Homilética – Solemnidad de Santa María Madre de Dios

(Ciclo A)

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TEXTOS LITÚRGICOS

Invocarán mi Nombre sobre los israelitas, y Yo los bendeciré

Lectura del libro de los Números 6, 22-27

El Señor dijo a Moisés:
«Habla en estos términos a Aarón y a sus hijos: Así bendecirán a los israelitas. Ustedes les dirán: «Que el Señor te bendiga y te proteja.
Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te muestre su gracia.
Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz». Que ellos invoquen mi Nombre sobre los israelitas, y Yo los bendeciré».

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 66, 2-3. 5-6. 8

R. ¡El Señor tenga piedad y nos bendiga!

El Señor tenga piedad y nos bendiga, haga brillar su rostro sobre nosotros, para que en la tierra se reconozca su dominio, y su victoria entre las naciones. R.

Que canten de alegría las naciones, porque gobiernas a los pueblos con justicia y guías a las naciones de la tierra.
El Señor tenga piedad y nos bendiga. R.

¡Que los pueblos te den gracias, Señor, que todos los pueblos te den gracias! Que Dios nos bendiga, y lo teman todos los confines de la tierra. R.

Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Galacia 4, 4-7

Hermanos:
Cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley, para redimir a los que estaban sometidos a la Ley y hacernos hijos adoptivos.
Y la prueba de que ustedes son hijos, es que Dios infundió en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo: ¡Abbá!, es decir, ¡Padre! Así, ya no eres más esclavo, sino hijo, y por lo tanto, heredero por la gracia de Dios.

Palabra de Dios.

ALELUIA Cf. Heb. , 1-2

Aleluia.
Después de haber hablado a nuestros padres por medio de los Profetas, en este tiempo final,
Dios nos habló por medio de su Hijo.
Aleluia.

Encontraron a María, a José y al recién nacido.
Ocho días después se le puso el nombre de Jesús

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 2, 16-21

Los pastores fueron rápidamente adonde les había dicho el Ángel del Señor, y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores.
Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón. Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido.
Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño y se le puso el nombre de Jesús, nombre que le había sido dado por el Ángel antes de su concepción.

Palabra del Señor

GUIÓN PARA LA MISA

Entrada:

Celebremos con gozo esta Eucaristía en honor de la Santísima Virgen María, Madre de Dios, quien habiendo engendrado por virtud divina al Hombre Dios, nos alcanzó la salvación y la paz.

Liturgia de la Palabra

Salmo Responsorial: 66, 2- 3. 5- 6. 8

2° Lectura: Gálatas 4, 4- 7
Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer para redimirnos y hacernos hijos adoptivos suyos.

Evangelio: Lucas 2, 16- 21
María conservaba y meditaba en su Corazón todo el misterio que Dios iba revelando en su Hijo.

Preces: Santa María Madre de Dios

Hermanos, dirijamos a Dios nuestras necesidades en este año que comienza confiados en la intercesión de María Santísima.
A cada intención respondemos cantando:

* Por las intenciones del Santo Padre, en especial las que se refieren hoy a la paz del mundo, para que la luz de Jesús Niño aliente a la humanidad a construir un orden mundial más justo. Oremos.
* Por los jóvenes, para que comprendan que sólo siguiendo a Jesús se encuentra el verdadero sentido de la viday el gozo duradero, y para que busquen siempre crecer en la amistad con Él, aprendiendo a escuchar y a conocer su palabra y a reconocerle en los pobres. Oremos.
* Por las familias, y para que la sociedad reconozca y proteja la vida desde el primer momento de la concepción hasta su muerte natural, lo mismo que el papel indispensable de la estabilidad del matrimonio. Oremos. * Por la evangelización de los pueblos, para que los misioneros sepan transmitir el don de la vida nueva y de la libertad de los hijos de Dios obrada por Cristo con su redención. Oremos.

Dios eterno, principio y fin de todas las cosas, acoge con bondad las súplicas que te dirigimos por medio de María, concédenos la paz que el mundo no puede dar, y haz que te sirvamos fielmente todos los días de nuestra vida. Por Cristo Nuestro Señor. Amén

Ofertorio:

Nos ponemos en manos de María para que nos ofrezca a Dios con todo lo que somos y tenemos para gloria suya, y llevamos al Altar:
+ Incienso y las oraciones de todos los que piden por la paz del mundo.
+ Pan y Vino y las esperanzas de los hombres en este año nuevo para que sean bendecidas por Cristo nuestro Salvador.

Comunión:

Pidamos a la virgen Madre nos conceda un corazón lleno de amor y de pureza para acoger a su Hijo Jesús Sacramentado.

Salida:

María, Aurora del mundo nuevo, a Ti confiamos la causa de la paz: mira a tus hijos que confían en Ti.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

EXÉGESIS

NÚMEROS 6, 22-27:

La Liturgia inicia el primer día del año, Octava de la Navidad, con esta solemne bendición, con la que el Pontífice de Israel despedía al pueblo congregado para el sacrificio vespertino. El Sirácida (Ecclo 50, 20) nos lo narra del Sumo Sacerdote Simón: «Al terminarse el servicio del Señor (Simón), bajaba y elevaba sus manos sobre toda la asamblea de los hijos de Israel, para dar con sus labios la bendición del Señor y tener el honor de pronunciar su Nombre. Y todos se postraban para recibir la bendición del Altísimo».

Pedir que brille sobre nosotros la luz del rostro de Dios es pedir su amor y benevolencia: « ¡Alza sobre nosotros la luz de tu Rostro!» (Sal 5, 7). «Haz que alumbre a tu, siervo tu Rostro. ¡Sálvame por tu amor!» (Sal 31, 17).

La Iglesia ahora nos da esta bendición en nombre de Jesús-Salvador. Y nos exhorta a comenzar, impetrando su bendición, todas nuestras obras.

Jesús nos dejó su bendición como Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza al ofrecer su Sacrificio: «La paz os dejo. Mi paz os doy» (In 14, 27).

Singularmente aluden a este pasaje de Números aquellas palabras de nuestro Pontífice Jesús, que se despide de nosotros; y nos da su bendición Sacerdotal en Nombre del Padre y en el Nombre suyo de Hijo: «Padre Santo: tuyos eran y me los diste. Todas mis cosas tuyas son y las tuyas mías. Y Yo ya no estaré en el mundo, mientras ellos quedan en el mundo; Yo voy a Ti. Padre, guárdalos en tu Nombre, el que Tú me has dado; a fin de que sean Uno como Nosotros» (Jn 17, 6. 11). Bendecidos en el nombre divino de Jesús tendremos la paz.

Que así sea en este nuevo año «cristiano» que comenzamos: «Que invoquen mi Nombre sobre los hijos de Israel y Yo les bendeciré» (Nm 6, 27).

EPÍSTOLA Gál. 4, 4-7:

La Epístola nos da uno de los mejores fundamentos bíblicos de la Maternidad espiritual y universal de María:

Cristo, Hijo de Dios, nace súbdito de la Ley, inserto en la Historia de la Salvación (solidaridad con los judíos), nace de Mujer (solidaridad con toda la raza humana). Se sujeta a la Ley para «liberarnos». Se hace Hijo de Mujer para darnos la filiación divina. «Ved cuán grande caridad nos ha otorgado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios. ¡Y lo somos!» (1 Jn 3, 1). Tan cierto es que participamos con toda propiedad la filiación del Hijo, que San Pablo nos anima a vivir en plena intimidad filial con el Padre: «Y por cuanto sois hijos, envió Dios a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: Abba! ¡Padre! De manera que no eres ya esclavo, sino hijo. Y si hijo, también heredero por gracia de Dios» (Gál 4, 6).

La Mujer de quien es Hijo este Hermano nuestro es también Madre nuestra. Si somos hijos de Dios en Cristo, somos a la vez hijos de María en Cristo. Orígenes nos lo dice en unas palabras muy expresivas: «No teniendo María otro hijo que Jesús, cuando el Maestro dice: «He ahí a tu hijo» y no dice ‘Este es también tu hijo’, es como si dijese: he ahí el Jesús que has engendrado; porque todo perfecto cristiano no vive ya su vida natural, sino que Cristo vive en él. Y porque Cristo vive en él se dice de él a María: «Este es tu Hilo, Cristo» (P. G. 14, 31). Si vivimos de Cristo y en Cristo, con pleno derecho llamamos a Dios «Padre» y a María «Madre». Si la Eucaristía nos forma y transforma más en Cristo debe desarrollar nuestra piedad con María: la vivencia de los sentimientos filiales de Jesús con su Madre Cristo que en lo es también nuestra.

EVANGELIO, Lc 2, 16-21:

En la narración evangélica notemos:

Los pastores de Belén adoran al Mesías. Son las «primicias» de los infinitos adoradores. La humildad, la sencillez, la pobreza, la austeridad, disposiciones que preparan el corazón a la fe. Ellos no se escandalizan por la pobreza del Mesías pobre.

El v 19 es una fina indicación. María oye atenta cuanto dicen los pastores y capta atenta todos los signos y acontecimientos. El Corazón de la Madre es el mejor archivo y la mejor biblioteca de los recuerdos y de los misterios del Hijo. Lucas ha bebido en buena fuente. Los devotos de la Virgen crecen en el conocimiento y amor de Cristo. ¡Y cuánto nos revelará María en el cielo!

Por la circuncisión, Jesús, hijo de Abraham, se solidariza con una raza pecadora (v. 21). Es entonces cuando se le impone el nombre de Jesús revelado por el cielo a María y a José. Jesús = Dios Salva, va a tener el sentido más pleno. Aquel que San Pablo sintetiza en esta tremenda expresión: «Dios a Aquel que no conoció el pecado, por nosotros le hizo pecado, a fin de que nosotros viniésemos a ser justicia de Dios en El» (2 Cor 5, 21). Nos salva de nuestros pecados porque los carga todos sobre Sí para expiarlos todos. Y partícipes de su vida (gracia), quedamos plenamente justificados, santificados y salvados: «Gozosos, Señor, hemos recibido los celestes sacramentos; concédenos que nos aprovechen para la vida eterna a quienes nos gloriamos de proclamar a la siempre Virgen María Madre de tu Hijo y Madre de la Iglesia» (Postc.).

José M. Solé Roma C.M.f., Ministros de la Palabra, ciclo A, Herder Barcelona 1979, 54-56

Jesús anunciado por los pastores
Lc 2, 15-20
«Y cuando los ángeles los dejaron y se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: Pasemos a Belén, a ver eso que ha sucedido, lo que el Señor nos ha dado a conocer. Fueron con presteza y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.
El mensaje que transmitió Dios no es sólo palabra, sino, al mismo tiempo, acontecimiento: Mensaje que sucedió. Al acontecimiento sigue la palabra notificante.
Pablo confiesa: «A mí, el menor de todo el pueblo santo, se me ha dado esta gracia: la de anunciar a los gentiles el Evangelio de la insondable riqueza de Cristo y dar luz sobre la economía del misterio escondido desde los siglos en Dios» (Efe_3:8s). La misma ley rige para Pablo que para los pastores. «A mí, el menor… el Evangelio de la insondable riqueza de Cristo… la economía del misterio» (la salvación que se da en Cristo); esto se aplica a todos los mensajeros que dan a conocer la economía y la realización de los divinos designios salvadores.

Una vez que los pastores hubieron recibido la buena nueva, habían de ser también testigos de lo que vieron. Creyeron y pudieron luego ver con sus propios ojos lo que habían creído. «Bienaventurada tú, que has creído…» Van con presteza, como María, a cumplir el encargo de Dios. La oferta de la salvación no sufre dilaciones. Los hombres comienzan a volverse hacia el niño en el pesebre. En Jesús está la salvación y la gloria de Dios.

Los pastores encontraron lo que buscaban conforme al signo y mediante la guía de Dios, que siempre guía de tal manera, que el hombre encuentra. Lo que vieron con los ojos fue a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Esto y nada más: nada de la madre virgen, nada de las grandezas que había expresado acerca de este niño el mensaje del ángel. Pero vieron a este niño, iluminados por la revelación de Dios. El signo de que la revelación de Dios se ha hecho realidad histórica, está delante de ellos en María y José, y en el niño acostado en el pesebre. El esplendor del Evangelio de navidad viene de la interpretación divina del nacimiento histórico de Jesús, pero el portador de este esplendor es el niño que ha nacido.

