En el principio fue la Santa María, que navegó hacia nuestras playas. La Santa María de Colón, la Santa María de la reina Isabel, la Santa María de Castilla, la Santa María de la Cristiandad. Nunca llegó a nuestras playas, porque el 12 de octubre de 1492 llegó a la isla que llamamos Watling y que Colón bautizó como San Salvador; dobló junto a ella como a una señal del tráfico, y enfiló primero hacia el sud y luego hacia el sudeste, y ancló finalmente junto a una roca en la costa Norte de Haití, el día de Navidad. Nunca llegó a nuestras playas, pero su proa estuvo dirigida hacia ellas. Estuvo en los confines de Florida. Dejó una estela en el océano que apunta hacia ella, como una flecha apunta hacia su blanco.
No se borró nunca esa estela. Y porque nunca se borró, se convirtió para nuestro país y para todo el Nuevo Mundo, en la estela más importante de la historia.
Otros barcos, nórdicos, ingleses, bretones, vascos o portugueses, pueden haber llegado a nuestro país desde Europa antes que la Santa María hiciera su viaje incompleto a la Florida, pero sus estelas se borraron, desaparecieron. No tendieron puente. Por otra parte la Santa María unió para siempre el Nuevo Mundo con el antiguo. Trajo al nuevo mundo el asunto de Europa. El asunto de los siglos como le llamó San Bernardo: la Encarnación; Cristo nacido de la Virgen María. Desde entonces el Nuevo Mundo fue llevado a un drama del que nunca pudo liberarse. También había tenido lugar en él un drama antes de la llegada de la Santa María, el drama de gente como nosotros, descendientes de Adán, y que como nosotros intentaron fundar ciudades inmortales. Pero después que la Santa María dejó su estela, los términos del drama fueron diferentes, sus querellas fueron diferentes, sus heroísmos fueron diferentes. No hay recuerdo de que pueblo alguno que haya oído hablar de la Encarnación haya podido olvidarla totalmente, ni aun odiando la Encarnación, como Satanás odiaba el Sol. La Santa María trajo la Encarnación al Nuevo mundo. Trajo para el Nuevo Mundo la estela de las estelas.
Nos dio también nuestro Descubridor. Un descubridor es algo muy tenue para darle a una tierra, casi algo invisible, porque un descubridor ni deja su huella siquiera. Viene. Es ido. Y sin embargo, un descubridor frecuenta una tierra. Nuestra mente, buscando orígenes, se vuelve hacia él. Como una tribu salvaje cree estar protegida, siempre acompañada o amenazada, por su primer antepasado (un fantasma siempre presente) así estamos acompañados por el descubridor de nuestra tierra. Ahí está cuando nos volvemos. Puede ser tan inmaterial como el aire, pero es tan inmaterial que no se le puede borrar. Es como un pensamiento con que pensamos.
Así pues la Santa María nos dio algo de gran importancia al darnos un descubridor, y ocurrió que el descubridor que nos diera era por sí de gran importancia. Particularmente para nosotros en los Estados Unidos era de consecuencia, porque entre todas las naciones de la tierra nosotros somos señalados como los más ávidos en la persecución de la riqueza, y sin embargo, somos crédulamente románticos e idealistas. Queremos la riqueza, pero no cínicamente, sino por alguna causa aunque no sepamos cuál. Colón conocía bien sus razones; quería el oro del mundo para usarlo en librar a Jerusalén del turco, e, indirectamente para convertir al mundo. Pero él presenta la misma paradoja de nuestro país. Pese a ser humilde y morir arropado en el hábito de franciscano terciario, rehusó hacer el viaje a través del Océano si no se le prometían honores que harían de él casi un rey. Hizo peligrar aún su probabilidad de fama inmortal, por aferrarse a un título que no había de perdurar. Extraño descubridor. Sin embargo, ¡qué apropiado para una tierra fantásticamente extraña! La tierra más paradójica que la Cristiandad haya producido, contempla un descubridor que aún por sus pensamientos ofrece la completa paradoja humana, y más significativo aún, la completa paradoja humana cristiana. La Santa María nos dio también una dueña: España. Todos reconocemos a Colón como nuestro descubridor, pero pocos pensamos alguna vez en España como en nuestra primera dueña. Fue nuestra dueña. Fue la primera dueña de la Roca Playmouth[1].
Por la estela de la Santa María fue la dueña indisputada de toda nuestra tierra durante medio siglo. Aunque con alguna disputa, fue la dueña de toda ella durante cien años. Durante cerca de doscientos años, fue dueña de sus nueve décimas partes. Durante trescientos cincuenta años, hasta 1847, España (y Méjico su sucesor) continuaron poseyendo una tercera parte.
