La tristeza del Corazón de Jesús

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Introducción

Uno de los aspectos que más nos llaman la atención y que parece estar siempre como telón de fondo en todas las apariciones del Sagrado Corazón a Sta. Margarita María de Alacoque, es la profunda tristeza de Nuestro Señor, en especial de su amantísimo Corazón.

Ya desde la primera aparición, nuestro Señor manifiesta que Él está triste: “He aquí el Corazón que ha amado a los hombres con tanto extremo que no ha perdonado desvelos, hasta agotarse y consumirse por testificarles amor, y por toda correspondencia sólo recibe de la mayor parte de ellos ingratitudes, significadas en los menosprecios, desacatos, sacrilegios y frialdades con que me tratan en este Sacramento de amor

La tristeza lo consume y lo mueve a establecer esta devoción. La devoción al Sagrado Corazón es sin duda una devoción al gran amor que el Verbo Encarnado nos tiene a todos nosotros, los hombres, pero también es una devoción que nace de la conciencia de saber que Él está triste y necesita imperiosamente ser confortado. Reparación, consuelo y compañía son palabras claves y constantes en los escritos de Sta. Margarita y del p. Juan Croiset, que no dejan pasar por alto el hecho de que Jesús está triste.

El Quijote tiene ese bellísimo apelativo del caballero de la triste figura, que sin duda alguna la ha tomado de Jesucristo, quien es el verdadero y analogado principal de toda tristeza, porque la tristeza que él sufrió fue y es la mayor de todas. Nuestro Salvador es el caballero de la triste figura, tal como lo vemos en los Ecce Homo y a lo largo de las apariciones de su sagrado Corazón.

Creo yo, entonces, que es muy importante y esencial a esta devoción considerar las tristezas del Corazón de Nuestro Señor, porque si no tenemos una conciencia clara y una certeza segura de que Jesús está triste, ofendido y abandonado, no podremos entregarnos de lleno a ser apóstoles del Corazón de Nuestro Salvador. La urgencia de esta devoción y la imperiosa necesidad de hacerla conocer y difundirla, proviene de que Jesús está triste y quiere ser consolado. Es el mismo rostro de nuestro Señor y esa agonía que Él sufre constantemente, como veremos en esta charla, la que nos mueve a no parar hasta que Él sea consolado completamente.

La más grande tristeza (Santo Tomás de Aquino)

Sto. Tomás de Aquino explica en su Suma Teológica (III, 46, 6), que Jesucristo sufrió el mayor de los dolores durante su Pasión. Nadie sufrió tanto como Jesús… y nadie sufrirá tanto como Él. Y explica que la tristeza que Él sufrió, que fue su dolor interno, fue la mayor de todas. Y esto en razón de:

