“Me mantendré como centinela en la Puerta Dorada…” – P. Santiago E. Vidal

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El padre Bernard Druetto y nuestra misión en Kinmen

Cuando me ofrecieron predicar el retiro de adviento en la isla de Kinmen, tuve que mirar el mapa para tomar conciencia de lo cerca que estaría del continente. La aventura ya comienza en el vuelo, cuando saliendo de Taipei, el avión bordea con prudencia la costa occidental taiwanesa, hasta llegar a un sitio preciso donde gira decididamente noventa grados a la derecha, dirigiéndose en línea recta a su destino… ¡Allá vamos!…

Kinmen (o Jinmen 金門, “puerta dorada”) es un pequeño archipiélago de 12 islotes que en su punto más cercano al continente está a 2 km de China continental. Aunque hoy es un maravilloso sitio turístico, hipotéticamente se encuentra en la primera línea de fuego entre la China Comunista y la República de China, más conocida como Taiwán. Decir porqué Kinmen no pudo ser conquistada, no es asunto de esta crónica. Pero las bombas que llovían entonces por todos lados sobre el pequeño islote (…medio millón de artillería pesada en 44 días…¿no será mucho?), se me antojaba una parábola de todo lo nuestro. La visita a los túneles cavados para proteger a los soldados, tanques y hasta barcos sólo transmite una lejana imagen de lo estresante que habrá sido la vida por aquellos tiempos. Una de las cosas que más me impresionó fue ver las hermosas playas, paradisíacas, llena de fierros en punta, desafiando desembarcos… Digamos que no es un lugar para llevar a los chicos de la “avanzada india” de campamento (¡ganas no faltan!) Mucho menos cuando se piensa que por algún sitio debe haber quedado enterrado algún explosivo sin detonar.

Las Servidoras del Señor y la Virgen de Matará son la única congregación religiosa presente actualmente en Kinmen, realizando un servicio heroico a la Iglesia Católica, en un sitio donde los católicos registrados son poco más de cien, y los que participan de la Misa dominical poco menos de treinta. Según los datos recientes, el pequeño archipiélago cuenta con una población de 130 mil habitantes, cuarenta mil de las cuales residen en la capital. “Nadie quiere venir a Kinmen”—me dijo el párroco de origen vietnamita, religioso de la Congregación de San Juan Bautista. Este sacerdote, como muchos religiosos en Taiwán (a excepción de pocas congregaciones, como la nuestra), reside en su casa parroquial en total soledad. Pienso que todo el que tenga un poquito de celo por la Gloria de Dios, debe sentir que se desempolvan los sentimientos más genuinos de ardor misionero en lugares como éstos. Poco más faltaba que el párroco me entregara la llave parroquial frente al pequeño rebaño de fieles, al mismo tiempo que les aseguraba que ya estaba en el proceso de convencerme para tomar su puesto. Tampoco tenía que hacer mucho esfuerzo.
Pero dejando atrás las anécdotas personales, quisiera detenerme en la figura central que ocupa esta crónica, el padre Bernard Druetto, apóstol de Kinmen.

El padre Druetto, de familia italiana, nació en Marsella (Francia) en el año 1909. Su hermano mellizo murió de neumonía a los 20 días de nacer, y su madre llevó al bebé sobreviviente a la Catedral de Notre Dame, con este pedido-promesa: “Señor, deseo ofrecerte este niño para que dedique su vida a tu servicio. Te pido que lo cuides.” Y Dios aceptó la propuesta. Bernard entró en Turín a la orden franciscana con 11 años de edad, y luego de sus estudios humanísticos, completó en Roma estudios en teología y medicina. Por lo demás, Bernard desarrolló dotes de arquitecto, agricultor, y constructor. En una palabra, hacía de todo. A los 22 años cumplió su sueño misionero llegando a la misión en Changsha (Hunan, China). De ese lugar le quedó para siempre un acento tal, que él siempre decía: “Yo hablo la lengua de Hunan…” Fue ordenado sacerdote en mayo de 1932, comenzando entonces una gigantesca tarea pastoral, que incluyó la fundación de hospitales y la atención de numerosas parroquias. Cuando los japoneses invadieron China, el Padre Druetto fue tomado prisionero, pero pronto lo soltaron por su condición de médico, aunque le exigieron la atención prioritaria de las tropas invasoras. Pero el sacerdote escapó a las montañas, donde ofreció sus servicios de médico a los soldados de la resistencia china.

