“Que la lectura y meditación asidua
de estos dichos (de san Juan de la Cruz)
encuentre su traducción eficaz
en nuestro modo de vivir la vida de todos los días…”
(p. Buela, Servidoras V p.109)
San Juan de la Cruz pensó en nosotros. No digo en nosotros en general, como piensa un santo en las almas que vendrán después, sino bastante concretamente: pensó en sus lectores.
Hay un detalle curioso. En la Subida del Monte Carmelo se dirige nueve veces a quien tiene el libro entre las manos. Lo llama simplemente «lector», pero también «devoto lector», «amado lector», «discreto lector» y hasta «lector espiritual». Le pide que no se maraville, adivina las preguntas que le van surgiendo, le advierte que preste atención y, cuando teme que pueda perderse entre tantas distinciones, le recuerda cuál es el propósito de todo aquello: «encaminar al alma a la divina unión con Dios».
En las otras obras del Santo no encontramos esta insistencia.
Es bonito imaginarlo. San Juan de la Cruz escribe la que probablemente sea su obra más trabajosa de leer y, de tanto en tanto, parece levantar los ojos del papel para cerciorarse de que seguimos allí:
«Será necesario que el devoto lector vaya con atención…».
«Porque sepas, amado lector…».
«Siempre ha menester acordarse el discreto lector del intento y fin que en este libro llevo…».
No escribía, por tanto, para especialistas en mística que cuatro siglos después discutirían sus textos en congresos. Escribía para almas. Y sabía que aquellas almas podían cansarse, confundirse, interpretar mal una frase o no entenderla a la primera. Hasta parece haber previsto la experiencia de más de uno de nosotros. Porque una cosa es leer al Santo en el silencio del Carmelo y otra bastante distinta intentar seguirlo junto a la Corniche de Alejandría, entre bocinas, vendedores y el llamado de la mezquita.
Porque hay una pregunta que se repite con frecuencia: ¿por dónde conviene comenzar a leer a San Juan de la Cruz? ¿Por la Subida-Noche? ¿Por el Cántico espiritual? ¿Hay que seguir el orden en que aparecen sus obras completas?
Hay, sin embargo, un camino más seguro para entrar en san Juan de la Cruz: empezar por san Juan de la Cruz. Es decir, por su vida.
Fray José Vicente Rodríguez lo aconsejaba con frecuencia: ir a la vida. Y no era mal consejo. Los primeros editores de las obras sanjuanistas, que estaban bastante más cerca del Santo que nosotros, hicieron precisamente eso. Tanto la edición príncipe de Alcalá de 1618 como la de Barcelona del año siguiente pusieron delante de sus escritos una relación de la vida y virtudes del autor. Antes de ponerse a descifrar al maestro, presentaban al hombre y al santo.
En san Juan de la Cruz esto importa particularmente. Hay autores cuya vida explica poco sus libros; la de san Juan de la Cruz explica muchísimo. No porque sus obras sean una autobiografía disimulada —no lo son—, sino porque enseñó acerca de cosas que había vivido. Cuando habla de noches, desasimientos, contemplación, purificaciones y unión con Dios, detrás de las palabras hay un hombre que pasó por la cárcel de Toledo, que cantó en la oscuridad, que gobernó conventos, que sufrió contradicciones y que llegó a ser santo.
Por eso la vida del de Fontiveros nos entrega, antes de abrir sus libros, tres llaves para entenderlos mejor: su experiencia espiritual, su santidad y su poesía.
San Juan de la Cruz no escribe desde un escritorio neutro. Detrás de sus páginas hay una vida, y una vida llena de personas concretas: santa Teresa, Ana de Jesús, Ana de Peñalosa, religiosas dirigidas por él, frailes a los que gobernó, almas que fueron a buscar consejo. Fue un maestro consumado en aquel arte que él llamaba, con expresión magnífica, «hacer pasar adelante».
Y conviene conocer también al hombre de carne y hueso. Al que quería entrañablemente a su hermano Francisco —«la prenda del mundo que más estimo»—; al que, yendo de camino, se le antojaba comer unos espárragos; al que sabía reírse de las picardías de sus frailes, incluso de aquel que se bebió la sopa destinada a un enfermo; al que gustaba retirarse a rezar mirando correr el río o, durante los viajes, perderse de noche en el campo para estar a solas con Dios. Es el mismo hombre que conoció enfermedades, incomprensiones, cárceles y destierros. Todo eso pertenece también al autor de la Subida, de la Noche y del Cántico.
Y conocerlo cambia el modo de leerlo. Hay frases suyas que, arrancadas de esta vida, pueden sonar terribles. Después de conocer al Santo, suenan de otra manera. El hombre que escribió sobre el desasimiento no era un hombre incapaz de querer: sabía querer tanto a su hermano que lo llamaba la prenda que más estimaba en el mundo. El que predicaba la negación de los apetitos podía tener ganas de comer espárragos. El que escribió las páginas más severas de la Subida sabía reírse de una travesura conventual. Y el que habla de la contemplación no la aprendió en un tratado: sabía lo que era quedarse mirando un río, o buscar en medio de la noche un rincón del campo donde ponerse delante de Dios.
Y después está el poeta.