  1. Las causas de semejante tristeza: la tristeza de Nuestro Salvador era causada en primer lugar, por todos los pecados de todos los hombres, que Él tomó sobre sí, como si hubiesen sido cometidos por Él mismo; en segundo lugar, su tristeza era causada más particularmente por los pecados de los que lo condenaban, los judíos y por el abandono de los apóstoles. Y, en tercer lugar, Jesucristo estaba tan triste porque tenía que morir, cosa que es del todo repugnante a la naturaleza.
  2. En segundo lugar, la tristeza de Nuestro Salvador fue la más grande de todas por su capacidad de aprensión y entendimiento. Como Dios y como el hombre más perfecto, Jesucristo consideró, vio y entendió completamente el odio de los judíos, el menosprecio de los romanos, el abandono e infidelidad de los apóstoles y las ofensas de todos los hombres desde Adán hasta el fin de los tiempos. Semejante inteligencia y compresión no podían sino causarle tristeza inmensa y sin medida. El hecho de comprender la malicia del hombre, la ingratitud, la cobardía, la pereza e indiferencia completamente le causó una tristeza como nunca hubo ni habrá. A nosotros jamás nos puede pasar algo así, porque nunca llegamos a comprender y conocer totalmente la mente de los demás. Seremos ofendidos, menospreciados, ignorados, humillados, pero nunca podremos ver con cuanta malicia, con cuanto menosprecio fuimos tratados.
  3. En tercer lugar, decimos que la tristeza de Nuestro Divino Salvador fue la más grande que jamás existió porque Él quiso estar totalmente triste. Él no se distrajo ni buscó consuelo en alguna otra cosa. Nosotros cuando sufrimos, siempre encontramos algún tipo de consuelo que nos alivia la tristeza. Basta algún deporte, alguna distracción, una buena comida, o bebida para que nuestro dolor sea apaciguado. O incluso el pensar en el Cielo y en Jesucristo nos hace llevar las tristezas de este valle de lágrimas fácilmente y amenamente. Pero no fue así con Nuestro Señor, Él quiso estar triste y bien triste. Cosa que vemos en el hecho de que, cuando se le ofreció el vino con mirra antes de ser crucificado, como sedante o lenitivo (Mc 15,23), tan sólo lo gustó y no lo tragó, de tal modo que sufrió el horrible gusto de semejante bebida en su boca, sin que le proporcionase el alivio en sus dolores. “Él, después de probarlo, no lo quiso tomar” (Mt 27.34). Quiso sufrir completamente… incluso su tristeza; por eso controló todas sus potencias y pasiones para concentrarse en su tristeza y no aliviarla en nada, tal como dice el Damasceno.
  4. Por último, Sto. Tomás dice que nos damos cuenta del tamaño de la tristeza de Nuestro Salvador al considerar el fruto que obtuvo nuestro Señor con su Pasión, que fue la salvación del mundo. Como el efecto debe ser proporcionado a la causa, debemos decir entonces decir que su tristeza fue sin medida, pues fue su efecto la salvación del mundo. Por eso podríamos decir que Nuestro Señor salvó al mundo con su tristeza.

Por estas razones podemos inferir que la tristeza de Nuestro Salvador durante su Pasión fue la más grande que jamás existió y existirá. Todas nuestras tristezas, desolaciones y preocupaciones son poca cosa si las comparamos con Nuestro Señor. A nosotros nunca nos falta el consuelo de saber que Él sufre con nosotros y de que nos apoya y consuela en las cruces de cada día… Pero Él estuvo solo.

Una vez que entendemos todo esto, podemos aplicar sin vacilaciones el pasaje del Libro de las Lamentaciones (1,12), a Nuestro Señor: “Mirad, y ved si hay dolor como mi dolor que me ha venido”.

Esta inmensurable tristeza es la que presenta Nuestro Señor a Sta. Margarita. Es por eso que, en una de las Meditaciones de los Primeros Viernes, el p. Croiset, mencionando lo que ya dijimos, dice:

“Representémonos el estado de tristeza en el que quedó sumido el Hijo de Dios cuando permitió que su imaginación le dibujara nítidamente los tormentos aterradores y los insultos humillantes que iba a sufrir hasta el fin del mundo, de manos de tres clases de personas: de los judíos de su tiempo que lo iban a rechazar; de los herejes que lo reconocerían pero que rechazarían creer en sus dones; y de los católicos que, creyendo en sus beneficios, los pagarían con una gran ingratitud. Fue ante esta visión cuando Jesús empezó a tener miedo, como nos dice el Evangelio, a agotarse y a entristecerse; y, finalmente, cayó en una especie de agonía mortal, sin recibir consuelo de nadie, ni siquiera de sus discípulos más leales, a quienes se quejó, diciendo: «Está triste mi alma hasta el punto de morir». Imaginemos que es a nosotros a quien Jesús transmite esta queja: «Me abandonáis al verme en un estado tan terrible»”.[1]

El motivo más grande su tristeza: el desprecio de sus amigos ( Luis de la Palma)

