Desde hace aproximadamente una doble decena de años, he venido acumulando materiales para abordar, con la severidad de exigencia, el estudio del origen, difusión y verdadero punto de mira de la leyenda negra hispano-americana. Todo hombre culto la conoce. Es aquella conseja según la cual cuanto Castilla realizó en el Nuevo Mundo se redujo a una diabólica hazaña de pillería, en la que lo burdo atroz rimó al unísono con lo más refinadamente inicuo. Lo que no todos saben, sin embargo, es que quienes explotaron la fábula buscaban a la Iglesia por encima de España, y que, en el supuesto más favorable para ellos, aparecen siempre fusionando en un mismo desamor –el que tenían al monarca católico y el que profesaban a la catolicidad de éste– la razón que acicateaba los ataques.
Poco efecto tuvo, a tal respecto, el grito de alerta con que a principios del siglo XVII Vargas Machuca llamó la atención sobre el aprovechamiento que, para sus planes religiosos, los hugonotes hacían de la leyenda[1]. Los pocos que llegaron a conocerlo, no se resolvieron a prestar crédito al peligro que Vargas insinuaba en su Discurso. Quizá creyeron que se excedía en los temores. Y, lógicamente, aquel llamado a la realidad no tuvo frutos. No es posible negar, esto empero, que el trono español, anticipándose inclusive a Vargas Machuca, había dispuesto –hoy diríamos oficialmente– que el mundo fuera informado con verdad, acerca de todo lo atañedero a su obra en América[2]; pero tampoco lo es que el aspecto puramente anticatólico de la campaña difamatoria, no fue contemplado como habría sido necesario y justo. Castilla, esto es cierto, dispuso que se documentara, en una crónica verídica y con solidez erudita, la preocupación que ella tuviera por difundir la Fe en las tierras develadas por Colón, así como, también, el cuidado que prestara a todo cuanto se vinculaba con el culto divino[3]; pero la verdad es que lo que con ello se perseguía, muy de preferencia, era dar cimiento al por entonces discutido justo título. Llamábase así al derecho legítimo que para la total conquista americana, España proclamaba como suyo, y cuya licitud procedía de la donación papal de 1493, que sólo le había impuesto una condición esencial: la de propagar la doctrina evangélica. Insisto, pues, en que el aspecto de ataque a la Iglesia que involucraba la leyenda, no fue por entonces contemplado, por lo menos con la nitidez de rigor. Y como, en el andar del trajín erudito al que ya me referí en los comienzos de esta nota, he ido viendo perfilarse tal singularidad específica del incalificable fabulón, me ha parecido útil extraer del libro, próximo a aparecer[4], y a modo de anticipo suyo, las conclusiones que, en este particular, tengo logradas en mis pesquisas. Tal es el asunto real de las presentes líneas.
Ahora bien: ¿qué fundamento tiene la aseveración de que es la Iglesia el punto de mira último y capital del conocido engendro? La respuesta me es fácil. Bástame exhibir algunas de las diez y siete láminas en que, hacia fines del siglo XVI, el editor holandés Bry concretó la visión objetiva de la leyenda. Aquí mismo inserto dos. Ambas son por demás elocuentes. Para cualquiera que las observa, la Iglesia, aparece, cuando menos, como un cómplice de las atrocidades. Y un cómplice que saca provecho de las circunstancias.
El niño bautizado en las condiciones en que nos lo exhiben en la lámina primera, así como el indígena a quien se predica el Evangelio mientras las llamas de la hoguera aniquilan sus carnes, tal como lo pinta la lámina segunda, son pruebas que patentizan la dolosa intención de los propagadores de la calumnia. El enemigo verdadero era el Papado, la Iglesia, lo católico romano, y en la misma protesta contra la España, dominadora de Flandes, había más de sentimiento religioso que de móvil político o anhelo patriótico. Hasta lo testifica el hecho de que, cuando parte de Flandes –aquella que era la parcela realmente católica– se avino a permanecer bajo el dominio de Felipe II, los holandeses reformados hincaron más hondo el diente de la difamación y lanzaron a los vientos, en versión al francés, –pues era esta lengua la mejor conocida por los reacios a sus inspiraciones–, el desdichado panfleto del P. Las Casas: Brevísima relación sobre la destrucción de las Indias. La torcida intención está a la vista. Alzan contra España una grita en la que el vocero mayor es, nada menos, que un misionero indiano, que, para colmo, había ceñido la mitra episcopal. Se ofrece así su testimonio como irrecusable, desde que es uno de la grey. Y se señalan los pasajes en que el dominico denuncia horrores, cuya responsabilidad deben repartirse, por mitades parejas, la espada del rey y la cruz de los evangelizadores. Claro está que, cuadrando ello maravillosamente al objetivo que los hugonotes perseguían, el título original de la Obra del P. Las Casas no fue conservado y se le substituyó por otro que rezaba: Tiranías y crueldades perpetradas por los españoles en las Indias Occidentales[5]. Para mejor denuncia de propósitos, el impreso fue decorado con un añadido bien elocuente. . . Decía: Pour servir d’exemple et advertissement aux XVII Provinces du páis bas[6].
