- Introducción. Oportunidad de este trabajo.
La virtud de piedad (pietas) ha sido relativamente poco estudiada por los especialistas en Santo Tomás de Aquino, y sobre todo en cuanto ella toma por objeto la patria.
En estos momentos en que la nuestra se bate con heroísmo contra una de las grandes potencias de la tierra, en defensa de lo que estima ser una parte de su suelo, nos parece oportuno dar a conocer lo que el Aquinate opinó sobre la virtud de la piedad para con la patria: esa misma virtud que mueve a nuestros soldados.
- La virtud de Piedad y su relación con la Patria.
- El concepto vulgar de piedad: su confusión con el de misericordia.
Hoy día la piedad (por lo menos en una de las acepciones de esa palabra) se identifica con la misericordia, al punto de que en la Misa y en los misales, el «Miserere nobis» latino se traduce indiferentemente por «Ten misericordia de nosotros» o por «Ten piedad de nosotros».
Al parecer, una identificación semejante –si no igual– se daba ya en tiempos de Sto. Tomás, dado que éste nos dice en su Suma Teológica que la costumbre del vulgo era la de usar el término «piedad» para indicar la misericordia, de manera que incluso a Dios –misericordioso por excelencia– se lo llamaba pío. Y se funda el Aquinate en un texto de San Agustín («De Civitate Dei», cap. I), lo que muestra que la confusión entre ambas virtudes es aún mucho más antigua.
- El concepto filosófico-teológico de la virtud de la piedad.
En primer lugar, cabe decir que la virtud de piedad, para el Aquinate, tiene estrecha relación con la de justicia, al punto de ser una de sus partes potenciales. Dice «…estas virtudes que se refieren a las operaciones participan de algún modo de la razón de justicia. Pero el débito no es el mismo en todas ellas; en efecto, de un modo se debe algo al igual, de otro modo al superior, de otro modo al menor, y de otro por razón de un pacto, o de una promesa, o por beneficio recibido. Y según estas diversas razones de deber, se originan diversas virtudes: por ejemplo, la religión es aquélla por la que se da lo debido a Dios; la piedad, es aquélla que da lo debido a los padres y a la patria; la gracia[1] es aquélla por la que se da lo debido a los benefactores, y así sucesivamente» («S. Teol…» 1-2, q.60, 3c).
En cuanto al fundamento de la virtud de piedad, se halla en que en la patria tenemos uno de los principios de nuestro ser («S. Teol…», 2-2, q.101, a.3, ad.3). Porque en ella hemos nacido y porque de ella hemos recibido nuestro alimento material y espiritual, ya que todos participamos de su bien común.
Empero, tal verdad no debe llevarnos a endiosar la patria, al modo pagano o al de ciertos totalitarismos modernos, porque «…Dios es principio de nuestro ser y de nuestra gobernación, de un modo muchísimo más excelente. Y, por tanto, la virtud de religión, por la que se manifiesta el culto a Dios, es diversa de la piedad, por la que se manifiesta el culto a los padres y a la patria (…). Por lo cual, por excelencia, se llama también piedad el culto a Dios[2], así como por excelencia se llama a Dios, Padre nuestro» («S. Teol…», 2-2, q.101, a.3, ad 2).
De manera que, teniendo su fundamento la virtud de piedad en dar lo debido a todo aquello que es el principio de nuestro ser, y gobierno nuestro, por excelencia se llama también «piedad» a la virtud de religión, que da lo debido a Dios, causa primera y sustentáculo permanente de nuestro mismo ser, pues Él es el Ser mismo subsistente, mientras que nosotros, creaturas, tenemos ser, participamos del ser; pero no somos el Ser. A partir de Dios, en orden descendente, se dan una serie de causalidades que también –bajo la causalidad primera y universal de Dios– nos dan el ser y la dirección de nuestra vida: nuestros padres y nuestra patria. Y así como la patria concurrió y concurre a darnos nuestro ser, así nosotros debemos, en caso necesario, dar nuestro ser –nuestra vida, nuestra existencia– a la patria.
Vemos aquí cuánto dista este concepto auténticamente tradicional de la patria, del roussoniano y jacobino que –¡ay!– se enseña todavía, a menudo, en nuestras escuelas. La patria no surge de un pacto social, de un acuerdo de voluntades; la soberanía no nace de la «voluntad general»; la patria es tal porque es «la tierra de nuestros padres»[3]; de los carnales en primer lugar; pero también de los que han formado nuestro espíritu a través de las generaciones; patria, tierra, padres, tradición, son conceptos y realidades íntimamente vinculados.
