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¡Ay de mí si no Predicara!

por P. Gustavo Lombardo

Descripción

¡Ay de mí si no Predicara! – Episodio 29 – Perseverancia

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Resumen:

¡Hola a todos!
Esa frase de san Pablo tan fuerte “ay de mí si no predicara el Evangelio”, y que nos muestra que, para él -también lo dice– era una obligación predicar el Evangelio. ¿Es algo para san Pablo? ¿Es algo para los curas, las monjas, las hermanitas, los consagrados, los obispos, para el Papa? ¿O es algo para todos?
Por el bautismo todos, absolutamente, somos con Cristo sacerdotes, con el sacerdocio común de los fieles, profetas y reyes. Me quería detener en la segunda, que somos profetas.
Todos, por el bautismo, estamos llamados a anunciar la verdad de la salvación, la Buena Noticia, a los demás. No es algo exclusivo de quien se consagra a eso. Quien se consagra totalmente a eso, sí, tiene ese deber de una manera más particular, pero es algo de todos, de todos.
Y cabe entonces preguntarnos si lo vivimos así, si realmente en nuestra familia, en nuestro entorno, en nuestro trabajo, o quizás también en algún apostolado particular en la parroquia, en algún grupo hago algo por el bien espiritual de los demás, me preocupo realmente de que mi hermano, mi hermana quien me rodea conozca al Señor; o estoy contento y tranquilo con, al menos, “bueno no dejo de ir a Misa”, “no me da vergüenza de hacerlo”. No basta eso.
Muchas veces sucede que nuestra experiencia personal con Cristo es débil porque como dice la filosofía: “el bien es difusivo de si”. Si realmente yo he recibido un bien grande con el Señor, o sea si yo lo he conocido al Señor y he podido experimentar que bueno es el Señor, como dice el Salmo, naturalmente me va a brotar la idea de buscar a otros para que vivan lo mismo.
Y el amor a Dios, amarlo de 0verdad y profundamente, nos va llevar a buscar que otros lo amen y que otros conozcan ese Amor de Dios; como va decir san Maximiliano Kolbe: “la salvación de las almas –que es lo que se busca cuando se predica el Evangelio–, es donde más brilla la Gloria de Dios”; si realmente amo a Dios, si busco su Gloria, tengo que procurar la salvación de las almas.
Hay muchos mártires que han dado la vida por esto y hay muchos que no son mártires, pero día a día la dan porque viven para buscar el bien de los demás. Esta bien darle de comer al prójimo, ayudarlo, aconsejarlo para que este mejor, esta muy bien, pero en última instancia lo más grande que tenemos que buscar en los demás es que se vaya al Cielo, que logre la salvación eterna, porque obviamente que lo eterno tiene mucha más fuerza, mucha más importancia, más peso que lo temporal.
El Apóstol, la Apóstol con mayúscula es la Virgen María. Ella entiende esto como nadie por haber vivido en primerísima persona lo que fue la Encarnación y lo que fue la Redención, por ser Corredentora Ella más que nadie ha cooperado con nuestra salvación, que nos ayude entonces María a tomar conciencia de la misión de cada uno de buscar el bien del prójimo, de buscar la salvación de las almas, de que esa frasecita de san Pablo también resuene en nuestros corazones y podamos decir realmente cada uno de nosotros… “ay de mi si no predico el Evangelio”.

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