Homilética El Bautismo del Señor

Ciclo A

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TEXTOS LITÚRGICOS

Este es mi servidor en quien se complace mi alma

Lectura del libro del profeta Isaías 42, 1-4. 6-7

Así habla el Señor:
Este es mi Servidor, a quien yo sostengo,
mi elegido, en quien se complace mi alma.
Yo he puesto mi espíritu sobre él
para que lleve el derecho a las naciones.
Él no gritará, no levantará la voz
ni la hará resonar por las calles.
No romperá la caña quebrada
ni apagará la mecha que arde débilmente.
Expondrá el derecho con fidelidad;
no desfallecerá ni se desalentará
hasta implantar el derecho en la tierra,
y las costas lejanas esperarán su Ley.

Yo, el Señor, te llamé en la justicia,
te sostuve de la mano, te formé
y te destiné a ser la alianza del pueblo,
la luz de las naciones,
para abrir los ojos de los ciegos,
para hacer salir de la prisión a los cautivos
y de la cárcel a los que habitan en las tinieblas.

Palabra de Dios.

SALMO Sal 28, 1a. 2-3ac. 4. 3b. 9b-10

R. El Señor bendice a su pueblo con la paz.

¡Aclamen al Señor, hijos de Dios!
¡Aclamen la gloria del nombre del Señor
adórenlo al manifestarse su santidad!
El Señor bendice a su pueblo con la paz. R.

¡La voz del Señor sobre las aguas!
el Señor está sobre las aguas torrenciales.
¡La voz del Señor es potente,
la voz del Señor es majestuosa! R.

El Dios de la gloria hace oír su trueno:
En su Templo, todos dicen: «¡Gloria!»
El Señor tiene su trono sobre las aguas celestiales,
el Señor se sienta en su trono de Rey eterno. R.

Dios lo ungió con el Espíritu Santo

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 10, 34-38

Pedro, tomando la palabra, dijo:
«Verdaderamente, comprendo que Dios no hace acepción de personas, y que en cualquier nación, todo el que lo teme y practica la justicia es agradable a Él.
Él envió su Palabra al pueblo de Israel, anunciándoles la Buena Noticia de la paz por medio de Jesucristo, que es el Señor de todos.
Ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicaba Juan: cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. El pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con Él.»

Palabra de Dios.

ALELUIA Cf. Mc 9, 7

Aleluia.
Los cielos se abrieron y se oyó la voz del Padre:
Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo.
Aleluia.

Apenas fue bautizado Jesús
vio el Espíritu de Dios descender sobre Él

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 3, 13-17

Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él. Juan se resistía, diciéndole: «Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!»
Pero Jesús le respondió: «Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo». Y Juan se lo permitió.
Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia Él. Y se oyó una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección».

Palabra del Señor.

GUIÓN PARA LA MISA

Entrada:
La Sagrada Liturgia nos recuerda nuestra identidad como cristianos, nacidos como hijos de Dios de la fuente bautismal para crecer en la vida divina hasta la plena madurez en Cristo.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura: Isaías 42, 1- 4. 6- 7
El Verbo de Dios al encarnarse hace alianza eterna con el hombre, y se constituye en Luz para todas las naciones de la tierra.

Salmo Responsorial: 28, 1ª. 2- 3ac. 4. 3b. 9c- 10

Segunda Lectura: Hechos 10, 34- 38
Cristo, ungido con el Espíritu Santo, es el Señor de todos.

Evangelio: Mateo 3, 13- 17
Jesús en su humildad quiere ser bautizado. De esta manera se somete a la Voluntad del Padre y el Espíritu de Dios desciende sobre Él.

Preces: Bautismo del Señor

Presentamos las necesidades de todos los hombres a Jesús, que viene del cielo para revelarnos su gloria.

A cada intención respondemos cantando:

* Por el Santo Padre Francisco para que, ungido con la fuerza de lo alto, sea siempre una luz en el camino de cuantos buscan al Señor. Oremos.
* Por los consagrados, para que viviendo con generosa radicalidad la fe, la esperanza y el amor recibidos en el bautismo, sean para el mundo un reflejo del amor del Padre. Oremos.
* Por todos los fieles laicos, para que vivan las promesas bautismales con la alegría de saberse hijos de Dios en Jesucristo. Oremos.
* Por las naciones, para que abiertas a la manifestación del Señor reinen en ellas el derecho, la justicia y la paz. Oremos.
* Por todos nosotros, que en este tiempo de navidad hemos contemplado el misterio escondido desde toda la eternidad, para que guardándolo en el corazón demos frutos dignos de conversión. Oremos.

Con la confianza de los hijos, te presentamos Señor estas oraciones sabiendo que no seremos defraudados. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:
Recibe Señor, la ofrenda de nuestra vida y el deseo sincero de hacer el bien a todos.
* Que estos cirios que presentamos, sean signo de nuestro compromiso de llevar a todos los hombres la Buena Nueva de Cristo, el Hijo predilecto del Padre.
*Ofrecemos estos alimentos para nuestro prójimo necesitado.
*Presentamos el pan y el vino y con ellos nuestra comunión con los que sufren y comparten la Pasión de Cristo.

Comunión:
La Eucaristía nos hace “hombres nuevos”, “criaturas nuevas”, y suscita en nuestras almas el deseo de entregarnos a Dios sin reservas.

Salida:
María engendró para nosotros al Salvador que quita los pecados del mundo. Vivamos con gozosa radicalidad la fe, la esperanza y el amor recibidos en el bautismo.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

EXÉGESIS

Isaías 42, 1-4. 6. 7:

Leemos en la Liturgia de hoy el primer canto del Poema del «Siervo de Yahvé». De entre todas las profecías del A. T., es la de mayor densidad teológica y la que más eco alcanza en los escritos del N. T.

— En este canto se nos hace la presentación del Mesías como «Siervo» y como «Elegido» de Dios. Elegido y Siervo, en la Biblia, se corresponden e implican (Is 24, 15; 2 Sam 7, 5). Con maravillosa inspiración esta profecía nos prepara la economía del «Elegido» por antonomasia, «Siervo» por antonomasia: el Mesías.

— El Mesías es el «Siervo». Su misión: un «Servicio» muy duro y cruento: obedece a un plan salvador de Dios. Plan que se realizará no según módulos humanos de poderío y de fuerza, sino con el servicio supremo del Mesías, en humildad, anonadamiento, dolor y muerte. Jesús se aplica la profecía del Siervo cuando dice de Sí mismo: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir, y a dar su vida como rescate por todos» (Mc 10, 45).

— El Profeta presenta al Mesías:
Como «Siervo» y «Elegido’« (v 1); como repleto de Espíritu Santo, y con misión de Doctor espiritual de todas las naciones (v 2); como poseedor de un don espiritual de penetrar en las almas directamente, sin voces ni griterío exterior (v 2); como Profeta manso y humilde (v 3); como Enviado fiel y valiente que no desmaya ni vacila en la misión que tiene de Dios encomendada (v 4); Dios, que le ha dado la misión de salvamos, le tiene asido de la mano (v 6); si misión es: «ser Alianza del Pueblo (Israel) y Luz de las naciones; iluminar a todos los ciegos y liberar a todos los esclavos» (vv 6-7). Es claro que todo se refiere a la Persona y Obra de Cristo. Y los Evangelistas y los Escritores inspirados del N. T. nos lo certifican reiteradamente.

