Queridos todos, quiero concluir con ustedes, estos artículos sobre la Misericordia y el martirio, y para tal fin me he servido nuevamente de “Los Mártires del Siglo XX, testigos de la Misericordia” de Juan Antonio Martínez Camino.
San Juan Pablo II, en “Dives in misericordia” dice que el atributo más estupendo del Creador y del Redentor es precisamente la misericordia. Nuestro Dios, es un Dios con entrañas de misericordia precisamente porque es Dios, como dice el profeta Oseas que, y por ser Dios y no un hombre, no se deja llevar de la ira, muestra su poder divino perdonando siempre a un pueblo contumaz en la infidelidad y en el pecado, porque lo ama con un corazón misericordioso.
El profeta Isaías va a decir, en el canto del Siervo de Yahvé, (cf Is 42-53) que la justicia y la salvación van ligadas no solo para Israel, sino también para todos los pueblos, a ese Siervo sufriente por cuyas heridas ha de venir la curación para todos. Es Él quien carga con los pecados de la humanidad y con el peso de sus crímenes: “como un cordero llevado al matadero” todos los pueblos, añadirá Zacarías: “mirarán hacia Él, al que atravesaron”. (Zac 12,10)
Son profecías que Jesús las harás suyas para explicar su propio destino. De hecho, asociada a la profecía de Daniel sobre el Hijo del hombre (Dn 7,13ss) la profecía del Siervo que entrega su vida para salvar a muchos es asumida por Jesús como clave de interpretación de su pasión salvadora: (MC 10,45) “el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate por muchos”.
El Corazón divino, del que Oseas solo podía hablar metafóricamente, es el Corazón humano del Hijo de Dios. Con la encarnación, el sufrimiento de Dios adquiere un realismo inaudito. Dios padece realmente en el Hijo el destino de muerte del pecador y al mismo tiempo a cambio, el ser humano se entrega completamente a Dios y se abre definitivamente a la vida divina.
Así en la cruz de Jesús, el Hijo eterno que se entrega a la muerte en rescate por muchos, Dios muestra del todo su corazón compasivo y misericordioso. La misericordia, por así decirlo, se encarna y se revela en la persona de Cristo. El hijo toma un cuerpo en las entrañas de la Virgen para poder realizar la Divina voluntad de compasión y misericordia y para dar lugar a un nuevo comienzo a la humanidad y a la creación entera. En eso consiste su obediencia y su fidelidad. (Cfr. Heb 10,15)
Por eso Él es “el testigo fiel”, precisamente porque es el “primogénito de entre los muertos”. (Ap. 1,5) Es decir, Aquel en quien la muerte ha perdido su carácter de final y de fracaso, para convertirse en principio de Vida eterna.
De testigos a mártires
Mientras que Jesús vivió en esta tierra, sus discípulos no pudieron comprender su misión mesiánica, la del Siervo que se entrega a la muerte para salvar al mundo. Jesús libró una durísima batalla durante toda su vida para hacerse entender por sus seguidores como el Hijo que cumple la voluntad del Padre entregándose libremente en manos de los enemigos que le llevarán a la cruz. Los discípulos de Jesús pensaban que el poder del Mesías enviado por Dios habría de consistir precisamente en la destrucción de sus adversarios y en la instauración de un reino entendido como poder mundano que impone, por la fuerza, la ley de Dios y la supremacía del pueblo elegido. De hecho, le preguntan, antes de la ascensión de su maestro: Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel? (Hch 1,6).
Es verdad que aquellos hombres rudos habían sido elegidos por Jesús para ser “desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra.” (Lc1,2) Es cierto que el mismo Jesús los iba a enviar para ser sus “testigos en Jerusalén, en toda Judea y hasta el confín de la tierra” (Hch 1,8), pero el testimonio que se les encomendaba era en definitiva el mismo que había dado el Testigo fiel, el Siervo de Yahve, cuya misión les fue tan difícil de entender, que, en realidad, no lo habrían comprendido nunca, si no hubieran recibido “la fuerza que viene de lo alto” (Lc 24,49) es decir, “la fuerza del Espíritu Santo” (Hch 1,8).