17 Al verlo, refirieron lo que se les había dicho acerca de este niño. 18 Y todos los que lo oyeron quedaron admirados de lo que les contaban los pastores. 19 María, por su parte, conservaba todas estas palabras en su corazón y las meditaba.

¿Qué efecto produce la vista con fe del hecho salvador? Los pastores han visto y refieren, dan a conocer lo que han visto. El contenido de su anuncio es éste: Lo que se les había dicho acerca de este niño; el hecho histórico del nacimiento de Jesús y las palabras que se les habían dicho acerca de este niño. Así se efectúa siempre el anuncio, la proclamación del Evangelio: «Os doy a conocer… el Evangelio…, que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras» (1Co_15:1-5).

No todos pueden ver con sus ojos el acontecimiento: sólo los testigos predestinados por Dios (Cf. Hec_10:40-43). Los otros oyen el mensaje de estos testigos. Como fruto inmediato del oír se recoge la admiración. Lucas es el evangelista que con más frecuencia hace notar que los hechos y palabras de Jesús despertaban admiración. El que experimenta la revelación de lo divino, se admira, sea que con fe y temor reverencial se asombre ante lo divino, o que admire lleno de presentimientos, o que rechace con crítica y sin comprensión. El que se asombra cuando se le presenta la revelación divina, todavía no cree: está en el atrio de la fe: ha recibido un impulso que puede suscitar fe, pero también provocar duda. ¿Puede originar más que asombro la predicación de los mensajeros de la fe? La decisión de creer es asunto personal de cada uno.

También María recibe de los pastores un mensaje sobre su hijo. Lo que le había dicho al ángel Gabriel y había sido confirmado por Isabel, es ahora profundizado por los pastores. No sólo se asombra, sino que conserva todas estas palabras en el corazón. Oyó la palabra de la manera que Dios quiere. En ella cae la semilla en buena tierra. La semilla que cae en «la tierra buena son los que oyen la palabra con un corazón noble y generoso, la retienen y por su constancia dan fruto» (8,15). Constantemente oye María algo nuevo sobre su niño. ¿Quién puede decir de una vez todas las riquezas que encierra este niño, de modo que el hombre comprenda? La riqueza que está contenida en la revelación de Cristo, sólo puede comunicarse cada vez por partes. Pero las partes deben compararse y combinarse. La fe madura combina los diferentes elementos, ordena y encuadra lo nuevo en lo que ya se posee. Lo que experimentó María en la anunciación, en la visita a Isabel y en el momento del nacimiento, fue para ella fuente inagotable de meditación, de sus decisiones, de oración, de alabanza, de gratitud, de gozo y de fidelidad. María es el prototipo de todos los que perciben la palabra y la acogen como es debido, el prototipo de los creyentes y consiguientemente el prototipo de la Iglesia, que acoge a Cristo con la fe y lo lleva en sí.

20 Y los pastores se volvieron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído, tal como se les había anunciado.

Dios había elegido a éstos, los más pobres de todos, que estaban en vela, para que recibieran el mensaje del nacimiento del Salvador. Los constituyó en testigos del Mesías recién nacido y los pertrechó para que fueran heraldos de la buena nueva. Ahora los hace volver a su vida cotidiana. Los pastores se volvieron.

A partir de entonces glorifican y alaban al Señor. Dios actúa mediante la venida y la acción de Jesús; pues Dios está con él. Realiza prodigios, milagros y signos por medio de Jesús. El asombro por los grandes hechos de Dios acompaña la entera vida de Jesús, en quien se reconoce la acción de Dios. Cuando Jesús recorre Palestina irrumpe un júbilo de alabanza de Dios (Luc_5:25s; Luc_7:16; Luc_9:43; Luc_13:13; Luc_17:15; Luc_18:42s). Incluso cuando muere en la cruz y clama con gran voz: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu», glorifica a Dios el centurión que lo había oído (Luc_23:47). Con tal glorificación de Dios comienza y termina el Evangelio. Después de la ascensión volvieron los discípulos a Jerusalén llenos de alegría y glorificaban a Dios continuamente en el templo (Luc_24:53). Cuando en la primitiva liturgia cristiana se hacían presentes los hechos de Jesús mediante la palabra y la fracción del pan, los creyentes terminaban respondiendo con alabanzas a Dios (Hec_2:47).

Una vez más se dejan notar los efectos de esta liturgia de la alabanza y de la glorificación. Lo que habían visto y oído, tal como se les había anunciado. Los hechos salvíficos y su interpretación divina, que forman el centro del culto cristiano, llevan a la glorificación y a la alabanza de Dios. Para esto se escribió el Evangelio de Lucas: para que Teófilo y con él la Iglesia se persuadan de la certeza de aquello sobre lo que se les había instruido y que en el culto cristiano se hace presente y se celebra: Dios que causa la salud por Jesús.

Imposición del nombre (Lc.2,21)

Con el niño Jesús se procede conforme a las disposiciones de la ley (Cf.2,21.2224.27.39). «Nació de mujer, nació bajo la ley» (Gal_4:4). En la observancia de la obediencia a la ley se hace patente su gloria en la circuncisión (Gal_2:21) y en el templo (Gal_2:22-39).

El camino del niño Jesús en el seno de su madre va de Nazaret, la pequeña e insignificante ciudad de Galilea, donde fue concebido, a Belén, la ciudad de David, donde nació -en pobreza y gloria-, y de allí a Jerusalén, a la ciudad de su «elevación» (Gal_9:51). Con esto se llega al punto culminante del relato de la infancia. La actividad pública de Jesús seguirá el mismo camino: de Galilea a Jerusalén, donde muere y es glorificado.

Como Juan, en el momento de la imposición del nombre, es celebrado en las palabras proféticas de su padre, así también Jesús adquiere todavía mayor esplendor gracias al Espíritu Santo, que habla por boca del profeta y de la profetisa. Juan es celebrado en casa de Zacarías, Jesús, en cambio, en el templo. Jesús es mayor que Juan.

21 Cuando se cumplieron ocho días y hubo que circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de ser concebido en el seno materno.

Con su nacimiento fue introducido Jesús en la existencia humana («lo envolvió en pañales»), en la estirpe de José, en el pueblo israelita, en la historia de los pobres y de los pequeños, en la obligación de la ley…

La ley mosaica regula la vida del israelita, por días, semanas y años. Cuando se cumplieron ocho días y hubo que circuncidar al niño, recayó sobre Jesús por primera vez la obligación de la ley: Jesús era «obediente» (Flp_2:8).

El Evangelio no dice expresamente que se efectuó en Jesús la circuncisión. El orden de la ley y su cumplimiento es el marco en que se desarrolla la vida entera de Jesús. Con él se cumple la ley, se realiza su pleno sentido. Con esta obediencia irrumpe lo nuevo y grande. A la circuncisión está ligada la imposición del nombre. Dios mismo fijó el nombre de este niño pequeño. Se le llamó como había dicho el ángel. Con el nombre fija Dios también la misión de Jesús: Dios es Salvador. En Jesús trae Dios la salvación. «Jesús pasó haciendo bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hec_10:38).

(Stöger, A., El Evangelio de San Lucas, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969)

COMENTARIO TEOLÓGICO

La Virgen Madre de Dios

El renombrado filósofo americano EMERSON consigna un episodio interesante de un viaje que hizo en autobús. Un día bochornoso de verano subió cansado y sin humor a un auto de línea. Con tedio iba realizando su viaje… de media hora. Con el mismo sopor, y sin pensar en nada, estaban sentados también los demás viajeros del coche… cuando, en una de las paradas, subió una mujer joven con su hijito, de cabellos rubios y ojos azules. Apenas se hubieron sentado en un rincón del coche, cambió del todo el humor de los pasajeros. Como si todas las preguntas, sonrisas, carcajadas del inocente niño trajesen el aire del paraíso perdido a los hombres cansados por el camino fatigoso de la vida. Y la madre sostenía con tanto encanto y amor a su hijito, y le hablaba con tal cariño, que la mirada de todos se clavaba en ellos y un calor extraño derretía los corazones, sumidos antes en la indiferencia.

El autobús que los astrónomos llaman «Tierra» iba corriendo hacía ya millares de años, con millones y millones de viajeros: hombres agotados, maltrechos, sumidos en la indolencia, que ni sabían a dónde iba el coche…, cuando un día, hace dos mil años, subió a él una madre joven, teniendo en los brazos a su hijito, rubio y sonriente; y apenas ocupó un asiento en un rincón del coche, allá en la cueva de Belén, el alma de los viajeros se sintió caldeada por un fuego jamás sentido, y el corazón, antes indiferente, recibió nuevas fuerzas, como por ensalmo, de una belleza y ternura desconocidas. Y desde aquel día, la Madre y el Hijo viajan siempre con nosotros e irradian un encanto indecible y una fuerza de aliento que refrigera las almas cansadas en las luchas de la vida.

No se puede hablar de Jesucristo sin extenderse también a su Madre Virgen. No es posible dar a conocer la doctrina de Cristo, el cristianismo, sin mencionar a la Virgen María. Es la Virgen Santísima quien comunica hermosura, fragancia y encanto al cristianismo. Ella es la antorcha de la gruta de Belén, la estrella más hermosa de la noche. Su murmullo es el más dulce «Gloria». Nazaret no sería el hogar de Jesús si en este hogar no encontráramos a su Madre y al Arcángel; el Gólgota no sería tan admirablemente conmovedor si Jesús no hubiese plantado junto al árbol de la cruz el lirio del valle, el primero regado por la sangre preciosísima o esa rosa que sube por el árbol y florece en sentimientos de dolor. La Virgen Santísima logra el primer milagro, recorre la primera el camino de la cruz, encierra en su corazón la fe puesta en el Hijo muerto y en su obra; es la primera que besa, con el deseo y el consuelo de la felicidad eterna, las llagas de Jesús; hace, sola ella, la vigilia de la primera resurrección. Ella sola esperó treinta y tres años antes al Verbo en la noche de la Anunciación; ella sola Le recibió en la Navidad de Belén; ella sola Le aguardó en el amanecer de la Pascua Florida. (PROHÁSZKA.) «Nació de María Virgen» —así rezamos en el Credo. El Credo no contiene sino estas cuatro cortas palabras, a ella referentes: «Nació de María Virgen.» Breve frase; pero su contenido es tan profundo, que los nueve capítulos que vamos a escribir de la Virgen María casi no bastarán para descubrir cuanto encierra la frase.

Lo primero que haremos es examinar los fundamentos dogmáticos del culto de María. El árbol de magnífica fecundidad, el culto de María, que se despliega y despide su fragancia con miles y miles de flores perfumadas en nuestros templos, en nuestros cánticos, en nuestras imágenes, en nuestras fiestas, en nuestros santuarios, centros de romería, ¿de qué raíces se alimenta? ¿Con qué títulos honramos a la Virgen María? Tal será el tema de este capítulo. Y nuestra respuesta será doble: I. La honramos por ser Ella la Madre de Dios, y II. Porque la Sagrada Escritura nos inculca su culto.

I – LA MADRE DE DIOS

Como un gigantesco árbol lleno de bendiciones extiende sus ramas el culto de María sobre todo el mundo católico; y la raíz última del árbol inmenso, la raíz por donde toma su savia de vida, es esta breve frase: «Creo en Jesucristo…, que fue concebido por obra del Espíritu Santo y nació de María Virgen.» Todo el entrañable culto con que las almas católicas se inclinan ante María, brota de nuestra creencia en Cristo. Resumo en unas breves frases todo cuanto creemos de María.

La Virgen María es Madre de Jesucristo, por lo tanto es Madre de Dios; Madre, y con todo, siempre virgen, intacta; Madre de un Hijo único, Jesucristo, el cual fue concebido por obra del Espíritu Santo —no por obra de varón, como los demás hombres—: la Virgen María, precisamente por su dignidad de Madre de Dios, fue preservada por Dios aun de la culpa original, de modo que nació y vivió exenta siempre de toda clase de pecado.

He ahí en breves palabras nuestra fe tocante a María. Estudiemos ahora nuestra primera proposición: María es Madre de Dios.

