—“No muero, entro en la vida”—
San Teófano Vénard, patrono de la rama contemplativa del SSVM
San Teófano Vénard, joven misionero francés martirizado en Tonkín en 1861, fue considerado por Santa Teresita del Niño Jesús como su hermano y su modelo. En él descubrió el mismo camino de confianza, alegría y entrega total que ella deseaba vivir.
Por esta profunda afinidad espiritual —y por la íntima relación entre vida contemplativa y misión— San Teófano fue nombrado patrono de la rama contemplativa del SSVM, pues encarna de modo ejemplar la unión entre amor, oblación y martirio. Su vida, marcada desde la infancia por el deseo de ofrecerse totalmente a Dios, transcurrió en medio de una de las persecuciones más duras que sufrió la Iglesia en Vietnam.
El presente estudio, escrito por la Hna. María Gloria de la Creu, recorre su espíritu, el contexto histórico de la misión en el Annam y la alegría heroica con la que abrazó su vocación. Que este camino con San Teófano renueve en nosotros el deseo de pertenecer sólo a Cristo y amar sin reservas.
San Teófano y Santa Teresita
Santa Teresita conoció a San Teófano leyendo sus cartas desde la misión y desde la cárcel. Aquellas páginas, llenas de luz y abandono, la marcaron profundamente: Lo llamó “mi hermano” y “mi modelo”, copió y meditó sus cartas, especialmente las escritas antes del martirio, conservó una fotografía suya junto a su cama durante su enfermedad, reconocía en él “el mismo camino de amor” que ella quería vivir.
La serenidad con la que Teófano caminó hacia la muerte —“No muero, entro en la vida”— resonó hondamente en la visión teresiana del cielo como plenitud del amor.
Cuando Teresita fue proclamada Patrona de las Misiones, muchos vieron en ello un eco de la vida de San Teófano, que había sido para ella un verdadero faro interior.
Amor de víctima que empuja al martirio, deseo amoroso de martirio: no se trata de un aspecto más del alma de San Teófano Vénard, uno de los más bellos, sino de su misma identidad. Todas las demás virtudes e inclinaciones nacen o bien sostienen su ansia de martirio. San Teófano posee un yo mártir, nació con vocación de mártir.
- Introducción
San Teófano Vénard, misionero y mártir francés en el Tonkín (actual Vietnam), fue designado patrono de la rama contemplativa del ISVVM en el año 2019.
La carta circular que lo declara tal parece un elogio de los mártires y del martirio. De los primeros dice que hacen presente a Jesucristo: «Son quienes nos lo han hecho palpable con la heroicidad de sus virtudes; con su caridad ardiente, con su fe intrépida, con su esperanza cierta en la vida eterna. Fueron como Él, obedientes hasta la muerte…y muerte de cruz. Son quienes nos gritan con su ejemplo que vale la pena darlo todo por Dios». El mártir, por esta identificación con el Divino Redentor, se hace Eucaristía, trigo molido y ofrecido. Más adelante, la carta circular recuerda a todos la relación entre la vida religiosa, «verdadero holocausto de sí mismo»1, y el martirio, el cual, si cruento, es una gracia reservada solo a algunos, pero siempre puede ser asumido por cualquier alma que tenga las disposiciones necesarias. Por ese motivo, es necesario rescatar y celebrar la memoria de los mártires, tal y como enseña nuestro Directorio de espiritualidad: «Su sacrificio eleva nuestra mente y nuestro corazón a las realidades trascendentes y mueve nuestra voluntad a realizar grandes obras por Dios; nos enseñan a vivir lo cotidiano con magnanimidad y a morir totalmente a nuestro propio yo. En una palabra, nos enseñan a ser hostias vivas, a ser víctimas con la Víctima»2.