- A quiénes se extiende la virtud de la piedad.
Algo hemos dicho ya de esto; pero oigamos el artículo de la Suma que específicamente se refiere a ello: «…el hombre se hace deudor de otros de diversas maneras, según la diversa excelencia de ellos, y según los diversos beneficios de ellos recibidos. En uno y otro aspecto el sumo lugar lo tiene Dios, porque es excelentísimo, y porque es nuestro primer principio en el ser y en nuestro gobierno. Nuestro principio secundario en el ser y en el gobierno son los padres y la patria, de los cuales y en la cual hemos nacido y nutridos. Por lo cual, así como a la religión pertenece llevar a cabo el culto a Dios, así, en segundo grado, pertenece a la piedad llevar a cabo el culto a los padres y a la patria. En el culto de los padres se incluye el culto a todos los consanguíneos: porque los consanguíneos llevan ese nombre porque provienen de los mismos padres (antepasados), como resulta del Filósofo (Aristóteles), en el libro VIII de la Ética. En el culto de la patria se comprende el culto de los conciudadanos y el de todos los amigos de la patria[4]…» («S. Teol.», 22, q.101, a.1 c).
- La virtud de observancia
Íntimamente vinculada con la virtud de piedad, se halla la virtud de observancia, que consiste en la disposición firme y permanente a tributar el honor y obediencia debidos a los que «están constituidos en dignidad» por su cargo y función. Y aquí se incluye el tan olvidado deber de honrar y obedecer a los gobernantes políticos. Manifiesta al respecto Sto. Tomás: «…a aquéllos que están constituidos en dignidad les compete el gobernar a los súbditos. En efecto, gobernar es mover a algunos hacia su debido fin, así como el navegante gobierna la nave conduciéndola al puerto. Todo aquél que mueve a otro tiene cierta excelencia y cierto poder sobre lo que es movido. Por lo cual es necesario que, respecto de aquellos que están constituidos en dignidad, primeramente se considere la excelencia de su estado, con cierta potestad sobre los que les están sometidos; en segundo lugar, el mismo deber de gobernar. Por razón de su excelencia se les debe honor, que es como el reconocimiento de la excelencia de alguno. Por razón de su oficio de gobernar, se le debe culto, que consiste en cierto obsequio, es decir, en obedecer a su mando y recompensar de algún modo los beneficios de ellos recibidos» («S.Teol.», 2-2, q.102, 2c.).
Hoy en día se ha hecho ya una costumbre la crítica indiscriminada a los gobernantes, cuando nos desagradan por algo, o porque «las cosas andan mal» o porque nos perjudican en nuestros intereses privados en beneficio del superior bien común de la patria. Al perder su vinculación con Dios, los gobiernos modernos han perdido también el culto, el honor y respeto de los gobernados. Quizá su origen histórico debamos encontrarlo en aquella guillotina que cercenó la cabeza de Luis XVI: al matar al Rey, se intentaba, con conciencia clara u oscura, matar también el respeto a los antepasados (tradición), y, sobre todo el matar a Dios. Los mismo que mataron a Luis XVI fueron los que entronizaron en Notre Dame a la «diosa Razón o los que –Robespierre– instituyeron el culto laico de un vago «Ser Supremo»[5].
- Religión y piedad para con la patria
Dice al respecto Sto. Tomás: «…la religión y la piedad son dos virtudes. Ninguna virtud contraría o repugna a otra: porque, según el Filósofo en su libro de los Predicamentos, el bien no es contrario al bien. Por lo cual no puede ser que la piedad y la religión se impidan mutuamente, de modo que por una de ellas se excluyan los actos de la otra. Pero todo acto de virtud, como resulta de lo dicho antes (1-2, q.18, a,3)9 está limitado por las debidas circunstancias; por lo cual, si no se atiende a ellas, el acto ya no sería de virtud, sino de vicio» («S. Teo., 2-2, q.101, 4).
Por lo dicho, y por lo expuesto antes sobre la jerarquía Dios-padres-patria, no puede haber oposición entre las virtudes de religión y de piedad para con los padres y para con la patria, si se guardan en todo caso las debidas circunstancias. Pero, así como quien, por un exagerado culto a los padres, deja de rendir culto a Dios, obraría mal; así también –no lo dice allí Sto. Tomás, pero se deduce de los múltiples textos en que une piedad para con los padres y piedad para con la patria–, quien por un exagerado culto a la patria dejara de rendir culto a Dios, obraría también mal. Es lo que más arriba hemos designado por culto pagano o neopagano –totalitario o democrático– a la patria. Y, así, al separarla de Dios, se haría un mal a la patria misma y a sus ciudadanos, pues se la transformaría en un ídolo, en un cruel «Moloch».
