Sobre la religión civil, sus dogmas y nuestra exclusión

   Escribía Rousseau en el contrato social sobre la necesidad de una especie de religión civil, con sus dogmas y su profesión de fe, que nos permitiera conquistar la facultad de buenos ciudadanos[1]. Estos dogmas deberán ser fijados por el Estado y transmitidos como sentimientos de sociabilidad. No hay posibilidad de integración social, de cohesión, si no hemos adquirido tales sentimientos. Así, aquel que no goce de ellos no tendrá cabida en la sociedad, siendo realmente despreciado y marginado como una especie de sub-hombre extraño y hostil, o dicho en términos posmodernos actuales: un “instigador de odio”[2].

Es la sensación que tengo en mi sociedad desde que abracé por gracia y misericordia de Dios la fe católica. Curiosamente, el hecho de abrazar la fe estimuló también mi razón, y eso actualmente no está muy bien visto. Si hablo libremente de mi visión del mundo, sé que me espera el conflicto, la ofensa, el menosprecio y finalmente, el destierro. En el fondo es sencillo de explicar, y –como veremos- ya estaba también planteado en Rousseau, hace ya tres siglos.

   Uno de los dogmas de nuestra época posmoderna –dogma cardinal, pues de él derivan muchos otros- es el dogma filosófico del relativismo, por el cual la verdad no existe, sino que es una construcción subjetiva y por tanto está ligada inevitablemente al criterio subjetivo de cada cual. Y yo creo firmemente en la existencia de la verdad, pues así lo refiere mi Señor en Jn 14,6: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Luego, además de fe, tengo sentido común, y este me dice que por mucho que subjetivamente quiera pensar que no estoy escribiendo, la verdad es que lo estoy haciendo. Pero ese es otro tema, que ya abordaremos en otra ocasión.

   Así, cada vez que manifiesto públicamente que la verdad existe y se puede conocer, que una cosa y su contraria no pueden ser verdad a la vez, que el principio de no contradicción es algo que todo ser humano con uso sano de razón tiene en el pensamiento, que no porque uno se considere una cosa se convierte en ella o simplemente que todos en el fondo queremos vivir conforme a la verdad, soy despreciado y tildado de intolerante, inquisidor y retrógrado. Soy un extraño, alguien que no es de aquí, que no es de los nuestros.

   En una de las primeras clases de filosofía de este año quise hacer la prueba y me arriesgué con mis alumnos. Cogí El criterio, de Jaime Balmes (pensador español injustamente olvidado en nuestro tiempo, seguramente por su gran sentido común) y empecé así: «¿Qué es la verdad? La verdad es la realidad de las cosas. Cuando conocemos lo que la cosa es y decimos de ella que lo es, decimos verdad. De lo contrario, si decimos de la cosa lo que no es, estamos en error.[3]» La reacción no se hizo esperar. «¡Esa es tu verdad!»; «todo es subjetivo»; «¡Todo depende de la cultura y de lo que te hayan dicho desde pequeño!»; «¿Y el daltónico que ve con otros colores?», etc. Tales respuestas no me sorprendieron en absoluto, pues sabía que había tocado uno de los dogmas civiles más extendidos y finamente introducidos por todas las vías de propaganda posibles.

   Vanos fueros todos mis intentos de refutación de sus sentencias, igual que los de aclaración racional –usando el simple sentido común del que deberían gozar también sus mentes- sobre el principio planteado. Intenté hacerles ver que la mesa era una mesa, que había sido fabricada con el fin de que hiciera de mesa y que por mucho que subjetivamente quisiera pensar que era una silla, seguía siendo una mesa. Nada, no hubo manera. Luego lo intenté exagerando más la cuestión, y si subjetivamente cualquier persona consideraba que no era una mesa sino un calamar nadando bajo el agua, pues… también era verdad. Entonces lo intenté con lo del daltonismo, y traté de hacerles ver que el daltónico es precisamente daltónico porque no percibe la realidad tal y como es en sus colores, y que por eso mismo decimos de él que es daltónico y no que no lo es. Tampoco funcionó. La cosa se fue animando hasta que llegamos al peor de todos los dogmas, al más absolutamente absurdo e irracional, pero más promovido y vertido vía casi intravenosa en la mente de nuestros jóvenes: el de la ideología de género y su universo trans.