Hechos de los apóstoles 10, 34-38:

Es un resumen de un sermón de San Pedro en el momento que abre las puertas de la Iglesia al primer gentil: Cornelio. Momento, por tanto, trascendental en la Historia Salvífica:

— La Era Mesiánica acaba con la vieja discriminación entre judíos y gentiles. El Mesías ha sido enviado como Luz de las naciones, Libertador de todos los esclavos del pecado, Señor de todos.

— Los vv 37-38 son una clara alusión al Mesías Siervo de Yahvé de Isaías: cuanto dijo el Profeta se ha cumplido en Jesús: «Ungido de Espíritu San to» (Is 42, 2); «Elegido y Muy amado» (Is 42, 1); «Maestro manso y humilde» (Is 42, 3); «Pasó haciendo el bien»: «Libertador y Redentor de todos los oprimidos» (Is 42, 7).

— San Pedro nos concreta cuál sea la esclavitud de que nos libera Cristo: la del pecado: «Curando a los oprimidos por el Diablo» (y 38). Es evidente que todas las opresiones son obra diabólica. Y toda auténtica libertad es don que debemos al «Siervo Redentor»: el que nos ha liberado de todas las servidumbres: del Maligno, de la Muerte, del Pecado; esta liberación se actualiza en nosotros por el sacramento eucarístico; a la vez, la gracia salvífica que nos da es en nosotros unción profética: luz y vigor, dinamismo y amor.

Mateo 3, 13-17:

En el Bautismo de Jesús en el Jordán y los prodigios celestes que lo acompañan, ven los Evangelistas el inicio de la carrera Mesiánica de Jesús; y sobre todo cómo la función Mesiánica de Jesús se orienta en la línea de las profecías del «Siervo de Yahvé»:

— Muy sorprendente es que Jesús se presente entre la turba de pecadores a recibir el Bautismo de Juan, Bautismo para pecadores. Es aquel misterio de solidaridad por el que Jesús ha tomado nuestra naturaleza: «en carne semejante a la carne de pecado y víctima por el pecado» (Rom 8, 3). Y así es el «Cordero de Dios que lleva sobre Sí el pecado del mundo» (In 1, 29), es decir: «El Siervo de Yahvé que lleva sobre Sí nuestras miserias; tratado como impío por nuestros crímenes, aplastado por nuestras iniquidades; el castigo de nuestra salvación recae sobre Él; y por sus heridas somos curados» (Is 53, 5).

— Los prodigios que luego ocurren son el sello visible, la confirmación sensible y milagrosa de la grandeza, y de la misión y función mesiánica de Jesús. Se abren los cielos, es decir, Dios hace una teofanía o revelación. El Espíritu Santo, en signo sensible (Paloma), desciende y reposa sobre Jesús. Significa que Jesús-Mesías queda ungido y repleto de Espíritu Santo para su función y misión de Doctor y Redentor (Is 61, 1). Su misión es henchir de Espíritu Santo la nueva creación de Dios; formar la nueva familia de los hijos de Dios.

— La voz celeste que le proclama: «Tú eres mi Hijo, el Amado, el Predilecto», nos indica cómo las profecías que nos prometían el «Siervo-Elegido-Redentor», todas convergen en Jesús. En Él se cumplen. San Mateo es el Evangelista siempre interesado por hacernos ver cómo en Jesús se «cumple» todo el A.T. Y con ello no sólo intenta decirnos que todas las profecías, promesas y esperanzas se han ya «cumplido», sino que, más aún: Se han «plenificado»; es decir, han alcanzado una plenitud tal -que supera cuanto los mismos profetas y los hombres todos pudieran imaginar ni desear. Aquí tenemos un ejemplo: El «Siervo»-Redentor de las profecías es el «Hijo muy Amado», el Unigénito de Dios. La voz del Jordán (17), la del Tabor (17, 5) y, sobre todo, la gloria de la Resurrección y la Luz de Pentecostés- nos iluminan las profecías del «Siervo de Yahvé».

— Los prodigios del Jordán- son la epifanía de la misión y función redentora y salvadora de Jesús:
«Hoy Cristo se hunde en las aguas del Jordán para lavar los pecados del mundo.
Juan lo anuncia: «Ved el Cordero de Dios, el que carga el pecado del mundo.»

Hoy el Espíritu Santo sobrenada las aguas del Jordán en forma de paloma. Quiere significar que al modo que aquella paloma anunció a Noé el término del diluvio, así ésta indica el final del perpetuo naufragio del mundo» (Pedro Crisólogo: P.L. 52, 620).

El agua, en virtud de la sangre del Redentor, puede ser ya sacramento de purificación de los pecados.

Y los que éramos náufragos y pecadores, redimidos ya por Cristo, nos convertimos en templos del Espíritu Santo.

COMENTARIO TEOLÓGICO

EL BAUTISMO DE JESÚS

La vida pública de Jesús comienza con su bautismo en el Jordán por Juan el Bautista. Mientras Mateo fecha este acontecimiento sólo con una fórmula convencional —«en aquellos días»—, Lucas lo enmarca intencionalmente en el gran contexto de la historia universal, permitiendo así una datación bien precisa.

(…)

En los relatos de la infancia, Lucas ya había dado dos datos temporales importantes. Sobre el comienzo de la vida del Bautista nos dice que habría que datarlo «en tiempos de Herodes, rey de Judea» (1, 5). Mientras que el dato temporal sobre el Bautista queda así dentro de la historia judía, el relato de la infancia de Jesús comienza con las palabras: «Por entonces salió un decreto del emperador Augusto.» (2,1). Aparece como trasfondo, pues, la gran historia universal representada por el imperio romano.

Este hilo conductor lo retoma Lucas en la introducción a la historia del Bautista, en el comienzo de la vida pública de Jesús. Nos dice en tono solemne y con precisión: «El año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, Herodes virrey de Galilea, su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anas y Caifas…»(3, ls). Con la mención del emperador romano se indica de nuevo la colocación temporal de Jesús en la historia universal: no hay que ver la aparición pública de Jesús como un mítico antes o después, que puede significar al mismo tiempo siempre y nunca; es un acontecimiento histórico que se puede datar con toda la seriedad de la historia humana ocurrida realmente; con su unicidad, cuya contemporaneidad con todos los tiempos es diferente a la intemporalidad del mito.

No se trata sin embargo sólo de la datación: el emperador y Jesús representan dos órdenes diferentes de la realidad, que no tienen por qué excluirse mutuamente, pero cuya confrontación comporta la amenaza de un conflicto que afecta a las cuestiones fundamentales de la humanidad y de la existencia humana. «Lo que es del César, pagádselo al César, y lo que es de Dios, a Dios» (Mc 12,17), dirá más tarde Jesús, expresando así la compatibilidad esencial de ambas esferas. Pero si el imperio se considera a sí mismo divino, como se da a entender cuando Augusto se presenta a sí mismo como portador de la paz mundial y salvador de la humanidad, entonces el cristiano debe «obedecer antes a Dios que a los hombres» (Hch 5, 29); en ese caso, los cristianos se convierten en «mártires», en testigos del Cristo que ha muerto bajo el reinado de Poncio Pilato en la cruz como «el testigo fiel» (Ap 1,5). Con la mención del nombre de Poncio Pilato se proyecta ya desde el inicio de la actividad de Jesús la sombra de la cruz. La cruz se anuncia también en los nombres de Herodes, Anas y Caifas.