Es interesante la manera como salió de un atolladero cierto orador de la antigüedad. Tuvo que hacer un discurso referente a Felipe de Macedonia; mas no alabó las cualidades de gobierno, ni las dotes guerreras de Felipe, sino que, con voz emocionada, dijo estas palabras: «Basta decir de ti, Felipe, que has sido el padre de Alejandro Magno.» También nosotros podríamos tratar largamente de la Virgen María, de la hermosura de su alma, de sus virtudes, de su amor a Dios, de su prontitud al sacrificio…; pero la ensalzamos del modo más digno diciendo: «Basta decir de Ti, Virgen Santa, que fuiste la Madre de Jesús.»

* * *

A) Extraña un tanto ver lo poco que habla la Sagrada Escritura de la Virgen María. Pocas veces se la menciona en los acontecimientos. En cambio, las pocas frases que se refieren a ella son más que suficientes para probar la legitimidad del culto que le tributamos. Porque aquellas frases escasas afirman tales glorias de María, que nadie puede decirlas mayores. Leamos con atención estas pocas líneas. Así escribe SAN MATEO: «Y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, por sobrenombre Cristo» (Mt 1, 16). Y SAN JUAN añade: «Y el Verbo se hizo carne» (Jn 1,1 4), es decir, el que recibió de María carne mortal es el Hijo eterno de Dios. De modo que María es Madre de Dios. ¡Qué palabras más sencillas y, con todo, qué llenas de consecuencias! «De qua natus est Jesús», «de la cual nació Jesús» —esto es todo. ¡Esta mujer es tan grande, tan llena de gracia, tan admirable, tan santa, que puede ser Madre de Dios! También ella es hija de Adán; pero es tan conforme al pensamiento de Dios, que quiso el Señor su cooperación en lo más sublime del mundo: la Encarnación del Verbo.

* * *

B) ¡Madre de Dios! ¡Dignidad excelsa, inefable! Recibir y llevar en su seno, cuidar, servir y educar al Dios aquel ante quien los ángeles puros se humillan hasta el polvo, y a cuya presencia los serafines y querubines esconden su rostro detrás de las alas; a Aquel que creó el universo, el sol, la luna, las estrellas y todas las cosas que hay en el mundo. ¡Llamar a éste su propio Hijo, cubrirle de besos, estrecharle contra el propio pecho con amor de madre! ¡Mandar a Aquel ante quien se someten y obedecen todas las fuerzas del cielo y de la tierra! Es indeciblemente grande la dignidad de Madre de Dios. «Nadie hay semejante a María — exclama con entusiasmo SAN ANSELMO—; fuera de Dios, nadie hay más grande que María.»

La sublime distinción que significa el ser «Madre de Dios» puede sólo entenderse considerando que todos los sabios, reyes, sacerdotes y ángeles del cielo no valen tanto para nosotros como lo que nos dio María al darnos a Cristo. Hijo de Dios. Por una mujer entró el primer pecado en el mundo, de una mujer nació la culpa; pero de una mujer vino también su medicina. La Virgen Bendita era una mujer escogida, una Madre sin mancilla. Vino a esta tierra de pecado como lirio florido: sin mancha original. Vivió en esta tierra como rosa delicada: pura, sin mancha. Aun después del nacimiento de Jesús permaneció Virgen. Limpia y blanca como la nieve que acaba de caer.

¡Con qué timidez, con qué cautela dice al ángel!: «¿Cómo es posible que me nazca un hijo, habiendo consagrado mi virginidad a Dios, y no queriendo renunciar a ella?» “¡No temas, María!; porque has hallado gracia a los ojos de Dios. La virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra; por cuya causa, el santo que de ti nacerá será llamado Hijo de Dios.» Es decir, no temas por tu virginidad, porque serás madre por virtud del Dios omnipotente, no a costa de tu integridad, sino con la plenitud de tu pureza… La lengua húngara llama con acierto al día de la Anunciación «día de injertar frutos la Mujer bendita». Porque realmente hubo allí un injerto. Se injertó el ramo glorioso, el Hijo de Dios fue injertado en la Virgen Santísima, y por ella en toda la humanidad. Se hizo el injerto para que de la raíz milenaria de la humanidad no brotasen en adelante retoños podridos, pecaminosos, no saliesen ramas de frutos venenosos, ni agrias manzanas agrestes, sino frutos sanos, hermosos, palabras y obras que agraden a Dios. ¡Qué día de primavera fue aquél! ¡Día en que brotó la Vida! La Virgen Santísima se abandonó a la voluntad divina, y quedó tranquila. Y en el momento en que pronunció con toda su alma: «Hágase en mí según tu palabra…»; en el mismo instante, cuando con humildad santa inclinó su cabeza virginal, empezó Jesucristo su vida terrena junto al corazón de la Virgen Santísima. ¡Qué misterio infinito del inconcebible amor divino! ¡Cómo baja el Señor desde los cielos, cómo alienta en la humilde Virgen, y la estrecha y la envuelve en su amor, como un océano infinito! Flor virginal del cielo, oh Virgen María, mil parabienes del mundo entero.

C) Y María correspondió a la dignidad sin par que había recibido. Fue realmente Madre, madre amante, cuidadosa, que sacrifica su vida. Cuando el Niño Jesús no había nacido aún ya le dirige oraciones desde la profundidad de su alma humilde. Cuando la dureza de los hombres Le arrojó de Belén a un establo, el beso y el abrazo de la Virgen Santa calentaron al Niño Jesús, que tiritaba. Cuando la crueldad de Herodes los obligó a huir a Egipto, aquel pecho virginal fue refugio seguro del Niño Dios. Cuando el Salvador empezó a crecer, aquel purísimo rayo de sol Le vigilaba día y noche. Y cuando… agonizaba el Redentor en el Gólgota, y sus ojos, ya vidriosos, no veían más que rostros enemigos en torno suyo, su Madre, la Madre de Dios estaba firme, demostrando su fidelidad, al pie de la cruz, y la espada del dolor le atravesaba más que nunca el corazón.

La Virgen Madre merece realmente las alabanzas que le tributan los siglos. Mereció que se escribieran de ella los innumerables volúmenes que llenan las bibliotecas, cantando sus glorias. Mereció que la Iglesia instituyera fiestas para honrarla. Es digna de las innumerables estatuas e imágenes, a cuál más bella, con que los mejores artistas presentaron sus homenajes en el correr de los siglos a la Mujer Bendita…

Así respondemos a la primera cuestión que propusimos: Honramos a la Virgen María, porque Dios la honró el primero, escogiéndola por Madre de su Hijo unigénito.

(TOTH, T., de su libro La Virgen María)

María, Madre de Dios
Doctrina de fe
Vamos a exponer la doctrina dogmática de la maternidad divina de María en una conclusión sencilla y clara, al alcance de todas las fortunas intelectuales. Hela aquí:
La Santísima Virgen María es propia, real y verdaderamente Madre de Dios, puesto que engendró según la carne al Verbo de Dios encarnado. (Dogma de fe expresamente definido por la Iglesia.)
He aquí las pruebas:
a) LA SAGRADA ESCRITURA.
En la Sagrada Escritura no se emplea explícitamente la fórmula María Madre de Dios, pero ello se deduce con toda certeza y evidencia de dos verdades expresamente contenidas en la misma revelación, a saber: que María es la Madre de Jesús, y que Jesús es Dios.
En efecto: la Sagrada Escritura nos dice repetidas veces que la Virgen María es la Madre de Jesús (Mt 1,16; 2,11; Lc 2,37-48; Jn 2,1; Act 1,14, etc.). Jesús es presentado como concebido (Lc 1,31) y nacido (Lc 2,7-12) de la Virgen. Y que Jesús es Dios, lo dice expresamente San Juan en el prólogo de su evangelio (Jn 1,1‑14) Y consta por el expreso testimonio del mismo Cristo (cf. Mt 26,63‑64), confirmado por sus deslumbradores milagros, hechos en nombre propio (cf. Lc 7,14; Jn 11,43, etc.), y por la prueba definitiva de su propia resurrección (Mt 28,5‑6, etc.), anunciada por El antes de su muerte (Mt 17,22‑23, etc.).

Ahora bien, del hecho de que María sea la Madre de Jesús y de que Jesús sea Dios, ¿se sigue necesariamente que María sea propia, real y verdaderamente Madre de Dios?

Lo negó terminantemente Nestorio, monje de Antioquía y más tarde patriarca de Constantinopla (+ 451), al afirmar que en Cristo no solamente hay dos naturalezas (como enseña la fe), sino también dos personas perfectamente distintas: divina y humana (lo que es herético, como veremos en seguida). La Virgen, según Nestorio, fue Madre de la persona humana de Cristo (Cristotokos), pero no Madre de su persona divina (Theotokos). Luego no se la debe llamar Madre de Dios, sino únicamente Madre de Cristo (en cuanto persona humana).

La doctrina de Nestorio ‑dos personas en Cristo‑ fue expresamente condenada por la Iglesia como herética. En Cristo ‑como veremos en seguida al exponer la doctrina de la Iglesia‑ no hay más que una sola persona ‑la persona divina del Verbo‑, aunque haya en él dos naturalezas perfectamente distintas: divina y humana. Y como María fue Madre de la persona de Jesús ‑como todas las madres lo son de la persona de sus hijos‑ y Jesús es personalmente el Hijo de Dios, el Verbo divino, síguese con toda lógica que la Santísima Virgen es propia, real y verdaderamente Madre de Dios, puesto que engendró según la carne al Verbo de Dios encarnado.

b) LA DOCTRINA DE LA IGLESIA.

La doctrina que hemos recogido en nuestra conclusión fue expresamente definida por la Iglesia como dogma de fe, contra la herejía de Nestorio. Es lástima que no podamos detenernos aquí en exponer la historia de las controversias entre San Cirilo de Alejandría ‑el gran campeón de la maternidad divina de María‑ y el heresiarca Nestorio, que ocasionaron la reunión del concilio de Éfeso ‑celebrado el año 431, bajo el pontificado de San Celestino I‑, donde se condenó en bloque la doctrina de Nestorio y se proclamó la personalidad única y divina de Cristo bajo las dos naturalezas, y, por consiguiente, la maternidad divina de María. El pueblo cristiano de Éfeso, que aguardaba fuera del templo el resultado de las deliberaciones de los obispos reunidos en concilio, al enterarse de la proclamación de la maternidad divina de María, prorrumpió en grandes vítores y aplausos y acompañó a los obispos por las calles de la ciudad con antorchas encendidas en medio de un entusiasmo indescriptible.

He aquí el texto principal de la carta segunda de San Cirilo a Nestorio, que fue leída y aprobada en la sesión primera del concilio de Éfeso:

‘No decimos que la naturaleza del Verbo, transformada, se hizo carne; ni tampoco que se transmutó en el hombre entero, compuesto de alma y cuerpo; afirmamos, más bien, que el Verbo, habiendo unido consigo, según hipóstasis o persona, la carne animada de alma racional, se hizo hombre de modo inefable e incomprensible y fue llamado Hijo del hombre, no por sola voluntad o por la sola asunción de la persona. Y aunque las naturalezas sean diversas, juntándose en verdadera unión, hicieron un solo Cristo e Hijo; no porque la diferencia de naturalezas fuese suprimida por la unión, sino porque la divinidad y la humanidad, por misteriosa e inefable unión en una sola persona, constituyeron un solo Jesucristo e Hijo.

Porque no nació primeramente un hombre cualquiera de la Virgen María, sobre el cual descendiera después el Verbo, sino que, unido a la carne en el mismo seno materno, se dice engendrado según la carne, en cuanto que vindicó para si como propia la generación de su carne. Por eso (los Santos Padres) no dudaron en llamar Madre de Dios a la Santísima Virgen’ (D IIIª).

En el año 451, o sea veinte años más tarde del concilio de Éfeso, se celebró bajo el pontificado de San León Magno el concilio de Calcedonia, donde se condenó como herética la doctrina de Eutiques, que afirmaba -por error extremo contrario al de Nestorio‑ que en Cristo no había más que una sola naturaleza, la divina
(monofisismo). El concilio definió solemnemente que en Cristo hay dos naturalezas ‑divina y humana‑ en una sola persona o hipóstasis: la persona divina del Verbo (cf. D 148).

Un siglo más tarde, el concilio II de Constantinopla (quinto de los ecuménicos), celebrado el año 553 bajo el pontificado del papa Virgilio, alabó e hizo suyos en fórmula dogmática los doce anatematismos de San Cirilo contra la doctrina de Nestorio, considerándolos como parte de las actas del concilio de Éfeso (cf. D 113‑124 226‑227). He aquí los principales anatematismos de San Cirilo relativos a la cuestión que nos ocupa:

‘Si alguno no confiesa que Dios es verdaderamente el Emmanuel y que por eso la santa Virgen es Madre de Dios, pues dio a luz según la carne al Verbo de Dios hecho carne, sea anatema’ (D 1 13).

