“Habla mejor que la sangre de Abel” – Hna. María de la Fe

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El mes de julio a los pies del Crucificado

“Fuisteis rescatados…. no con cosas perecederas como la plata o el oro, sino con la
Sangre Preciosa de Cristo como de un cordero sin mancha e inmaculado”.

(1 Pedro 1,18-19)

Una devoción particular en la Iglesia católica, relacionada con la Pasión de Cristo, consiste en honrar su Preciosa Sangre.
Es un reconocimiento del sacrificio de Jesús y de cómo derramó su Sangre para la salvación de la humanidad.
Además, esta Sangre se hace presente a través del don de la Eucaristía y la podemos comulgar en la Misa, junto con el Cuerpo de Cristo, bajo la apariencia de pan y vino.

¿Cómo inició la devoción a la Preciosa Sangre de Cristo? 1

La devoción sobre la Sangre de Cristo es tan antigua como el cristianismo. Pero, podemos decir que, tiene su origen en las Escrituras y resuena en todos los Padres de la Iglesia. Santos como Juan, Crisóstomo y Agustín reconocieron en la Sangre derramada en la Cruz la esencia del amor divino y la nueva alianza en la Eucaristía.
“Porque esta es mi sangre de la alianza, que será derramada por muchos para perdón de los pecados.” (Mateo 26,28.)

La veneración se profundizó a lo largo de los siglos: santos y místicos como San Bernardo, Santa Catalina de Siena y Santa Gertrudis la Grande escribieron con profundo amor sobre su poder. Las comunidades monásticas desarrollaronmeditaciones centradas en cómo cada gota era derramada por el amor de Dios.

La devoción se extendió con San Ignacio de Loyola y San Francisco de Sales, quienes promovieron la meditación sobre este misterio, y prácticas como la Letanía de la Preciosa Sangre surgieron como formas de vivir una consagración a diario. 

Con el tiempo, la Iglesia desarrolló varias fiestas de la Preciosa Sangre, pero no fue hasta el siglo XIX cuando se estableció una fiesta universal.

Durante la Primera Guerra Italiana por la Independencia en 1849, el Papa Pío IX se exilió a Gaeta.

Mientras la guerra seguía en su apogeo, Giovanni Merlini, tercer superior general de los Padres de la Preciosa Sangre, le sugirió al Papa Pio IX, que creara una fiesta universal a la Preciosa Sangre para pedir la ayuda celestial de Dios, el cese de la guerra y la paz en Roma.

Pío IX, hizo una declaración el 30 de junio de 1849, donde manifestaba la intención de crear una fiesta en honor de la Preciosa Sangre. La guerra pronto terminó y regresó a Roma poco después.

La proclamación de la fiesta

El 10 de agosto Pio IX oficializó, y proclamó que el primer domingo de julio se dedicara a la Preciosa Sangre de Jesucristo. Más tarde, el Papa Pío X asignó el 1 de julio como la fecha fija de esta celebración.

Después del Concilio Vaticano II, la celebración litúrgica se unió a la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (Corpus Christi). Sin embargo, el mes de julio se sigue reservando para esta meditación especial. Se creó una Misa Votiva en honor de la Preciosa Sangre que se puede celebrar en el mes de julio (como en la mayoría de los otros meses del año).

Por estas razones, todo el mes de julio se dedica tradicionalmente a la Preciosa Sangre, y se alienta a los católicos a meditar sobre el sacrificio de Jesús y el derramamiento de su Sangre por la humanidad.

La oración colecta de la Misa votiva dice así:

Oh Dios, que has redimido a todos los hombres
con la Sangre preciosa de tu Hijo unigénito,
conserva en nosotros la acción de tu misericordia
para que, celebrando siempre el misterio de nuestra salvación,
podamos conseguir sus frutos eternos.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Y la oración después de la Comunión:

Alimentados con los sacramentos del cielo,
te rogamos, Dios todopoderoso,
que liberes del temor de los enemigos
a cuantos redimiste con la Sangre preciosa de tu Hijo.
Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

 

La Preciosa Sangre de Jesús no es simplemente una reliquia del pasado, sino que está viva, vibrante y llena de poder para transformar nuestra vida diaria.

Cada mes de julio, la Iglesia nos invita a adentrarnos en este profundo misterio: la Sangre de Cristo, derramada en la cruz y entregada por amor a la redención del mundo, no es simplemente un símbolo o un recuerdo, es vida, salud y el precio que Jesús pagó voluntariamente para redimirnos.