Pero, al poner al emperador y a los príncipes entre los que se dividía la Tierra Santa unos junto a otros, se manifiesta algo más. Todos estos principados dependen de la Roma pagana. El reino de David se ha derrumbado, su «casa» ha caído (cf. Am 9, lis); el descendiente, que según la Ley es el padre de Jesús, es un artesano de la provincia de Galilea, poblada predominantemente por paganos. Una vez más, Israel vive en la oscuridad de Dios, las promesas hechas a Abraham y David parecen sumidas en el silencio de Dios. Una vez más puede oírse el lamento: ya no tenemos un profeta, parece que Dios ha abandonado a su pueblo. Pero precisamente por eso el país bullía de inquietudes.

(…)

La aparición del Bautista llevaba consigo algo totalmente nuevo. El bautismo al que invita se distingue de las acostumbradas abluciones religiosas. No es repetible y debe ser la consumación concreta de un cambio que determina de modo nuevo y para siempre toda la vida. Está vinculado a un llamamiento ardiente a una nueva forma de pensar y actuar, está vinculado sobre todo al anuncio del juicio de Dios y al anuncio de alguien más Grande que ha de venir después de Juan. El cuarto Evangelio nos dice que el Bautista «no conocía» a ese más Grande a quien quería preparar el camino (cf. Jn 1, 30-33). Pero sabe que ha sido enviado para preparar el camino a ese misterioso Otro, sabe que toda su misión está orientada a Él.

En los cuatro Evangelios se describe esa misión con un pasaje de Isaías: «Una voz clama en el desierto: » ¡Preparad el camino al Señor! ¡Allanadle los caminos!»» (Is 40, 3). Marcos añade una frase compuesta de Malaquías 3, 1 y Éxodo 23, 20 que, en otro contexto, encontramos también en Mateo (11, 10) y en Lucas (1, 76; 7, 27): «Yo envío a mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino» (Mc 1,2). Todos estos textos del Antiguo Testamento hablan de la intervención salvadora de Dios, que sale de lo inescrutable para juzgar y salvar; a Él hay que abrirle la puerta, prepararle el camino. Con la predicación del Bautista se hicieron realidad todas estas antiguas palabras de esperanza: se anunciaba algo realmente grande.

Podemos imaginar la extraordinaria impresión que tuvo que causar la figura y el mensaje del Bautista en la efervescente atmósfera de aquel momento de la historia de Jerusalén. Por fin había de nuevo un profeta cuya vida también le acreditaba como tal. Por fin se anunciaba de nuevo la acción de Dios en la historia. Juan bautiza con agua, pero el más Grande, Aquel que bautizará con el Espíritu Santo y con el fuego, está al llegar. Por eso, no hay que ver las palabras de san Marcos como una exageración: «Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán» (1,5). El bautismo de Juan incluye la confesión: el reconocimiento de los pecados. El judaísmo de aquellos tiempos conocía confesiones genéricas y formales, pero también el reconocimiento personal de los pecados, en el que se debían enumerar las diversas acciones pecaminosas (Gnilka I, p. 68). Se trata realmente de superar la existencia pecaminosa llevada hasta entonces, de empezar una vida nueva, diferente. Esto se simboliza en las diversas fases del bautismo. Por un lado, en la inmersión se simboliza la muerte y hace pensar en el diluvio que destruye y aniquila. En el pensamiento antiguo el océano se veía como la amenaza continua del cosmos, de la tierra; las aguas primordiales que podían sumergir toda vida. En la inmersión, también el río podía representar este simbolismo. Pero, al ser agua que fluye, es sobre todo símbolo de vida: los grandes ríos —Nilo, Eufrates, Tigris— son los grandes dispensadores de vida. También el Jordán es fuente de vida para su tierra, hasta hoy. Se trata de una purificación, de una liberación de la suciedad del pasado que pesa sobre la vida y la adultera, y de un nuevo comienzo, es decir, de muerte y resurrección, de reiniciar la vida desde el principio y de un modo nuevo. Se podría decir que se trata de un renacer. Todo esto se desarrollará expresamente sólo en la teología bautismal cristiana, pero está ya incoado en la inmersión en el Jordán y en el salir después de las aguas.

Toda Judea y Jerusalén acudía para bautizarse, como acabamos de escuchar. Pero ahora hay algo nuevo: «Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán» (Mc 1, 9). Hasta entonces, no se había hablado de peregrinos venidos de Galilea; todo parecía restringirse al territorio judío. Pero lo realmente nuevo no es que Jesús venga de otra zona geográfica, de lejos, por así decirlo. Lo realmente nuevo es que Él —Jesús— quiere ser bautizado, que se mezcla entre la multitud gris de los pecadores que esperan a orillas del Jordán. El bautismo comportaba la confesión de las culpas (ya lo hemos oído). Era realmente un reconocimiento de los pecados y el propósito de poner fin a una vida anterior malgastada para recibir una nueva. ¿Podía hacerlo Jesús? ¿Cómo podía reconocer sus pecados? ¿Cómo podía desprenderse de su vida anterior para entrar en otra vida nueva? Los cristianos tuvieron que plantearse estas cuestiones. La discusión entre el Bautista y Jesús, de la que nos habla Mateo, expresa también la pregunta que él hace a Jesús: «Soy yo el que necesito que me bautices, ¿y tú acudes a mí?» (3, 14). Mateo nos cuenta además: «Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así toda justicia. Entonces Juan lo permitió» (3, 15).

No es fácil llegar a descifrar el sentido de esta enigmática respuesta. En cualquier caso, la palabra árti —por ahora— encierra una cierta reserva: en una determinada situación provisional vale una determinada forma de actuación. Para interpretar la respuesta de Jesús, resulta decisivo el sentido que se dé a la palabra «justicia»: debe cumplirse toda «justicia». En el mundo en que vive Jesús, «justicia» es la respuesta del hombre a la Torá, la aceptación plena de la voluntad de Dios, la aceptación del «yugo del Reino de Dios», según la formulación judía. El bautismo de Juan no está previsto en la Torá, pero Jesús, con su respuesta, lo reconoce como expresión de un sí incondicional a la voluntad de Dios, como obediente aceptación de su yugo.

Puesto que este bautismo comporta un reconocimiento de la culpa y una petición de perdón para poder empezar de nuevo, este sí a la plena voluntad de Dios encierra también, en un mundo marcado por el pecado, una expresión de solidaridad con los hombres, que se han hecho culpables, pero que tienden a la justicia. Sólo a partir de la cruz y la resurrección se clarifica todo el significado de este acontecimiento. Al entrar en el agua, los bautizandos reconocen sus pecados y tratan de liberarse del peso de sus culpas. ¿Qué hizo Jesús? Lucas, que en todo su Evangelio presta una viva atención a la oración de Jesús, y lo presenta constantemente como Aquel que ora —en diálogo con el Padre—, nos dice que Jesús recibió el bautismo mientras oraba (cf. 3, 21). A partir de la cruz y la resurrección se hizo claro para los cristianos lo que había ocurrido: Jesús había cargado con la culpa de toda la humanidad; entró con ella en el Jordán. Inicia su vida pública tomando el puesto de los pecadores. La inicia con la anticipación de la cruz. Es, por así decirlo, el verdadero Jonás que dijo a los marineros: «Tomadme y lanzadme al mar» (cf. Jon 1, 12). El significado pleno del bautismo de Jesús, que comporta cumplir «toda justicia», se manifiesta sólo en la cruz: el bautismo es la aceptación de la muerte por los pecados de la humanidad, y la voz del cielo —«Este es mi Hijo amado» (Mc 3,17)— es una referencia anticipada a la resurrección. Así se entiende también por qué en las palabras de Jesús el término bautismo designa su muerte (cf. Mc 10, 38; Lc 12, 50).

