Es sabido que santa Catalina de Siena tenía conversaciones con Jesucristo. En una de esas conversaciones hablando de la Eucaristía y por qué esta produce más fruto de santidad en algunas almas que en otras, Nuestro Señor usó la siguiente comparación para que entendiera: “Si tú, hija, tuvieras encendida en tu mano una candela y todo el mundo viniera a tomar luz y fuego de ella ¿se multiplicaría esta sin disminuir su llama?” Sí respondió santa Catalina.
Y Nuestro Señor prosiguió: “Si entre estos que vienen a encender sus velas unos traen pequeñas candelas, otros traen velas normales y otros traen grandes y gruesos cirios ¿no te parece que, aunque todos llevaran luz y fuego, los más que traen los cirios grandes se llevarán más fuego y luz que los que traen las pequeñas candelas?” Sí respondió nuevamente santa Catalina.
A lo que concluyó Jesús: “Pues así sucede con el sacramento de mi amor.” Porque es cierto que el sacramento de suyo produce una gracia que todos reciben, sin embargo, también es cierto que la cantidad de esa gracia depende de las disposiciones con que recibimos la Eucaristía, el sacramento del amor de Cristo.
Esta visión que tuvo Santa Catalina nos enseña que no recibimos toda la gracia que podríamos recibir de la Eucaristía debido a nuestras malas disposiciones. Entre las cosas que generan esas malas disposiciones para recibir las gracias contenidas en la Eucaristía está el pecado venial.
El pecado venial si bien no es un impedimento para recibir la Eucaristía por no privarnos de la gracia santificante es una limitación a la gracia de Dios por el afecto desordenado que entraña, de ahí que cuanto más libres estemos de ese afecto desordenado mayor será la capacidad que tengamos de recibir las gracias que Dios nos da por medio de la Eucaristía. Si queremos progresar en la vida espiritual y crecer en la gracia de Dios debemos trabajar positivamente contra los pecados veniales deliberados, para quitar esos obstáculos a la obra que Jesús quiere realizar en nuestra alma.
San Bernardo dice que el pecado venial es como el polvo que se nos pega a los pies al caminar por este mundo y que Nuestro Señor al lavar los pies de los Apóstoles antes de comer la Última Cena con ellos nos enseñó que debemos quitarnos este polvo del pecado venial para disponernos mejor para recibir la Eucaristía.