En la Meditación para el segundo viernes de noviembre, el p. Croiset reflexiona sobre qué motivo fue el que más tristeza le trajo a Nuestro Señor durante su Pasión, el cual podemos aplicar sin temor a equivocarnos, al Sagrado Corazón. El motivo que más tristeza le trajo no fue la muerte ignominiosa que debía sufrir, ni los tormentos indecibles que debía soportar. No fueron tampoco los insultos y humillaciones de sus enemigos, ni tampoco la indiferencia de las personas ajenas… Lo que más le causó tristeza fue el abandono de sus amigos. El p. Croiset pone en boca de Nuestro Señor estas palabras: “Las ofensas que voy a recibir por parte de mis enemigos no me asustan, pero me aflige el desprecio que preveo de mis propios hijos. Me duele la ceguera de mis enemigos, pero la tremenda ingratitud de los míos me atraviesa el Corazón”.[2]

En la Tercera Revelación, Sta. Margarita cuenta que, “estando expuesto el Santísimo Sacramento, se presentó Jesucristo resplandeciente de gloria, con sus cinco llagas que se presentaban como otros tantos soles, saliendo llamaradas de todas partes de Su Sagrada Humanidad, pero sobre todo de su adorable pecho que, parecía un horno encendido. Habiéndose abierto, me descubrió su amabilísimo y amante Corazón, que era el vivo manantial de las llamas. Entonces fue cuando me descubrió las inexplicables maravillas de su puro amor con que había amado hasta el exceso a los hombres, recibiendo solamente de ellos ingratitudes y desconocimiento”. Y Jesús le dijo a ella:

Esto [la indiferencia e ingratitud] fue lo que más me dolió de todo cuanto sufrí en mi Pasión, mientras que si me correspondiesen con algo de amor, tendría por poco todo lo que hice por ellos y, de poder ser, aún habría querido hacer más.

Mas sólo frialdades y desaires tienen para todo mi afán en procurarles el bien. Al menos dame tú el gusto de suplir su ingratitud de todo cuanto te sea dado conforme a tus posibilidades”.

Al abandono y menosprecio de sus amigos, se suma también la traición de mucho ellos, en especial con el pecado mortal, que hacen el oficio de Judas. La traición de este apóstol, fue también parte de su principal motivo de tristeza. Dice el p. Luis de la Palma: “Y no es de olvidar que entre las demás penas sintió el Salvador en este punto la injuria del Apóstol que le vendía; que aunque le dolía la malicia de los judíos, pero mucho más la de Judas, y el ser vendido, no por cualquiera de sus discípulos, más por uno de los doce, que era su Apóstol y compañero, y que cada día comía con Él”.[3] En otra parte, el mismo autor, al hablar de cómo Nuestro Señor despertó a los discípulos en el Monte de los Olivos, dice algo de mayor consideración: “No dejaría de causarle mucho sentimiento [a Jesús] ver qué vivo y despierto andaba Judas en la traición y qué remisos y dormidos estaban los suyos en la oración”[4]. ¿Cuántas veces sucede así con nosotros? Es de mucha tristeza para el Señor cómo los hijos de las tinieblas, los mundanos andan tan despiertos y son tan laboriosos para conseguir sus pecaminosas intenciones, mientras que los hijos de la luz, sus amigos y discípulos son tan indiferentes, perezosos y pendencieros entre ellos mismos.

De aquí que, a la tristeza del abandono, indiferencia e incluso traición por parte de sus amigos, se sumase también el odio de sus enemigos. ¡Cuán triste puso y pone a Jesús todos aquellos hombres que le rechazan y luchan en su contra! El hecho de pensar que Él moría por ellos y que los amaba tiernamente, y aún así, le responden con odio e ignominia, no podía sino causar grandes penas y amarguras al Corazón de Nuestro Señor. (Esta tristeza es también una de las razones que mueve a los misioneros a salir para las misiones… para aliviar la tristeza del Salvador haciendo que todos los hombres lo amen).