Sólo a partir de aquí se puede entender el bautismo cristiano. La anticipación de la muerte en la cruz que tiene lugar en el bautismo de Jesús, y la anticipación de la resurrección, anunciada en la voz del cielo, se han hecho ahora realidad. Así, el bautismo con agua de Juan recibe su pleno significado del bautismo de vida y de muerte de Jesús. Aceptar la invitación al bautismo significa ahora trasladarse al lugar del bautismo de Jesús y, así, recibir en su identificación con nosotros nuestra identificación con Él. El punto de su anticipación de la muerte es ahora para nosotros el punto de nuestra anticipación de la resurrección con Él. En su teología del bautismo (cf. Rm 6), Pablo ha desarrollado esta conexión interna sin hablar expresamente del bautismo de Jesús en el Jordán.

Mediante su liturgia y teología del icono, la Iglesia oriental ha desarrollado y profundizado esta forma de entender el bautismo de Jesús. Ve una profunda relación entre el contenido de la fiesta de la Epifanía (proclamación de la filiación divina por la voz del cielo; en Oriente, la Epifanía es el día del bautismo) y la Pascua. En las palabras de Jesús a Juan: «Está bien que cumplamos así toda justicia» (Mt 3, 15), ve una anticipación de las palabras pronunciadas en Getsemaní: «Padre. .. no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Mt 26,39); los cantos litúrgicos del 3 de enero corresponden a los del Miércoles Santo, los del 4 de enero a los del Jueves Santo, los del 5 de enero a los del Viernes Santo y el Sábado Santo.

La iconografía recoge estos paralelismos. El icono del bautismo de Jesús muestra el agua como un sepulcro líquido que tiene la forma de una cueva oscura, que a su vez es la representación iconográfica del Hades, el inframundo, el infierno. El descenso de Jesús a este sepulcro líquido, a este infierno que le envuelve por completo, es la representación del descenso al infierno: «Sumergido en el agua, ha vencido al poderoso» (cf. Lc 11, 22), dice Cirilo de Jerusalén. Juan Crisóstomo escribe: «La entrada y la salida del agua son representación del descenso al infierno y de la resurrección». Los troparios de la liturgia bizantina añaden otro aspecto simbólico más: «El Jordán se retiró ante el manto de Elíseo, las aguas se dividieron y se abrió un camino seco como imagen auténtica del bautismo, por el que avanzamos por el camino de la vida» (Evdokimov, p. 246).

El bautismo de Jesús se entiende así como compendio de toda la historia, en el que se retoma el pasado y se anticipa el futuro: el ingreso en los pecados de los demás es el descenso al «infierno», no sólo como espectador, como ocurre en Dante, sino con-padeciendo y, con un sufrimiento transformador, convirtiendo los infiernos, abriendo y derribando las puertas del abismo. Es el descenso a la casa del mal, la lucha con el poderoso que tiene prisionero al hombre (y ¡ cómo es cierto que todos somos prisioneros de los poderes sin nombre que nos manipulan!). Este poderoso, invencible con las meras fuerzas de la historia universal, es vencido y subyugado por el más poderoso que, siendo de la misma naturaleza de Dios, puede asumir toda la culpa del mundo sufriéndola hasta el fondo, sin dejar nada al descender en la identidad de quienes han caído. Esta lucha es la «vuelta» del ser, que produce una nueva calidad del ser, prepara un nuevo cielo y una nueva tierra. El sacramento —el Bautismo— aparece así como una participación en la lucha transformadora del mundo emprendida por Jesús en el cambio de vida que se ha producido en su descenso y ascenso.

Con esta interpretación y asimilación eclesial del bautismo de Jesús, ¿nos hemos alejado demasiado de la Biblia? Conviene escuchar en este contexto el cuarto Evangelio, según el cual Juan el Bautista, al ver a Jesús, pronunció estas palabras: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (1, 29). Mucho se ha hablado sobre estas palabras, que en la liturgia romana se pronuncian antes de comulgar. ¿Qué significa «cordero de Dios»? ¿Cómo es que se denomina a Jesús «cordero» y cómo quita este «cordero» los pecados del mundo, los vence hasta dejarlos sin sustancia ni realidad?

Joachim Jeremías ha aportado elementos decisivos para entender correctamente esta palabra y poder considerarla —también desde el punto de vista histórico— como verdadera palabra del Bautista. En primer lugar, se puede reconocer en ella dos alusiones veterotestamentarias. El canto del siervo de Dios en Isaías 53,7 compara al siervo que sufre con un cordero al que se lleva al matadero: «Como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca». Más importante aún es que Jesús fue crucificado durante una fiesta de Pascua y debía aparecer por tanto como el verdadero cordero pascual, en el que se cumplía lo que había significado el cordero pascual en la salida de Egipto: liberación de la tiranía mortal de Egipto y vía libre para el éxodo, el camino hacia la libertad de la promesa. A partir de la Pascua, el simbolismo del cordero ha sido fundamental para entender a Cristo. Lo encontramos en Pablo (cf. 1 Co 5, 7), en Juan (cf. 19, 36), en la Primera Carta de Pedro (cf. 1,19) y en el Apocalipsis (cf. por ejemplo, 5,6).

Jeremías llama también la atención sobre el hecho de que la palabra hebrea talja significa tanto «cordero» como «mozo», «siervo» (ThWNT I 343). Así, las palabras del Bautista pueden haber hecho referencia ante todo al siervo de Dios que, con sus penitencias vicarias, «carga» con los pecados del mundo; pero en ellas también se le podría reconocer como el verdadero cordero pascual, que con su expiación borra los pecados del mundo. «Paciente como un cordero ofrecido en sacrificio, el Salvador se ha encaminado hacia la muerte por nosotros en la cruz; con la fuerza expiatoria de su muerte inocente ha borrado la culpa de toda la humanidad» (ThWNT 1343s). Si en las penurias de la opresión egipcia la sangre del cordero pascual había sido decisiva para la liberación de Israel, Él, el Hijo que se ha hecho siervo —el pastor que se ha convertido en cordero— se ha hecho garantía ya no sólo para Israel, sino para la liberación del «mundo», para toda la humanidad.

Con ello se introduce el gran tema de la universalidad de la misión de Jesús. Israel no existe sólo para sí mismo: su elección es el camino por el que Dios quiere llegar a todos. Encontraremos repetidamente el tema de la universalidad como verdadero centro de la misión de Jesús. Aparece ya al comienzo del camino de Jesús, en el cuarto Evangelio, con la frase del cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

La expresión «cordero de Dios» interpreta, si podemos decirlo así, la teología de la cruz que hay en el bautismo de Jesús, de su descenso a las profundidades de la muerte. Los cuatro Evangelios indican, aunque de formas diversas, que al salir Jesús de las aguas el cielo se «rasgó» (Mc), se «abrió» (Mt y Lc), que el espíritu bajó sobre Él «como una paloma» y que se oyó una voz del cielo que, según Marcos y Lucas, se dirige a Jesús: «Tú eres…», y según Mateo, dijo de él: «Éste es mi hijo, el amado, mi predilecto» (3, 17). La imagen de la paloma puede recordar al Espíritu que aleteaba sobre las aguas del que habla el relato de la creación (cf. Gn 1, 2); mediante la partícula «como» (como una paloma) ésta funciona como «imagen de lo que en sustancia no se puede describir.» (Gnilka, I, p. 78). Por lo que se refiere a la «voz», la volveremos a encontrar con ocasión de la transfiguración de Jesús, cuando se añade sin embargo el imperativo: «Escuchadle». En su momento trataré sobre el significado de estas palabras con más detalle.