Veinte años pasaron en su abnegado servicio sacerdotal en Hunan, cuando finalmente la zona donde residía cayó en manos de los comunistas. El padre Druetto ya tenía sentencia de muerte desde el primer día que fue capturado, pero pasó ocho meses en prisión, bajo terribles vejaciones, con el fin de que firme una declaración de culpabilidad que él siempre se negó en firmar. Finalmente, los agentes comunistas llamaron a un “juicio popular”. Para sorpresa de los líderes comunistas, al preguntar qué pena se merecía el “culpable”, las 20 mil personas congregadas comenzaron a pedir a gritos la liberación del amigo extranjero, quien había sido por años su sacerdote y médico, y doce voluntarios se ofrecieron incluso a ocupar su lugar de castigo. Y efectivamente lo ocuparon, porque poco después fueron ajusticiados (algo que fue siempre como una espina en el corazón de nuestro misionero), y por “voluntad popular” fue expulsado a Hong Kong. Sus palabras antes de cruzar la frontera fueron: “Pueden deportarme, pero no pueden expulsar mi corazón, volveré algún día…”

Luego de un par de meses de recuperación física en Hong Kong (en la cárcel había perdido más de 45 kg.), el padre Druetto ya estaba ansioso para salir de nuevo al ruedo. Se enteró de que algunas tropas nacionalistas habían quedado varadas en una isla de Vietnam, en jurisdicción francesa, y allí fue para atender física y espiritualmente a esos soldados chinos. Poco tiempo después viaja a Taiwán, residiendo en el área donde actualmente tiene parroquia el IVE, ya que en aquel entonces ésta era una zona enteramente encomendada a la misión de la orden franciscana. En 1954, se anoticia de la necesidad de enviar unos víveres a la isla de Kinmen, y se ofrece a realizar esa obra, llegando a destino justo en las vísperas de la Navidad. La mirada del padre Bernard sobre la heroica Kinmen pareció extender en el tiempo la mirada de Cristo, el Buen Pastor (Mt 9,36). Desde entonces, se quedó para siempre en Kinmen, y solamente saldría para buscar nuevas ayudas, con las que construyó dos capillas, un pequeño hospital, realizando además muchas otras obras de caridad.

Demasiado larga es la lista de anécdotas de este intrépido misionero. El decía con humor: “¡Los comunistas me sacaron bueno!… Gracias a ellos, puedo comer una sola vez al día, lo que me ahorra mucho tiempo. Hay demasiado trabajo y muy poco tiempo. Con dormir dos a cinco horas me basta…” Hasta el mismo día de su muerte recorrió a pie, a caballo o en moto cada rincón de la isla, llevando alivio a los cuerpos y a las almas. En cierta ocasión, estando fuera para pedir ayuda, se enteró que habían reanudado los bombardeos más intensos contra los suyos, y allí volvió en un barco cuyo capitán prefirió la seguridad de alta mar, al peligro de atracar en puerto. Pero el padre Druetto se tiró al agua, llegando a la costa de Kinmen a nado. Y a pesar de quedar malherido, pudo brindar su asistencia espiritual a muchos soldados. Esta acción le valió una medalla de honor en reconocimiento a su acción heroica.

A días de mi regreso a Taiwán, dos imágenes siguen viniendo a mi memoria con mucha fuerza. La primera, la cruz misionera plantada por el Padre Druetto, con la “Virgen de los Pobres” a sus pies, declarada por este sacerdote como “Patrona de Kinmen”. La advocación es originaria de Bélgica (Notre-Dame de Banneux, Vierge des Pauvres), y su primer promotor en China fue el obispo José Fan, cuando conoció de esta aparición en Europa al tiempo de su ordenación episcopal, en 1933, recibida en Roma de manos de Pío XI. Las inscripciones del monumento rezan: “Paz y Bien. Virgen de los Pobres. Madre de Dios. Signo de Victoria.”

La segunda imagen es la luz encendida en la capilla de las hermanas con el Santísimo Sacramento expuesto, todos los días muy temprano, a las 5.30 de la madrugada. Al ir al templo principal para mi oración personal, esa luz encendida era para mí signo de gran esperanza, signo de todo lo que está bien. “Me mantendré como centinela en la Puerta Dorada…” decía el Padre Druetto.

Que Dios conceda heroica perseverancia a nuestros misioneros en las más remotas partes
de la tierra, y que muchos más se animen a “no ser esquivos a la aventura misionera.”

P. Santiago E. Vidal, IVE
Vísperas de Navidad 2025,
71º aniversario de la llegada del P. Druetto a Kinmen

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