   «¿Y los trans, qué, profe?». Con el dogma de moda hemos topado. El más irracional, el que menos tiempo sostiene de discusión racional, el más emocional. Este también es incompatible con la fe que profeso –y con la verdad, la cual es fácilmente percibida por el sentido común, pero de eso ya hemos dicho que  hablaríamos en otro momento-, pues está escrito: “varón y mujer los creó[4]”. En cualquier caso, esta es una creencia delicada actualmente, y sabía que no podía hablarles de ello de un modo explícito, pues aquello de ser desterrado es algo serio y no puedo jugar tan fácilmente con el pan de mis hijos. Así que les conté una historia:

   «Imagínense que un padre muy bueno, muy bueno, muy bueno, tiene un hijo llamado Matías al que quiere y ama con locura. Cuando Matías tiene unos cinco años de edad, el padre le pone películas de Supermán. A Matías le fascina desde el primer día el personaje. Se dice a sí mismo que ojalá algún día pudiera ser como él. Supermán es alto, fuerte, bueno y solidario. Así que decide asimilarse al personaje y empieza a decir a todo el mundo que él es Supermán. El padre, que es muy bueno, está contento de ver a su hijo feliz creyéndose supermán y es así como juega con él a luchas de superhéroes, de tanto en cuanto le pone los calzoncillos por fuera como el personaje, algún día le trae a casa una capa impresionante de Supermán, otro día le habla de los peligros de la cryptonita, etc. Así el chico va creciendo con la idea de ser Supermán, alimentada por su padre bueno y el resto de su familia. Hasta que llega un día en que Matías -jugando con su padre a hacer el superhéroe- abre la ventana y dispuesto a ello, dice: “Papá, Supermán vuela, así que yo…”.

¿Qué hará el padre, chicos? ¿Cuál es la verdad? ¿Hay verdad o no lo hay? ¿Depende esta de la subjetividad de cada cual o depende de otra cosa?»

   El silencio fue atronador. Así que aproveché la ocasión para argumentarles que sin la verdad no podríamos hacer ciencia, que sin ella no habría posibilidad de juicios, que ella nos permitía vivir en sociedad con ciertas premisas intocables y universales, que sin ella sería absurda su escolarización y siempre injusta la corrección de exámenes, etc. Algunas caras eran de sorpresa, otras de enfado y alguna que otra de satisfacción. Lo que me hizo pensar que quizá nadie antes había osado ponerles en cuestión sus creencias. Eso demuestra que jamás habían dedicado tiempo a razonar el dogma; porque el dogma no se razona, se cree. Además, estos dogmas civiles deben ser transmitidos a modo de píldoras, de eslóganes, de frases bonitas y buenas que no requieran de racionalización. Así lo argumentaba también Rousseau en su obra: “: “los dogmas de la religión civil deben ser sencillos, en pequeño número, enunciados con precisión, sin explicación ni comentarios[5]. No requieren de explicación, el único requisito es que se crean; así, son transmitidos con pequeñas frases tales como: “cada uno tiene su verdad”, “la realidad es una construcción”, “todos tenemos nuestras propias opiniones y visiones del mundo”, “si él es feliz así, está bien”, “lo importante es no juzgar” y un largo etcétera de eslóganes que embotan las mentes de los jóvenes –y no tan jóvenes- con la idea filosófica de fondo de que la verdad no existe.

Es así como nuestra sociedad posmoderna acepta sin tapujos ni un ápice de crítica racional toda la sarta de dogmas que se le imponen desde ciertas estructuras de poder, asumiéndolos como verdades absolutas que deben ser creídas por todos si quieren ser llamados buenos ciudadanos. El cero uso racional respecto a dichas creencias les impide caer en las flagrantes contradicciones que hay en ellas, evidentes –por otro lado- para aquél que mínimamente quiera pensar. Por ejemplo, que el hecho de que todo sea relativo ya implica una verdad absoluta, o el hecho de que todo debería ser tolerable si no hubiera verdad y ellos realmente no estaban tolerando dicha perspectiva.