Aquí deseo sólo subrayar brevemente tres aspectos. En primer lugar, la imagen del cielo que se abre: sobre Jesús el cielo está abierto. Su comunión con la voluntad del Padre, la «toda justicia» que cumple, abre el cielo, que por su propia esencia es precisamente allí donde se cumple la voluntad de Dios. A ello se añade la proclamación por parte de Dios, el Padre, de la misión de Cristo, pero que no supone un hacer, sino su ser: Él es el Hijo predilecto, sobre el cual descansa el beneplácito de Dios. Finalmente, quisiera señalar que aquí encontramos, junto con el Hijo, también al Padre y al Espíritu Santo: se preanuncia el misterio del Dios trino, que naturalmente sólo se puede manifestar en profundidad en el transcurso del camino completo de Jesús. En este sentido, se perfila un arco que enlaza este comienzo del camino de Jesús con las palabras con las que el Resucitado enviará a sus discípulos a recorrer el «mundo»: «Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19). El bautismo que desde entonces administran los discípulos de Jesús es el ingreso en el bautismo de Jesús, el ingreso en la realidad que El ha anticipado con su bautismo. Así se llega a ser cristiano.

Una amplia corriente de la teología liberal ha interpretado el bautismo de Jesús como una experiencia vocacional: Jesús, que hasta entonces había llevado una vida del todo normal en la provincia de Galilea, habría tenido una experiencia estremecedora; en ella habría tomado conciencia de una relación especial con Dios y de su misión religiosa, conciencia madurada sobre la base de las expectativas entonces reinantes en Israel, a las que Juan había dado una nueva forma, y a causa también de la conmoción personal provocada en El por el acontecimiento del bautismo. Pero nada de esto se encuentra en los textos. Por mucha erudición con que se quiera presentar esta tesis, corresponde más al género de las novelas sobre Jesús que a la verdadera interpretación de los textos. Éstos no nos permiten mirar la intimidad de Jesús. Él está por encima de nuestras psicologías (Romano Guardini). Pero nos dejan apreciar en qué relación está Jesús con «Moisés y los Profetas»; nos dejan conocer la íntima unidad de su camino desde el primer momento de su vida hasta la cruz y la resurrección. Jesús no aparece como un hombre genial con sus emociones, sus fracasos y sus éxitos, con lo que, como personaje de una época pasada, quedaría a una distancia insalvable de nosotros. Se presenta ante nosotros más bien como «el Hijo predilecto», que si por un lado es totalmente Otro, precisamente por ello puede ser contemporáneo de todos nosotros, «más interior en cada uno de nosotros que lo más íntimo nuestro» (cf. San Agustín, Confesiones, III, 6,11).

(RATZINGER, J. – BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret, Tomo I, Ed. Planeta, 2007, Santiago de Chile, p. 31-47)

SANTOS PADRES

EN LA HUMILDAD DEL SEÑOR BRILLA SU GRANDEZA

1. El Señor viene a bautizarse entre los esclavos, el Juez entre los reos. Pero no te turbes, porque en estas bajezas es donde brilla mejor su alteza. El que quiso ser llevado por tanto tiempo en un vientre virginal y salir de allí con nuestra natu¬raleza, el que quiso luego ser abofeteado y crucificado y sufrir todo lo demás que sufrió, ¿qué maravilla es que quisiera también ser bautizado y acercarse, confundido entre la turba, a quien era siervo suyo? Lo de verdad maravilloso es que, siendo Dios, quisiera hacerse hombre. Lo demás es ya pura consecuencia. Por eso también Juan se adelantó a decir todo lo que dijo sobre que él no era digno de desatar la correa de su san¬dalia, y todo lo demás: que Él es juez, y ha de dar a cada uno conforme a su merecido y que a todos haría, copiosamente, don del Espíritu Santo. Con esto, al verle cómo se acerca para ser bautizado, ningún pensamiento bajo debemos tener sobre Él. De ahí que el mismo Juan, cuando llega Jesús, trata de im¬pedírselo, diciendo: Yo soy el que tengo necesidad de ser por ti bautizado, y ¿tú vienes a mí? El bautismo de Juan era simple lavatorio de arrepentimiento y que sólo llevaba a la confesión de las propias culpas. Ahora bien, porque nadie pensara que también Jesús venía a él con esa intención, de antemano corrige Juan semejante idea, llamándole cordero de Dios y redentor de los pecados de la tierra entera. Porque quien tenía poder de quitar los pecados de todo el género humano, mucho más había de estar Él mismo sin pecado. De ahí que no dijo Juan: «Mirad al impecable», sino lo que era mucho más: Mirad al que quita el pecado del mundo. De este modo, y con absoluta plenitud, por lo uno habéis de recibir lo otro, y así recibido, ya podéis comprender que hubieron de ser otros los intentos de Jesús al acercarse para ser bautizado. Por eso, cuando Jesús llega, le dice Juan: Yo soy el que necesita ser por ti bautizado, y ¿tú vienes a mí? Y no dijo: «¿Y tú vas a ser por mi bautizado?» Pues aun esto temió decir. Pues ¿qué dijo? ¿Y tú vienes a mí?

¿Qué hace entonces Cristo? Lo que más adelante había de hacer con Pedro, eso hace aquí con Juan. También Pedro se oponía a que Jesús le lavara los pies; pero el Señor le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; más adelante lo comprenderás. Y luego: No tendrás parte conmigo . Y Pedro inmediatamente desistió de su oposición y cambió totalmente de sentir. Por modo semejante, le dijo aquí Jesús a Juan: Déja¬me por ahora, pues de esta manera es conveniente que cumpla¬mos toda justicia. Y Juan obedeció inmediatamente. Porque ni Pedro ni Juan eran desmedidamente contumaces, sino que mos¬traban a par su amor y su obediencia, y en todo trataban de seguir la ordenación del Señor. Mas considerad cómo justa¬mente por el motivo que hacía a Juan recelar, por ése le lleva Cristo a bautizarle. Porque no le dijo: «Así es justo», sino: Así es conveniente. Lo que por más indigno tenía Juan era que el Señor fuera bautizado por un esclavo suyo, y eso justamente es lo que el Señor le opone para bautizarse. Como si dijera: «¿Tú huyes y rehúsas bautizarme por tenerlo por cosa incon¬veniente? Pues por eso justamente, déjame por ahora, pues es la cosa más conveniente del mundo». Y no dijo simplemente: Déjame, sino: Déjame por ahora. No siempre será así—parece decirle el Señor—; ya me verás un día como tú deseas. Por ahora, sin embargo, soporta esto. Y seguidamente le hace ver por qué es eso conveniente, ¿Por qué, pues, es conveniente? Porque de esta manera cumplimos toda la ley. Eso quiso decir al hablar de toda justicia. Porque justicia es el cumplimiento perfecto de los mandamientos. Como quiera, pues, dice Jesús, que he ya cumplido todos los mandamientos y sólo esto me queda por cumplir, quiero también cumplir esto. Yo he venido para destruir la maldición que se fundaba en la transgresión de la ley. Antes, pues, tengo que cumplirla yo toda, tengo que libraros a vosotros de la condenación, y entonces poner término a la ley. Es conveniente, pues, que yo cumpla toda la ley, porque conveniente es también que destruya la maldición con¬tra vosotros que está escrita en la ley. Para este fin tomé carne y he venido al mundo. Entonces le dejó. Y, una vez ba¬ñado. Jesús subió inmediatamente del agua, y he aquí que se le abrieron los cielos. Y vió al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y se posaba sobre Él.