Triste hasta el fin del mundo ( Cornelio Fabro)

Ahora bien, esta tristeza que Nuestro Salvador sufrió tan agudamente durante toda su Pasión, la sufre de continuo en cada momento. Es un misterio difícil de entender y cuesta compaginarlo con el hecho de que Jesucristo está en el Cielo revestido de luz y majestad, impasible y glorioso. Pero si seguimos las revelaciones de algunos santos, sin lugar a duda que tenemos que decir que Jesús continúa sufriendo de algún modo en mi presente por mis pecados y hasta el final de los tiempos por cada hombre.

Para lograr entender esto, ayuda mucho verlo en la vida de Santa Gemma Galgani. Fabro dice:

“Hay una carta de Gemma al P. Germano (del 22 de abril de 1901) que quizá nos pueda ilustrar un poco. A las peticiones de la Santa: Jesús «…responde sí, pero tiene lágrimas en los ojos. Cuando me pongo a rezar, cualquiera que sea la oración, me mira y llora (es decir, me parece ver lágrimas en sus ojos)». Y surge una tentativa de diálogo: «Nunca me atrevo a preguntarle nada. Ayer por la mañana, obligada por obediencia a preguntárselo, le dije: Jesús, ¿por qué lloras?; y me contesta: Hija mía, no me lo preguntes… Me hizo llorar también a mí…, me pareció que me abrazaba con más fuerza que de costumbre, y me dio un beso en la frente»”.

Luego, el p. Fabro comenta cómo Sta. Gemma se considera la única culpable de la tristeza de Jesús… son los pecados de ella los que hace sufrir a Jesucristo aquí y ahora. Cristo se le aparece sufriendo, le hace tocar sus llagas y le dice que está triste. El p. Fabro entonces concluye:

“…el Cristo que aparece llorando, sufriendo hasta derramar sangre, crucificado…, renueva místicamente, los dolores de la Pasión por nuestros pecados. Entonces, a cada pecado del hombre sufre Jesús místicamente, y por tanto realmente, incluso hoy, como sufrió ayer y sufrirá mañana. Se trata, pues, de que para Cristo Hombre-Dios –síntesis real de lo finito y de lo Infinito, de tiempo y de eternidad…– las dimensiones del tiempo no se corresponden como en nosotros: de hecho, en los hombres, para realizarse, debe despegar y despegarse del pasado y acoplarse al futuro”. “Aunque la agonía de Jesús sea un hecho localizado en el pasado, tanto en el tiempo como en el espacio, sin embargo, por su transcendencia, es coextensiva a toda la historia de la humanidad”.

Una vez que entendemos esto, no nos sorprende que Jesucristo esté triste durante el curso de las apariciones a Sta. Margarita. Le muestra a ella un Corazón traspasado y dolorido, coronado de espinas y encabezado con una cruz. Es una imagen tétrica que habla de alguien que está ofendido gravemente y que pide a gritos reparación.

Lo entendemos mejor cuando consideramos otra visión, esta vez del Padre Pío. Permítanme leer el texto, que aunque extenso amerita su lectura completa:

“[La visión] «El viernes por la mañana estaba yo aún en la cama cuando se me apareció Jesús. Estaba totalmente desarreglado y desfigurado. Me mostró una gran multitud de sacerdotes, entre los cuales varios dignatarios eclesiásticos. De éstos, unos estaban celebrando, otros se estaban preparando, y otros despojándose de las sagradas vestiduras. El ver a Jesús con aquella angustia, me daba mucha pena. No obtuve ninguna respuesta. Pero su mirada se dirigía hacia aquellos sacerdotes y, como si se hubiera cansado de mirar, retiró la vista; y cuando la alzó hacia mí vi, con gran horror, que dos lágrimas le surcaban las mejillas. Se alejó de aquella turba de sacerdotes con gran expresión de disgusto y de desprecio sobre el rostro gritando: ¡Carniceros…!». [La explicación de Jesús] «Y dirigiéndose a mí, dijo: Hijo mío, no creas que mi agonía duró tres horas, no; yo estaré, por las almas más beneficiadas por mí, en agonía hasta el fin del mundo. Durante el tiempo de mi agonía, hijo mío, no hay que dormir. Mi alma va en busca de alguna gota de piedad humana; pero, por desgracia, me dejan solo bajo el peso de la indiferencia. La ingratitud y el sueño de mis ministros me hacen más gravosa la agonía. ¡Ay de mí…! ¡Qué mal corresponden a mi amor…!»”.

