Carlos M. Buela, I.V.E.
El sacrificio de Jesucristo
Párrafo 2º. Memorial
También decimos que la Misa es el memorial (o memoria) de la Pasión del Señor.
El sacerdote es el hombre que hace el memorial.
De ahí que en todas las Plegarias eucarísticas se diga: «Por eso, Padre, nosotros, tus siervos, y todo tu pueblo santo, al celebrar este memorial de la muerte gloriosa de Jesucristo…»[1]; «Así, pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la muerte y resurrección de tu Hijo…»[2]; «Por eso, Padre, al celebrar ahora el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo»[3]; «Por eso, Padre de bondad, celebramos ahora el memorial de nuestra redención, recordamos la muerte de Cristo…»[4];«Por eso, Padre de Bondad, celebramos ahora el memorial de nuestra reconciliación…»[5];«Así, pues, al hacer el memorial de Jesucristo… y celebrar su muerte y resurrección…»[6];«Señor, Dios nuestro, tu Hijo nos dejó esta prenda de su amor. Al celebrar, pues el memorial de su muerte y resurrección…»[7].
- Distintos tipos de memorial
Hay tres tipos de memoriales:
- El memorial mundano. Al estilo del Lincoln Memorial, el Jefferson Memorial, en Washington; o el Queen Victoria Memorial en Londres; o el memorial al holocausto a la Shoah levantado en Uruguay, son monumentos que nos recuerdan hechos pasados. Si se lo compara con el memorial del Nuevo Testamento no son dos especies del mismo género, sino son dos géneros distintos.
- En el Antiguo Testamento. De manera parecida, así entendían el memorial en el Antiguo Testamento (así lo entendieron los protestantes) como un mero recuerdo, pero en este caso, que de alguna manera actualiza el hecho pasado al ser como signo de la continua ayuda de Dios en el presente y promesa de futuras ayudas. Con más precisión, el memorial del Antiguo Testamento se relaciona con el memorial del Nuevo como lo imperfecto con lo perfecto.
Al memorial en el Antiguo Testamento se lo llamaba «zikkaron», palabra que los Orientales la tradujeron al griego con el término «anámnesis» (ajnav=de nuevo y mnh/si"=recuerdo). Ellos hacían memoria de las intervenciones milagrosas de Dios en el pasado, reviviéndolas de alguna manera, como ser:
– la salida de Egipto, con la comida ritual del Cordero Pascual (fiesta Pascual);
– la permanencia en el desierto, dejando la casa para vivir siete días en tiendas de campaña (fiesta de los Tabernáculos o de las Tiendas);
– la entrada en la Tierra Prometida, llena de frutos, ofreciendo a Dios las primicias de los mismos (fiesta de las Semanas o de las Cosechas, que era cincuenta días después de Pascua).
3. El Memorial en el Nuevo Testamento. La otra concepción de Memorial es la del Nuevo Testamento.
La Misa, en el momento de la Consagración, es un Memorial, pero con un elemento que lo caracteriza esencialmente. No es un mero recuerdo, sino que es un recuerdo eficaz, que produce lo que recuerda.
Aquí el Sacrificio de la Cruz del Señor se perpetua hasta el fin de los tiempos. Por eso enseña el Concilio de Trento: «que la memoria (del sacrificio de la Cruz) se perpetuaría hasta el fin de los siglos»(enseñanza que repite el Catecismo de la Iglesia Católica[8]), en la Santa Misa.
Es lo mandado por el Señor: Haced esto en memoria mía (Lc 22,19; 1Cor 11,24) ¿Qué es «hacer esto»? Es convertir el pan en su Cuerpo entregado y el vino en su Sangre derramada; es hacer presente la transustanciación de la Cena y el Sacrificio de la Cruz. El sacerdote obrando in persona Christi hace lo que Cristo mandó y para lo que le dio el poder sacerdotal, por la imposición de manos: eso es hacer el memorial…se lo celebra para cumplir el mandato del Señor: Haced esto en memoria mía (Cuando se hace públicamente el memorial, se lo llama conmemoración).
Ahora bien, aunque toda la Misa es memorial, especialmente lo es la Plegaria eucarística o anáfora, y, sobre todo, es memorial en el sentido eficaz del Nuevo Testamento, la consagración en la que el sacerdote obra «in persona Christi».