   Por cuestión de espacio, no analizaremos aquí todos los dogmas de nuestra era (la ecología, la ciudadanía universal, la mal llamada salud sexual y reproductiva, el omnipresente evolucionismo, la divinidad democrática, el progreso hegeliano de la historia…), pues son muchos y no sería materia de un solo artículo, pero sí creo necesario terminar con una idea fundamental que refiere el propio Rousseau en la obra ya citada: el dogma negativo por excelencia y la religión que de ningún modo se podrá aceptar. El ilustrado francés establece una breve diferenciación entre dogmas positivos y negativos. Los primeros serían aquellos dogmas buenos que deben ser creídos para el buen funcionamiento de la sociedad, y los últimos serían aquellos que bajo ningún concepto pueden ser permitidos. Al respecto, dice: “En cuanto a los negativos, los reduzco a uno solo: la intolerancia; éste entra en los cultos que hemos excluido[6].

   Efectivamente, es lógica aplicada. Si no hay realidad, no hay verdad y, por tanto, hay perspectivas[7]. Y si todo son perspectivas e igual de válidas, no hay otra opción que la tolerancia para poder convivir en sociedad. Por eso mismo, aquel que se atreva a decir que sí que hay verdad y, por tanto, también error; que la vida debe orientarse hacia la primera y evitar lo segundo; que la realidad es una y que el entendimiento debe adecuarse a ella; este deberá ser excluido de la sociedad pues no tiene cabida en ella su intolerancia.

   Sin embargo, todavía hay otro motivo más de peso por el cual soy un desterrado social. Y es el de la religión. Respecto a ello, argumenta el francés: “Ahora que no existe ni puede existir religión nacional exclusiva[8], se deben tolerar todas aquellas que toleran a las otras, mientras sus dogmas no tengan nada contrario a los deberes del ciudadano. Pero cualquiera que se atreva a decir «fuera de la Iglesia no hay salvación», debe ser echado del Estado.”[9].

   Es esto lo que realmente y de un modo definitivo me hace ser un extraño en mi sociedad, un extranjero, más aún: un peligro público. Pues soy, por gracia y misericordia de Dios, católico. Y, aunque mi Señor nos dijo: Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios[10]; también nos refirió en cantidad de ocasiones que fuera de Él no hay salvación[11].

   Y así sucede en nuestra libre y tolerante sociedad. Prueben en cualquier conversación negar alguno de los dogmas y el interlocutor se enfadará y extrañará. Pero si seguidamente le hablan de Buda, del Reiki, del yoga y la relajación Mindfullness, de las bondades de las piedras del río, de la energía cósmica recibida en un abrazo a un árbol, y/o cualquier majadería más, el interlocutor se ablandará y podrán seguir conversando afablemente. Pero dígale que es católico, apostólico y romano… y verá el rostro del odio en él.

   En fin, las estructuras de poder del mundo irán siempre contra la Iglesia católica[12]. Y la Iglesia católica jamás será del mundo. Seremos siempre -Dios lo quiera- unos proscritos. Aceptémoslo de una vez y, con la más alta caridad, conquistemos almas para Jesucristo, que da mucho más que la religión civil de turno. Y si alguna vez nos encontramos a gusto con los dogmas civiles…temblemos, pues habremos perdido la fe. Terminemos con las palabras de Nuestro Señor:

“Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia. Recordad lo que os dije: «No es el siervo más que su amo». Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra. Y todo eso lo harán con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió.”[13]

 

 

 

[1]Hay pues, una profesión de fe puramente civil, cuyos artículos corresponde fijar al soberano, no precisamente como dogmas de religión, sino como sentimientos de sociabilidad, sin los cuales es imposible ser buen ciudadano ni súbdito fiel.” Jean Jacques Rousseau, El contrato social, Espasa-Calpe, Madrid, 1981, p.166.