Esta devoción trasciende el mero recuerdo del sufrimiento de Cristo. Nos llama a revivir el misterio de su Pasión en cada Eucaristía donde se perpetua el sacrifico redentor del Calvario. Reconocer el poder continuo de Su Sangre en nuestras vidas, en la Iglesia y en el mundo, nos hace tomar conciencia del inmenso amor de Cristo.

Su Sangre es la fuente de todos los Sacramentos, y no exige venganza, sino que clama misericordia: «…y a Jesús, Mediador de una nueva alianza, y a la sangre de la aspersión, que habla mejor que la de Abel». (Hebreos 12,24).

Si quieres elegir vivir bajo la protección y el poder de la Sangre de Cristo, aquí tienes
una Ofrenda:

“Oh Jesús, por la Preciosísima Sangre que derramaste por mí, te ofrezco este día: mis alegrías, mis luchas, mi trabajo, mi descanso. Deja que Tu Sangre me cubra a mí y a todos los que amo. Amén”.

 

San Gaspar del Búfalo dedicó toda su vida a difundir esta devoción y fundó la Congregación de los Misioneros de la Preciosa Sangre El santo testificó: “No hay nada que la Sangre de Jesús no pueda obtener”. Y de él es esta oración:

«¡Oh, Preciosa Sangre de mi Señor, que yo te ame y te alabe para siempre! 
¡Oh, amor de mi Señor convertido en una llaga! Cuán lejos estamos de la
conformidad con tu vida.

Oh Sangre de Jesucristo, bálsamo de nuestras almas, fuente de misericordia, deja
que mi lengua, teñida con la Sangre en la celebración diaria de la Misa, te alabe
ahora y por siempre.

Oh Sangre de Jesucristo, bálsamo de nuestras almas, fuente de misericordia, deja
que mi lengua, teñida con la Sangre en la celebración diaria de la Misa, te alabe
ahora y por siempre.

¡Oh Jesús, sé para nosotros Salvador! Aplaca la divina justicia, purifica nuestras
conciencias y líbranos de todo mal. Amén».

 

No olvides que el amor cuesta. ¿Cuánto le costó a Jesús? Que este reconocimiento profundice el amor sacrificial, el perdón y la fidelidad. El amor no es fácil, y la Preciosa Sangre nos muestra que el verdadero amor implica sacrificio. Deja que Su sacrificio te inspire a dar con más generosidad, perdonar con mayor libertad y vivir con mayor fidelidad.

Roguemos: “Por Tu Preciosa Sangre, Señor Jesús, ten piedad de nosotros y del mundo entero”. Ofrezcámosla por las personas que sufren, las naciones quebrantadas y aquellos que están lejos de Dios. La Sangre de Jesús no es solo para la devoción privada, es para la redención del mundo entero.

Dejemos, también que la Preciosa Sangre nos limpie. Porque la Preciosa Sangre de Jesús no es solo un símbolo de perdón. Es el perdón mismo. Acerquémonos a la Confesión. Y pidámosle a Jesús que nos limpie. “La Sangre de Cristo purifica nuestra conciencia de obras muertas para servir al Dios vivo”. (Hebreos 9,14.)

 

“Sí, creo en el poder de Tu Sangre”.

Santa Catalina de Siena lo describió como “un mar en el que somos lavados” La eficacia de la sangre de Cristo para alcanzar de Dios todo don. Ejemplo de los santos

Jesucristo nos ha enseñado a orar al Padre en su nombre: «Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado» (Jn 16, 24). «Todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre os lo concederé». (Jn 14,13-14). «El Padre os dará todo lo que pidáis en mi nombre» (Jn 15,16)

Cuando oramos por Cristo al Padre por medio de su Sangre, donde están todos los méritos de su Pasión, la oración es escuchada.

 

Santa Catalina de Siena se refugiaba en la Sangre de Cristo, decía: «¡Que gloriosa es esta sangre! Es ungüento perfumado que extingue el hedor de nuestra maldad; la luz que disipa la oscuridad» (Santa Catalina de Siena, Escritos escogidos, Sevilla: Apostolado Mariano 1992, 154-157).

Para que con ella intercedieran por la Iglesia. Le pedía al Señor: «danos voz para clamar a ti con la voz de tu misericordia por el mundo y por la reforma de la Iglesia. […] Si te pido por todo el mundo, lo hago especialmente por tu vicario, y por sus columnas [cardenales], y por todos los que has querido que ame yo con amor singular. Aunque esté enferma, aunque sea imperfecta, quiero verlos sanos y perfectos, y, aunque esté muerta, quiero verlos vivos por la gracia. (Obras de santa Catalina de Siena. El diálogo, oraciones y soliloquios, Madrid: BAC 1991, n. 415, 498.)

