en los libros sagrados de la antigua Alianza.
Uno de los atributos más olvidados por muchos, pero muy común en diversos pasajes del Antiguo Testamento, es el de la misericordia divina. Justamente es aquí donde muchos plantean una dicotomía entre el Antiguo y el Nuevo Testamento (lo cual no es algo nuevo; lo hacía ya el hereje Marción en el s. II, repetido después por otros). El primero sería totalmente negativo y justiciero; el segundo sería, en cambio, la revelación del amor misericordioso de Dios.
La misericordia en el Antiguo Testamento no es una mera distinción, ni es sólo una atribución formal, ni tampoco se restringe a la sola ausencia de castigo. Es un verdadero atributo real, que toma incluso características esenciales al nombre de Dios. El texto básico lo tenemos en Ex 34, 6-7: “El Señor, el Señor, Dios compasivo y clemente, lento para la ira y grande en amor y fidelidad, que mantiene su amor hasta mil generaciones después, y que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado; pero que no deja sin castigo al culpable, sino que castiga la maldad de los padres en los hijos y en los nietos, hasta la tercera y cuarta generación”.
El hecho de repetir dos veces el nombre de Dios (‘el Señor’), significa, en el lenguaje bíblico, que se asevera lo que sigue como absolutamente cierto y confirmado. Por lo tanto, decir de Dios que es “compasivo y clemente”, es una suerte de definición. Notemos el primero de los términos empleados: rahûm [1]. Este procede de réhem, que significa: “vientre, entraña, seno” (como en Gen 20, 18), con lo cual se ve la íntima relación entre ambos. La compasión de Dios procede de las vísceras, de las entrañas, y bien se puede paragonar a la de una madre [2].
El texto de Nehemías 9, 17 repite el mismo concepto: «Tú eres un Dios de perdón, misericordioso y compasivo (hannenûn w rahûm), lento para la ira y grande en amor», donde aparece la misma raíz verbal. Esa compasión es la que rescató a Israel en el desierto, y lo perdonó de sus muchas infidelidades, salvándonos de la mano de los enemigos, en las que habían caído debido a su iniquidad: “Pero en su angustia clamaron a ti, y tú los escuchaste desde el cielo; y por tu gran compasión les enviaste salvadores que los salvaron de sus enemigos” (Neh 9, 27). Es justamente ese sentido de compasión profunda el que lleva a David salmista, desesperado por su pecado, a esperar el perdón de Dios: “Piedad de mí, oh Dios! por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa” (Sal 51, 3) [3]. La raíz réhem vuelve a aparecer en todos estos casos. David sabe que puede confiar en la misericordia de Dios más que en su propia justicia, porque fue capaz de faltar gravemente a ella llevado por su concupiscencia.
La misericordia de Dios posee todavía algún aspecto más impactante en el AT, y es la comparación y las características del amor de una madre. Un texto claro es el de Is 49, 15: “¿Acaso se olvida una mujer de su niño de pecho, de tener compasión por el hijo de sus entrañas (mērahēm ben bitnāh)? Pero, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré” (Is 49, 15). Dios es comparado con una madre que amamanta y consuela a su hijo, que cuida y protege a su pueblo con ternura. El amor de Dios es incluso más fuerte que el amor de una madre que hará hasta lo imposible por defender a su hijo.
En otro pasaje, el profeta Isaías añade: “Como a un niño a quien su madre consuela, así los consolaré yo; en Jerusalén serán consolados” (Is 66, 13). Esta imagen de Dios como una madre que reanima a su hijo nos muestra la inmensa compasión de Dios hacia su pueblo, de quien dice que “los amantará y los llevará en brazos, y sobre las rodillas los acariciará” (Is 66, 12).