Podemos ya pescar dos palabras clave para conocer mejor a San Teófano: víctima y martirio o, lo que es lo mismo, amor y martirio. Saquemos ahora a flote anécdotas y fragmentos de sus cartas para ilustrar un poco más este espíritu. El joven seminarista Jean-Théophane Vénard, que «tiene prisa por ir a servir a sus hermanos», decide ingresar al Seminario de las Misiones Extranjeras de París y comunica su resolución a su padre con una invitación a mirar la Cruz, altar del Sacrificio: «Sí, es Dios, el buen Dios, quien lo quiere. ¡Oh!, decid que también vos, decid que queréis de veras que vuestro Teófano sea misionero. ¡Pobre padre!, ya está dicho. Vamos, que la naturaleza no se marchite. Tomad el crucifijo […]; después arrodillaos y decid: ¡Dios mío, yo lo quiero, sí! ¡Hágase tu voluntad!» En la misma carta identifica a su padre con Abrahán y a sí mismo con Isaac, la víctima ofrecida a Dios. Cuando el joven Vénard se despide de su director en la estación del ferroviario camino del Seminario de las Misiones, éste le dice que algún día le nombrarán obispo. En seguida responde el Santo, pasándose el dedo índice por la garganta: Obispo, ¿yo? ¡Oh, no!, yo prefiero esto… Teófano identifica su propia suerte con la de Cristo Redentor, muerto en la Cruz por amor de todos los hombres. Por eso el Seminario de las Misiones Extranjeras le «habla de apostolado y de martirio»; por eso, al ser ordenado, escribe a su hermano: «Oh, Eusèbe, no ames el mundo ni sus alegrías… ¡Oh, ama a Dios, al buen Dios, y no te arrepentirás!»; y al recibir la noticia de su partida a China, consuela a su hermana con estas líneas: «El amor no se destruye […] ni siquiera puede morir, porque es más fuerte que la muerte. Lo ha dicho Dios». Y, ya de viaje rumbo a Hong Kong, cuando ve por vez primera hombres asiáticos, exclama: «¡Imaginad qué alegría ver estos hombres de raza y fisonomía diferente, que son mis hermanos en Jesucristo!», «…tengo debilidad por los chinos, los amo como a hermanos». Luego le insinúan que, quizás, su destinación será no Tonkín sino China, y él se mantiene sereno en la misma caridad: «No rechazo ir a China, pero tampoco lo elijo: mi única elección es la voluntad de mis superiores, con tal de ser juzgado capaz de hacer algo. Voy a estar siempre muy bien en aquel lugar donde el Divino Maestro me permita trabajar por la salvación de mis hermanos y la gloria de su amor». Pero en seguida recibe la noticia de su envío como misionero a Tonkín y puede manifestar aquel sentimiento divino por el reino annamita: «lo amo como la parte de heredad que el Padre de familia me da para que la cultive; lo amo porque es la misión más hermosa, un magnífico ejército alineado para la batalla, el diamante de Asia». Finalmente, en sus últimas cartas escritas en la cárcel de Nam-Dinh a la espera de su ejecución, confirma que ha sido el amor aquello que ha dado forma a su vida y que la da ahora a su muerte: «¡He amado tanto la misión de Tonkín! En lugar de mi sudor le daré mi sangre», «he amado y amo todavía al pueblo annamita con amor ardiente».
Amor de víctima que empuja al martirio, deseo amoroso de martirio: no se trata de un aspecto más del alma de San Teófano Vénard, uno de los más bellos, sino de su misma identidad. Todas las demás virtudes e inclinaciones nacen o bien sostienen su ansia de martirio. San Teófano posee un yo mártir, nació con vocación de mártir.
Puesto que es la alabanza del martirio y de los mártires el objeto de la carta circular del 2019 dirigida a las SSVM contemplativas, en este artículo queremos estudiar y ahondar en el amor de nuestro patrono por el victimado y los mártires. Encontraremos también en su camino corazones semejantes al suyo: los compañeros y superiores de San Teófano añadirán su pizca de fervor a nuestro estudio.
El artículo viene publicado en cuatro partes o pequeños fascículos y un anexo: la primera introduce la materia, la historia de la misión de las MEP en Tonkín, la segunda una breve biografía de San Teófano Vénard; la tercera y cuarta narran sus años de persecución y su martirio, con la correspondiente profundización en su experiencia espiritual por medio de cartas, testimonios y anécdotas. En el anexo se presentan las biografías de los misioneros con quienes Teófano misionó, sufrió y creció en santidad.