La Sangre de Cristo fue continuo objeto de contemplación para Catalina. Puede impresionar la fuerza de sus expresiones, especialmente en las cartas, en las que invita a sus destinatarios a sumergirse, a ahogarse, bañarse en la Sangre de Cristo; vestirse de ella, embriagarse de ella; dolerse, alegrarse, fortalecerse en ella. Es la Sangre que nos ha mostrado su amor y nos ha salvado. Reportamos aquí algunas de ellas como ejemplo.

Condición y efecto de este «ahogarse en la Sangre de Cristo» es asumir su voluntad. La expresión está íntimamente ligada en sus cartas a la negación de uno mismo. «Deseaba verte bañado y ahogado en la sangre de Cristo crucificado, porque en la sangre se pierde el amor a la propia vida» (Carta 55). «Y esta es la razón por la que el alma ahogada en sangre nunca tiene dolor, y no sigue su propio camino, ni quiere mandarse a sí misma o a los demás según sus propios pareceres» (Carta 124).
«Ahogaos un poco en la sangre de Cristo crucificado, para que se disuelva la nube del amor propio, y el temor servil, y el veneno del odio y de la propia indignación» (Carta317).

Los frutos de este contacto con la Sangre de Cristo son varios. Ante todo, la unión más íntima y perfecta con Él: «Os ruego, en nombre de Cristo crucificado, que os calentéis y os bañéis en la sangre de Cristo crucificado, y, para que seáis uno con Él» (Carta 75).
Otro efecto es el deseo de corresponder con la propia entrega: «Anhelando verte bañada y ahogada en la sangre de Cristo crucificado, para que por la sangre tú des la sangre, y la vida por amor de la vida» (Carta 300). Y junto con esto, la perfecta paz:
«Bien se sigue, entonces, que quien ha ahogado su sangre en la sangre, esté en perfecta paz» (Carta 359).

Santa Teresa de Jesús, cuando pedía a Dios pusiera fin a los males de la Iglesia, no podía más que decirle a Dios Padre: «pues su santo Hijo puso tan buen medio para que en sacrificio le podamos ofrecer muchas veces, que valga tan precioso don para que no vaya adelante tan grandísimo mal […] Suplícoos, Padre Eterno, que no lo sufráis ya Vos. Atajad este fuego, Señor, que si queréis podéis. Mirad que aún está en el mundo vuestro Hijo […] No lo hagáis por nosotros, Señor, que no lo merecemos; hacedlo por vuestro Hijo. […] Pues algún medio ha de haber, Señor mío, póngale Vuestra Majestad. […] Pues ¿qué he de hacer, Criador mío, sino presentaros este Pan sacratísimo y, aunque nos le disteis, tornárosle a dar y suplicaros, por los méritos de vuestro Hijo, me hagáis esta merced, ¿pues por tantas partes lo tiene merecido? Ya, Señor, ya ¡haced que se sosiegue este mar! No ande siempre en tanta tempestad esta nave de la Iglesia, y salvadnos, Señor mío, que perecemos». (Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 35,3-5)

Santa Magdalena de Pazzi, gran intercesora ante Dios por la Iglesia y la salvación de las almas, oraba intensamente y ofrecía la Sangre de Cristo para que su petición fuera escuchada. Ella nos dice: «Jesús tiene sed de que le ofrezcáis su sangre por la salvación de las almas y pidáis misericordia por los pecadores. Dios tiene en su mano gracias eficaces para darlas a los pecadores mediante las cuales alcanzarían la salvación. […]
Obligad a Jesús con vuestros ruegos que os dé siempre un pastor celoso del honor de Dios» (Santa Magdalena de Pazzi, Avisos y enseñanzas, Onda: Ed. Amacar 1991, 53.)

La beata María de Jesús de Toledo, en una locución mística el Señor le dijo: «Hija, tuya es esta Sangre y mi Corazón; en él mora siempre anegándote en mi Sangre… de suerte que te anegues en el amor inmenso mío; y sabe que mi Sangre abrasa y quema los corazones que en ella se meten». (Simeón de la Sagrada Familia, María de Jesús. El “Letradillo· de Santa Teresa, Burgos: Monte Carmelo 1974, 39.) De este modo considerando la Sangre de Cristo como cosa realmente suya, la ofrecía a Dios por la salvación de los pecadores, por la liberación de las almas del purgatorio, y para alcanzar de Dios toda gracia para su mayor gloria.