Haber sido dominio de España tanto tiempo es algo que influyó en nosotros, porque España es un país peculiar. Está separada de los demás países de la cristiandad por algo más que los Pirineos. Hay quienes tratan de explicar su peculiaridad diciendo que es menos capaz de cambiar que sus vecinas. Y ciertamente, muchas cosas buenas y alguna cosa mala, se han preservado en la Península Ibérica mucho después de haber desaparecido en otras partes. Fue posible escribir allí el Don Quijote en el siglo XVI, porque aún vivía allí, mientras que en Francia o Inglaterra había muerto hacía tiempo. Pero mueve a risa el oír que España sea descripta como la nación incapaz de cambiar, porque, ¿cómo se explicaría el hecho de que Castilla, incapaz de distinguir el timón de la proa de una nave antes de Colón, se convierta después de su primer viaje en la reina de los mares? España no es inmutable, no es el pasado. Más bien podría llamársele el futuro, porque vivió como Imperio, experiencias que Inglaterra está conociendo recién hoy. España tiene sus características, pero no es la inmutabilidad una de ellas.
¿No es mejor caracterizar a España simplemente como el país que no tiene sentido del tiempo y del espacio? Guerreó con los moros durante 800 años y apenas se apercibió de ello. En el siglo XVI vió sin asombro que la mitad de la Tierra caía dentro de su heredad. Tiene tan poco sentido de la distancia que separa el cielo de la tierra que trata a los santos que se hallan en la Gloria como si estuvieran en inmediata proximidad a su existencia, ciudadanos respirando con ella un mismo aire y no en la Gloria. Tiene un tal ardor amoroso que sin irreverencia puede dejar que sus hijos sean bautizados con el nombre de Jesús. Fuimos presentados por la Santa María a un pueblo que parecía haber llamado la atención aún en el Cielo, pues le fue acordado el portentoso papel de enviar la Santa María. Fuimos presentados a dueña tan singularmente ligada a la eternidad, que tiene el abandono cristiano del sueño y también el poder cristiano de la resurrección.
Pero España era no sólo una dueña muy especial; fue dueña con responsabilidades nunca conocidas hasta entonces. Cuando Alejandro VI actuando como mediador entre los dos países exploradores, España y Portugal, trazó la línea que daría a España toda América, con excepción de Brasil, cuando realizó este acto, que muchos han considerado tan arrogante, hizo varias estipulaciones que aquellos que lamentan su señorío, olvidan fácilmente. Estaban obligadas a llevar la Fe Cristiana a los habitantes de esas tierras, o al menos a poner en ello su mayor esfuerzo; de lo contrario perdían su propiedad. Debían tratar a los pueblos que pacificaran, con caridad cristiana y predicarles la buena nueva de la Revelación Cristiana; debían ser apóstoles. Para que estas obligaciones pudieran ser más fácilmente cumplidas, a los gobernantes de los dos países se acordaron privilegios sin precedentes. Se les permitía guardar las rentas de la Iglesia que obtuvieran en las nuevas regiones, no para ellos, sino para atender los gastos de fundar misiones e iglesias y dotarlas de misioneros. También se les concedía el nombramiento de los obispos.
Cuando España llegó a ser nuestra dueña, era el único país en Europa con sombra de omnipotencia. Sólo ella podía pensar en hacer cuanto quisiera. Recibía de América el oro con que Colón había soñado. Tenía un ejército invencible en Europa, que siguió invencible durante un siglo y medio. Tenía talento, energía, confianza, unidad. Sin embargo, aun con esta omnipotencia no podía estar en todas partes. Dedicó su atención a Centro y Sud América y a México con preferencia al territorio de nuestros cuarenta y ocho estados. Su determinación en este sentido fué deliberada, porque su explorador Gómez en 1524 había navegado a lo largo de toda la costa del Atlántico e informó a España que nuestro país era lamentablemente tierra vulgar, no superior a la de Europa. Ni aun por eso España descuidó totalmente una tierra así estigmatizada. Destacamentos de soldados, representantes del coraje, espíritu de empresa y grandeza de ambición de su país, hicieron incursiones en nuestro territorio que se recuerdan como una asombrosa leyenda. Todo el sud de los Estados Unidos adquiriría un aspecto vacío si las magníficas marchas de Coronado y De Soto fueran borradas de su historia. El encuentro en uno de los campos de Kansas, como ocurrió en 1886, de una espada que había caído allí en 1540, agrega profundidad y plenitud a su llanura; estaba grabado en ella el nombre de Juan Gallegos, y en su hoja la inscripción: «No me saques sin derecho; no me envaines sin honor».