Fotografía del Santo cuya copia recibió Santa Teresita del Niño Jesús en su lecho de enfermedad
- Breve historia de la misión en el Annam
Los misioneros en Tonkín
Quienes penetraron en el reino del Annam por vez primera fueron los jesuitas, aunque serían expulsados en 1673. Después, «Dos Institutos misioneros han evangelizado el territorio del Tonkín, los dominicos [españoles] y los misioneros del Seminario de Misiones Extranjeras, de París. Los dominicos llegaban al Tonkín en 1676, invitados por los vicarios apostólicos; todo aquel Reino quedaba dividido entonces en dos legiones en orden a su evangelización, una a cargo de los dominicos y otra a cargo de los misioneros de París, ambos como Vicariatos autónomos»3. El Tonkín oriental era encomendado a los hijos de Santo Domingo, mientras que los misioneros de las MEP asumían el territorio occidental.
Primeras persecuciones en el s. XVII
A partir del edicto de 1625, la situación de los cristianos en Tonkín comenzó a ser peligrosa: el rey Nguyen Phuc Nguyen (1563-1635) prohibió llevar la cruz y venerarla en los hogares. Su sucesor Trinh Trang (1577-1657) emanó otro decreto en 1628 para impedir a los católicos cualquier contacto con misioneros extranjeros. En 1630 moría decapitado el primer mártir católico de Tonkín, Francisco, empleado de la corte del reino del norte, mientras que el jesuita Alexandre Rhodes era expulsado del país y los católicos del Annam quedaban privados de todo derecho civil. Se publicó otro edicto anticristiano en 16404. Recordemos que, al odio por la religión misma, se sumaba el rechazo por todo aquello que se identificase con el Occidente invasivo y —según las creencias del pueblo— ‘bárbaro’ del que procedían los misioneros, y que el número de conversiones y bautismos entre los annamitas crecía irrefrenablemente, hecho que alarmaba a las autoridades.
Persecuciones durante el s. XVIII
El emperador An Vuong publicó un decreto en 1711 que «disponía la demolición de las iglesias cristianas y la conducción de los sacerdotes a la corte, obligó a los misioneros españoles a huir a despoblados. Por otro decreto de 1712, mandaba el rey An-Voung a los gobernadores y mandarines que procediesen a destruir inmediatamente las iglesias, quemar públicamente las cruces, imágenes, vasos y ornamentos sagrados y a conducir, sin pérdida de tiempo, a todos los misioneros a la capital del reino [Hué]. Los cristianos deberían renunciar a sus creencias y adorar a los ídolos»5. «Esta y otras persecuciones culminaron en la de 1737, en la que fueron presos los PP. Francisco Gil de Federich y Mateo Alonso Liciniana. Ambos, después de prolongados interrogatorios y sufrimientos en la cárcel, bajo el peso de los grillos y de las cadenas, fueron decapitados por la fe en 22 de enero de 1745 [como tantos otros cristianos en este año]. Veintiocho años más tarde, el 7 de noviembre de 1773, eran también ejecutados, defendiendo su fe, otros dos sacerdotes dominicos: el español Jacinto Castañeda y el annamita Vicente Liem de la Paz»6.
«A finales del siglo XVIII se produjo una guerra civil entre dos dinastías rivales que se disputaban el poder imperial. Con el triunfo de Gia-Long (1777-1820) el cristianismo encontró paz y se desarrolló rápidamente»7. Nguyen-Ahn, príncipe annamita y futuro rey Gia Long, había sido primero rescatado por un obispo francés de la matanza de la familia real ejecutada por los rebeldes Tay Son, y luego conseguía derribar del trono a los revolucionarios gracias al apoyo político y militar de Francia, auxilio que alcanzó por intervención de este obispo. Se trataba de Mons. Pierre Pigneau de Béhaine (1741-1799), misionero imparable de las MEP. Su intrepidez fue tal, que hasta se presentó en la corte de Luís XVI con el hijo del rey, ataviado con los exóticos ropajes annamitas, y planteó él mismo una estrategia militar que garantizaba el éxito sobre los rebeldes, a quienes las demás monarquías asiáticas no podían hacer frente. Así pues, con la toma de poder de Gia Long iniciaba la dinastía Nguyễn, última monarquía de Annam, cuya benignidad para con los cristianos estaba asegurada por la estrecha amistad entre el rey y el obispo Béhaine.