No hay para qué advertir que la hipocresía alardeó aquí habilidades sutilísimas. Las descubre cualquiera hasta en la elección de la obra difundida. El librillo del P. Las Casas, escrito como se sabe en 1542 y publicado diez años después, no había tenido, originariamente, más finalidad que mover a piedad al Emperador e inclinarlo a reformar las ordenanzas que regían el tratamiento del indígena americano. Lejos estuvo del autor el propósito de difamar. Exageró, sin duda, cayó en sofismas de generalización, y hasta, quizá, incorporó a su relato alguno que otro embuste eficaz para el logro de lo que buscaba, pero nada hay en el panfleto que acuerde el derecho de proclamarlo la obra de un calumniador sin entrañas. Las Casas era hombre frenético y carecía de equilibrio en sus actitudes. Ese fue su doble mal, y de ahí nace el daño que ha producido al prestigio de España. Los hugonotes ignoraban este detalle, pero lo que no se les ocultaba, era la calidad del desborde pasional de la Brevísima relación, cuya sola denuncia de existencia –en cualquier momento de la cultura– obliga a no prestar crédito mayor a cuanto asevera quien así lo padece. Sin embargo, apareciendo como respetuosos del testimonio de Las Casas, sólo porque era religioso y obispo, los reformados lo usaron, precisamente, para combatir la causa en la que el autor del libro era soldado. Y que la actitud de acatamiento a su testimonio fue cosa de hipocresía, lo proclama a gritos la circunstancia de que sólo aceptan de él aquello desorbitado y tremebundo que el dominico escribe contra la conquista, pero se cuidan de huir de cuanto el mismo escritor establece acerca de cosas de agradable recuerdo para la catolicidad de España.
Este recurso, por otra parte, ha sido de todos los tiempos. En estos que nos alcanzan, hemos asistido, nuevamente, a su reflorecimiento. Hace denuncias de tal realidad, la lámina que, al comienzo, ilustra esta nota. Trátase de la portada de una publicación, tendenciosa y perversa, hecha en Alemania en los días en que el paganismo oficial arremetía contra la Iglesia. La carátula –cualquiera lo advierte– está inspirada en una de las láminas de Bry que aquí se reproduce, y lleva un título que es, en sí mismo, un categórico pregón de lo que el editor busca sin esbozos. Bajo el signo de la Cruz, reza la portada, traducido el texto en su más exacto sentido. Y, naturalmente, intenta así proclamarse que es la Cruz –nuestro excelso símbolo cristiano– la que, por encima de todo, ha dado amparo y ha prestado sombra de protección a cuantos horrores describiera Las Casas con el propósito de exhibir lo que tenía por genuino de la conquista americana. El propósito avieso salta a la vista y no requiere señalamiento mayor. Ello, a pesar, me resisto a silenciar que el prólogo introductorio con que el libro se abre, ofrece todas las características de fina perversidad y avieso fondo que tipificó el modus operandi de los hugonotes de las postrimerías del siglo XVI, y de principios del siglo siguiente.
Y esto basta. La «Leyenda negra hispano-americana», pues, fue, cuando menos, un combinado ataque contra España y contra la Iglesia, y, quizá, en algún momento, más contra la Iglesia que contra España. Me lleva a sostener esto último, la verificación de que la repudiable fábula fue empleada en España y por españoles, en las campañas ideológicas a las que se entregó el liberalismo ceñudo de principios del siglo XIX. Mucho puede decirse acerca de esto, pero no quiero anticipar lo que ya tengo escrito en «La historia de la leyenda negra hispano-americana» próxima a aparecer[7]. Allí desarrollo, con prueba superabundante, las aserciones que constituyen mi punto de vista personal en este asunto. Y a tal lugar remito a cuantos quieran conocer los fundamentos de lo que aquí sólo presento en esbozo.
Remato esta nota diciendo, con la seguridad que me confiere el hallazgo de pruebas que no dan asidero alguno a la duda: la Iglesia, a la par de España, sufrió en su nombradía las consecuencias de una fábula maligna, edificada sobre la base del testimonio falaz de un desorbitado, y difundida, con intención de descrédito, por quienes proyectaban usufructuar a éste en su beneficio. Y como ocurre en el caso de todas las calumnias, en este de la «leyenda negra», el tiempo, al develar el verdadero objetivo de ella, ha permitido sentenciar definitivamente en su contra. Hoy ya no es serio, para cualquiera que se precie de culto, –no importa el color de su ideología–, dar crédito alguno a la secular conseja. Aceptarla importa, sin disputa, una descalificación intelectual.
* En Revista «Sol y Luna», N°2, Buenos Aires, 1939.
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[1] Bernardo de Vargas Machuca: Defensa de las conquistas occidentales. Este tratado forma parte de sus Discursos apologéticos, inéditos hasta mediados del siglo XIX.
[2] Tal lo certifica el mandato dado al cronista mayor Antonio de Herrera y Tordesillas, y al que éste respondió en sus Décadas. La orden real va implícita en su designación, hecha en 1596.
[3] Esta fue la comisión dada, en 1635, al doctor Tomás Tamayo de Vargas (Véase: Carbia: La crónica oficial de las Indias Occidentales, La Plata, 1934, págs. 186 y siguientes).
[4] «La historia de la leyenda negra hispano-americana».
[5] El libro es la reproducción del panfleto de Las Casas, exornado con las 17 láminas de la edición de Bry, de fines del siglo XVI. Ha sido publicado, en 1936, por Adolfo Klein, de Leipzig, bajo la dirección de Alfred Miller, que es quien se ha encargado de presentar la figura de Las Casas acomodada a las conveniencias de su finalidad proselitista.
[6] Translitero la leyenda sin variarla en nada. Ella es la que lleva el libro a que me refiero y que fue impreso en Amberes, en 1589, por François de Ravelenghien.
[7] Poseemos un ejemplar de este excelente libro de Carbia, «Historia de la Leyenda Negra Hispano-Americana», que fue editado por Ediciones Orientación Española – Buenos Aires – 1943. No se indica allí si es la primera edición o alguna subsiguiente. (Nota de «Decíamos ayer…»)