LOS JUDÍOS TENÍAN A JUAN POR SUPERIOR A JESÚS

2. Las gentes tenían a Juan por muy superior a Jesús. Juan había pasado toda su vida en el desierto, era hijo de un sumo sacerdote, había nacido de una madre estéril, iba ahora vestido de aquel extraño atuendo y llamaba a todos para que se bautizaran; a Jesús, empero, todo el mundo le tenía por hijo de una pobre mujer, pues todavía no se había hecho a todos manifiesto su nacimiento virginal; se había criado en su casa, su trato era corriente con todos y vestía como todo el mundo. De ahí que se le tuviera por inferior a Juan, como quiera que nada se sabía aún de aquellos inefables misterios. Por añadi¬dura, vino a que Juan le bautizara, lo que, aun sin todo lo otro, -confirmaba el prestigio en que se tenía al Bautista. A Jesús se le tenía por uno de tantos. Porque, de no ser efectivamente uno de tantos, no hubiera acudido a bañarse confundido entre la muchedumbre. Juan, en cambio, era muy superior a Jesús y hombre maravilloso. Pues bien, por qué esta opinión no preva¬leciera entre la muchedumbre, apenas se bañó Jesús, se le abren los cielos y desciende el Espíritu Santo, y, juntamente con el Espíritu Santo, se oye una voz que pregona la dignidad del Unigénito allí presente. Sin embargo, aun aquella voz que de¬cía: Este es mi Hijo amado, podía parecer a las turbas que más bien convenía a Juan que a Jesús; porque no dijo la voz: «Este que se está bañando», sino simplemente: Éste. Cualquiera que la oyera, la hubiera antes bien aplicado al que bañaba que no al bañado, primero por la dignidad misma del bautizante y lue¬go por todo lo anteriormente dicho. De ahí que viniera el Es¬píritu Santo en forma de paloma para fijar la voz sobre Jesús y hacer patente a todo el mundo que aquel Éste no se dijo por Juan que bautizaba, sino por Jesús, que era bautizado.

POR QUÉ NO CREYERON LOS JUDÍOS

—¿Y cómo es—me diréis—que no creyeron los judíos ante estos prodigios? –También en tiempo de Moisés hubo muchos prodigios, siquiera no fueran como éstos; sin embargo, después de aquellos prodigios, después de las voces, las trompetas y los relámpagos del Sinaí, se fundieron el becerro de oro y se iniciaron en los ritos de Beelphegor. Y estos mismos que estaban entonces presentes al bautismo de Jesús y que vieron luego resucitado a Lázaro, estuvieron tan lejos de creer al que tales, prodigios obraba, que muchas veces intentaron quitarle la vida. Si, pues, con un muerto resucitado ante sus ojos fueron tan malvados, ¿de qué os sorprendas que no recibieran una voz bajada del cielo? Cuando un alma es insensata y está perver¬tida y, sobre todo, dominada por la peste de la envidia, nada de todo eso la conmueve; así como, por lo contrario, un alma bien dispuesta; todo lo acepta con facilidad y hasta, en parte, todo eso huelga para ella. No digáis, pues, que no creyeron. Preguntaos más bien si no sucedió cuanto había de suceder para que pudieran creer. A la verdad, ya por boca de su pro-feta, Dios se prepara este modo de defensa contra todo lo que contra Él pudieran decir. Tenían que perecer los judíos y ser entregados al último castigo. Pues bien, por qué nadie pudiera culpar a su providencia de lo que sólo a malicia de ellos mis¬mos se debía, les pregunta Dios: ¿Qué tenía yo que hacer por esta viga que no lo haya hecho? Aquí también, considerad qué tuvo que suceder y no sucedió. Y, si alguna vez delante de ti se habla contra la providencia divina, válete de este mismo ar¬gumento para defenderla de quienes pretenden echarle la culpa de lo que es sólo maldad de los hombres. Mirad, si no, qué pro¬digios se obran aquí: no se abre el paraíso, sino el cielo mismo. Y eso sólo como preludio de los que habían de venir.

POR QUÉ SE ABREN LOS CIELOS EN EL BAUTISMO DE JESÚS

Más aplacemos para otra ocasión nuestro discurso contra los judíos. Ahora, con la ayuda de Dios, volvamos a nuestro propósito. Y, una vez bañado Jesús, subió del agua, y he aquí que se le abrieron los cielos. —¿Por qué razón, pues, se abren los cielos? —Porque os deis cuenta de que también en vuestro bau¬tismo se abre el cielo, os llama Dios a la patria de arriba y quiere que no tengáis ya nada de común con la tierra. Aun cuando no lo veáis, no por eso habéis de dejar de creerlo. A los comienzos se dan siempre esos prodigios, y las cosas espiritua¬les vienen a hacerse sensibles y visibles; se dan prodigios como el del Jordán en atención a los más rudos y que necesitan de visión sensible, pues son incapaces de toda idea de la natura¬leza espiritual. Sólo a lo visible levantan la cabeza. De este modo, aun cuando después no se hacen ya aquellos prodigios, se puede aceptar por la fe lo que una vez al principio nos pusieron ellos de manifiesto. También en el tiempo de los após¬toles se produjo aquel bramido de viento impetuoso y aparecie¬ron sobre sus cabezas las lenguas de fuego; pero ello no fue por los apóstoles, sino por los judíos allí presentes. Sin em¬bargo, aun cuando ahora no se den esos signos sensibles, nosotros aceptamos lo que ellos pusieron una vez de manifiesto. La paloma apareció entonces para señalar como con el dedo a los allí presentes y a Juan mismo que Jesús era Hijo de Dios; mas no sólo para eso, sino para que tú también adviertas que en tu bautismo viene también sobre ti el Espíritu Santo.

POR QUÉ APARECE EL ESPÍRITU SANTO EN FORMA DE PALOMA

3. Mas ahora ya no necesitamos de visión sensible, pues la fe nos basta por todo. Los signos, en efecto, no son para los que creen, sino para los que no creen. —Mas ¿por qué apa¬reció el Espíritu Santo en forma de paloma? –Porque la palo¬ma es un ave mansa y pura. Como el Espíritu Santo es espíritu de mansedumbre, aparece bajo la forma de paloma. La paloma, por otra parte, nos recuerda también la antigua historia. Porque bien sabéis que, cuando nuestro linaje sufrió naufragio univer¬sal y estuvo a punto de desaparecer, apareció la paloma para señalar la terminación de la tormenta, y, llevando un ramo de olivo, anunció la buena nueva de la paz sobre toda la tierra. Todo lo cual era figura de lo por venir. A la verdad, la situa¬ción de los hombres entonces era peor que la de ahora y me¬recía mayor castigo. Ahora bien, para que no desesperéis, el Señor os trae a la memoria esta historia. Y, en efecto, cuando entonces las cosas habían llegado a estado de desesperación, todavía hubo solución y remedio. Mas entonces fue por medio de castigo; ahora, empero, por gracia y don inefable. Por eso aparece ahora la paloma, no para traer un ramo de olivo en el pico, sino para señalarnos al que venía a librarnos de to¬dos nuestros males y para infundirnos las más bellas esperan¬zas. Esa paloma no venía para sacar a un solo hombre del arca, sino para levantar al cielo la tierra entera, y, en lugar del ramo de olivo, trae a todo el género humano la filiación divina.