Las terribles persecuciones del s. XIX: Ming Mang y Tu Duc
«Paz y cierto favor en tiempos del rey Gialong, hasta 1821; primeras dificultades con su sucesor, Minh Mang, que pretendía ir acabando poco a poco con el cristianismo mediante la prohibición de la entrada de nuevos misioneros (1825) y la concentración en la Corte de los más antiguos. […] En 1833 salía un edicto de persecución, lanzando contra los misioneros las más burdas calumnias. En adelante, si querían escapar con vida, habían de vivir, entre sus cristianos, una vida de catacumbas. […] En el Tonkín, el padre Retord, por ejemplo, hubo de cambiar hasta diez veces de asilo, y el vicario monseñor Havard, acosado por 450 soldados, no tuvo otra solución mejor que esconderse dentro de una fosa»8. «Por una serie de decretos imperiales, entre 1832 y 1840, Minh-Manh obligaba a los cristianos a abandonar su fe, haciéndoles pisar la cruz en prueba de su renuncia. Todas las iglesias y casas religiosas estaban destinadas a ser demolidas, los sacerdotes eran condenados a muerte, se cerraban todos los puertos del país a los europeos, y los barcos extranjeros debían ser sometidos a rígido examen. Cualquier sacerdote católico que fuese hallado debía ser conducido inmediatamente a la capital»9.
«Entre los Padres Franceses de la Misión “Ad Exteros” de París fueron ejecutados: en 1833, el P. Gagalin; en 1835, el P. Marchand; en 1837, el P. Cornay, y en 1838, los PP. De la Motte, Bacard y otros. Entre los españoles de Tonkín sufrieron también glorioso martirio, después de indecibles tormentos, los Obispos dominicos Ignacio Delgado (12 de julio de 1838) y Domingo Henares (25 de junio del mismo año) y el P. José Fernández, seguidos de un grupo de dominicos annamitas, algunos sacerdotes del clero secular y numerosos cristianos»10.
«La persecución se suavizó a partir de 1841, después de la muerte de Minh Mang; su sucesor no era tan violento, pero si cesaban las ejecuciones, menudeaban más los encarcelamientos: ese mismo año fueron encarcelados tres misioneros del Tonkín, los padres Galy, Berneux y Charrier; luego fueron condenados a muerte, aunque el rey ordenó la suspensión de la sentencia. Es que mientras tanto había tenido lugar una intervención francesa, lo que explica esa postura de remisión demostrada por Thieu Tri. No la siguió ciertamente su sucesor, Tu Duc»11, cuyo nombre se hace oír tan frecuentemente en el Martirologio romano.
«Y aquí, como en los primeros tiempos del Cristianismo, “la sangre de los mártires fué semilla de cristianos”, y en 1841, al bajar al sepulcro el impío y cruel perseguidor Minh-Manh, el número de éstos llegaba a 169.254. Por lo cual Pío IX, en 1848, dividió el Vicariato Oriental en dos, uno que conservó este nombre y otro que se llamó Central: al frente del primero continuaba el mismo Vicario Apostólico, Sr. Hermosilla, y el Sr. Martí fué nombrado primer Vicario Apostólico del nuevo Vicariato Central»12.