Sin lugar a duda este es el espíritu de las apariciones del Corazón de Jesús a Sta. Margarita. Ella entendió también que Jesús está en agonía hasta el fin de los tiempos, como dijo Pascal, y por lo tanto quiere ardientemente que lo consolemos

Conclusión: Consolar a Jesús (Pío XI)

El escudero Sancho fue quien le puso al Quijote el nombre de el Caballero de la Triste Figura. A Don Quijote le gusto sobremanera y respondió que quería que semejante nombre se usase desde ese instante en adelante, y para que se le recordarse como tal, hizo pintarse una triste figura en su escudo.

Lo mismo sucede con Nuestro Señor, pero de una manera mucho más superior. Él es el caballero de la triste figura y su símbolo es su Corazón. Él sufre por nosotros, y nos pide que le devolvamos amor por amor. Durante la pasión nos mostró sus llagas en las manos y en los pies, su espada lacerada y su costado abierto. Nos enseñó sus sienes perforadas y su rostro abofeteado. Creía Él que con semejantes muestras de amor le corresponderíamos… pero no fue así. Tan ingratos fuimos… por eso, como último recurso nos muestra su Corazón, el último símbolo y figura de su tristeza.

No nos queda mucho más por decir. Lo último es que estas consideraciones sobre las tristezas del salvador nos deben llevar indudablemente a consolar a Jesús. ¡Es urgente! ¡Es urgente hacer reparación! Por eso terminamos con un texto del Papa Pío XI en su Encíclica Misserentissimus Redemptor:

“Un alma de veras amante de Dios, si mira al tiempo pasado, ve a Jesucristo trabajando, doliente, sufriendo durísimas penas «por nosotros los hombres y por nuestra salvación», tristeza, angustias, oprobios, «quebrantado por nuestras culpas» (Is 53,5) y sanándonos con sus llagas. De todo lo cual tanto más hondamente se penetran las almas piadosas cuanto más claro ven que los pecados de los hombres en cualquier tiempo cometidos fueron causa de que el Hijo de Dios se entregase a la muerte; y aun ahora esta misma muerte, con sus mismos dolores y tristezas, de nuevo le infieren, ya que cada pecado renueva a su modo la pasión del Señor, conforme a lo del Apóstol: «Nuevamente crucifican al Hijo de Dios y le exponen a vituperio» (Is 5).

Que si a causa también de nuestros pecados futuros, pero previstos, el alma de Cristo Jesús estuvo triste hasta la muerte, sin duda algún consuelo recibiría de nuestra reparación también futura, pero prevista, cuando el ángel del cielo (Lc 22,43) se le apareció para consolar su Corazón oprimido de tristeza y angustias. Así, aún podemos y debemos consolar aquel Corazón sacratísimo, incesantemente ofendido por los pecados y la ingratitud de los hombres, por este modo admirable, pero verdadero;

pues alguna vez, como se lee en la sagrada liturgia, el mismo Cristo se queja a sus amigos del desamparo, diciendo por los labios del Salmista: «Improperio y miseria esperó mi corazón; y busqué quien compartiera mi tristeza y no lo hubo; busqué quien me consolara y no lo hallé» (Sal 68,21)”. (n.10).

P. Bernardo Ibarra


[1] La Devoción al Sagrado Corazón de Jesús, p. 107

[2] La Devoción al Sagrado Corazón de Jesús, p. 127

[3] Historia de la Pasión, p113.

[4] P. 107

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