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En un mundo que corre, calcula y produce, existe un pequeño espacio donde el tiempo se detiene y el corazón aprende a latir al ritmo de Dios. Allí, en el silencio del monasterio, la Eucaristía no es un momento más del día, sino el sol que ilumina, ordena y transforma cada gesto, cada trabajo y cada respiración.

Quien entra en este mundo descubre que la oración no es un refugio para escapar, sino un lugar donde el amor se vuelve fecundo. Desde la adoración al amanecer hasta el último suspiro de la tarde, todo se convierte en ofrenda. Todo se hace altar. Y en ese misterio silencioso, las hermanas sostienen al mundo entero con sus manos levantadas, como quien sostiene una hostia que pesa más de lo que parece: pesa el universo entero.

Nuestra Regla nos recuerda que la contemplación de las cosas divinas y la unión constante con Dios por medio de la oración es el deber principal de todo religioso. Si esto es verdad para cualquier consagrado, ¡cuánto más lo es para la vida contemplativa, que dedica toda su existencia a la oración! Jesús mismo alaba esta elección en el Evangelio cuando dice de María: «María ha escogido la mejor parte, y no le será quitada».

Nuestra vida es profundamente eucarística. La Eucaristía es el sol alrededor del cual gira todo en nuestro día, así como la tierra gira alrededor del sol marcando las estaciones del año y las horas del día. Del mismo modo, cada jornada en el monasterio nace y termina ante Jesús Eucaristía: comenzamos con la adoración eucarística y concluimos del mismo modo.

La Santa Misa ocupa un lugar absolutamente central. Podríamos decir que trabajamos al ritmo de la Eucaristía. La Santa Misa se prolonga en el canto del Oficio Divino y en las visitas al Santísimo Sacramento, siempre presente en nuestros pensamientos como un suspiro continuo hacia Cristo.

Nuestro fundador nos enseñó el valor infinito de la Santa Misa y cómo debe ser siempre objeto de examen para nosotras. Él decía que, por lo general, la decadencia de la vida religiosa comienza cuando se abandona la Eucaristía.

De la Eucaristía aprendemos las virtudes que debemos ejercitar:

  • la humildad,
  • el silencio,
  • la oblación,
  • y la vivencia fiel de nuestros votos religiosos.

En cada Misa renovamos nuestra unión con el Esposo y nuestra alianza con Él. Hay momentos especialmente significativos, como el ofertorio, donde nos ofrecemos como víctimas junto a la Víctima que es Cristo; o el Amén, que recuerda el “sí” de los esposos, un sí que renovamos cada día con Cristo.

También allí aprendemos a interceder por las almas, como lo hace Él. Nuestro apostolado es la oración: es así como ejercemos la caridad de manera concreta, orando para la salvación de las almas. En una religiosa apostólica es evidente que descuidar su misión es descuidar a las almas confiadas a ella; para nosotras, esto sucede cuando descuidamos la oración. Hay almas que Dios ha dispuesto que reciban gracia únicamente a través de nuestras súplicas.

La Eucaristía nos enseña a vivir nuestros votos:

  • Pobreza: porque Jesús se nos da despojado de todo.
  • Castidad: porque en la Eucaristía contemplamos su pureza absoluta.
  • Obediencia: porque Él obedece al sacerdote permaneciendo presente bajo las especies sacramentales.
  • Devoción mariana: porque si Cristo pudo hacerse hombre y permanecer en la Eucaristía es gracias a la Virgen, que le dio su carne y su sangre.

De la Eucaristía aprendemos también las virtudes de la abnegación —humildad, silencio, vida escondida— y las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. En ella se realiza el acto supremo del amor de Cristo. En la Última Cena dijo: «He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros». Nos amó hasta el extremo, y ese extremo es la Eucaristía.

Decía la Sierva de Dios Teresa María de Jesús Ortega Pardo,

«Cada Misa es un nuevo despojo, una nueva donación… Algo muere y algo comienza a vivir después del sacrificio de cada mañana. Nuestras hermanas sueñan con la Misa. Viven de la Misa. Se alimentan de su banquete eucarístico y templan su acero para la lucha cotidiana en esta fragua de amores inagotables, cada día descubiertos y cada día por descubrir».

«Las Misas de nuestro monasterio transforman todo nuestro trabajo y nuestra vida en una ofrenda. Después de la Misa, todo se convierte en altar. Los latidos del corazón se vuelven uno con los latidos del Corazón de Cristo, y nuestros granos de trigo se mezclan con la harina del sacrificio para hacerse pan de la misma hornada… Después de la Misa ya somos pan de Cristo, en ofrenda permanente. Pan suyo… Pan para todos. Por eso ya no existen derechos personales».

«Qué pesada es la hostia cuando es elevada… tan pesada… porque en ella levantamos al mundo entero. ¿Nunca han sentido ese peso? Pruébenlo, porque la Misa es de todos y el ofertorio es de todos también».

Al final, todo vuelve a la Eucaristía. Allí aprendemos a amar, a ofrecer, a esperar. Allí descubrimos que la vida contemplativa no es un refugio apartado del mundo, sino un corazón que late por él. Cada Misa, cada adoración, cada silencio ofrecido se convierte en un hilo invisible que sostiene a quienes quizá nunca sabrán que alguien ora por ellos.

En este misterio escondido, la Iglesia encuentra su respiración más honda. Y nosotras, pequeñas y frágiles, descubrimos que basta permanecer junto al Señor para que Él haga fecunda nuestra vida. Porque cuando la existencia gira alrededor del Sol Eucarístico, todo se ilumina, todo se ordena, todo se transforma.

Que este fuego silencioso siga ardiendo en nuestros monasterios y en cada alma que busca a Dios. Allí, en la Hostia humilde, comienza siempre una vida nueva.

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