[2]No puede (el soberano) obligar a nadie a creerles, pero puede desterrar del Estado a cualquiera que no los crea; puede desterrarlos, no por impíos, sino por insociables, por incapaces de amar sinceramente a las leyes”. Íb.

[3] Jaime Balmes inicia su obra El Criterio con estas palabras: “El pensar bien consiste, o en conocer la verdad, o en dirigir el entendimiento por el camino que conduce a ella. La verdad es la realidad de las cosas. Cuando las conocemos como son en sí, alcanzamos la verdad; de otra suerte, caemos en error.” Balmes, J., El criterio, Ediciones Ibéricas, Madrid, 1959, p,9.

[4] Gn 5,2.

[5] Rousseau, Jean Jacques, El contrato social… o.c. p.167.

[6] Íb.

[7] La lectura de Nietszche sorprendería a más de uno de nuestros contemporáneos, pues vería en ella la consolidación de sus propios pensamientos, que sin embargo cree absolutamente libres y originales.

[8] Pues ninguna nación debe profesar una religión exclusiva que esté por encima la religión civil.

[9] Íb., p.168.

[10] Mc 12, 17.

[11] Act 4, 11-12; Rom 10, 1-14; Lc 12, 8-10; Jn 14, 1-6, etc.

[12] https://infovaticana.com/2015/04/28/hillary-clinton-declara-la-guerra-a-la-religion/

https://www.infocatolica.com/blog/noticiasglobales.php/ng-520

https://www.alertadigital.com/2020/05/12/la-onu-se-quita-la-careta-senala-que-la-religion-cristiana-es-enemiga-de-los-derechos-humanos-por-oponerse-al-aborto-y-a-las-ideologias-de-genero/

[13] Jn 15, 18-22.

15 Comentarios
  1. P Gustavo Lombardo Dice

    Bienvenido Ignacio! Excelente post y esperamos más! Gracias!

  2. silvio medina Dice

    Excelente Ignacio! Muchas gracias por compartirlo.Que Dios lo siga bendiciendo! silio.

  3. Laura R Pagan Dice

    ¡Excelente!. Es una realidad de siglos. Todas las personas que practican este tipo de dogma, son aquellas que pertenecen sólo al mundo y no quieren ser liberados. Ellos se burlan de la verdad. Temen ser señalados por su propio grupo social.

  4. Melina Dice

    Excelente! Gracias por compartirlo. Me hizo acordar cuando estudiaba en el terciario, como sufría con la clase de filosofía, al tratar estos temas. Y tener que soportar la intolerancia a La Verdad. Saludos y bendiciones para todos

  5. María Alicia Dice

    EXCELENTE !! GRACIAS

  6. Matilde Carnero Dice

    Muy Buena explicacion y de mucha ayuda

  7. Nelly Rochel Dice

    Muchas gracias por la valentía. Firmes en la fe.

  8. juan pablo menendez orellana Dice

    que bien enterarse de este documento porque la verdad hos hara libre,el sentido comun es escaso en estos tiempos,

  9. Jordi Bosch Dice

    Muchas gracias Ignacio

  10. Magdalena de los Ríos Dice

    No cabe duda, es una buena exposición de lo que sucede hoy en día.
    Oremos por la humanidad.
    Dios es el único quien puede mover las almas hacia Él. Y Él es la verdad y la vida

  11. José Antonio Dice

    ¿Más alto o más claro? Gracias… Excelente, profundo y sencillo a la vez…

  12. Iliana Dice

    Excelente Ignacio, tan claro y tan sencillo que llega al corazón. Que El Espíritu Santo ilumine las mentes cerradas y cegadas por el error.
    Gracias a Dios porque todavía quedan personas que defienden la verdad.

  13. Agueda Dice

    Sumamente interesante, una tarea necesaria en estos tiempos para ayudarnos a reflexionar sobre la “verdad”, y muy enriquecedora. El buen Dios bendiga su tarea.

  14. maria otero Dice

    Excelente!!!muchas gracias!!

  15. Daly Flores Fernandez Dice

    Siga escribiendo me gustan sus reflexiones. Muy claras.

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