- El memorial de la consagración
¿Qué es lo que se hace en la consagración? En la consagración, al transustanciar separadamente el pan y el vino, se hacen dos cosas:
- La inmolación, o sea, el acto del sacrificio eucarístico; y,
- la oblación, es decir, el ofrecimiento del sacrificio;
Luego de la consagración se hace la aclamación memorial: «Anunciamos tu muerte», donde decimos con palabras lo que de hecho ocurrió en la doble consagración de la Sangre separada del Cuerpo. Este anuncio realizado con el hecho de la doble consagración, luego es expresado con las palabras de la aclamación memorial.
Por extensión, de lo ocurrido en la consagración, se llama memorial a la oración que sigue a la consagración, y que explicita, aún más, lo hecho.
Es decir, que son dos los momentos del Memorial: la inmolación y la oblación. Por eso dice el sacerdote: «Al celebrar ahora el memorial», e inmediatamente, «te ofrecemos…», esto último, además del sacerdote ministerial, lo hacen los bautizados por medio del sacerdote y junto con él.
- La inmolación[9]
Distingue muy bien Santo Tomás entre sacrificios, oblaciones y lo que no es ni lo uno ni lo otro.
1º. Respecto a los sacrificios: «… se ha de decir que propiamente se dicen sacrificios cuando sobre las cosas ofrecidas a Dios se hace algo, como cuando se mataban los animales, como cuando el pan se parte, y se come, y se bendice. Y esto lo dice el mismo nombre, puesto que sacrificio se dice cuando el hombre “hace algo sagrado”».
2º Respecto a las oblaciones: «Pero se dice directamente oblación cuando se ofrece algo a Dios, aún cuando nada se hace sobre la cosa: como cuando se dice ofrecer dinero o panes en el altar, sobre los que no se hace nada, por donde todo sacrificio es oblación, pero no al revés. (En el Comentario a los Salmos enseña lo mismo: «Todo sacrificio es oblación, pero no toda oblación es sacrificio»[10]). Las primicias son oblaciones porque eran ofrecidas a Dios como se lee en Deut 26, pero no eran sacrificios porque nada sagrado se hacía sobre ellas».
3º Sobre lo que no es ni lo uno ni lo otro: «Y los diezmos, propiamente hablando, no son sacrificios ni oblaciones, porque no se ofrece directamente a Dios sino a los ministros del culto»[11].
Eso más que debe hacerse a la simple oblación para que llegue a ser sacrificio es la inmolación entendida en sentido amplio –como indican los ejemplos que pone Santo Tomás: –occisión para los animales; –consumisión para los alimentos; –efusión para los líquidos; –división y fracción para los sólidos, etc. Y la inmolación ha de realizarse de modo diverso, según que la víctima esté “en especie propia” –como en los ejemplos dichos–, o “en especie ajena”, como en el Cuerpo y Sangre de Cristo en la Misa.
Respecto al sacrificio incruento de la Misa, la Revelación pública y oficial de Dios, declara que hay inmolación: «Este es el cáliz de mi sangre que es derramada por vosotros» (cf. Lc 22,20; Mt 26,28; Mc 14,24). “Ekchynnómenon”, dice el texto griego, es decir, “derramada”.
O sea, que la sangre de Cristo, aunque contenida en el cáliz eucarístico, del cual no se derrama… ¡Es derramada! ¿Cómo puede ser? ¡Es derramada porque es misteriosamente separada del cuerpo![12].
Por eso, fundamentándose en la Revelación, el Concilio de Trento afirmó solemnemente: «En este divino sacrificio se contiene e incruentamente se inmola aquel mismo Cristo que una sola vez se ofreció Él mismo cruentamente en el altar de la Cruz»[13]. E «…instituyó una Pascua nueva, que era él mismo, que habría de ser inmolado por la Iglesia por ministerio de los sacerdotes bajo signos visibles…»[14].
Enseñaba Tertuliano, Cristo: «es inmolado de nuevo»[15].
Y San Agustín: «…se inmoló una sola vez en sí mismo… sin embargo, en el sacramento se inmola todos los días»[16].
San Pedro Crisólogo: «Este es el cordero que todos los días y perennemente es inmolado para ser nuestro banquete»[17].
En la Plegaria Eucarística III: «…por cuya inmolación…».
