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Olor de madera suave,

fragancia de casa limpia.

José barre las virutas

entre herramientas sencillas:

formón, martillo, serrucho,

tenaza, escoplo, escofina;

silbando pasa la tarde

allá en la carpinterı́a.

¿Habrá señor más dichoso?

¿Habrá pobreza más rica?

¡Le tiemblan las gruesas manos

cuando piensa que su vida

la comparte con la Rosa

y el Lirio entre las espinas!

Ya terminó las faenas

que trajinara aquel dı́a

y acomoda el tallercito

de costumbre, de alegrı́a,

de confianza en el Eterno,

para quien es garantı́a,

de acción de gracias espléndida,

de oración, de melodı́a.

Mientras el cuerpo descansa

el alma se regocija.

 

No se halla solo José:

en la casa está Marı́a

que inunda con su presencia

graciosa toda la finca;

por ella cantan las aves,

por su amor las flores brillan,

por ella los corderillos

retozan balando dichas,

por ella el Niño Jesús

endulza siempre sonrisas,

por ella, siempre por ella,

que, si no, ¿por quién serı́a?

Al hogar de Nazaret

hay ángeles que lo envidian.

 

Pues ¡qué bello es Nazaret!

con esa belleza limpia,

esa belleza que tiene

no sé qué de maravilla,

fulgor de estrellas gozosas

con pétalos de alegrı́a,

¡un rinconcito de cielo

se ha posado en esa villa!

¡Todo Nazaret reluce

desde esa casa divina!

 

José barre las virutas

mientras Marı́a cocina.

¿Y el Niño Jesús? Pues juega

como cualquier niño harı́a.

 

En eso llega la reina

allá a la carpinterı́a.

«José ¿no has visto a Jesús?»

«¿Cómo dices, vida mı́a?

«Que al Niño en toda la casa

no lo encuentro todavı́a.

¿Estará jugando afuera?

¡si es tan pequeño mi vida!»

¡Qué dolor si falta el Niño,

son instantes de desdicha!

José ha dejado la escoba

posada contra una silla

mientras recorre la estancia

con su mirada Marı́a.

Parece no estar… ¿acaso…?

pero no, en aquella esquina

está jugando Jesús

con un par de maderitas.

 

«Mi Jesús ¿qué estás haciendo?»

«Estoy jugando, mamita»

responde el niño y, callado,

alguna cosa martilla.

Embelesada la Virgen

lo mira y tanto lo mira

que de mirarlo su espíritu

del de su Hijo se anima.

Clava el niño suavemente

con sus pequeñas manitas

y contempla satisfecho

el trabajo que termina.

«¿Qué es eso?» dice José.

«Pues ¿cómo? ¿No lo adivinan?»

Calla un instante el pequeño,

esboza al fin una risa

y muestra lo que ha clavado

al tiempo que les explica:

«son solo dos retacitos,

con que armé una crucecita».

Mira sereno José,

también serena Marı́a.

Alzan en brazos al Niño

con esa cruz pequeñita.

¡Cuánto comprende José!

¡Cuánto comprende Marı́a!

Y en el alma de la Virgen,

de esa cruz se hincó una astilla.

P. Ignacio Caratti, IVE

07/08/2016

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