El beato Francisco Palau que buscó largamente el modo de que la oración fuera escuchada, no encontró otro medio que el ofrecimiento lleno de fe de la sangre de Cristo.  Dirá: «para que la oración de Jesucristo y los frutos de su redención se apliquen a alguna nación o pueblo, para que haya quien le ilumine con la predicación del
Evangelio y le administre los sacramentos, es indispensable haya alguno o muchos que, con gemidos y súplicas, con oraciones y sacrificios hayan conquistado antes aquel pueblo y lo hayan reconciliado con Dios. A esto, entre otros fines, miran los sacrificios que ofrecemos en nuestros altares. La hostia santa que en ellos presentamos todos los días al Padre, acompañada de nuestras súplicas, no es solo para renovar la memoria de la vida, pasión y muerte de Jesucristo, sino también para obligar con ella al Dios de las bondades a que se digne aplicar la redención de su Hijo a la nación, provincia, ciudad, […] o aquellas personas por quienes se celebra […] la santa misa. En ella es propiamente donde se negocia con el Padre la redención, o sea, la conversión de las naciones». (Francisco Palau, Escritos, Monte Carmelo 1997, 35. Lucha del alma con Dios. Carta de un director, 8-9)

A Santa Teresa del Niño Jesús el Espíritu Santo le enseñó el modo de interceder eficazmente a los 14 años: «Un domingo, mirando una estampa de Nuestro Señor en la cruz, me sentí profundamente impresionada por la sangre que caía de sus divinas manos. Sentí un gran dolor al pensar que aquella sangre caía al suelo sin que nadie se apresurase a recogerla. Tomé la resolución de estar siempre con el espíritu al pie de la cruz para recibir el rocío divino que goteaba de ella, y comprendí que luego tendría que derramarlo sobre las almas…» (Teresa de Lisieux, Manuscrito A, 45v.  Así intercederá hasta el fin de su vida.)

La beata Isabel de la Trinidad, en un momento en que las relaciones entre la Iglesia en Francia y el Estado eran particularmente tensas, escribirá en unas cartas: «Gran necesidad tenemos que Dios realice resurrecciones en nuestra querida Francia. Me agrada ponerla bajo la efusión de la Sangre divina». «¡Pobre Francia! Me gusta
bañarla en la sangre del Justo, “del que vive eternamente para interceder y pedir misericordia”» (Isabel de la Trinidad, Obras Completas, Madrid: Ed. de Espiritualidad 1986, 746. 791. Cts. 225. 256.)

Santa Teresa de los Andes, alegrándose de la profundidad de su vocación contemplativa, dirá: «Unirse a Dios para que así circule en ella la sangre redentora, y comunicarla a la Iglesia, a sus miembros, para que así se santifiquen… Ella se inmola sobre la cruz, y su sangre cae sobre los pecadores, pidiendo misericordia y arrepentimiento. Cae sobre los sacerdotes santificándolos…» (Mariano Purroy, Teresa de los Andes cuenta su vida, Burgos: Monte Carmelo, 122-123.)

Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), cuando exhortará a sus hermanas para prepararse con la renovación de los votos religiosos en el ámbito de la II Guerra Mundial les dirá: “¡El mundo está en llamas! ¿Te apremia extinguirlas? Contempla la Cruz. Desde el corazón abierto brota la sangre del Salvador. Ella apaga las llamas del
infierno… […] Mira hacia el Crucificado. Si estás unida a él, como una novia en el fiel cumplimiento de tus santos votos, es tu/su sangre preciosa la que se derrama. Unida a él, eres como él omnipresente. […] Tu Amor misericordioso, Amor del corazón divino, te lleva a todas partes donde se derrama su sangre preciosa, suavizante, santificante, salvadora» (Edith Stein, Los caminos del silencio interior, Madrid, Ed. de Espiritualidad 1988,
109)

 

Conclusión

Ciertamente que más elocuente que la de Abel, la Sangre derramada por Jesús en su Pasión redentora habla de la infinita misericordia de Dios y de todo el doloroso peso de nuestros pecados. La Sangre de Cristo expresa,tanto la abundancia del pecado, como la superabundancia del Amor (cf. Rm 5,20). Es en esta Sangre donde Dios ha puesto un límite al mal, a través de donde se nos borran todas las culpas.

Por otro lado, nosotros cristianos, ya liberados de los pecados, estamos llamados al amor más grande, porque estamos llamados a encarnar «el amor más grande» del que nos habla el Evangelio: «dar la vida por los amigos» (cf. Jn 15,13).

Hermana María de la Fe, SSVM.

 

1- Fuentes:

– Aci Prensa, ¿Por qué julio está dedicado a la Preciosísima Sangre de Cristo?

– Aleteia ¿Por qué la preciosa sangre de Cristo se recuerda en julio?

– Patriarcado Latino de Jerusalén: Cómo la Devoción a la Preciosa Sangre de Jesús Puede

Transformar Nuestra Vida

 

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