‘Si alguno no confiesa que el Verbo de Dios Padre se unió a la carne según hipóstasis y que Cristo es uno con su propia carne, a saber, que es Dios y hombre al mismo tiempo, sea anatema’ (D 114).

‘Si alguno distribuye entre dos personas o hipóstasis las expresiones contenidas en los escritos apostólicos o evangélicos, o dichas sobre Cristo por los santos, o por el propio Cristo hablando de sí mismo; y unas las acomoda al hombre, entendiéndolo aparte del Verbo de Dios, y otras, como dignas de Dios, las atribuye al solo Verbo de Dios Padre, sea anatema’ (D 116).

‘Si alguno se atreve a decir que Cristo es hombre teóforo o portador de Dios, y no, más bien, Dios verdadero, como Hijo único y natural, por cuanto el Verbo se hizo carne y participó de modo semejante a nosotros en la carne y en la sangre (Heb 2,14, sea anatema)’ (D 117).

Son, pues, dogmas de fe expresamente definidos por la Iglesia que en Cristo hay dos naturalezas ‑divina y humana‑, pero una sola persona, la persona divina del Verbo. Y como María fue Madre de la persona de Jesús, hay que llamarla y es en realidad propia, real y verdaderamente Madre de Dios.

c) EXPLICACIÓN TEOLÓGICA.

Todo el quid de la cuestión está en este sencillo razonamiento. Las madres son madres de la persona de sus hijos (compuesta de alma y cuerpo) aunque ellas proporcionen únicamente la materia del cuerpo, al cual infunde Dios el alma humana, convirtiéndola entonces en persona humana. Pero Cristo no es persona humana, sino divina, aunque tenga una naturaleza humana desprovista de personalidad humana, que fue sustituida por la personalidad divina del Verbo en el mismísimo instante de la concepción de la carne de Jesús. Luego María concibió realmente y dio a luz según la carne a la persona divina de Cristo (única persona que hay en El), y, por consiguiente, es y debe ser llamada con toda propiedad Madre de Dios. No importa que María no haya concebido la naturaleza divina en cuanto tal (tampoco las demás madres conciben el alma de sus hijos), ya que esa naturaleza divina subsiste en el Verbo eternamente y es, por consiguiente, anterior a la existencia de María. Pero María concibió una persona ‑como todas las demás madres‑, y como esa persona, Jesús, no era humana, sino divina, síguese lógicamente que María concibió según la carne a la persona divina de Cristo y es, por consiguiente, real y verdaderamente Madre de Dios.

Escuchemos a Santo Tomás exponiendo admirablemente esta doctrina.

‘Como en el instante mismo de la concepción de, Cristo la naturaleza humana se unió a la persona divina del Verbo, síguese que pueda decirse con toda verdad que Dios es concebido y nacido de la Virgen. Se dice -en efecto‑ que una mujer es madre de una persona porque ésta ha sido concebida y ha nacido de ella. Luego se seguirá de aquí que la bienaventurada Virgen pueda decirse verdaderamente Madre de Dios. Sólo se podría negar que la bienaventurada Virgen sea Madre de Dios en estas dos hipótesis: o que la humanidad de Cristo hubiese sido concebida y dada a luz antes de que se hubiera unido a ella el Verbo de Dios (como afirmó el hereje Fotino), o que la humanidad de Cristo no hubiese sido tomada por el Verbo de Dios en unidad de persona o hipóstasis (como enseñó Nestorio). Pero ambas hipótesis son erróneas; luego es herético negar que la bienaventurada Virgen sea Madre de Dios’.

Y al solucionar la objeción de que Cristo se llama y es Dios por su naturaleza divina y ésta no comenzó a existir cuando se encarnó en María, sino que ya existía desde toda la eternidad, y, por lo mismo, no debe llamarse Madre de Dios a la Virgen, responde el Doctor Angélico magistralmente:

‘Se dice que la bienaventurada Virgen es Madre de Dios no porque sea madre de la divinidad (o sea, de la naturaleza divina, que es eternamente anterior a Ella), sino porque es Madre según la humanidad de una Persona que tiene divinidad y humanidad’.

Aunque lo dicho hasta aquí es muy suficiente para dejar en claro la maternidad divina de María, vamos a recoger ‑para mayor abundamiento‑ la clarísima exposición de un mariólogo contemporáneo:

‘Sabemos por la Sagrada Escritura y por la tradición que Jesús, el Hijo de María, es el Unigénito Hijo de Dios. Tiene naturaleza humana, que recibió de su Madre, y es, por consiguiente, hombre como nosotros. Pero no es persona humana; es persona divina y hombre a la vez, que subsiste no sólo en la naturaleza divina, que recibe por toda la eternidad de su Padre Eterno, sino también en la naturaleza humana, que ha recibido, en el tiempo, de su Madre humana. María, al engendrar a su Hijo, no engendró una. persona humana. Mas el hecho de dar una naturaleza humana a la segunda persona de la Santísima Trinidad nos dará derecho a decir que María engendró a la persona divina y que es Madre de Dios.

Ya hemos visto que el objeto de la generación, el ser que es engendrado, no es una parte del hijo, sino todo el ser que existe, completo en sí al completarse la generación. Si el producto tiene naturaleza intelectual, como es el caso en toda generación humana, entonces es una persona. De aquí que la maternidad de una mujer se refiere siempre a la persona de su hijo; el objeto de su maternidad, lo que ella engendra o concibe, es una persona.

La misma manera de hablar que empleamos aclara esta verdad: por ejemplo, decimos que Santa Mónica fue madre de San Agustín. San Agustín es una persona, y preguntamos: ‘¿Quién es su madre?’, o ‘¿De quién es madre?’ Quién y de quién solamente se refieren a personas. Así, pues, vemos que nuestra manera ordinaria de hablar acerca de una madre y su hijo indica que la relación de madre a hijo es relación de persona a persona. Dicho de otro modo: el ser concebido por una mujer es una persona.

Sin embargo, es verdad que una madre no es la causa del alma o de la personalidad de su hijo sino en tanto en cuanto proporciona la materia, de tal manera dispuesta que exija la creación del alma de su hijo inmediatamente por Dios. Más: aunque la madre no sea la causa total de su hijo, aun cuando lo que le dé por su propia adecuada actividad no es el alma ni la personalidad del hijo, sino la carne de su naturaleza humana, no obstante es verdaderamente su madre, la madre de la persona de su hijo. Aun cuando lo que ella da es sólo parte del hijo, ella es la madre del hijo entero.

Si María hizo por Jesús tanto como cualquier madre humana hace por su hijo, entonces María es tan madre de la persona de Jesús como cualquier mujer es madre de su hijo. El hecho de que Jesús no tuviera padre humano no hace a María menos madre. La diferencia esencial entre maternidad puramente humana y maternidad divina no es que Maria hizo algo más o algo diferente en la concepción de su Hijo. Es simplemente esto: que el Hijo de María es una persona divina, mientras que el hijo de una mujer ordinaria es una persona humana.

Sabemos que sólo Dios puede crear el alma de un niño y hacer al alma y al cuerpo existir como una naturaleza humana completa en sí misma; en otras palabras: sólo Dios hace a la naturaleza humana existir en la persona humana. La personalidad es el término de la generación humana, como don de Dios más bien que producida en virtud de dicha generación. De aquí que la maternidad humana no queda lesionada ni comprometida si Dios crea al alma en la carne proporcionada por la actividad materna, de tal manera que la naturaleza humana resultante no exista completamente en sí como tal persona humana, sino asumida por una persona divina. Si, en lugar de dar una personalidad humana como término de la actividad materna, Dios da la persona divina de su propio Hijo para ser envuelta en la carne de una mujer, entonces, lejos de lesionar su maternidad, este acto de Dios eleva esa maternidad a una ‘dignidad casi infinita’, porque tal madre lleva en su seno al Hijo más perfecto que pudiera nacer.

La divina maternidad nos lleva directamente al corazón del misterio cristiano: la insondable verdad de que Jesucristo es a la vez verdadero Dios y verdadero hombre, en quien la naturaleza humana, recibida de su Madre humana, y la naturaleza divina, recibida de su Padre Eterno, se unen en la única persona del Hijo de Dios. Si Jesús no es verdadero hombre, María no puede ser verdadera madre; si el Niño Jesús, nacido de María, no es persona divina y Dios mismo, María no puede ser llamada Madre de Dios’ (P. Gerald Van Ackeren).

En resumen: la Santísima Virgen María es real y verdaderamente Madre de Dios porque concibió en sus virginales entrañas y dio a luz a la persona de Jesús, que no es persona humana, sino divina.

(Royo Marín, A., La Virgen María, BAC, Madrid, pp. 94-100)

SANTOS PADRES

LA MATERNIDAD DIVINA

Está escrito en el Evangelio que, habiéndose anunciado a Cristo que su madre y hermanos, es decir, sus parientes según la carne, le estaban esperando fuera, porque no podían llegarse a Él a causa de la muchedumbre, Jesús respondió: ¿Quién es mi madre o quiénes son mis hermanos? Y, extendiendo la mano sobre sus discípulos, dijo: Estos son mis hermanos, y todo el que hiciere la voluntad de mi Padre será mi hermano, mi madre y mi hermana. ¿Qué nos enseña con esto, sino que debemos anteponer el parentesco espiritual a la consanguinidad carnal? Y a que no juzguemos felices a los hombres que están unidos por vínculos de sangre a varones justos y santos, sino a los que se unen a éstos por la obediencia e imitación de su doctrina y costumbres. La Virgen María fue más dichosa recibiendo la fe de Cristo que concibiendo la carne de Cristo. Pues al que le dijo: Bienaventurado el seno que te llevó, respondió Jesús: Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la practican. Finalmente, a sus hermanos, es decir, a los familiares según la carne, que no creyeron en él, ¿qué les aprovechó su parentesco? Tampoco hubiera aprovechado nada el parentesco material a María si no hubiera sido más feliz por llevar a Cristo en su corazón que en su carne.

MARÍA, VIRGEN POR UNA LIBRE ELECCIÓN DE AMOR

4. Su virginidad es también más grata y bienamable porque Cristo no la apartó, una vez concebido, de la posible violación del varón para conservarla, sino que antes de ser concebido la eligió para nacer de ella cuando ya la tenía consagrada a Dios. Así lo indican las palabras que María respondió al ángel que le anunciaba su concepción: ¿Cómo se podrá hacer esto—dijo—, si no conozco varón? Y ciertamente no lo hubiera dicho si antes no tuviera consagrada su virginidad a Dios. Más como las costumbres de los israelitas rechazaban todavía esto, fue desposada con un varón justo, que, lejos de ajarla violentamente, había de custodiar contra toda violencia su voto. Y aunque solamente hubiera dicho: Y cómo podrá hacerse esto, sin añadir porque no conozco varón, estaría igualmente claro, pues ciertamente no iba a preguntar cómo una mujer había de dar a luz a un hijo prometido si es que se hubiera casado con la intención de usar del matrimonio. Pudo también haber recibido orden de permanecer virgen para que el Hijo de Dios tomase en ella la forma de siervo por un apropiado milagro. Pero consagró su virginidad a Dios aun antes de saber que había de concebir, para servir de ejemplo a las futuras santas vírgenes y para que no estimaran que sólo debía permanecer virgen la que hubiera merecido concebir sin el carnal concúbito. Imitó así la vida celeste en el cuerpo mortal por medio del voto y sin estar obligada; lo hizo por elección de amor y no por obligación de servidumbre. Por ello, Cristo al nacer de una virgen prefirió aprobar a imponer la santa virginidad en una virgen que, aun antes de saber quién había de nacer de ella, había ya determinado permanecer virgen. Y así quiso que fuese libre la virginidad hasta en la mujer en la que Él tomó forma de siervo.