Al estar, por razón de las palabras, bajo la especie de pan, sólo el Cuerpo, y bajo la especie de vino, sola la Sangre, se sigue que en la Eucaristía está vigente una misteriosa separación de la Sangre del Cuerpo, o sea, en cada Misa hay una inmolación mística presente: ¡Por eso la Misa es “verdadero y propio sacrificio”, como enseña el Concilio de Trento[18]!
Además, la inmolación mística presente es memorial de la inmolación cruenta pasada del Calvario: ¡Y así es la Misa sacrificio relativo al único sacrificio absoluto de la Cruz!
Por tanto, en cada Misa: “incruentamente se inmola…”[19] el mismo Jesucristo.
En la Santa Misa ocurre la misma inmolación realizada en la cruz, aunque en especie ajena. Jesucristo con su Sangre derramada y su Cuerpo entregado, o sea, Jesucristo en estado de víctima, se hace presente bajo las especies sacramentales. La inmolación ocurre en el momento de la transustanciación, que sólo la realiza Cristo por medio de su sacerdote ministerial. En este sentido enseña Pío XII: «Aquella inmolación incruenta con la cual, por medio de las palabras de la consagración, el mismo Cristo se hace presente en estado de víctima sobre el altar, la realiza sólo el sacerdote, en cuanto representa la persona de Cristo, no en cuanto tiene la representación de todos los fieles»[20].
Como ya hemos dicho: Jesucristo instituyó de tal manera la Eucaristía, que en el momento de la doble consagración, es decir, de la transustanciación del pan y, separadamente, de la transustanciación del vino, por la fuerza de las palabras de la consagración, se pone directamente su Cuerpo bajo la especie de pan y su Sangre bajo la especie de vino. Esta separación sacramental de la Sangre de Cristo respecto de su Cuerpo es como su muerte o inmolación mística o incruenta, que como por imagen real representa, objetivamente, la muerte de Cristo en la cruz.
Entonces debemos considerar que Cristo al inmolarse ofrece«al Eterno Padre los deseos y sentimientos religiosos en nombre de todo el género humano»[21] y se ofrece como Víctima a nuestro favor: «Al ofrecer a Sí mismo en vez del hombre sujeto a culpa»[22]. La enseñanza del Apóstol: Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo (Flp 2,5)exige a los verdaderos discípulos de Cristo, que quieren participar de la mejor manera en el santo Sacrificio de la Misa, tres cosas:
- Exige a todos los cristianos que reproduzcan en sí, en cuanto al hombre es posible, aquel sentimiento que tenía el Divino Redentor cuando se ofrecía en Sacrificio: «Es decir, que imiten su humildad y eleven a la suma Majestad de Dios la adoración, el honor, la alabanza y la acción de gracias»[23].
- Exige que, de alguna manera, «adopten la condición de víctima, abnegándose a sí mismos según los preceptos del Evangelio, entregándose voluntaria y gustosamente a la penitencia, detestando y expiando cada uno sus propios pecados»[24].
- Exige que nos ofrezcamos a la muerte mística en la Cruz juntamente con Jesucristo, de modo que podamos decir como San Pablo:Estoy crucificado con Cristo (Ga 2,19). Hasta poder llegar a ser: «Víctima viva para alabanza de tu gloria»[25].
En este sentido, participar de la Misa es subir todas las veces un poco más al Calvario, es aprender a victimizarnos con la divina Víctima, es crucificarnos un poco más con el Crucificado, es descubrir la importancia insubstituible de morir a nosotros mismos como el grano de trigo, es inmolarnos a nosotros mismos como víctimas. Inmolación de nosotros mismos que no se reduce sólo al Sacrificio litúrgico, sino que, como quieren los Príncipes de los Apóstoles, debe ser en todo tiempo: También vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo (1Pe 2,5) y Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual (Ro 12,1).
Cuando se participa de la Misa con gran piedad y atención: «No podrá menos de suceder sino que la fe de cada uno actúe más vivamente por medio de la caridad, que la piedad dé fortaleza y arda, que todos y cada uno se consagren a procurar la divina gloria, y que, ardientemente deseosos de asemejarse a Jesucristo que sufrió tan acerbos dolores, se ofrezcan como hostia espiritual con su Sumo Sacerdote y por su medio»[26].