Tu Duc no fue un monarca diplomático para con las potencias europeas. «La presencia de los barcos franceses en sus costas le hizo llegar a sospechar que los misioneros católicos de su reino operaban como espías de alguna nación extranjera. Sus primeros decretos contra el catolicismo fueron explícitos, pero faltó decisión en los mandarines para llevarlos a la práctica. Estos se dejaban sobornar fácilmente. En 1848, poco después de tomar el cetro, Tu-Duc publicó un edicto en el que ofrecía un premio de 300 onzas de plata al que entregara un misionero europeo. Los españoles pudieron evadir las pesquisas de los mandarines, y sólo un sacerdote dominico annamita fue apresado, falleciendo en la cárcel en mayo del siguiente año. En un segundo edicto, motivado al parecer por algunas victorias del revolucionario Phung-Minh, el emperador acusa a los cristianos de conspiración y ordena que todos los sacerdotes europeos sean arrojados al mar o a los ríos»13, y que «los sacerdotes annamitas sean cortados por la mitad»14. «En esta persecución fueron martirizados dos misioneros franceses del Vicariato del Tonkín Occidental: los PP. Agustín Schoeffler, el 1 de mayo de 1851, y Juan Luis Bonnard, el mismo día del año siguiente»15.
«En 1854, año de la llegada de Teófano, solamente el Vicariato de Tonkín occidental contaba unos 180.000 bautizados»16. El Vicariato occidental, contando a Vénard y al P. Legrand que entra con él en el país, cuenta con ocho misioneros franceses: el vicario Mons. Retord, su coadjutor Mons. Jeantet y los Padres Castex, Néron, Chapdelaine, Charbonnier, Legrand y Vénard. Pronto llegaron los Padres Matthevon, Barran y Théruel, que luego será Vicario provincial sucesor de Retord.
«La primera amenaza seria contra las misiones católicas fue un decreto de Tu-Duc, en 1854, aprobando un proyecto de ley de su consejo de ministros, en el cual se dictaban diferentes sentencias contra la religión de Cristo “venida de Occidente, que se vale de la Cruz y de las palabras de Jesús para embaucar los corazones: esta religión —decía— inventa medios de hablar de un santo Paraíso celestial para fascinar a los oyentes; y de todas las religiones falsas, ésta es la más nociva a los usos y costumbres”, porque “contiene muchas cosas falsas, sagaces y misteriosas. Ya se vale del infierno y de la gloria para asustar a los tontos; ya de dinero y riquezas para asustar a los pobres; y así son muchos los que la siguen y la creen en extremo, siguiéndose el gravísimo daño de que abandonen el culto de los espíritus tutelares y de los progenitores”. Las decisiones eran tajantes: “Al europeo ministro principal de la religión que sea cogido se le cortará la cabeza y se pondrá en sitio público tres días; después se echará al río. A los catequistas de europeos y a los ministros indígenas se les cortará a todos la cabeza, sin perdonar a nadie. Los catequistas de indígenas serán marcados con un letrero ignominioso en la frente y desterrados a los fuertes lejanos de la costa.” A los delatores de europeos se les premiará con 300 onzas de plata. El que descubra a un catequista de europeo, o un misionero de este reino, recibirá 100 onzas de plata. Las casas y los templos de los misioneros “que se las quemen y arruinen; si tienen depósitos de arroz y víveres, que los repartan y consuman al momento, las tapias y cercas que sean demolidas, y los fosos y cavernas se terraplenarán, arrasándolo todo, hasta las chozas y garitas donde tenían sus centinelas. Se prohíbe a hombres y mujeres el reunirse a rezar y oír predicar”. Finalmente se establecen diferentes castigos para los mandarines y prefectos de provincias y alcaldes que sean remisos en aplicar la ley. Los ministros concluyen que “ni es demasiado riguroso este proyecto, ni tampoco demasiado flojo y condescendiente”.