Pablo VI incluyó a San Juan de la Cruz entre los grandes poetas cristianos. Y con razón. Buena parte de sus grandes poemas nacieron antes que los tratados. En la cárcel de Toledo compuso gran parte del Cántico espiritual, La fonte, los romances y otras poesías. Aquellos versos comenzaron a circular entre las religiosas, que quedaban admiradas por la cantidad de cosas que unas pocas palabras podían contener.
Magdalena del Espíritu Santo cuenta que copió varias veces el cuadernillo que el Santo había sacado de la cárcel. Un día, admirada por «la viveza de las palabras y su hermosura y sutileza», le preguntó si Dios mismo le daba aquellas expresiones. Juan de la Cruz respondió con una sencillez magnífica: «Hija, unas veces me las daba Dios, y otras las buscaba yo».
Después vinieron las preguntas. ¿Qué significa esta canción? ¿Qué quiere decir este verso? ¿Qué le sucede al alma cuando encuentra al Amado?
Y el Santo, que no tenía demasiado interés en convertirse en escritor, terminó casi cariñosamente obligado a explicar lo que había cantado. Ana de Jesús le pidió que comentara el Cántico; Ana de Peñalosa, la Llama. Sus dirigidas querían que aquel hombre al que consideraban «oráculo y archivo de Dios» abriera un poco más el tesoro.
Quizá allí encontremos una buena pista para nosotros. Porque quizá convenga saber primero adónde nos lleva el doctor místico. Después habrá tiempo para enterarnos de todo lo que tendremos que ir dejando por el camino. Si uno comienza solamente por las negaciones, puede quedarse con la impresión de que la doctrina sanjuanista consiste en quitar, renunciar, negar, vaciar. En cambio, quien antes ha escuchado aquello de «mi Amado, las montañas» comprende enseguida que todas las renuncias tienen una razón: hacer sitio al Amado.
Por eso tampoco hay ningún dogma sanjuanista acerca del orden material en que deben leerse sus libros. Que la Subida aparezca primero en una edición no significa que tenga que ser necesariamente nuestra puerta de entrada.
Me atrevería incluso a dar un paso más. Antes de entrar en los grandes comentarios, quizá convenga escuchar primero la voz de San Juan de la Cruz.
Leer sus poemas. Leer despacio los Dichos de luz y amor. Las Cautelas. Los Avisos. Sus cartas. Mirar el dibujo del Monte. Son textos pequeños, quizás alguna sentencia nos desconcertará; alguna cautela parecerá excesiva. No importa. Se guarda. Muchas cosas que al principio no entendemos encuentran su lugar cuando seguimos caminando.
Después sí, podemos acercarnos al Cántico, a la Llama y, poco a poco, a la Subida y la Noche, ayudándonos cuando haga falta de buenas introducciones y comentarios.
Así, casi sin advertirlo, se reproduce algo de lo que ocurrió alrededor del propio Santo. Primero se escucharon sus canciones. Después aquellas canciones despertaron admiración. La admiración produjo preguntas. Y las preguntas terminaron obligando al poeta a explicar sus versos.
Eso es precisamente lo que debería ocurrirnos.
Que llegue un momento en que también nosotros nos sintamos dulcemente obligados a preguntarle: fray Juan, ¿qué quiere decir esto? ¿Qué debo hacer para apurar las noches? ¿Por qué hay que salir? ¿Dónde está escondido el Amado? ¿Qué significa el germano y espiritual sentido? ¿Cómo llega un alma a poder decir que todas las cosas son suyas?
Entonces San Juan de la Cruz deja de ser un autor difícil de la biblioteca y comienza a convertirse en maestro.
Y, por cierto, él mismo sabía que no siempre lo entenderíamos a la primera. Por eso dejó una advertencia especialmente consoladora precisamente en el prólogo de la Subida:
«No se maraville el lector si le pareciere algo oscura. Lo cual entiendo yo que será al principio que la comenzare a leer; mas, como pase adelante, irá entendiendo mejor lo primero, porque con lo uno se va declarando lo otro. Y después, si lo leyere la segunda vez, entiendo le parecerá más claro, y la doctrina más sana».
Es un gran consejo de lectura espiritual: seguir adelante y volver a leer.
¿Cómo empezar entonces con San Juan de la Cruz? Quizá de una manera muy sencilla: conocer primero al Santo; escuchar después al poeta; familiarizarse con sus palabras pequeñas; entrar luego en sus grandes obras y no asustarse si al principio alguna página resulta oscura.
Sobre todo, no olvidar nunca para qué escribió.
El mismo San Juan de la Cruz se lo recuerda al «discreto lector»: el intento de sus libros es «encaminar al alma a la divina unión con Dios».
No escribió para que supiéramos mucho acerca de la unión con Dios. Escribió para conducirnos hacia ella.
Y quizá por eso, cuatro siglos después, cuando encontramos en mitad de la Subida aquellas palabras —«amado lector»—, podemos permitirnos la alegría de pensar que también estaba pensando un poco en nosotros.
P. Gabriel M Prado, IVE



Una respuesta
Gracias por esta publicación porque me ha ayudado a organizar mis ideas encuanto a la lectura, pero tambien la importancia de saber la historia del Autor – ir a la vida para comprender las publicaciones del autor como en este caso San Juan de la Cruz y en mi caso Santa Teresita del Niño Jesus y la Santa Faz y – «encaminar al alma a la divina unión con Dios». GRACIAS 🙏🏻