6. Por lo cual solamente esta mujer es madre y virgen, no sólo en el espíritu, sino también en el cuerpo. No es madre según el espíritu de nuestra Cabeza, el Salvador, de quien más bien es espiritualmente hija, porque también ella está entre los que creyeron en él y que son llamados con razón hijos del esposo; pero ciertamente es madre de sus miembros, que somos nosotros, porque cooperó con su caridad para que nacieran en la Iglesia los fieles, miembros de aquella Cabeza de la que es efectivamente madre según el cuerpo. Convenía que nuestra cabeza por extraordinario milagro naciera, según la carne, de una virgen, para significarnos que sus miembros habían de nacer según el espíritu de la Iglesia virgen. Solamente María es, por tanto, madre y virgen según el cuerpo y según el espíritu: madre de Cristo y virgen también de Cristo. Más la Iglesia, en los santos que han de poseer el reino de Dios, es, según, el espíritu, toda ella madre y toda ella virgen de Cristo; pero no es toda ella según el cuerpo, pues en algunos miembros es virgen de Cristo y en otros es madre, pero no de Cristo. Son también espirituales madres de Cristo las mujeres fieles casadas y las vírgenes consagradas a Dios, porque cumplen la voluntad del Padre con sus santas costumbres, con la caridad de corazón puro, conciencia recta y auténtica fe. Las que en la vida conyugal engendran corporalmente, dan a luz a Adán y no a Cristo; y como saben qué es lo que han alumbrado, se apresuran a hacer miembro de Cristo el fruto de su seno, purificándolo con los sacramentos.

SAN AGUSTÍN, Tratados morales. Sobre la santa virginidad III, 3. IV,4. VI, 6. O.C. XII, BAC Madrid 1973, 125-27.128-
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María, Madre de Dios

«Y dijo María al ángel: ¿cómo puede ser esto, sino conozco varón? Y respondiendo el ángel le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo y por eso lo santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios. Y he aquí que Isabel, tu parienta, también ha concebido un hijo en su vejez, porque no hay cosa alguna imposible para Dios. Y dijo María: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.»

«Y dijo María al ángel: ¿cómo puede ser esto, si no conozco varón?» Primero, sin duda, María calló como prudente, cuando todavía dudosa pensaba entre sí, qué salutación sería ésta, queriendo más por su humildad no responder que temerariamente hablar lo que no sabía. Pero ya confortada, y habiéndolo premeditado bien, hablándole en lo exterior el ángel, pero persuadiéndola interiormente Dios -que estaba con ella según lo que dice el ángel: «El Señor es contigo»-, expeliendo sin duda la fe al temor, la alegría a la turbación, dijo al ángel: «¿cómo puede ser esto, si no conozco varón?»
No duda del hecho, sino que pregunta acerca del modo y del orden, no pregunta si se hará esto, sino cómo se hará. Al modo que si dijera: sabiendo mi Señor que su esclava tiene hecho voto de virginidad, ¿con qué disposición, con qué orden le agradará que se haga esto? Si Su Majestad ordena otra cosa, si dispensa este voto para tener tal Hijo, alégreme del Hijo que me da, pero me duele la dispensa del voto; sin embargo, hágase su voluntad en todo; pero si he de concebir virgen y virgen también he de alumbrar, lo cual ciertamente no es imposible, entonces ciertamente conoceré que miró la humildad de su esclava.
«¿Cómo pues se hará esto, ángel del Señor, si no conozco varón?» Y respondiendo el ángel le dijo: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo». Había dicho antes que estaba llena de gracia; pues ¿cómo dice ahora «el Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo?» ¿Por ventura podría estar llena de gracia y no tener todavía al Espíritu Santo, siendo Él el dador de todas las gracias? Y si el Espíritu Santo estaba en ella, ¿cómo se le vuelve a prometer que vendrá sobre ella nuevamente? Por esto sin duda no se dijo vendrá «a ti», sino que vendrá «sobre ti», porque, aunque a la verdad primero estuvo con María por su copiosa gracia, ahora se le anuncia que vendrá sobre ella por la más abundante plenitud de la gracia que en ella ha de derramar.
Pero estando ya llena, ¿cómo podría caber en ella algo más? Y si todavía puede caber más en ella, ¿cómo se ha de entender que antes estaba ya llena de gracia? La primera gracia había llenado solamente su alma y la siguiente había de llenar también su seno a fin de que la plenitud de la Divinidad, que ya habitaba en ella antes espiritualmente como en muchos de los Santos, comenzase también a habitar corporalmente corno en ninguno de los mismos.
Dice «el Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo»-. Y ¿qué quiere decir «y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo?» El que pueda entender, que entienda. Porque exceptuada acaso la que sola mereció experimentar en sí esto felicísimamente, ¿quién podrá percibir con el entendimiento y discernir con la razón de qué modo aquel esplendor inaccesible del Verbo eterno se infundió en las virginales entrañas, y para que pudiese sostener que el inaccesible se acercase a ella, de la parecía del mismo cuerpo a la cual se unió Él mismo, hiciera sombra a todo lo demás? Quizá por esto principalmente se dijo: «Te cubrirá con su sombra», pues sin duda este hecho era un misterio, y lo que la Trinidad sola por sí misma en sola y con sola la Virgen quiso obrar, sólo se concedió saberlo a quien sólo se concedió experimentarlo. Dígase «el Espíritu Santo vendrá sobre ti», el cual con su poder te hará fecunda, «y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo», esto es, aquel modo con que concebirás del Espíritu Santo a Cristo, virtud y sabiduría de Dios, lo encubrirá y ocultará en su secretísimo consejo haciendo sombra, de suerte que sólo será conocido de Él y de ti.

Como si el ángel respondiera a la Virgen: ¿por qué me preguntas a mí lo que experimentarás en ti dentro de poco? Lo sabrás, lo sabrás y felicísimamente lo sabrás, siendo tu Doctor el mismo que es el Autor. Yo he sido enviado a anunciar la concepción virginal, no a crearla. Ni puede ser enseñada sino por quien la da, ni puede ser aprendida sino por quien la recibe. «Y por eso también lo santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios», esto es, no sólo el que viniendo del seno del Padre a ti te cubrirá con su sombra, sino también lo que de tu sustancia unirá en sí, desde aquel instante, se llamará Hijo de Dios, y el que es engendrado por el Padre antes de todos los siglos, se reputará desde ahora Hijo tuyo. De tal suerte lo que nació del mismo Padre será tuyo y lo que nacerá de ti será suyo, que no serán dos hijos, sino uno solo. Y aunque ciertamente una cosa es de ti y otra cosa es de Él, sin embargo, ya no será de cada uno lo suyo, sino que un solo Hijo será de los dos.
«Por eso también lo santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios». Atiende, oh hombre, con cuánta reverencia dijo el ángel: «lo santo que nacerá de ti». Dice lo santo absolutamente sin añadir otra cosa, y esto sin duda porque no encontraba palabras con que nombrar propia y dignamente aquello tan singular, aquello tan magnífico, aquello tan venerable, que formado de la purísima carne de la Virgen, se había de unir con su alma al único del Padre. Si dijera carne santa u hombre santo, o cualquiera cosa semejante, le parecería poco. Por eso dijo «santo» indefinidamente, porque cualquiera cosa que sea lo que la Virgen engendró, es santo sin duda y singularmente santo, así por la santificación del Espíritu como por la asunción del Verbo.
«Y he aquí que Isabel, tu parienta, ha concebido un hijo en su vejez». ¿Qué necesidad había de anunciar a la Virgen la concepción de esta estéril? ¿Por ventura por estar dudosa todavía e incrédula la quiso asegurar el ángel con este prodigio? Nada de eso. Leemos que la incredulidad de Zacarías fue castigada por este mismo ángel, pero no leemos que María fuese reprendida en cosa alguna, antes bien, reconocemos alabada su fe en lo profetizado por Isabel: «Bienaventurada eres por haber creído, porque todo lo que te ha sido dicho de parte del Señor será cumplido en ti.» Se participa a la Virgen la concepción de su prima para que añadiéndose un milagro a otro milagro se aumente su gozo con otro gozo. Ciertamente era preciso fuese inflamada anticipadamente con un no pequeño incendio de amor y. alegría, la que había de concebir luego al Hijo del amor paterno en el gozo del Espíritu Santo. Ni podía caber si en un devotísimo y alegrísimo corazón tanta afluencia de dulzura y de gozo.
O tal vez se notifica esto a María porque era razón que un prodigio que se debía divulgar después por todas partes, lo supiera la Virgen por el ángel antes que lo oyese de los hombres, para que no pareciese que la Madre de Dios estaba apartada de los consejos de su Hijo, si permanecía ignorante en las cosas que tanto le interesaban.
0 bien para que siendo instruida, así de la venida del Salvador corno de la venida del Precursor, y fijando en la memoria el tiempo y el orden de las cosas, refiera después mejor la verdad a los Escritores y Predicadores del Evangelio, como quien ha sido informada desde el principio por noticias que el cielo le ha comunicado de todos los misterios.
0 quizá para que oyendo hablar de una parienta suya anciana y estado avanzado, piense ella que es joven en obsequiarla, y dándose prisa a visitarla, se dé de este modo lugar y ocasión al niño Profeta de ofrecer las primicias de su servicio a su Señor, y fomentándose mutuamente la devoción de ambas madres, excitada por uno y otro infante, se haga más admirable un milagro con otro milagro.
Pero mira cristiano, estas cosas tan magníficas que escuchas anunciadas por el ángel, no las esperes cumplidas por él. Y si preguntas por quién, oye al mismo tiempo que te dice: «para Dios nada es imposible». Como si dijera: Esto que tan firmemente prometo, lo presumo en el poder de quien me envió, no en el mío, «porque para Dios nada es imposible.» ¿Qué será imposible para aquel Señor que hizo todas las cosas con el poder de su palabra? Y fíjate que llaman la atención las palabras, el no decir expresamente «porque no será imposible para Dios» todo hecho sino «toda palabra» [«quia non est impossibile apud Deum omne verbum» = «para Dios nada es imposible»]. Tal vez se dijo «toda palabra» porque así como pueden hablar los hombres tan fácilmente lo que quieren, aún aquello que de ningún modo pueden hacer, así también y aún sin comparación con mayor facilidad puede Dios cumplir con la obra todo lo que ellos pueden explicar con las palabras. Lo diré más claramente: si fuera tan fácil a los hombres hacer como decir lo que quieren, tampoco para ellos sería imposible toda palabra. Más porque como dice el proverbio, del dicho al hecho hay un gran trecho, no respecto de Dios sino respecto de los hombres, para solo Dios, en quien es lo mismo hacer que hablar y lo mismo hablar que querer, no será imposible toda palabra.
Pudieron prever y predecir los Profetas que la Virgen o la estéril habían de concebir y alumbrar, ¿pero pudieron hacer por ventura que concibiese y alumbrase? Mas Dios les dio a ellos el poder de predecirlo, con la facilidad con que entonces pudo predecirlo por medio de ellos, pudo ahora, cuando quiso, cumplir por sí mismo lo que había prometido. Porque en Dios ni la palabra se diferencia de la intención porque es Verdad, ni el hecho de la palabra, porque es Poder, ni el modo del hecho, porque es Sabiduría, y por eso no será imposible para Dios toda palabra.
Oísteis, oh Virgen, el hecho, oísteis también el modo. Lo uno y lo otro es cosa maravillosa, lo uno y lo otro es cosa agradable. Gozáos, pues, hija de Sión, alegraos, hija de Jerusalén. Ya que ha dado el Señor a vuestros oídos gozo y alegría, oigamos de vuestra boca la respuesta que deseamos, para que con ella entre la alegría y gozo en nuestros huesos afligidos y humillados. Oísteis, vuelvo a decir, el hecho y lo creísteis: creed lo que oísteis también acerca del modo. Oísteis que concebiréis y daréis a luz un hijo; oísteis que no será por obra de varón sino por obra del Espíritu Santo. Mirad que el ángel aguarda vuestra respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que lo envió.
Esperamos también nosotros, Señora, esta palabra de misericordia, a los cuales tiene condenado a muerte la divina sentencia, de la que seremos librados por vuestra palabra. Ved que se pone en vuestras manos el precio de nuestra salud, al punto seremos librados si consentís. Por la palabra eterna de Dios fuimos todos creados y con todo eso morimos, pero por vuestra breve respuesta seremos ahora restablecidos para no volver a morir. Os suplica esto, oh piadosa Virgen, el triste Adán desterrado del paraíso con toda su miserable posteridad. Abraham y David con todos los otros Santos Padres, los cuales están detenidos en la región de la sombra de la muerte. Esto mismo os pide el mundo todo postrado a vuestros pies.

