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Ushetu, Tanzania, 28 de julio de 2026.

Llevo una poco más de dos meses sin escribir crónicas de Tanzania, y creo que es el intervalo más largo desde que comencé a publicar estos escritos hace casi trece años. En este tiempo hemos tenido muchas actividades importantes, varias historias para contar, pero el motivo de esta espera ha sido que deseaba escribir un agradecimiento y un recuerdo de mi madre. Ella falleció santamente el 17 de mayo pasado, hace un poco más de dos meses, y escribir se hacía un poco difícil en las semanas posteriores al funeral, como podrán comprender.
Ahora encaro esta tarea, no sin cierta dificultad, pues no sé cómo comenzarlo. Tal vez, si me permiten, como es el estilo de estas crónicas desde hace años, lo haré desde el punto de vista del misionero, y en primera persona.

Creo que puede servir, por un lado, para destacar las virtudes cristianas tan elevadas que vimos en nuestra mamá, como también para agradecer por tantos beneficios que Dios nos regaló por medio de ella.

La salud de mamá se fue deteriorando notablemente en los últimos años, cada vez con mayores limitaciones físicas, su problema del corazón, y sumando además el Alzheimer, que hacía que de a poco se fuera perdiendo en el tiempo y el espacio, y sin reconocer a las personas, en muchos momentos, aún a mis hermanos, que vivían todo el tiempo con ella. De estos últimos años, destacábamos con mis hermanos el hecho de que mamá nunca dejó su hábito de lectura, a pesar de ir perdiéndose mentalmente de a poco, la lectura siempre estaba presente.

En los últimos años volvió a leer todos los libros que tenía de San Juan Pablo II, de Santa Teresa de Calcuta, del Padre Pio, las crónicas del Padre Segundo Llorente, y hasta volvió a leer los dos libros de crónicas de Tanzania.
Cuando leía estas, volvía a revivir lo que yo había escrito hace más de diez años, y en varias ocasiones les contaba a sus visitas mis anécdotas de aquéllos tiempos, como si hubieran sido en esa misma semana. Ella pensaba siempre en la misión de Tanzania, y tenía un “altar”, una repisa donde había colocado todas las imágenes que yo le había llevado desde la misión, tallas en madera hechas por un tallador de aquí. Pesebres, cruces, imágenes de la Virgen, de San José, del negrito Manuel, de la huida a Egipto, etc. estas cosas la llevaban a rezar por nosotros siempre, y a los que venían a visitarla, les mostraba las “imágenes que le mandó Diego desde África”.

En primer lugar, es mi deber agradecerles a mis hermanos, el Padre Marcelo y la Hna. María Virgine (la mayoría de los lectores ya saben que somos solamente tres hermanos, y los tres somos religiosos, dos sacerdotes y una religiosa, del Verbo Encarnado). Ellos, la cuidaron a mamá los últimos años, con una caridad exquisita, de lo cual yo mismo fui testigo muchas veces, cuando viajaba a casa para las vacaciones, pero esto también me lo han dicho muchos sacerdotes y hermanas que fueron a visitar a mamá en sus vacaciones, cuando pasaban por Argentina. Mi hermana, María Virgine, religiosa de las Servidoras, estuvo cuidando a mamá por más de trece años, renunciando con gran sacrificio a su vida monástica, y a poder gozar de la ayuda de la vida comunitaria. En los duros años del Covid19, estuvo con mamá meses y meses sin poder salir de un minúsculo departamento, y en muchas ocasiones sin poder tener la misa y ni siquiera recibir la comunión diaria. Se imaginarán el gran sacrificio que esto significa, y a todo eso se sumó que en ese tiempo también ella fue víctima de un cáncer, y hasta el día de hoy sigue luchando por recuperarse completamente. Agregado a todo esto, y como telón de fondo, enfermedades autoinmunes que sufre desde hace años. En fin, qué más puedo decir, del heroísmo que ha significado para ella el cuidar a mamá hasta el último día. De mi hermano, el Padre Marcelo, no puedo decir menos, pues él pidió regresar a Argentina desde su misión en Chile, para poder cuidar a mi hermana y a mamá.

Me consta de su gran amor a la misión y el buen trabajo que venía haciendo, y que también ha sido una gran renuncia, no de un tiempo, sino de muchos años, o para siempre. Vuelvo a repetir, sin entrar en más detalles, cuidando a mamá con caridad exquisita, y a mi hermana. Gracias a ellos dos, yo podía estar en Tanzania, siguiendo adelante con la misión, escribiendo crónicas… porque estaba tranquilo, de que mis hermanos estaban allá, y ellos siempre, junto con mamá, alentándome a quedarme en la misión.