Pero el debido culto a la patria se contiene dentro de la obligación del culto a Dios («S. Teo.», 2-2, q.122, a, 5 y ad 2).
- El don de piedad, Dios como padre y la patria.
Por encima de la virtud de la piedad, está el don de piedad, que es intrínsecamente sobrenatural y viene del Espíritu Santo. Dice al respecto el Aquinate: «…los dones del Espíritu Santo son ciertas disposiciones habituales del alma, por la cual resulta fácilmente movible por el Espíritu Santo. Entre otras cosas, el Espíritu Santo nos mueve a que tengamos un afecto filial a Dios: como dice San Pablo en su carta a los Romanos, 8,15: Recibisteis un Espíritu de filiación adoptiva, con el cual clamamos: Abba! ¡Padre! Y, dado que a la piedad pertenece propiamente el llevar a cabo los deberes y el culto para con los padres, se sigue en consecuencia que la piedad según la cual realizamos el culto y los deberes para con Dios como Padre, por cierto instinto del Espíritu Santo, es un don del mismo» («S. Teol.», 2-2, q.121, 1.c).
Dice luego Sto. Tomás que la piedad que es sólo virtud se refiere a los padres carnales (y extensivamente a la patria, como vimos); pero que aquélla que es don, se refiere a Dios como Padre (cfr. «S. Teol.», 2-2, q.121, a.1, ad 2).
Pero sería un error creer que el don sobrenatural de piedad se refiere sólo a Dios. Por el contrario, dice a continuación Sto. Tomás: «así como por la piedad que es virtud, manifiesta el hombre su deber y su culto no sólo respecto de los padres carnales, sino respecto de todos los vinculados por la sangre, en cuanto tienen relación con el padre; así también la piedad que es don, no sólo manifiesta y ejercita el culto y el deber para con Dios, sino también para con todos los hombres en cuanto pertenecen a Dios…». («S. Teol.», 2-2, q.121. a.1, ad 3).
Y por eso dice en otro pasaje que el don de la piedad perfecciona nuestra capacidad apetitiva (la voluntad) «en todo aquello que se refiere a los otros» («S. Teol.», 1-2, q.68, a.4 c).
Y como vimos ya antes que la virtud (natural) de piedad, se extiende no sólo a los padres y consanguíneos, sino también a la patria, se sigue sin esfuerzo que el don (sobrenatural) de piedad se refiere no sólo a Dios y a los hombres en cuanto son algo de Dios, sino también a la patria, por razones sobrenaturales.
Es que la patria, cuando está bien organizada en lo natural y en su relación con lo sobrenatural, es un medio poderoso para contribuir a que los hombres alcancen la vida eterna en la contemplación beatífica de Dios, que Jesucristo nos consiguió. Por eso una lucha justa en defensa de una patria justa, natural y sobrenaturalmente, puede y debe ser no sólo el ejercicio de la virtud de piedad, sino también del don del Espíritu Santo que igual nombre lleva. Charles Péguy –muerto en combate en la guerra del 14, así lo había visto, cuando en una inolvidable poesía, llamaba felices a aquéllos que han muerto por la «patria carnal», porque ésta es antesala de la casa de Dios, del Padre; antesala de la patria eterna.
* En Revista «Moenia», Buenos Aires, N° X, Junio 1982.
[1] «Gracia» no significa aquí la gracia santificante, sino la virtud de recompensar los favores recibidos.
[2] Tenemos así las siguientes significaciones de «piedad»: a) vulgarmente, igual a misericordia; b) en sentido estricto, la virtud de piedad; c) la virtud de piedad elevándose hasta la virtud de religión; d) el don de piedad, como se verá.
[3] En nuestro país, debido a la gran inmigración, esto no siempre se verifica; pero aunque no sea «la tierra de nuestros padres», es aún en esos casos un principio de nuestro mismo ser.
[4] De manera que, ahora, nuestra virtud de piedad debe extenderse a todas las naciones que han defendido la causa argentina.
[5] No pretendemos con esto que la monarquía sea la sola firma legítima de gobierno, pueden serlo también una aristocracia, una república o un régimen mixto.