(San Bernardo, Tomado de su libro «Las grandezas de María «, Cap 5)

APLICACIÓN

La Santísima Virgen María, Madre de Dios

Por este dogma la Iglesia afirma que la Virgen María es Madre de Dios en sentido propio y verdadero.
La Virgen María fue predestinada desde la eternidad para ser Madre del Redentor, y esto, propia y verdaderamente, o sea no sólo en algún sentido impropio como alguna mujer se dice madre del arquitecto o madre del pintor; sino porque verdaderamente engendró a Dios, es decir, una persona divina, pues el Hijo engendrado por Ella es simplemente Dios. Esta verdad es de fe divina y católica definida.
La prueba principal la tenemos en lo que dice san Lucas (1,35): “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios”. Lo que nacerá de María es Hijo de Dios en sentido propio y por tanto Dios; pero lo que nacerá de María es hijo de María; por tanto, el hijo de María es Dios, o sea María es Madre de Dios.
Y lo mismo viene a enseñar san Pablo en Gal 4,4: “al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer”. El Hijo de Dios se dice hecho (es decir, nacido) de mujer (o sea, de María).
También Isabel, llena del Espíritu Santo, la llama Madre del Señor (Lc 1,43): “¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” “Señor” (Kyrios) es nombre divino, incluso en el mismo contexto; por tanto, el sentido que le da Isabel es el de Madre de Dios.
La misma certeza recorre toda la tradición de la Iglesia. El antiquísimo uso de la palabra Theotokos (Madre de Dios) se encuentra en Alejandría en la antífona “Bajo tu amparo”, que es probablemente del siglo III. En ese mismo siglo, consideran y defienden a María como Madre de Dios san Alejandro, san Atanasio; al siglo siguiente hacen otro tanto autores tan distantes como Tito de Bostra en Arabia; san Basilio, san
Gregorio Nacianceno y san Gregorio Niceno, en Capadocia; Eusebio y san Cirilo de Jerusalén en Palestina; Eustaquio y Severiano en Antioquía… En Occidente, San Ambrosio, Prudencio, Casiano, San Agustín. Este último escribía: “¿Cómo había de dejar de ser Dios cuando empezó a ser hombre, Él que concedió a su Madre que no dejase de ser virgen cuando lo dio a luz?”.
La doctrina era ya tradicional antes del Concilio de Éfeso, como lo testimonian autores del siglo II como san Ignacio, san Justino, san Ireneo, etc. Sedulio exclamaría: “Salve, Sancta Parens…”, ¡Salve, santa Madre!
Santo Tomás enseña (Suma Teológica, III, 35, 4) que se dice verdadera y propiamente madre de alguno de la mujer que lo concibió y dio a luz. Y no otra cosa es lo que ha hecho María: concibió y dio a luz a Dios. Por tanto, es Madre de Dios. Y esta maternidad divina Dios la hizo depender del libre consentimiento de María. Así dice San León Magno: “Es elegida la Virgen de la real estirpe de David que, debiendo concebir fruto sagrado, concibió su prole divina y humana antes con el pensamiento que con el cuerpo (Sermón 21,1).
Y lo mismo San Gelasio: “Se dignó (hacerse hombre) por el consentimiento de la Santísima Virgen cuando dijo al ángel: He aquí la esclava del señor…” (Epístola 2). Y del mismo modo Inocencio III: “Hechas estas cosas, enseguida el Espíritu Santo vino y preparó una triple vía ante la faz del Señor. La primera fue el consentimiento virginal… Porque como el ángel hubiese indicado a la Virgen admirada del modo y orden de la concepción, enseguida Ella, inflamada en un sumo ardor de deseo, consintió, y por inspiración del Espíritu Santo respondió: «He aquí la esclava del Señor»… Bienaventurada la que ha creído. Porque el autor de la fe no pudo ser concebido por una incrédula; y por tanto convino que se preparase la primera vía, a saber, el consentimiento de la Virgen” (Sermón 12).
Y León XIII: “El Hijo eterno de Dios se inclina a los hombres, hecho hombre; pero asintiendo María y concibiendo del Espíritu Santo”. (Encíclica “Iucunda semper”). Pero María es madre sin dejar de ser virgen. La maternidad divina es una maternidad completamente especial no sólo por el hecho de tener como término una persona divina, sino también por el modo milagroso y singular con que se ha realizado, a saber, virginalmente. Plenamente virginal quiere decir que María, de tal manera fue Madre de Dios, que conservó siempre la plena virginidad.
Por su singular privilegio de la Maternidad, María Santísima queda asociada a toda la Trinidad de un modo único e irrepetible. Con relación al Padre María en primer lugar fue asociada en la generación del mismo Hijo. “Ella sola con Dios Padre puede decir al Hijo: Hijo mío eres Tú” (Santo Tomás, Suma Teológica, III, 30, 1). Y con cierta especial razón se la llama Hija del Padre; título que es frecuente en los Santos Padres (Hija única, primogénita y predilecta). La razón es que María en su maternidad perfectísima muestra una semejanza con Dios Padre: el Padre engendra en una sola naturaleza, así Ella; el Padre engendra solo sin madre, Ella sola sin padre; el Padre engendra sin ninguna mutación, Ella sin lesión de la virginidad. Ahora bien, es propio del hijo proceder del padre como imagen y semejanza personal de él. De donde María, en la cual no sólo se tiene esta semejanza, sino a quien se ha dado el ser para mostrar esta semejanza, es de modo especialísimo Hija del Padre.
Con relación al Hijo es madre con una razón sobresaliente. Y también se la puede llamar esposa del mismo, título que es tradicional en los Padres y en la Liturgia. La razón puede ser la semejanza y analogía máxima que se da entre la unión de la Madre de Dios con Dios y la unión hipostática; ésta suele llamarse desposorio por los Padres. De donde también Santo Tomás dice que María, en nombre de toda la naturaleza humana dio su consentimiento para este matrimonio, lo cual es propio de la esposa (Santo Tomás, Suma Teológica, III, 30, 1).
Con relación al Espíritu Santo, María se dice, ya desde la antigüedad cristiana, templo del Espíritu Santo. Lo cual ciertamente lo obtiene no sólo por el título de la gracia santificante, sino por un título completamente especial; en cuanto protegida por la sombra del Espíritu Santo, bajo su acción fue madre del Verbo. Más recientemente se la llama Esposa del Espíritu Santo, título infrecuente en la antigüedad pero la Iglesia ha asumido en sus alabanzas a María Santísima.

(Fuentes, M., Cuarto mes de la novena de meses en preparación para el centenario de las apariciones de Nuestra Señora en Fátima, subsidio nº 7, 1 de noviembre de 2016)

Otro año termina. Con viva conciencia de la fugacidad del tiempo, nos encontramosreunidos esta tarde para dar gracias a Dios por todos los dones que nos ha concedido durante el 2004. Lo hacemos con el canto tradicional del Te Deum.

Te Deum laudamus! Te damos gracias, Padre, porque, en la plenitud de lostiempos, enviaste a tu Hijo (cf. Ga 4, 4), no para juzgar al mundo, sino para salvarlo con inmenso amor (cf. Jn 3, 17). Te damos gracias, Señor Jesús, nuestro Redentor, porque quisiste asumir de María, Madre siempre Virgen, nuestra naturaleza humana. En este Año de la Eucaristía, queremos agradecerte con fervor más intenso el don de tu Cuerpo y de tu Sangre en el Sacramento del altar. Te alabamos y te damos gracias, Espíritu Santo Paráclito, porque nos haces tomar conciencia de nuestra adopción filial (cf. Rm 8, 16) y nos enseñas a dirigirnos a Dios llamándolo Padre, «Abbá» (cf. Jn 4, 23-24; Ga 4, 6).

Amadísimos hermanos y hermanas de la comunidad diocesana de Roma, avosotros os dirijo ahora mi cordial saludo, en este encuentro de fin de año. Saludo ante todo al cardenal vicario, a los obispos auxiliares, a los sacerdotes, a las personas consagradas y a todos los miembros del pueblo cristiano. Saludo con deferencia al presidente de la región, al alcalde de Roma, al presidente de la provincia y a las demás autoridades civiles presentes. Queridos hermanos y hermanas, agradezcamos juntos a Dios las manifestaciones de bondad y misericordia con que ha acompañado, durante estos meses, el camino de nuestra ciudad. Que él lleve a cabo todos los proyectos apostólicos y todas las iniciativas de bien.

«Salvum fac populum tuum, Domine», «Salva a tu pueblo, Señor». Te lo pedimosesta tarde, por medio de María, al celebrar las primeras Vísperas de la fiesta de su Maternidad divina. Santa Madre del Redentor, acompáñanos en este paso al nuevo año. Obtén para Roma y para el mundo entero el don de la paz. Madre de Dios, ruega por nosotros.
(Viernes 31 de diciembre de 2004)