Es cierto que la persecución no dio en un principio los terribles resultados que eran de temer. Pero las pesquisas, los asaltos a los pueblos cristianos, los robos en sus casas y las exacciones pecuniarias exigidas de ellos para evitar ser acusados, les tenían en un continuo estado de sobresalto y terror. En 1855, unos buques franceses llegan a la costa con objeto de atemorizar a Tu-Duc y exigirle la cesación de las vejaciones contra los súbditos de Francia. Antes de partir, el Plenipotenciario17 francés, Mr. de Montigny, amenaza a Tu-Duc con la venganza del poderío de Napoleón si la persecución continúa. Tal actitud no hizo sino añadir aceite al fuego del furor del annamita. El año siguiente, 1856, el P. José Tru, sacerdote dominico, es decapitado, y su muerte fue seguida de una serie de arrestos y ejecuciones. A principios de 1857 volvió Montigny a las playas de Annam y —son palabras del misionero Padre Manuel Estévez, en carta del 5 de julio— “le dejó una carta escrita al Rey, en que le decía que, si mientras volvía a representar a Napoleón perseguía en manera alguna la religión, después se las pagaría todas juntas. Nada se consiguió con esta bravata. El 21 de mayo del mismo año cae en manos de los esbirros imperiales el Vicario Apostólico Mons. José María Díaz Sanjurjo, el cual, después de esperar dos meses en la cárcel de Nam Dinh la confirmación de la sentencia de muerte, fue martirizado el 20 de julio de 1857. La prisión del Ilmo. Sr. Sanjurjo [Dominico] fue la chispa que encendió el conflicto internacional. Si Tu-Duc hubiese previsto las trascendentales consecuencias que aquella ejecución llevaría consigo, sin duda hubiese preferido deportar al ilustre obispo español. Varias veces, en ocasiones semejantes, los buques franceses habían intervenido con éxito para obtener la libertad de sus compatriotas de las cárceles de Annam. Esta vez, sin precedentes en la historia de las misiones dominicanas del Tonkín, los misioneros españoles dan el paso arriesgado de solicitar la intervención de Francia y España para conseguir la libertad del preso. Para ellos Mons. Díaz Sanjurjo era “la cabeza, el Pastor, la columna sobre la que estribaba la misión”, dejando su muerte “una impresión y dolor inexplicable entre cristianos y misioneros”, dice en la misma carta el P. Estévez: “máxime, estando convencidos que uno de sus dotes intelectuales, morales y físicas no es fácil que los Prelados puedan mandárnosle en las presentes circunstancias. No pedían para su obispo más de lo que anteriormente habían conseguido los franceses respecto de sus misioneros. Muy lejos estaban ellos de convidar a una guerra. […] Francia y España se levantaron a una, proclamando principios de derecho internacional y exigiendo satisfacción por el denominado “asesinato jurídico” del Sr. Sanjurjo y de anteriores misioneros»18.
El emperador Tự Đức (1829-1883)
«Ahora, a la reacción francesa se unía la española y la nueva expedición militar era comandada por el vicealmirante francés Rigault de Genouilly y el coronel español Lanzarote. El 31 de agosto de 1858 se rendía el puerto de Touranne, después de unas horas de cañoneo naval. En febrero de 1859 las tropas francesas y españolas ocupaban Saigón, donde se encerraron e hicieron fuertes. Pero al exterior se enfurecía más la persecución, sobre todo en 1861, llamado año de la dispersión; el 2 de febrero de ese año caía decapitado en Hanoi el joven misionero Teofanes Vénard»19.
«La intervención de Francia y de España y una creciente rebelión interna aconsejaron al sanguinario Tu Duc firmar un tratado de paz en 1862, ampliado por otro en 1874, concediendo plena libertad religiosa a misioneros y a cristianos. Ese período de paz en el Tonkín duró hasta 1882, en que Francia tuvo que volver a intervenir con las armas, iniciando la conquista total del territorio»20.
«Entre 1857 y 1862, más de 20.000 cristianos fueron ejecutados o masacrados en Tonkín, y 10.000 en la región de Hué. El clero vietnamita perdió un tercio de sus efectivos, es decir, 115 sacerdotes. Todos los conventos fueron dispersados, más de 2.000 monas Amantes de la Cruz o terciarias dominicas regulares; al menos 100 de ellas fueron asesinadas. Casi todos los notables cristianos21 fueron encarcelados, un total de 10.000 personas, la mitad de las cuales fueron condenadas a muerte. Un centenar de pueblos22 fueron destruidos y más de 40.000 habitantes dispersos murieron de hambre o de pobreza. Se calcula que la Iglesia de Vietnam, que contaba entonces con unos 500.000 fieles, perdió una cuarta parte de sus miembros»23. Los cristianos habían sido cruelmente «decapitados, quemados vivos por grupos, enterrados vivos, arrojados a los ríos o al mar, etc. Buen ejemplo de constancia y de coraje este de la Iglesia annamita. Otros muchos cristianos optaron por seguir el camino del destierro»24. «Unos apostataron, es cierto, ante el temor y el terror; pero una buena parte supo permanecer constante en su fe hasta el martirio»25.