Tras la resurrección del Señor, incluso, los encuentros con el Resucitado, ponen de relieve la incapacidad de aquellos hombres para reconocer al Salvador en el Crucificado. “Sus ojos no eran capaces de reconocerlo” dice Lucas, de los dos de Emaús (Lc 24,16)47, pero el Espíritu, dador de vida, iba a terminar por hacerlos capaces, no solo de comprender al “Testigo fiel” sino, de dar también ellos el mismo testimonio que el Maestro había dado en la cruz, aceptando libremente el sufrimiento y los ultrajes “por el Nombre” (cfr. Hch 5,41) y hasta la muerte violenta, como sucedería bien pronto con Esteban (Hch 5,41ss) y con Santiago (Hch 12,2). De hecho, todos los apóstoles darán testimonio de la Resurrección del Señor sufriendo persecución y muerte violenta, excepto San Juan, que no fue mártir, pero sí, un confesor de la fe, desterrado, “a causa del testimonio de Jesús.” (Ap 1,9)
También San Pablo morirá decapitado en Roma después de haber elaborado una “teología del martirio”. Para él, su muerte violenta no iba a ser ni una casualidad, ni un final sin sentido sino, todo lo contrario. Pablo preveía un desenlace así y lo entendía como participación en la muerte del Señor; les pide a los Efesios que no se desanimen ante lo que saben que está sufriendo por ellos (Ef 3,13)
Pues él es un embajador en cadenas, del misterio del Evangelio. (Ef 6,20) A los de Filipos le dice que, si su sangre ha de ser derramada, él está contento por ello. (cfr. Fil 2,17) Porque así no hace otra cosa que morir la misma muerte de Cristo “en comunión con sus padecimientos” (Fil 3,10); y de ese modo según les descubre a los colosenses “completo en mi carne – escribe – lo que falta a los padecimientos de Cristo en favor de su cuerpo que es la Iglesia” (Col 1,24)
Nada extraño pues, que la palabra testigo haya ido cambiando de significado al tiempo que una “nube ingente de testigos” (Heb 12,1) del Evangelio iban dando su vida junto con el Testigo fiel de la misericordia divina. Ser testigos de Cristo delante de los hombres empezó a significar lo mismo que aceptar libremente la muerte por amor suyo y de su Iglesia. Hacia el año 160 ese era el sentido en el que el término griego “martís” aparece ya con toda normalidad por primera vez en la carta de la iglesia de Esmirna que narra el martirio de su obispo Policarpo.
Mártir, tanto en griego como en su transliteración latina tendrá en adelante el significado de “testigo de sangre”. No cabía otro sentido pleno del testimonio, cuando se trataba de los testigos de Jesucristo, testigos del Inocente que da su vida en rescate por la multitud, manifestando así que Dios es amor y misericordia. Su significado propio es “testigo de sangre de la Misericordia que Dios tiene a la humanidad en la cruz de Jesucristo”. Antes del martirio de Policarpo, el obispo mártir de Antioquía, Ignacio, había escrito ya páginas admirables sobre el sentido del martirio como el don que permite al discípulo unirse plenamente, por amor, a su Señor crucificado.
En su carta a los Tracianos, había empleado, por primera vez en la literatura cristiana, la imagen de las ramas, refiriéndose a los mártires que toman su savia del árbol de la cruz del Señor y los convierte en “plantación de Dios”, que da un “fruto incorruptible”. Mientras era llevado entre cadenas a Roma, para ser arrojado a las fieras, San Ignacio les escribe a los cristianos romanos rogándoles que no hagan nada que le aparte del don que Dios le quiere otorgar.
Testigos principales de la Misericordia: en la fe, la esperanza y la caridad
Los mártires cristianos no son simples “héroes”, no son personajes dotados de una fuerza propia, sobrehumana, que se presentan como dignos de admiración por su valentía, su dominio sobre el dolor y su desprecio de la muerte o (de la vida). Esos podrían ser los héroes de la mitología pagana o ciertos filósofos estoicos que extirpan supuestamente las emociones para conseguir una supuesta paz. No, los mártires cristianos son más bien “imitadores de la pasión de Dios” del Dios cuyo extremado amor por el hombre le ha conducido a querer sufrir con y por éste, la pasión y la cruz. Los mártires no son desesperados, son aquellos que pueden decir con San Ignacio de Antioquía que aman al crucificado: “mi amor está crucificado”. Para llegar a ese punto han tenido que despojarse del orgullo de los propios poderes y haber entrado en la “dinámica” de la debilidad, en la lógica del Siervo, en quien se encarna la Misericordia.
Y se pueden poner ejemplos de esta constatación, válganos uno, que es el caso de Pedro; caso ejemplar a este respecto. El Señor en su proceso de delicada Pedagogía con él, al final, le pidió una triple confesión de amor, como superación de su triple negación y a continuación le anunció su muerte martirial con estas palabras “cuando eras joven tú mismo te ceñías e ibas a donde querías, pero cuando seas viejo, extenderás las manos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras”. “Esto dijo -añade el evangelista- aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.” (Jn 21,18-19) No hacía mucho, en la ùltima Cena, Pedro había tenido el arrojo de querer irse con Jesús para dar la vida por él (cfr. Jn13,37); luego había llegado incluso a echar mano de la espada. (cfr 18,10-11) Pero el martirio cristiano no es tanto un logro de la fuerza anímica del mártir, cuanto un don que el Espíritu concede, una gracia a la que no se responde, ni con el orgullo, ni con ningún tipo de violencia, sino en virtud de un “amor crucificado”. Es Cristo mismo quien llama al martirio haciendo así de este, una gracia especial.