Queridos hermanos y hermanas: Todavía inmersos en el clima espiritual de la Navidad, en la que hemos contemplado el misterio del nacimiento de Cristo, con los mismos sentimientos celebramos hoy a la Virgen María, a quien la Iglesia venera como Madre de Dios, porque dio carne al Hijo del Padre eterno. Las lecturas bíblicas de esta solemnidad ponen el acento principalmente en el Hijo de Dios hecho hombre y en el «nombre» del Señor. La primera lectura nos presenta la solemne bendición que pronunciaban los sacerdotes sobre los israelitas en las grandes fiestas religiosas: está marcada precisamente por el nombre del Señor, que se repite tres veces, como para expresar la plenitud y la fuerza que deriva de esa invocación. En efecto, este texto de bendición litúrgica evoca la riqueza de gracia y de paz que Dios da al hombre, con una disposición benévola respecto a este, y que se manifiesta con el «resplandecer» del rostro divino y el «dirigirlo» hacia nosotros. La Iglesia vuelve a escuchar hoy estas palabras, mientras pide al Señor que bendiga el nuevo año que acaba de comenzar, con la conciencia de que, ante los trágicos acontecimientos que marcan la historia, ante las lógicas de guerra que lamentablemente todavía no se han superado totalmente, sólo Dios puede tocar profundamente el alma humana y asegurar esperanza y paz a la humanidad. De hecho, ya es una tradición consolidada que en el primer día del año la Iglesia, presente en todo el mundo, eleve una oración coral para invocar la paz. Es bueno iniciar un emprendiendo decididamente la senda de la paz. Hoy, queremos recoger el grito de tantos hombres, mujeres, niños y ancianos víctimas de la guerra, que es el rostro más horrendo y violento de la historia. Hoy rezamos a fin de que la paz, que los ángeles anunciaron a los pastores la noche de Navidad, llegue a todos los rincones del mundo: «Super terram pax in hominibus bonae voluntatis» (Lc 2, 14). Por esto, especialmente con nuestra oración, queremos ayudar a todo hombre y a todo pueblo, en particular a cuantos tienen responsabilidades de gobierno, a avanzar de modo cada vez más decidido por el camino de la paz. En la segunda lectura, san Pablo resume en la adopción filial la obra de salvación realizada por Cristo, en la cual está como engarzada la figura de María. Gracias a ella el Hijo de Dios, «nacido de mujer» (Ga 4, 4), pudo venir al mundo como verdadero hombre, en la plenitud de los tiempos. Ese cumplimiento, esa plenitud, atañe al pasado y a las esperas mesiánicas, que se realizan, pero, al mismo tiempo, también se refiere a la plenitud en sentido absoluto: en el Verbo hecho carne Dios dijo su Palabra última y definitiva. En el umbral de un año nuevo, resuena así la invitación a caminar con alegría hacia la luz del «sol que nace de lo alto» (Lc 1, 78), puesto que en la perspectiva cristiana todo el tiempo está habitado por Dios, no hay futuro que no sea en la dirección de Cristo y no existe plenitud fuera de la de Cristo. El pasaje del Evangelio de hoy termina con la imposición del nombre de Jesús, mientras María participa en silencio, meditando en su corazón sobre el misterio de su Hijo, que de modo completamente singular es don de Dios. Pero el pasaje evangélico que hemos escuchado hace hincapié especialmente en los pastores, que se volvieron «glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto» (Lc 2, 20). El ángel les había anunciado que en la ciudad de David, es decir, en Belén había nacido el Salvador y que iban a encontrar la señal: un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre (cf. Lc 2, 11-12). Fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al Niño. Notemos que el Evangelista habla de la maternidad de María a partir del Hijo, de ese «niño envuelto en pañales», porque es él —el Verbo de Dios (Jn 1, 14)— el punto de referencia, el centro del acontecimiento que está teniendo lugar, y es él quien hace que la maternidad de María se califique como «divina». Esta atención predominante que las lecturas de hoy dedican al «Hijo», a Jesús, no reduce el papel de la Madre; más aún, la sitúa en la perspectiva correcta: en efecto, María es verdadera Madre de Dios precisamente en virtud de su relación total con Cristo. Por tanto, glorificando al Hijo se honra a la Madre y honrando a la Madre se glorifica al Hijo. El título de «Madre de Dios», que hoy la liturgia pone de relieve, subraya la misión única de la Virgen santísima en la historia de la salvación: misión que está en la base del culto y de la devoción que el pueblo cristiano le profesa. En efecto, María no recibió el don de Dios sólo para ella, sino para llevarlo al mundo: en su virginidad fecunda, Dios dio a los hombres los bienes de la salvación eterna (cf. Oración Colecta). Y María ofrece continuamente su mediación al pueblo de Dios peregrino en la historia hacia la eternidad, como en otro tiempo la ofreció a los pastores de Belén.
Ella, que dio la vida terrena al Hijo de Dios, sigue dando a los hombres la vida divina, que es Jesús mismo y su Santo Espíritu. Por esto es considerada madre de todo hombre que nace a la Gracia y a la vez se la invoca como Madre de la Iglesia. En el nombre de María, Madre de Dios y de los hombres, desde el 1 de enero de 1968 se celebra en todo el mundo la Jornada mundial de la paz. La paz es don de Dios, como hemos escuchado en la primera lectura: «Que el Señor (…) te conceda la paz» (Nm 6, 26). Es el don mesiánico por excelencia, el primer fruto de la caridad que Jesús nos ha dado; es nuestra reconciliación y pacificación con Dios. La paz también es un valor humano que se ha de realizar en el ámbito social y político, pero hunde sus raíces en el misterio de Cristo (cf. Gaudium et spes, 77-90). En esta celebración solemne, con ocasión de la 44ª Jornada mundial de la paz, me alegra dirigir mi deferente saludo a los ilustres embajadores ante la Santa Sede, con mis mejores deseos para su misión. Asimismo, dirijo un saludo cordial y fraterno a mi secretario de Estado y a los demás responsables de los dicasterios de la Curia romana, con un pensamiento particular para el presidente del Consejo pontificio «Justicia y paz» y sus colaboradores. Deseo manifestarles mi vivo reconocimiento por su compromiso diario en favor de una convivencia pacífica entre los pueblos y de la formación cada vez más sólida de una conciencia de paz en la Iglesia y en el mundo. Desde esta perspectiva, la comunidad eclesial está cada vez más comprometida a actuar, según las indicaciones del Magisterio, para ofrecer un patrimonio espiritual seguro de valores y de principios, en la búsqueda continua de la paz. En mi Mensaje para la Jornada de hoy, que lleva por título «Libertad religiosa, camino para la paz» he querido recordar que: «El mundo tiene necesidad de Dios. Tiene necesidad de valores éticos y espirituales, universales y compartidos, y la religión puede contribuir de manera preciosa a su búsqueda, para la construcción de un orden social e internacional justo y pacífico» (n. 15). Por tanto, he subrayado que «la libertad religiosa (…) es un elemento imprescindible de un Estado de derecho; no se puede negar sin dañar al mismo tiempo los demás derechos y libertades fundamentales, pues es su síntesis y su cumbre» (n. 5). La humanidad no puede mostrarse resignada a la fuerza negativa del egoísmo y de la violencia; no debe acostumbrarse a conflictos que provoquen víctimas y pongan en peligro el futuro de los pueblos. Frente a las amenazadoras tensiones del momento, especialmente frente a las discriminaciones, los abusos y las intolerancias religiosas, que hoy golpean de modo particular a los cristianos (cf. ib., 1), dirijo una vez más una apremiante invitación a no ceder al desaliento y a la resignación. Os exhorto a todos a rezar a fin de que lleguen a buen fin los esfuerzos emprendidos desde diversas partes para promover y construir la paz en el mundo. Para esta difícil tarea no bastan las palabras; es preciso el compromiso concreto y constante de los responsables de las naciones, pero sobre todo es necesario que todas las personas actúen animadas por el auténtico espíritu de paz, que siempre hay que implorar de nuevo en la oración y vivir en las relaciones cotidianas, en cada ambiente. En esta celebración eucarística tenemos delante de nuestros ojos, para nuestra veneración, la imagen de la Virgen del «Sacro Monte di Viggiano», tan querida para los habitantes de Basilicata. La Virgen María nos da a su Hijo, nos muestra el rostro de su Hijo, Príncipe de la paz: que ella nos ayude a permanecer en la luz de este rostro, que brilla sobre nosotros (cf. Nm 6, 25), para redescubrir toda la ternura de Dios Padre; que ella nos sostenga al invocar al Espíritu Santo, para que renueve la faz de la tierra y transforme los corazones, ablandando su dureza ante la bondad desarmante del Niño, que ha nacido por nosotros. Que la Madre de Dios nos acompañe en este nuevo año; que obtenga para nosotros y para todo el mundo el deseado don de la paz. Amén.
(Sábado, 1 de enero de 2011)

SANTA MARÍA MADRE DE DIOS
Tres consideraciones acerca de esta solemnidad introducidas por sendas oraciones.
Admiración: Alma Redemptoris Mater
“Ante la admiración de cielo y tierra engendraste a tu propio Creador y permaneces siempre virgen”.
La admiración surge de la contemplación.
¿Qué contemplamos? Lo que dice el Evangelio. Que los pastores fueron a Belén y encontraron a un Niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre según le habían anunciado los ángeles. Y con el Niño estaban María y José.
Ese Niño es el Salvador, Cristo el Señor, les habían dicho también los ángeles a los pastores. Es Jesús, el Hijo del Altísimo, el heredero del trono de David, el rey de la casa de Jacob, cuyo reinado no tendrá fin, le dijo Gabriel a María. Este Niño es el Emmanuel de Isaías.
María ha dado a luz a Dios siendo virgen. Ese Niño posee una naturaleza humana como la nuestra y su cuerpo se lo ha dado María. Ese Niño es el Verbo eterno, la Palabra, es Dios y se ha hecho carne en el seno de María. Hoy contemplamos al Verbo hecho Niño en el pesebre de Belén y a su Madre que es la Madre de Dios.
María ha dado a luz a Dios y ha dado a luz permaneciendo virgen.
La solemnidad de hoy nos debe causar una gran admiración porque las obras de Dios son admirables.
Dios ha elegido una mujer, una representante de nuestra naturaleza humana para ser su Madre.
La Virgen María es una obra maestra de Dios.
Madre y Virgen. Madre por obra y gracia del Espíritu Santo y Virgen porque no conoció varón.
Jesús ha sido engendrado eternamente de Padre sin madre y ha nacido en el tiempo de Madre sin padre.
María da a luz en Belén a su Creador.

+ Glorificación: Magnificat

“Mi alma canta la grandeza del Señor… porque ha hecho obras grandes por mí”
Dios ha exaltado al género humano.
Lo ha exaltado al asumir una naturaleza humana.
Lo ha exaltado al nacer de una Madre humana.
La Virgen es una obra maestra de Dios. Es la “llena de gracias”. Así la llamó el ángel en la anunciación. Es admirable la obra de Dios en María. Desde toda la eternidad Dios se preparó una madre para que fuera la mejor de las madres, para su misión peculiar de ser Madre de Dios. La llenó de gracias y la hizo perfecta como todas las obras de Dios pero en ésta Dios “se esmeró”.
Es cierto que María posee la gracia de Dios de un modo singular pero Dios también nos quiere colmar de gracias a cada uno de nosotros como a ella. ¿Qué nos pide? La fidelidad. Ella es grande porque Dios la hizo grande pero es más grande por su fe. Porque ante la embajada del ángel supo decir sí a Dios entregándose sin reservas a la misión para la cual fue predestinada.
No sintamos celos por las gracias de María sino admirémonos de ella y de la obra que Dios ha hecho en ella.
El tres veces santo eligió nacer de una madre pura, santa y para ello escogió una virgen.
María nos trajo a Jesús que es el Hijo de Dios hecho hombre y por Él, por su rescate también nosotros hemos sido exaltados. Somos hijos de Dios, tenemos por madre a la Madre de Dios, somos hermanos de Jesús, el hombre Dios.
La celebración de hoy debe ser un canto de gloria a la gracia de Dios, a su misericordia y a su omnipotencia.

+ Consagración: Sub tuum presidium

“Bajo tu amparo nos acogemos Santa Madre de Dios”
La Iglesia pone al comienzo del año la solemnidad de Santa María Madre de Dios y la pone para que lo consagremos a ella. Pongamos pues este año bajo el amparo de María.
Porque es la Madre de Dios. Ha engendrado al Hijo de Dios según la naturaleza humana. Le ha dado un cuerpo a su Santísima Humanidad.
Nos confiamos a ella porque es Madre de Dios, es la omnipotencia suplicante. Dios todo lo puede, para Él nada es imposible y nada niega Dios a su madre en el cielo como nada le negó en la tierra. María por ser Madre de Dios se apropia de la omnipotencia divina y su súplica ante Dios en favor nuestro es infalible.
Porque es nuestra Madre. Desde el Calvario también María es nuestra Madre. Tenemos por madre a la Santísima Virgen María, a la Madre de Dios. Y María quiere cuidarnos porque ese fue el encargo que le hizo el mismo Cristo antes de morir “Mujer, ahí tienes a tu hijo” y María esta empeñada en cuidarnos y quiere llevarnos al cielo.
Que mejor que comenzar el año admirándonos de la grandeza de Dios y de su Madre, de corresponder glorificándolos y cantando su grandeza y de consagrarnos a ellos para que nos santifiquen. A Jesús por María. Por eso ponemos este año que comienza en tus manos madre.

La maternidad divina de María en los Sermones de san Vicente Ferrer

San Vicente profesaba este misterio como lo profesan todos los fieles. En definitiva se trata de un dogma de fe. Es interesante ver cómo explica una verdad tan alta utilizando metáforas y comparaciones ingeniosas. El uso de la metáfora y de la analogía es legítimo, no sólo en la predicación y en la catequesis, sino en la misma teología. Para la comprensión de las verdades de fe, dice el Vaticano I que recurramos a la analogía (Constitución dogmática De fide catholica, cf. Denz. 1796). De hecho, el Vaticano II ha hecho la teología de la Iglesia a base de metáforas, como vemos en los dos primeros capítulos de la constitución Lumen Gentium (particularmente abundan las metáforas sobre la Iglesia en el nº 6. Pero la teología está hecha en el nº 7 a base de la metáfora paulina del cuerpo y en todo el capítulo segundo a base de la metáfora de pueblo). Y el propio San Pablo nos habla del misterio de la encarnación utilizando la metáfora del vestido (Filipenses, 2,6-7).

El santo expone la maternidad divina de María con metáforas muy expresivas.
Vamos a recoger cuatro:
–La esclavina del peregrino.
–El cristal cromado.
–El vellón de lana y la tierra fecunda.
–El pergamino escrito.