EL ESPÍRITU SANTO NO ES INFERIOR AL HIJO

Considerad, pues, la grandeza de ese don, y no pensaréis que el Espíritu Santo sea inferior al Hijo por haber aparecido en esa forma. Realmente, oigo decir a algunos que la misma diferencia que va del hombre a la paloma, ésa va de Cristo al Espíritu Santo, pues el uno apareció en nuestra naturaleza y el otro bajo la forma de paloma. ¿Qué puede responderse a esto? A esto se responde que el Hijo de Dios tomó realmente la naturaleza humana; pero el Espíritu Santo no tomó natura¬leza de paloma. Por eso no dice el evangelista que el Espíritu Santo apareció en naturaleza de paloma, sino en forma de paloma. Y todavía se trata de caso único—la aparición bajo esta figura—, que ya no se repitió posteriormente. Y si por esta ra¬zón decimos que el Espíritu Santo es menor que el Hijo, según esto habrá también que convenir en que los querubines son mucho mejores que Él, y tanto cuanto un águila es mejor que una paloma. Figura, en efecto, de águila tomaron los querubi¬nes. Mejores también los simples ángeles, que han aparecido muchas veces en figura de hombres. Pero no, no hay nada de eso. A la verdad, una cosa es la realidad de la encarnación, y otra la condescendencia divina en una aparición pasajera. No seáis, pues, ingratos para con vuestro bienhechor, ni le paguéis con lo contrario a quien os ha abierto la fuente de la bienaventuranza, Porque donde se da la dignidad de la filiación divina, allí no puede existir mal ninguno, allí se nos dan juntos todos los bienes.

EL BAUTISMO DE JESÚS PONE FIN AL DE JUAN

Por ello justamente, el bautismo judaico cesa y empieza el nuestro. Lo que sucedió con la pascua, eso mismo sucede tam¬bién con el bautismo. Allí, en efecto, celebrando el Señor las dos pascuas, a la una le puso término y dio principio a la otra; aquí también, al cumplir el bautismo judaico, abrió las puertas de la Iglesia. Como otrora en una sola mesa, así aquí, en un solo río, Cristo está juntamente describiendo la sombra y rea¬lizando la verdad. Porque sólo el bautismo de Cristo contiene el don del Espíritu Santo; el de Juan nada tiene que ver con ese don. De ahí que ningún prodigio se cumple en ninguno de los otros bautizados; sí solo al bautizarse Aquel que nos ha¬bía de dar este bautismo. Con ello quiso el Señor que advir¬tierais, aparte lo ya dicho, que no fue la pureza del que bauti¬zaba, sino la virtud del que era bautizado, la que hizo todo aquello. Sólo por Él se abrieron los cielos y descendió el Es¬píritu Santo. Porque, desde aquel momento, nos saca de la vida vieja a la nueva, nos abre las puertas de arriba, nos man¬da desde allí al Espíritu Santo y nos convida a nuestra patria celeste. Y no sólo nos convida, sino que, a par, nos otorga la máxima dignidad. Porque no nos hizo ángeles o arcángeles, sino hijos amados de Dios; de este modo nos conduce a aquella herencia celeste.

LLEVEMOS VIDA DIGNA DE NUESTRA DIGNIDAD

4. Considerando todo esto, llevemos vida digna del amor de quien nos ha llamado, digna de la vida misma del cielo, digna del honor que se nos ha concedido. Crucificados al mundo y crucificando en nosotros mismos al mundo, llevemos con toda perfección la vida misma del cielo. No porque vuestro cuerpo no haya sido aún transportado al cielo, penséis que tenéis aún nada que ver con la tierra. Vuestra cabeza—Cristo–, allí la tenéis ya sentada. Y por eso, cuando el Señor vino al mundo, se trajo acá consigo a los ángeles; luego te tomó a ti y se volvió a los cielos; por que aprendas que, aun antes de subir allí, es posible llevar en la tierra vida del cielo. Conservemos, pues, la nobleza que hemos recibido desde el principio, suspi¬remos cada día por los celestes palacios, tengamos todo lo presente por sombra y sueño. Si un rey te hiciera de pronto hijo suyo– a ti, pobre mendigo—, a fe que no te acordarías más de tu tugurio ni de su miseria. Y, sin embargo, no sería tanta la diferencia de un estado a otro. No penséis, pues, tampoco ahora en nada de vuestra vida pasada, pues mucho mejor es aquello a que habéis sido llamados. El que os llama es el dueño soberano de los ángeles, los dones que os ofrece sobrepasan toda razón y toda inteligencia. Porque no te llama de tu tierra a otra tierra, como lo haría un rey de acá, sino de la tierra al cielo, de la naturaleza mortal a la gloria inmortal e inefable, que sólo entonces comprenderemos claramente cuan¬do de ella gocemos. Cuando estáis, pues, destinados a partici¬par de tan altos bienes, ¿aún os acordáis del dinero y os pegáis a las apariencias de acá, y no consideráis que todo lo visi¬ble es más vil que los harapos de un mendigo? ¿No os mostráis indignos del honor que se os ha concedido? ¿Y qué defensa podréis alegar? O, por mejor decir, ¿qué castigo no sufriréis si después de don tan alto volvéis al vómito? Porque ya no seréis castigados simplemente por haber pecado como hom¬bres, sino como hijos de Dios, y la grandeza misma del honor recibido se os convertirá en motivo de mayor castigo. A la verdad, tampoco nosotros castigamos del mismo modo a los esclavos y a los hijos, aun cuando se trate de las mismas fal¬tas; señaladamente cuando han recibido grandes beneficios de nosotros. Ahora bien, si el que había obtenido por morada el paraíso, tantos males hubo de sufrir por un solo acto de desobediencia después del honor recibido, ¿qué perdón ten¬dremos nosotros, a quienes se nos ha prometido el cielo mismo y hemos sido hechos coherederos con el Unigéni¬to del Padre? ¿Qué perdón, repito, tendremos si después de recibir a la paloma corremos tras la serpiente?

Ya no se nos dirá como a Adán: Tierra eres y a la tierra volverás; o aquello de: Con sudor trabajarás la tierra , ni lo otro de que antes habla la Escritura, sino cosas mucho más terribles: las tinieblas exteriores, las cadenas irrompibles, el gusano venenoso, el crujir de dientes. Y con mucha razón. Porque quien con tan grande beneficio no se ha hecho mejor, bien merece sufrir el último y más duro suplicio. En otro tiempo, Elías abrió y cerró el cielo, pero sólo para que lloviera o no lloviera; más para vosotros no se abre así el cielo, sino para que podáis subir a él; y no sólo para que subáis vosotros, sino para que llevéis, si queréis, también a otros; tal confianza, tal autoridad, os ha dado el Señor en todas sus cosas. Nuestra casa está en el cielo; llevemos allí nuestros bienes. Así, pues, como tenemos en el cielo nuestra casa, allí hemos de depositar todas nuestras cosas, sin dejar aquí nada, para no exponernos a perderlas. Aquí, por más que eches la llave, y pongas puer¬tas y cerrojos, y des tus órdenes a miles de criados, y ganes por la mano a tantos granujas, y logres esquivar las miradas de los envidiosos; aun cuando pudieras detener la acción destructora de la polilla y del tiempo—lo que es imposible—; por lo menos, jamás escaparás a la muerte, y en un abrir y cerrar de ojos se te arrebatará todo lo que tienes. Y no sólo se te arrebatará, sino que con frecuencia irá a parar a manos de tus mismos enemigos. Más, si todo lo trasladas a tu casa del cielo, estarás al abrigo de todos esos trances. Allí no necesitas ni llaves ni puertas ni cerrojos: tal es la virtud de aquella ciu¬dad, tan seguro es aquel lugar, inaccesible a toda corrupción y malicia.

SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (I), Homilía 12, 1-4, BAC Madrid 1955, 219-31

APLICACIÓN

Capilla Sixtina
Domingo 11 de enero de 2009

Queridos hermanos y hermanas:
Las palabras que el evangelista san Marcos menciona al inicio de su evangelio: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Mc 1, 11), nos introducen en el corazón de la fiesta de hoy del Bautismo del Señor, con la que se concluye el tiempo de Navidad. El ciclo de las solemnidades navideñas nos permite meditar en el nacimiento de Jesús anunciado por los ángeles, envueltos en el esplendor luminoso de Dios. El tiempo navideño nos habla de la estrella que guía a los Magos de Oriente hasta la casa de Belén, y nos invita a mirar al cielo que se abre sobre el Jordán, mientras resuena la voz de Dios. Son signos a través de los cuales el Señor no se cansa de repetirnos: «Sí, estoy aquí. Os conozco. Os amo. Hay un camino que desde mí va hasta vosotros. Hay un camino que desde vosotros sube hacia mí». El Creador, para poder dejarse ver y tocar, asumió en Jesús las dimensiones de un niño, de un ser humano como nosotros. Al mismo tiempo, Dios, al hacerse pequeño, hizo resplandecer la luz de su grandeza, porque, precisamente abajándose hasta la impotencia inerme del amor, demuestra cuál es la verdadera grandeza, más aún, qué quiere decir ser Dios.

El significado de la Navidad, y más en general el sentido del año litúrgico, es precisamente el de acercarnos a estos signos divinos, para reconocerlos presentes en los acontecimientos de todos los días, a fin de que nuestro corazón se abra al amor de Dios. Y si la Navidad y la Epifanía sirven sobre todo para hacernos capaces de ver, para abrirnos los ojos y el corazón al misterio de un Dios que viene a estar con nosotros, la fiesta del Bautismo de Jesús nos introduce, podríamos decir, en la cotidianidad de una relación personal con él. En efecto, Jesús se ha unido a nosotros, mediante la inmersión en las aguas del Jordán. El Bautismo es, por decirlo así, el puente que Jesús ha construido entre él y nosotros, el camino por el que se hace accesible a nosotros; es el arco iris divino sobre nuestra vida, la promesa del gran sí de Dios, la puerta de la esperanza y, al mismo tiempo, la señal que nos indica el camino por recorrer de modo activo y gozoso para encontrarlo y sentirnos amados por él.

Queridos amigos, estoy verdaderamente feliz porque también este año, en este día de fiesta, tengo la oportunidad de bautizar a algunos niños. Sobre ellos se posa hoy la «complacencia» de Dios. Desde que el Hijo unigénito del Padre se hizo bautizar, el cielo realmente se abrió y sigue abriéndose, y podemos encomendar toda nueva vida que nace en manos de Aquel que es más poderoso que los poderes ocultos del mal. En efecto, esto es lo que implica el Bautismo: restituimos a Dios lo que de él ha venido. El niño no es propiedad de los padres, sino que el Creador lo confía a su responsabilidad, libremente y de modo siempre nuevo, para que ellos le ayuden a ser un hijo libre de Dios. Sólo si los padres maduran esta certeza lograrán encontrar el equilibrio justo entre la pretensión de poder disponer de sus hijos como si fueran una posesión privada, plasmándolos según sus propias ideas y deseos, y la actitud libertaria que se expresa dejándolos crecer con plena autonomía, satisfaciendo todos sus deseos y aspiraciones, considerando esto un modo justo de cultivar su personalidad.

Si con este sacramento el recién bautizado se convierte en hijo adoptivo de Dios, objeto de su amor infinito que lo tutela y defiende de las fuerzas oscuras del maligno, es preciso enseñarle a reconocer a Dios como su Padre y a relacionarse con él con actitud de hijo. Por tanto, según la tradición cristiana, tal como hacemos hoy, cuando se bautiza a los niños introduciéndolos en la luz de Dios y de sus enseñanzas, no se los fuerza, sino que se les da la riqueza de la vida divina en la que reside la verdadera libertad, que es propia de los hijos de Dios; una libertad que deberá educarse y formarse con la maduración de los años, para que llegue a ser capaz de opciones personales responsables.

Queridos padres, queridos padrinos y madrinas, os saludo a todos con afecto y me uno a vuestra alegría por estos niños que hoy renacen a la vida eterna. Sed conscientes del don recibido y no ceséis de dar gracias al Señor que, con el sacramento que hoy reciben, introduce a vuestros hijos en una nueva familia, más grande y estable, más abierta y numerosa que la vuestra: me refiero a la familia de los creyentes, a la Iglesia, una familia que tiene a Dios por Padre y en la que todos se reconocen hermanos en Jesucristo. Así pues, hoy vosotros encomendáis a vuestros hijos a la bondad de Dios, que es fuerza de luz y de amor; y ellos, aun en medio de las dificultades de la vida, no se sentirán jamás abandonados si permanecen unidos a él. Por tanto, preocupaos por educarlos en la fe, por enseñarles a rezar y a crecer como hacía Jesús, y con su ayuda, «en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2, 52).

Volviendo ahora al pasaje evangélico, tratemos de comprender aún más lo que sucede hoy aquí. San Marcos narra que, mientras Juan Bautista predica a orillas del río Jordán, proclamando la urgencia de la conversión con vistas a la venida ya próxima del Mesías, he aquí que Jesús, mezclado entre la gente, se presenta para ser bautizado. Ciertamente, el bautismo de Juan es un bautismo de penitencia, muy distinto del sacramento que instituirá Jesús. Sin embargo, en aquel momento ya se vislumbra la misión del Redentor, puesto que, cuando sale del agua, resuena una voz desde cielo y baja sobre él el Espíritu Santo (cf. Mc 1, 10): el Padre celestial lo proclama como su hijo predilecto y testimonia públicamente su misión salvífica universal, que se cumplirá plenamente con su muerte en la cruz y su resurrección. Sólo entonces, con el sacrificio pascual, el perdón de los pecados será universal y total. Con el Bautismo, no nos sumergimos simplemente en las aguas del Jordán para proclamar nuestro compromiso de conversión, sino que se efunde en nosotros la sangre redentora de Cristo, que nos purifica y nos salva. Es el Hijo amado del Padre, en el que él se complace, quien adquiere de nuevo para nosotros la dignidad y la alegría de llamarnos y ser realmente «hijos» de Dios.

Dentro de poco reviviremos este misterio evocado por la solemnidad que hoy celebramos; los signos y símbolos del sacramento del Bautismo nos ayudarán a comprender lo que el Señor realiza en el corazón de estos niños, haciéndolos «suyos» para siempre, morada elegida de su Espíritu y «piedras vivas» para la construcción del edificio espiritual que es la Iglesia. La Virgen María, Madre de Jesús, el Hijo amado de Dios, vele sobre ellos y sobre sus familias y los acompañe siempre, para que puedan realizar plenamente el proyecto de salvación que, con el Bautismo, se realiza en su vida. Y nosotros, queridos hermanos y hermanas, acompañémoslos con nuestra oración; oremos por los padres, los padrinos y las madrinas y por sus parientes, para que les ayuden a crecer en la fe; oremos por todos nosotros aquí presentes para que, participando devotamente en esta celebración, renovemos las promesas de nuestro Bautismo y demos gracias al Señor por su constante asistencia. Amén.

© Copyright 2009 – Libreria Editrice Vaticana

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