Luego España perdió su omnipotencia, pero no volvió completamente su espalda a nuestro país. Cesó en sus grandiosas, vagas incursiones, pero con prudencia y perseverancia ocupó varias porciones de su territorio. Si se nos pregunta si esas ocupaciones fueron de gran importancia, podemos responder preguntando, si tendría importancia el que no existieran iglesias misioneras españolas en California, Arizona y Nueva Méjico, ni ruinas españolas en Texas. Aun solamente como creadores de lo que vemos en ruinas, no nos encontraríamos en falta en nuestro orgullo comercial y cortedad de vistas. No tendríamos ahora el privilegio de preguntarnos: «¿Qué fué esta gran generosidad, este algo del otro mundo que ha dejado allí sus huellas?»
Pero el dominio español fue también importante en la historia colonial inglesa y en nuestra propia historia americana. Si Inglaterra no hubiera venido a nuestras tierras, como una ocupante furtiva, sin la confianza de un propietario, no hubiera buscado para establecerse puertos tan nórdicos y difíciles. Hubiera ido al golfo de Méjico, hacia el Sud, creyendo –como todo el mundo creía– que las tierras paradisíacas y llenas de oro eran las más próximas al Ecuador. Si no hubiera sido por el dominio de España, Inglaterra nunca hubiera tenido la idea de ocupar esas tierras, que a la larga, fueron las mejores que podía haber ocupado, tierras llamadas a disciplinar los pobladores que las colonizaron y mantenerlos concentrados y fijos, forzándolos a una domesticidad de vida que fue para el bien de Inglaterra.
Finalmente, no olvidemos que el dominio de España sobre los Estados Unidos tuvo efecto sobre los colonos ingleses después que habían dejado de ser colonos, y se habían convertido en americanos de los Estados Unidos. Para empezar, España nos ayudó en nuestra independencia. Las expediciones españolas de Nueva Orleans que capturaron a los ingleses Natebey y La Florida durante nuestra Revolución, no fueron acontecimientos menores en número o en heroísmo. España estaba aún viva. Tan viva estaba que envió una expedición desde Saint Louis (Missouri) al lago Michigan para capturar el fuerte inglés de St. Joseph. Y tan viva estaba todavía en Louisiana después que ganamos nuestra independencia que continuó siendo nuestra rival durante una generación. Se apoderó por un tiempo de nuestro héroe Daniel Boone, empleándolo como su magistrado español durante 10 años en el Arkansas español. Y después de la compra de la Louisiana, después que Arkansas dejó de ser español, después que Missouri fue nuestro y también el río Missouri, fue de la existencia de una parte española de los Estados Unidos de donde salieron nuestras primeras caravanas hacia el Oeste. Si no hubiera existido Santa Fe, si Nueva Méjico hubiera sido sólo un desierto o unos pocos pueblos indios, las carretas de bueyes no hubieran cruzado jamás la planicie. La expansión hacia el Oeste hubiera tenido que esperar.
La nave, la Santa María, que tuvo tal efecto en nuestro destino, llevaba con razón su nombre. Venía de una Europa que había conservado su juventud y su alegría gracias a su confianza en ese ser humano por quien la Santa María lleva su nombre: Santa María, Nuestra Señora. Venía de una parte de Europa: España –la España de Nuestra Señora del Pilar, de Zaragoza– que en esos días era campeona privilegiada de Nuestra Señora, de Santa María. Había zarpado de Europa y de España en un período de la historia en que los marineros de la Cristiandad –los suyos entre ellos– cantaban aún al anochecer la Salve Regina, y aun llamaban a esa hora del día la hora de la Salve Regina. Y su comandante Colón, era tan de Nuestra Señora, que agregó las iniciales de Ella a su firma y cuidadosamente dispuso que se le enterrara en la capilla dedicada a la Inmaculada Concepción, en el valle conocido como de la Concepción, en Haití.
Es imposible empezar a pensar en la historia de nuestro país sin pensar en la Santa María. La Santa María figura como la portada en el libro de todas nuestras hazañas. Es la mayúscula iluminada, brillante, reveladora al principio de la crónica de nuestros hechos. Quien no ve esa nave, deja el libro sin abrir, se aburre, se adormece, y deja para mañana su lectura.
* En «Revista Sol y Luna», N°9, Año 1942, trad. Cosme Beccar Varela; y en el libro «La Conquistadora», Ed. La Espiga de Oro, Buenos Aires – 1943, trad. Francisco Uriburu – Capítulo primero, pp. 7-15.
[1] Donde desembarcaron los peregrinos ingleses del Mayflower. N. del T.