A) La esclavina del peregrino.- Comenta en un sermón las palabras que los discípulos de Emaús dirigieron al caminante que se les hizo el encontradizo. “¿Eres tú el único peregrino en Jerusalén que no conoce lo sucedido allí?” Cristo, dice, es el peregrino. Vistió como los peregrinos; caminó por caminos parecidos a los suyos; se hospedó en alojamientos, sorteó peligros y llevó insignias parecidas a los alojamientos, a los caminos y a las insignias de los peregrinos. Justifica cada uno de estos capítulos haciendo comparaciones ingeniosas entre lo que significan y la analogía que tienen con determinados detalles de la vida del Señor.
Interesa a nuestro propósito el detalle del vestido. El peregrino tiene una manera característica de vestir. Tiene su atuendo especial, del que forman parte la esclavina, el bolso, el báculo y el sombrero. La esclavina y el sombrero le sirven para defenderse de las inclemencias del frío, de la lluvia y, del sol; el bolso, para guardar su elemental equipo de viaje; el báculo, para caminar un poco menos cansadamente. El Señor “se dice peregrino por el hábito que vistió. Llevó esclavina, bolso, báculo y sombrero”. Cada una de estas cosas corresponde a un momento de su vida. La esclavina, a la encarnación. La esclavina cubre el cuerpo del peregrino y la carne que le dio María cubrió la divinidad del Verbo.
«La esclavina, sigue el texto del sermón, es su carne, que le fue dada en las entrañas de la bienaventurada Virgen. Porque, como dice Santo Tomás en la tercera parte de la Suma y, en el libro tercero de las Sentencias, la Virgen María tuvo parte activa en la preparación de la materia, aunque la concepción, como se dice en el mismo lugar, se atribuye eficientemente al Espíritu Santo; si bien fue toda la trinidad o fueron las tres personas las que la hicieron. Esta esclavina fue purísima en su principio, como formada de la purísima sangre de la Virgen, limpia de todo pecado. Por eso dice el Señor de sí mismo en el apocalipsis y de cuantos visten esclavinas o cuerpos puros: caminarán conmigo vestidos de blanco porque son puros» (Segundo sermón del día de Pascua).
Sigue luego el texto desarrollando la metáfora de la esclavina que Cristo recibió de María, y dice que cambió de color a lo largo de su existencia. Y así, en la cruz se hizo roja, porque fue bañada en su sangre. Y trae a propósito un texto de Isaías. Luego, al morir, se hizo negra. Porque el sol, que es Cristo, tomó el color de saco hecho de pelo de cabra cuando el cordero abría el sexto sello, según se lee en el apocalipsis.
La explicación del misterio de la encarnación es cabal; como la de la maternidad divina de María. Ella engendró la humanidad con la que el Verbo se revistió; humanidad sujeta durante la vida a muchas mudanzas. Es, pues, madre del Verbo encarnado. Y quien la fecundó para hacer efectiva esta maternidad fue, por atribución, el Espíritu Santo; y de hecho, toda la Trinidad. Recoge en esto la doctrina del undécimo Concilio de Toledo (Denz. 284), que Santo Tomás recuerda también en la tercera parte de la Suma (Suma Teológica, III, 3,4).

El cristal cromado.- En un sermón que predicó el día de la vigilia de Pentecostéshabla de la maternidad divina de María, explicándola con la metáfora del cristal cromado. Aquí la imaginación se desborda. En esta metáfora, que es muy compleja, no sólo queda apresada la Virgen. Quedan también las tres personas trinitarias, que fueron el principio fecundador de su maternidad. En la analogía del cristal cromado caben con justeza todo el misterio de la encarnación y el de la virginidad. Juegan en esta exposición cuatro elementos. Tres divinos: el sol, que es el Padre; el calor procedente del sol, que es el Espíritu Santo, y el rayo, procedente asimismo del sol, que es el Verbo. Y uno humano, María, que es el cristal en el que actúan los tres. Pero para que la comparación sirva al caso que el santo se propone, que es manifestar la maternidad de María, el cristal es cromado (Sermón de la vigilia de Pentecostés). Más adelante veremos que la metáfora sirve también para explicar la virginidad en el alumbramiento del Señor y el embellecimiento que esta virginidad confiere a la madre.
El sol, el calor y el rayo actúan sobre el cristal cromado. En María, que es este cristal, actúan las tres personas de la trinidad, aunque la intervención se atribuya por apropiación sólo al Espíritu Santo. El único de los tres que traspasa el cristal tomando de él su color es el rayo. En este caso, el Verbo, quien, utilizando términos clásicos, decimos que intervino activamente, junto con el Padre y con el Espíritu, en la asunción de la naturaleza humana, pero sólo Él se quedó tomando y apropiándose lo que era propio del cristal, el color, con una intervención que se llama terminativa. En otras palabras. Él solo, y no los otros, se quedó con nuestra naturaleza, donada por María y significada por el color del cristal. Color del que no participan ni el sol ni el calor, pero sí el rayo que lo atraviesa. La Virgen, que es el cristal, da al Verbo, que es el rayo, la naturaleza humana; y con ello resulta que se ha convertido en madre del Verbo encarnado.

Pero hay aquí un detalle más que conviene tener en cuenta, porque enriquece el concepto de la divina maternidad. Es cierto que el rayo toma el color del cristal, y que el Verbo toma la naturaleza humana de María. Pero es cierto también que el cristal cromado se embellece cuando lo atraviesa el rayo de luz. Su color cobra vida, y diríase que se perfecciona. Así sucedió en este caso, porque cuando el Verbo tomó carne en las entrañas de Santa María, quedó ella sobrenaturalmente embellecida con la gracia de la divina maternidad. Esta no es solamente una maternidad física, biológica y material, que dejaría a la madre en su estado natural. En ella va implicada una perfección sobrenatural, una gracia que la eleva, convirtiéndola en divina.

El vellón y la tierra fecunda.- Hace San Vicente una glosa de los textos de David ydel profeta Ageo en los que la Virgen está representada por el vellón de lana y por la tierra fecunda. Bajará el rocío sobre el vellón y la lluvia sobre la tierra, dice David. Y Ageo añade: conmoveré la tierra, el cielo y el mar, y vendrá el deseado de las naciones. El rocío que cala y penetra secreta y silenciosamente en el vellón de lana y la conmoción del cielo, de la tierra y del mar en la venida del Señor le dan pie para afirmar la fecundidad divina de María y algunas circunstancias que rodearon el proceso de su maternidad.
«Ved, dice, cómo la encarnación fue oculta y secreta. De ella habla así David: “Descenderá como rocío sobre el vellón. A María la llama vellón, porque, como de la lana blanca se hace vestido para vestir, de la carne pura y limpia de la Virgen recibió su carne Cristo. Luego añade el profeta que caerá como lluvia que penetra en la tierra; porque, como la tierra fructifica, la Virgen María nos dio un fruto que es el hijo de Dios hecho hombre. El rocío cae sobre el vellón de lana sin sentirlo, y, como en secreto. Y así el Hijo de Dios descendió secretamente cuando lo anunció el ángel, hasta el punto que nadie supo nada de esto entonces más que el propio ángel y María. Es clara la diferencia que hay entre la encarnación y el nacimiento» (Sermón de la vigilia de Navidad).
Esta diferencia la da a conocer en el sermón del día siguiente, explicando el oráculo de Ageo. «Dentro de poco conmoveré el cielo, la tierra, el desierto y el mar; y vendrá el deseado de las gentes. Dice Ageo que conmoverá el cielo; y se explica porque, como asegura Santo Tomás en la primera parte de la Suma [Teológica], cuando un ángel recibe de Dios alguna revelación la comunica a los demás, de donde resulta que allí no hay nada que se mantenga secreto. Por eso el arcángel Gabriel, una vez que la trinidad le reveló la encarnación y el nacimiento del Señor, hechos de los que iba a ser nuncio, los dio a conocer a los demás; y así todo el cielo se conmovió de gozo y alegría. Y los malos también, porque veían en esto la reparación de la ruina por ellos causada. También se conmovió la tierra. La tierra era la Virgen, que iba a fructificar dándonos el fruto de la vida, y que se había conmovido al recibir el anuncio del ángel, como nos dice San Lucas. Se conmovieron así mismo el mar y el desierto, cuando, por el edicto del emperador, todas las gentes acudían a sus ciudades respectivas, unas por mar y otras por tierra. Así vino el deseado de todas las gentes» (Sermón del día de Navidad).
Las dos metáforas, unidas en el texto de David, el vellón sobre el que cae silenciosamente el rocío y la tierra en la que cae el agua para fecundarla, tierra que a su vez se conmueve en el texto de Ageo, dan pie al santo para exponer con toda sencillez y claridad los misterios de la encarnación silenciosa, del nacimiento acaecido en medio de una conmoción universal y de la fecundidad divina de María en la que el Verbo se encarnó siendo fruto benéfico para nosotros.

El pergamino escrito.- San Vicente suele hacer en sus sermones escapadasmarianas, aunque no cuadre bien ni parezca oportuno hablar de la Virgen en el tema que está desarrollando. Así sucede con la analogía que ahora vamos a referir: es la metáfora de la página, en la que el Padre escribió su palabra eterna. Esta página es María. Está predicando el evangelio de la mujer adúltera, y versa el sermón sobre las muchas enseñanzas que se desprenden del hecho y de las palabras que el Señor dirigió a los acusadores. Pero hay un detalle: Jesús escribía en tierra. Al santo le viene a la mente que Jesús es la palabra del Padre; que la palabra se escribe; y que el libro o la página en la que el Padre la escribió es María. Ya ha encontrado oportunidad, aunque sea una digresión en el desarrollo de la homilía, para hablar de la divina maternidad de la Señora.
«Jesús es la palabra eterna de Dios Padre, y no es una palabra transitoria, como la que nosotros decimos con la boca. El Padre escribió esta palabra en una membrana virginal, en las entrañas de la Virgen María, porque leemos en San Juan que la palabra se hizo carne. Y en Isaías: “Toma un libro grande y, escribe en él”. Este libro es la Virgen María, más grande que el cielo y la tierra, De ella dice el bienaventurado Bernardo en una homilía sobre el evangelio “missus”: “¡Oh entrañas, más grandes que el cielo, porque quien en el cielo no cabía se encerró en vosotras!”. En este libro escribió el Padre su palabra eterna en el mismo instante en que 1a Virgen consintió a las palabras del ángel diciendo: “he aquí la esclava del Señor”. Porque en ese mismo instante la Palabra asumió la naturaleza humana para salvarnos y no para condenarnos» (Sermón del tercer domingo de Cuaresma).
Partiendo del hecho de que el Hijo, al proceder del Padre por vía de entendimiento, tiene razón y ser de palabra mental, y de que San Juan dice en el prólogo del evangelio que Jesús es precisamente Palabra, parece normal que a la Virgen, que es su madre, se la llame página o libro en el que el Padre escribió su Verbo. Y tenemos aquí otra imagen de la maternidad. Sin embargo hay que decir que esta metáfora, aunque muy bella, expresa la maternidad con menos exactitud que las tres anteriores. En las anteriores se veía a María ejerciendo la función activa de dar al Verbo la naturaleza humana. Bien porque cubría al peregrino (al Verbo) con la esclavina (con su carne); bien porque daba al rayo de luz el color que ella tiene (su carne también); bien porque hacía germinar el fruto de esa tierra que era ella misma. Aquí, en cambio, en esta metáfora del libro o de la página, su función sólo aparece pasiva. Es el Padre quien escribe. Ella recibe la escritura. El Padre manda o envía al Verbo, y ella lo recibe. Es cierto que el Padre no envía al Verbo hecho ya carne; y que quien se la da es María. Pero esto no queda reflejado en la metáfora utilizada aquí, como se reflejaba en las tres metáforas anteriores.

(Sauras, E., La maternidad divina de María en los Sermones de san Vicente Ferrer,
Rev. Teología Espiritual, Valencia 1972, vol. XVI, nº 46)

1.- Celebramos hoy la Fiesta de María Madre de Dios.

2.- Los Testigos de Jehová que van engañando a los ingenuos que les escuchan les dicen: «¿Cómo María va a ser Madre de Dios si Dios es antes que María? Dios es eterno y María no. ¿Puede un hijo ser anterior a su madre?

3.- Con falacias como ésta quitan la fe a muchos católicos.

4.- Cuando sabes la solución, no te influyen; pero muchos no saben qué responder y su fe se tambalea.

5.- María es MADRE DE DIOS porque es madre de Jesús, y si Jesús es Dios, Ella es Madre de Dios.

6.- Como si a uno le hacen alcalde: su madre es madre del alcalde. Ella no le dio la alcaldía, pero como él es alcalde y ella es su madre, con todo derecho es madre del alcalde.

7.- María no le da la divinidad, pero como lo que nace de Ella es Dios, con todo derecho se la puede llamar MADRE DE DIOS.

8.- Al ser madre de Dios, Es la joya de la humanidad, la perla de la creación, pues Dios la proyectó para ser su Madre.

9.- Pío XII la llamó sol de la Iglesia, lo mismo que la madre es el sol de la familia; pues la madre calienta con su amor, la ilumina con su luz orientándola a la unión y la paz, y en su ocaso se oculta para que brillen otras estrellas: sus hijos.

10.- Y Juan Pablo II la presenta como modelo de fe. Por eso Isabel la llama bienaventurada, porque creyó. Al revés que Zacarías. Las dos respuestas son similares. Pero María no dudó del hecho. Preguntó sobre el modo, aclara San Agustín

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