Se cuenta que durante el pontificado de Paulo III un cardenal le pedía insistentemente una gracia. Sin embargo, Paulo III dilataba en concederla porque no estaba convencido de darla, en realidad no le parecía justo concederla y, por eso, no la concedía, aunque no quería directamente decirle que no al cardenal.
Este cardenal que cada vez que veía al Papa le insistía en que le concediera dicha gracia por misericordia hacia a él, un día le dijo medio enojado: “Santidad, bien sabe usted todo lo que hice para que Usted llegara a ser Papa, no puede pues negarme esta gracia que le estoy pidiendo”. A lo que el Papa respondió: “Pues, me has hecho Papa, ahora déjame serlo”, como diciendo si el Papa usa su poder para conceder favores injustos no estaría actuando como un Papa debería actuar porque un Papa no debe realizar acciones injustas.
Muchas veces confundimos misericordia con injusticia. Porque el conceder una gracia por misericordia nunca puede ir contra la justicia, porque como dice la Sagrada Escritura la misericordia y la justicia se encuentran (cf. Sal 85:10), es decir, cuando conceder algo va contra la justicia, esa misericordia deja de ser tal y pasa a ser injusticia, porque se está dando algo que no corresponde o no se puede dar.
Porque si bien es cierto que detrás de toda justicia hay alguna misericordia, porque nadie posee nada en justicia si antes no le fue concedido algo por misericordia gracias a lo cual tiene derecho a reclamar en justicia lo que le corresponde comenzando por el don de la vida que nos fue dado por pura misericordia sin ningún mérito propio y siguiendo por muchas otras cosas que hemos recibido gratuitamente: inteligencia, fuerzas físicas, libertad, etc.; gracias a las cuales podemos reclamar en justicia que se nos conceda algo: el inventor de algo puede reclamar los derechos de autor en justicia por el uso esforzado de su inteligencia para inventar eso, pero detrás de eso está la misericordia de haber recibido la inteligencia sin ningún mérito propio.
También es cierto que cuando pedimos a alguien nos conceda algo que viola el orden de la justicia, como el favor que le pedía el cardenal al Papa, porque ese alguien no tiene el derecho de concedérnoslo por más que tenga el poder o la capacidad para concedérnoslo, no estamos pidiendo una gracia apelando a la misericordia del otro, sino que estamos pidiendo que el otro use su poder para cometer una injusticia.
La diferencia radica, como explica Nuestro Señor en la parábola de los obreros de la viña (cf. Mt 20:1-16), en que el que en justicia ha obtenido algo puede darlo por pura misericordia a otros: ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno? (Mt 20:15) dice el dueño de la viña a los que le reclamaban que habían trabajado todo el día y les estaba pagando lo mismo que a los que habían trabajado sólo una hora; pero nadie puede distribuir por misericordia algo que no le pertenece por más que pueda o tenga la capacidad para hacerlo, como el Papa en la Iglesia, porque al no pertenecerle estaría cometiendo una injusticia abusando de su poder o capacidad porque se hace propietario de algo que no le pertenece por ser como mucho administrador, a veces ni siquiera administrador, y no dueño. De ahí que la injusticia nunca debe ser confundida con la misericordia.