«Entre los misioneros, fueron ejecutados cuatro vicarios apostólicos españoles y un sacerdote: los Sres. Díaz (1857), García Sampedro (1858), Berrio-Ochoa y Hermosilla (1860), y el P. Pere Almató. En las Misiones Extranjeras, hubo tres nuevas víctimas: François Néron (3 de noviembre de 1860), Théophane Vénard (2 de febrero de 1861) y, por último, el veterano obispo Étienne Cuenot, que había llegado a Cochinchina antes de las persecuciones, en 1829, y murió en prisión la víspera de su ejecución, el 14 de noviembre de 1861»26. Veremos más adelante cómo Mons. Retord, aunque no bajo la espada, también cayó víctima de la persecución de Tu Duc.
Una estampita del 1906 de la beatificación de los mártires del Vietnam llevada a cabo por Pió X hallada en una vieja urna.
La obra Le martyre de Pierre Truong Van Duong ; de Pierre Vu Van Truat et de Paul Mi expuesta en el Seminario ME de París.
Segunda parte en la próxima publicación
NOTAS:
1. SANTO TOMÁS, Suma de Teología, II-II, 186, 7
2. Cfr. Directorio de espiritualidad, nn. 168 y 178.
3. SANTOS HERNÁNDEZ ÁNGEL, Vietnam, tierra de sangre, págs. 122-123.
4. Cfr. las notas publicadas por Agencia Fides en fides.org en ocasión de la visita Ad Limina Apostolorum de
los Obispos vietnamitas iniciada el 22 de junio.
5. Mártires de la Provincia del Rosario, pág. 8. Publicado en vicaresp.dominicos.org
6. GAINZA FRANCISCO y VILLAROEL FIDEL, O.P, Cruzada española en Vietnam. Mártires annamitas, 2010, pág.
750.
7. Mártires de la Provincia del Rosario, pág. 8.
8. SANTOS HERNÁNDEZ ÁNGEL, Vietnam, tierra de sangre (II), 1973, págs. 123-124.
9. Mártires de la Provincia del Rosario, pág. 7 y ss.
10. Cruzada española en Vietnam…, pág. 751.
11. SANTOS HERNÁNDEZ ÁNGEL, Vietnam, tierra de sangre (II), págs. 123-124.
12. Los Dominicos en el Extremo Oriente, Provincia del Santísimo Rosario de Filipinas (O.P.), 1916, pág. 124.
13. Cruzada española en Vietnam…, pág. 752.
14. F. TROCHU, Un martire moderno – Il beato Teofano Vénard, pág. 191.
15. Cruzada española en Vietnam…, pág. 752.
17. Plenipotenciario = diplomático que goza de grandes privilegios.
18. GAINZA FRANCISCO y VILLAROEL FIDEL, O.P, Cruzada española en Vietnam. Mártires annamitas, 2010, pág. 756.
19. SANTOS HERNÁNDEZ ÁNGEL, Vietnam, tierra de sangre (I), 1972, pág. 105.
20. SANTOS HERNÁNDEZ ÁNGEL, Vietnam, tierra de sangre (II), 1973, pág. 125.
21. En 1857, Tu Duc mandó liquidar a un gran mandarín, Michel Hy, por su fe cristiana.
22. Vin Thri, sede del Vicariato Apostólico francés, entre ellos.
23. Le grand massacre Vietnam, publicado por las MEP en missionsetrangeres.com.
24. SANTOS HERNÁNDEZ ÁNGEL, Vietnam, tierra de sangre (I), 1972, pág. 112.
25. Op. cit., pág. 110.
26. Le grand massacre Vietnam (MEP).