Esto se da incluso después de las grandes infidelidades con que el pueblo había respondido a Dios, ya durante la estadía en el desierto como después: Lo que parece decir es que, aunque Dios se enoja con Israel, como lo hacen las madres con sus hijos, Dios nunca los abandonaría, como las madres no abandonan a sus hijos. El Dios del Antiguo Testamento es nuestro Dios. Un Dios de compasión maternal que se enfrenta al pecado atroz y promete un futuro más allá de los fracasos. La imagen del Dios del Antiguo Testamento en términos de ira refleja solo una parte de la identidad de Dios y no reconoce que, según Éxodo 34, la esencia del carácter de Dios comienza con la compasión maternal.
El Libro de Jonás sirve como una meditación sobre cómo la gran compasión de Dios se extiende más allá de las fronteras del pueblo elegido, incluso entre los enemigos de Israel. La historia de Jonás es muy significativa: Dios le dijo a Jonás que fuera a Nínive, la capital de los opresores asirios de Israel. Sin embargo, Jonás huyó en otra dirección (1, 2-3). Dios intervino e hizo que Jonás fuera lanzado del barco en el que huía y terminara dentro del vientre de un gran pez (1, 14. 17). Al tener algo de tiempo para reflexionar sobre sus decisiones de vida, Jonás oró y el gran pez lo vomitó en tierra firme (2, 1-10). Jonás finalmente cumplió con su misión original y proclamó la inminente destrucción de Nínive (3, 4). Para sorpresa de los lectores, Nínive se arrepintió y Dios los perdonó (3, 10). Jonás se sorprendió cuando Nínive se arrepintió, pero no se sorprendió para bien del perdón de Dios. Declara que esa había sido la razón de su huida, porque sabía que Dios es un «Dios compasivo y clemente (hannûn w rahûm), paciente y misericordioso, que se arrepiente de las amenazas» (Jonás 4, 2).
La primera expresión, la de un Dios compasivo y misericordioso, la volvemos a encontrar en el salmo 86, en alguno de sus versículos, donde se presenta una doble perspectiva: Por un lado, el salmista pide que se le conserve su vida (v. 2: “Consérvame la vida, que yo soy tu allegado, salva, mi Dios, al servidor que en ti confía”), lo cual manifiesta un conocimiento maduro adquirido sobre Dios, de acuerdo a la Revelación del Antiguo Testamento: Dios es el Señor de la vida. Sabe también que Dios es indulgente, y conoce su perdón. Por otra parte, pide ayuda especialmente en sus pesares y dificultades (v. 7: “En día de pesares yo te invoco, y tú me sabrás responder”), siendo consciente que el Señor sabrá responder. Esto aún en circunstancias especialmente difíciles, por razón de los enemigos que lo atacan y que procuran matarlo (v. 14: “Los soberbios, oh Dios, se yerguen contra mí y una turba feroz busca mi vida sin tenerte a ti presente”). Y mientras el salmista mira el rostro de sus despiadados enemigos, también recuerda esta poderosa afirmación que resuena dentro de Israel y más allá: «Pero tú, Señor, eres el Dios piadoso y compasivo, lleno de amor y fidelidad (weattah adonai ēl rahûm w hannûn …») (v. 15).
[1] En hebreo, la expresión de Ex 34, 6 suena: “Adonai (Yahvé), Adonai: ēl rahûm w hanûn, erekh aphaim w rab- hesed w emet”
[2] Vemos como en el texto del Éxodo aparece también el sustantivo hésed, muy común en el Antiguo Testamento, frecuentemente aplicado a Dios y que se traduce como “amor; bondad”. Es un término mucho más genérico. Por esa razón, se hace necesario el término réhem para subrayar el matiz de compasión y misericordia. El texto de Gen 20, 18: “Yahveh había cerrado todo seno (réhem) en la casa de Abimelec por causa de Sara, mujer de Abrahán”, donde se ve como réhem significa originalmente: “seno; vientre”.
[3] Hanēni, Elohîm, kehasdekha, krob rahamēkha mehēh psha’ai.