De común acuerdo con mis hermanos, y gracias a la caridad de mis superiores, traté de ir a visitar a mamá todos los años, pues como su salud era tan frágil, era conveniente visitarla al menos algunas semanas anualmente. Mi madre me ayudaba para poder viajar, un viaje que es muy costoso económicamente hablando, y eso también es un gran regalo que le agradezco. Creo que pude visitarlos anualmente desde el año 2021 hasta el 2025. Mamá tenía un corazón muy débil, pues había tenido una operación a corazón abierto hace muchos años, varios marcapasos, y en las últimas visitas al cardiólogo éste nos decía que “disfrutáramos de mamá en este tiempo, porque es un milagro que este corazón siga funcionando”. Ahora bien, hablando de el viaje desde Tanzania a Argentina, es un viaje muy largo, que lleva varios días, en que no siempre se consiguen todas las combinaciones, no hay vuelos todos los días, etc. Por eso mismo es que habíamos pensado en que viajara cada año para ver a mamá, porque por su frágil estado, y por el viaje, nunca podríamos saber si era posible volver a verla. Por eso, en todos estos años, siempre me despedí de ella como si fuera la última vez que nos veíamos en esta tierra.

Como se imaginan, las despedidas no eran para nada fáciles. Cada año había que tomar fuerzas y renovar, una y otra vez, esa entrega que hemos hecho desde el primer día que entramos al seminario menor o al noviciado. Esa entrega, renovada en cada despedida, especialmente en los últimos años, era especialmente edificante de parte de mamá. Acompañan a esta crónica las dos fotos de las dos últimas despedidas. Cada viaje a casa estaba rodeado de inmensa alegría al llegar, pero el último día y las últimas horas eran realmente difíciles. Esos momentos han sido tan importantes que los tengo grabados en la memoria y los recuerdo con gran consuelo y lágrimas. Puedo decir que es un momento digno de quedar inmortalizado en la vida de una madre, y de un hijo.

Por la fe puedo saber que era un momento rodeado de una gracia singular de Dios, visible por gestos muy simples, y que a la vista de cualquier otra persona podría pasar totalmente desapercibido. No podíamos casi ni decirnos palabras, con un nudo en la garganta, rodeábamos el momento de una rapidez inusitada, que muchas veces me llevó a olvidarme cosas en casa. Es como que queríamos hacerlo rápido y simple. Un abrazo, un beso, y le pedía la bendición, que ella trazaba claramente y lentamente en mi frente… “mamá, me voy a la misión”. Puedo ver ahora sus ojitos brillantes, con su mirada cándida, especialmente de los últimos años, diciendo que sí, con un leve movimiento de la cabeza. Ella quedaba allí, sentadita en su silla de ruedas, sin llorar. Era impresionante, cómo nos trasmitía fortaleza y serenidad a nosotros.

Los últimos días de vida de ella, comenzó a tener algunas dificultades debido a su insuficiencia cardíaca, y trajo complicaciones respiratorias. Pero ningún médico se animaba a decir que le quedaran pocos días, pues como sabemos, a veces sucede con los más viejitos, que hasta se recuperan, y varias veces vuelven a salir adelante, como pasó varias veces con mamá. Por eso mismo, a veces uno como misionero, se encuentra en una situación de difícil discernimiento, como decidir viajar, estando en una misión tan lejana, con viaje tan largo y costoso, como les decía más arriba, sin saber cuánto tiempo podría llevar la estadía en casa, si se mejora o empeora, etc. Todas estas cosas siempre las fuimos hablando entre los tres hermanos, con mucha tranquilidad, buscando lo mejor.

Y así llegaron los últimos días, en que se siguieron dos internaciones, y en la segunda vimos que ya era conveniente iniciar el viaje. En ése día, no habían combinaciones vuelos desde la ciudad más cercana, y de haber hecho “lo imposible”, es decir, un viaje medio “loco”, aún así no podría haber llegado a ver a mamá por última vez con vida. Sabiendo que el desenlace estaba cerca, mis hermanos me dijeron: “viaja tranquilo, estamos en las manos de Dios”. Esa tranquilidad la teníamos todos, porque siempre les había dicho eso, de que “yo siempre me despedí de mamá como si fuera la última vez, así que estoy tranquilo, y viajo tranquilo. Porque Dios me ha dado la gran gracia de despedirme en octubre, y de recibir su bendición”. Mis hermanos sabían esto perfectamente, así que con esa tranquilidad y paz en el corazón, hacíamos los preparativos.

