Eclesiastés 1 Biblia Straubinger Capítulo 1 de 12

Eclesiastés 1

Libros sapienciales · Antiguo Testamento

Este domingo: Mt 22, 1-14 Índice de libros

Introducción de la edición

Eclesiastés, en hebreo Kohélet, significa predicador, o sea el que habla en la Iglesia o Asamblea; nombre que corresponde por todos conceptos a su contenido, porque predica en forma de sentencias y consejos, en prosa y verso, la vanidad de las cosas creadas. Los bienes de este mundo son vanos; vanas por tanto todas las ambiciones, vana la ilusión de felicidad terrena fuera del sencillo bienestar; la verdadera felicidad consiste en temer, o sea reverenciar, a Dios nuestro Padre, y observar sus mandamientos para que en ellos hallemos la vida (Proverbios 4, 13 y passim).

El autor del libro habla, desde el título, como hijo de David, por lo cual las tradiciones judía y cristiana, que siempre reconocieron su canonicidad, lo atribuyeron a Salomón. Con todo la crítica y también numerosos exégetas católicos modernos se creyeron obligados a admitir que ciertos pasajes podrían ser de una época posterior a Salomón (p. ej. las referencias sobre la tiranía de los reyes, la corrupción de los magistrados, la opresión de los súbditos). Señalan, además, que el lenguaje y el estilo no son los del tiempo salomónico. Por todo lo cual opinan algunos que el Eclesiastés sufrió posteriormente una transcripción al lenguaje más moderno; otros (entre ellos Condamín, Zapletal y Simón-Prado), piensan que el autor se sirvió del nombre de «hijo de David» solo con el fin de dar más realce a la obra, y fijan la composición del Eclesiastés entre los años 300-200 a. C. Podemos admitir la posibilidad de esta fecha, puesto que el Libro Sagrado no se presenta como escrito por Salomón, sino por un autor anónimo que nos refiere dichos del sabio rey. No dice, en efecto: yo, el hijo de David, sino que pone como título: Palabras del Eclesiastés (Predicador), hijo de David, rey de Jerusalén (1, 1) y empieza mencionándolo en tercera persona: «Dijo el Eclesiastés» (1, 2), para hacerlo hablar luego en primera persona (1, 12 ss.). Lo mismo hace en el epílogo (12, 8 ss.), donde refiere que el Eclesiastés era sapientísimo, que compuso muchas parábolas, etc., cosas todas que sabemos son exactas respecto de Salomón (III Reyes 4, 30-34; Proverbios 1, 1), a quien el autor se refiere con toda evidencia (1, 12, 16, etc.), del mismo modo como los Evangelios se refieren a Cristo y nos dan sus Palabras, pudiendo la Iglesia decir con toda exactitud: «El Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo», y afirmar que en él habla el divino Maestro, no obstante saber todos que Él no lo escribió. No hay, pues, pura ficción en el autor de este divino Libro del Eclesiastés, sino que, reconociendo su inspiración sobrenatural, debemos creer que quiere transmitirnos las palabras y sabiduría de Salomón, tal como lo hicieron con Cristo los escritores del Nuevo Testamento, aun aquellos que no lo habían escuchado directamente.

El Eclesiastés no es sistemático. «No le atraen las síntesis, y parece desinteresarse de las conclusiones de sus asertos, aun cuando suenen a discordantes» (Manresa). San Pablo pudo gloriarse de predicar igualmente: «no con palabras persuasivas según la sabiduría humana, sino mostrando la verdad con el Espíritu Santo y la fuerza de Dios» (l Corintios 2, 4). De ahí que estas sentencias, tremendas para la suficiencia humana, hayan escandalizado hasta ser tildadas de epicúreas. En realidad, la irresistible elocuencia de este Libro revulsivo, con su apariencia de pesimismo implacable, es quizá lo más poderoso que existe para quitarnos la venda que oculta, a nuestra inteligencia oscurecida por el pecado congénito, los esplendores de la vida espiritual, y remover así ese gran obstáculo con que «el padre de la mentira» (Juan 8, 44) pretende escondernos las Bienaventuranzas, y que el Sabio llama «la fascinación de la bagatela» (Sabiduría 4, 12).

Los hebreos dividían los libros sagrados en tres grupos: La Torah (Ley); los Nebiyim (Profetas) y los Ketubim (Hagiógrafos). A este tercer grupo pertenece el Eclesiastés, que era contado también entre los cinco Meghillot, o sea libros pequeños que se escribían en rollos aparte, para uso litúrgico.

Texto de Eclesiastés 1

Todo es vanidad

1 Palabras del Predicador, hijo de David, rey de Jerusalén.*

2 Vanidad de vanidades,
decía el Predicador;
vanidad de vanidades; todo es vanidad.*

3 ¿Qué provecho saca el hombre
de todo el trabajo con que se afana debajo del sol?

No hay nada nuevo

4 Una generación se va y otra generación viene,
mas la tierra es siempre la misma.

5 El sol se levanta, el sol se pone,
y camina presuroso hacia su lugar, donde nace (de nuevo).

6 El viento se dirige hacia el mediodía, declina luego hacia el norte;
gira y gira sin cesar el viento,
y así retorna girando.

7 Todos los ríos van al mar, y el mar nunca se llena;
al lugar de donde los ríos vienen, allá vuelven para correr de nuevo.*

8 Todas las cosas son afanes,
más de cuanto se puede decir.
Los ojos nunca se hartan de ver,
ni los oídos se llenan de oír.*

9 Lo que fue,
eso será; lo que se hizo, lo mismo se hará;
nada hay de nuevo bajo el sol.*

10 Si hay una cosa de que dicen: «Mira, esto es nuevo»,
también esa existió ya en los tiempos que nos precedieron.

11 No queda memoria de las cosas pasadas,
ni recuerdo de las futuras entre los que han de venir.

La vanidad y la sabiduría

12 Yo, el Predicador, fui rey sobre Israel, en Jerusalén. 13 Y me puse en el corazón averiguar y escudriñar, por medio de la sabiduría, todo cuanto se hace debajo del cielo. Esta dura tarea ha dado Dios a los hijos de los hombres, para que se ocupen en ella.* 14 He visto todo cuanto se hace bajo el sol, y he aquí que todo es vanidad y correr tras el viento.*

15 Lo torcido no puede enderezarse,
y es imposible contar las cosas que faltan.

16 Dije para mí esto: «Mira cómo soy grande; soy más sabio que cuantos antes de mí fueron en Jerusalén; inmensa es la sabiduría y ciencia que mi corazón ha visto.» 17 Propuse en mi ánimo conocer la sabiduría, y asimismo la necedad y la insensatez; y aprendí que también esto es correr tras el viento.

18 Pues donde hay mucho saber hay mucha molestia;
quien aumenta la ciencia, aumenta el dolor.*

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