La razón teológica última de la unidad de amor y de sufrimiento del mártir con Cristo es que el bautizado es un miembro de su Cuerpo que es la Iglesia. Recordemos que Pablo habla de sus propios sufrimientos y de su muerte, en beneficio del cuerpo de Cristo de la Iglesia. (Cfr. Col 1,24)
Teológicamente hablando decimos que: Como miembro del cuerpo místico de Cristo el mártir sufre con Cristo. Cuando decimos que sufre con Cristo, queremos decir, que el sufrimiento del mártir no se agota sólo en el mero hecho de sufrir por Él, sino que es la muerte de Cristo la que le lleva a él a su propia muerte. Dado que quien sufre es el “Hijo del hombre”, el que se ha hecho hombre, el sufrimiento de la muerte de Cristo ha venido sobre toda la Iglesia, su Cuerpo místico. Como resaltamos, vez pasada, es inevitable que participe en el sufrimiento de Cristo, quien pertenece a su iglesia, porque somos bautizados en la muerte del Señor y alimentados con su Sangre.
En esta perspectiva, el mártir como testigo y partícipe del amor crucificado, es decir, de la misericordia divina, aparece como aquel en quien se realizan en plenitud las tres virtudes cristianas: de la fe, la esperanza y la caridad.
El mártir es testigo de la fe en el Dios de la vida el que da la vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe.
El martirio cristiano no es en favor de la muerte, sino muestra eximia de la fe en la potencia del Dios creador, que, igual que ha sacado todo de la nada, ha creado al hombre para la vida eterna, como ha mostrado en la resurrección, el Siervo Jesús. Pero es una fe probada y humilde que no rehúye el sufrimiento, sino que cuenta con él. Desde el principio sabe que el triunfo del bien no es posible sin una dolorosa batalla contra la fuerza del mal, en este mundo, pero sabe ante todo en “quien ha puesto su confianza”.
Por eso el mártir es también un “príncipe de la esperanza“, no de una esperanza cualquiera, sino de la gran esperanza. Los mártires pudieron recorrer el camino del ser hombre del mismo modo que Cristo lo recorrió antes de nosotros, porque estaba estaban llenos de la gran esperanza, según recuerda Benedicto XVI, Sepe Salvi n.39. Es la esperanza de la vida eterna que libera a los hombres del gran engaño del supuesto, paraíso en la tierra, una liberación que no es posible sin el testimonio de los mártires, como no es posible la vida eterna sin la sangre de Cristo. Como testigos de la gran esperanza, los mártires son especiales testigos de la misericordia divina, en este tiempo de secularización de la vida, cuando la ideología del progreso y la civilización materialista pretenden arrebatar a los cristianos su gran esperanza.
Es bien fácil comprender que los mártires son ante todo los “príncipes de la caridad”, porque es el amor el que les mueve a unir su sangre a la de Cristo. Son crucificados, por eso como el Siervo inocente, que da su vida en rescate por la multitud, los mártires ponen su vida en favor de la Iglesia y de la humanidad.
El caso de los mártires de Lión es paradigmático del amor misericordioso de Dios, que ellos transmiten con su caridad y su perdón. Se trata del martirio en el año 177 d.C. bajo la persecución del emperador romano Marco Aurelio. En la cárcel estuvieron con algunos de sus hermanos que habían apostatado de la fe temerosos de los jueces y de sus amenazas. Los que iban a ser mártires lejos de vanagloriarse de su propia fortaleza, los acogieron con misericordia así vencieron realmente en el combate y consiguieron que sus hermanos recobraran el valor y volvieran a los jueces para dar testimonio de Cristo. La carta de la iglesia de Lión que cuenta el martirio de sus cristianos subraya que, de este modo, en la paciencia y humildad de los mártires, se puso de manifiesto la misericordia sin medida de Jesús.
Esta emotiva historia de perdón se conserva íntegra gracias a una célebre epístola enviada por los supervivientes a las iglesias de Asia y Frigia, transcrita por el historiador Eusebio de Cesarea en su obra Historia Eclesiástica.
La madurez del cristiano es seguir la Cruz. No debe esclavizarse a las “cosas del mundo”: en relación con Filipenses 3,15 Peterson (el teólogo alemán, a quien aludimos vez pasada) afirma que la madurez del cristiano se ve en la disponibilidad en seguir el camino de la Cruz, lo cual sigue siendo un reto en la vida de cada uno, al irse presentando de una forma nueva ante nuevas situaciones.
Hemos sido bautizados en la muerte de Cristo y comulgamos en su Cuerpo y Sangre, lo que nos lleva antes o después a la comunión con sus sufrimientos.
Queridos lectores: Se deduce de todo lo expuesto que, el cristiano no solo tiene que estar preparado para el martirio si le llega hora, sino que debe vivir la vida cotidiana en concordancia con las prioridades que presentan los valores del Evangelio, para lo cual se necesita ejercer cierta renuncia y control, de modo que las «cosas de este mundo» no le arrastren por caminos que le aparten de Cristo. Solo si vivimos según Cristo y su Evangelio seremos testigos de su Misericordia.
Dios nos conceda siempre esta gracia.
En Cristo y María Santísima
Hna. Maria de la Fe
Fuentes:
Juan Antonio Martínez Camino, “Los Mártires del Siglo XX, testigos de la Misericordia” Artículo del libro “Mártires, la Victoria sobre los ídolos”.