El día viernes dispuse todo para comenzar a viajar el domingo, que teníamos un vuelo desde la ciudad de Kahama hacia la capital de Tanzania. Celebré la misa de la parroquia de Kangeme, en la Solemnidad de la Ascensión del Señor, y al mediodía comencé el viaje a la ciudad. Por la tarde tuve el vuelo a Dar es Salaam, donde debía esperar unas seis horas para el vuelo hacia Sudáfrica. Estando allí en el aeropuerto, durmiendo sobre el piso, pues ya eran casi las doce de la noche, recibo un mensaje de mis hermanos que dice: “mamá entró en agonía”. No necesitábamos decirnos más, pues lo esperábamos, pero también, en esos momentos yo me imaginaba a ellos acompañándola, y por lo tanto no era el momento de hablar, sino de rezar. Allí mismo me uní a ellos con el rezo de un santo rosario. Luego de haber hecho los trámites de check-in y migraciones, me avisan mis hermanos que mamá se había ido al cielo, en el día de la Ascensión. Todo esto en el aeropuerto, y les puedo afirmar que con muchísima paz. Todavía me faltaban dos días de viaje hasta llegar a San Rafael, y mis hermanos, con gran caridad, me dijeron, “viaja tranquilo, te esperamos a que llegues para el funeral”. Así fue el resto del viaje, rezando y dando gracias a Dios.
No puedo dejar de agradecer a mis hermanos el que hayan acompañado a mamá hasta el último suspiro. Las delicadezas con las que Dios rodeó a mamá en sus últimos momentos han sido increíbles. Las veces que recibió la unción de los enfermos, la cantidad de rosarios, y en su última agonía, rodeada de mis hermanos, cada uno tomando una de sus manos, mis familiares y las hermanas del hospital que rezaban y cantaban. En el canto de las letanías a la Virgen, se fue tan serena, que mis hermanos me decían que ni siquiera se dieron cuenta el momento exacto en que expiró. Una muerte santa como la desearíamos para cada uno de nosotros.

El entierro ha sido una bendición y un homenaje digno de una madre que entregó a sus tres hijos a Dios en esta Familia Religiosa. Tuvo su velatorio en el Monasterio Contemplativo “Santa Teresa de los Andes”, donde mi hermana es miembro de esa comunidad. Allí mismo se celebró la primera misa de cuerpo presente. Desde allí fue trasladada hasta nuestro Seminario Mayor, la querida Finca, en la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores, a quien mamá le tenía tanta devoción. Muchos años ella viajó desde San Luis, viajó sola, y solamente para participar de la procesión de la Virgen de los Dolores. Allí tuvimos “el funeral de una reina”, como nos dijo un sacerdote. Concelebraron en la santa misa más de treinta sacerdotes, todo el seminario mayor estuvo presente, las hermanas Servidoras, chicos de los hogares, amigos de la Tercera Orden. Pudieron estar presentes viarios familiares y amigos que viajaron desde San Luis. La misa celebrada con gran solemnidad, y con gran paz, en la que predicó mi hermano el P. Marcelo (ya les compartí su sermón en la publicación anterior), y hasta tuvimos un canto en swahili a la Virgen, para representar a los “nietos espirituales” de mamá.
Y la despedida final, el camino hasta el cementerio, en el precioso tiempo de otoño, el otoño de la Finca, pisando las hojas secas mientras rezábamos el rosario y cantábamos. Recuerdo las palabras de la hermosa poesía del P. Marcelo Navarro IVE, “otoño de redención”:

Quizás pudiera una vez,
en el abril de mis días
poner mi cuerpo en la alfombra
de tus hojas amarillas.
(…)
Quizás tenga en mi sepulcro
inquieta alfombra dorada,
la tierra que fue mi casa
y un marco azul de montañas.

De las virtudes y ejemplos de mamá, podría decir mucho, pero creo que ya este escrito es demasiado largo. Creo que el sermón de mi hermano ha trasmitido de manera sublime lo que se podría decir, y no creo poder superar lo que allí se dijo.
Pido disculpas por los meses sin enviar noticias, pero en varios momentos de estas líneas he debido hacer una pausa para poder seguir. A los que me reclamaban este escrito, podrán entender porqué me costaba ponerme a escribir. Vayan estas líneas como agradecimiento a Dios y la Virgen de parte de los tres hermanos, por la gran mamá que nos dieron, y que nos imaginamos nos sigue ayudando y protegiendo, y que intercede para que algún día nos encontremos nuevamente, como decía Marcelo Javier Morsella: “Todos juntos, con Dios, y para siempre”.

¡Gracias a Dios! ¡Gracias a la Virgen!
¡Firmes en la brecha!
P. Diego Cano, IVE.

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