En el caso de las almas consagradas esta muerte debe ser más total, más perfecta, más delicada, más sustancial, más íntegra: «Debemos morir totalmente al propio yo. Hay tres momentos en la perfecta abnegación de sí mismo: la mortificación cristiana, el espíritu de sacrificio, y la muerte total al propio yo. A este tercer momento es muy difícil remontarse. Se logra mediante un trabajo permanente. Se trata de morir para vivir: Estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col 3,3). La vida de Cristo fue una muerte continua, cuyo último acto y consumación fue la Cruz. Por diversos grados de muerte se establece en nosotros la vida mística de Cristo: –muerte a los pecados, incluso a los más ligeros y a las menores imperfecciones; –muerte al mundo y a todas las cosas exteriores; –muerte a los sentidos y al cuidado inmoderado del propio cuerpo; –muerte al carácter y a los defectos naturales: no hablar u obrar según propio humor, o capricho, mantenerse siempre en paz y en posesión de sí mismo; –muerte a la voluntad propia y al propio espíritu: someter la voluntad a la razón, no dejarse llevar por el capricho o las fantasías, no obstinarse en el propio juicio, saber escuchar, estar siempre alegres con lo que Dios nos da; –muerte a la estima y amor de nosotros mismos: al amor propio; –muerte a las consolaciones espirituales, que un día Dios retira completamente, y al alma todo le molesta, todo le fastidia, todo le fatiga, la naturaleza grita, se queja, se enfurece; –muerte a los apoyos y seguridades con relación al estado de nuestra alma: experimentar el abandono de Dios; –muerte a toda propiedad en lo que concierne a la santidad: entera desnudez. Ya no se ven los dones, ni las virtudes, sólo los pecados, la propia nada»[27].
En la inmolación de Cristo en la Misa, adquieren su significado más profundo los votos religiosos que hacen que el religioso sea un verdadero holocausto[28], es decir, un sacrificio que se consume totalmente sin reservarse nada para sí.
También hay que decir que la Misa es un «sacrificio vivo»[29],o sea:
– no como los sacrificios del Antiguo Testamento que no daban la gracia;
– no como los sacrificios que terminan con la occisión de la víctima;
– es un sacrificio vivo, porque la víctima es gloriosa;
– porque se mantiene la oblación del Sacerdote principal;
– porque la Víctima permanece viva después de la inmolación;
– porque engendra vida y vida en abundancia (Jn 10,10), al aplicársenos los méritos del sacrificio de Cristo en la cruz
– porque clama en favor de la vida: al destruir los pecados y al promover el bien;
– porque el Sacerdote es eterno;
– en fin, porque es sacrificio de Aquel que es la Vida(Jn 14,6).
De ahí que todo verdadero participante de la Misa es un invicto defensor de la cultura de la vida. El sacrificio vivo impele, necesariamente, a defender la vida, a proclamar la vida, a celebrar la vida.
- La oblación
Es un elemento esencial del sacrificio: «Todo sacrificio es oblación»[30]. Es el ofrecimientodel sacrificio. De hecho se ofrece el sacrificio en el mismo momento de la consagración, o sea, en el mismo rito de la inmolación. El ofrecimiento a Dios de la Víctima se hace visible en el momento de poner el pan consagrado y el cáliz sobre el altar: «Mas al poner el sacerdote sobre el altar la divina víctima, la ofrece a Dios Padre como una oblación para gloria de la Santísima Trinidad y para el bien de la Iglesia»[31].
De hecho, este acto, se lo conoce con muy distintos nombres: Ofrecer, ofertorio, ofrecimiento, ofrenda, oblata, cosa ofrecida, oblación, etc. La oblación es el acto del sacrificio por el que se ofrece la Víctima a Dios.
Tres son los oferentes del Sacrificio de la Misa, como veremos por extenso más adelante.
- Los bautizados ofrecen la Víctima
Los fieles por el Bautismo se configuran con Cristo sacerdote y por el carácter bautismal son consagrados al culto divino, participando de esa forma, a su manera, del sacerdocio de Cristo. Los bautizados ofrecen el Sacrificio por muchas razones, algunas más bien remotas:
- Al asistir a los sagrados ritos alternan sus oraciones con las del sacerdote;
- Al ofrecer a los ministros del altar el pan y el vino;
- Al hacer con sus limosnas que el sacerdote ofrezca por ellos el Sacrificio.
Pero la razón más íntima es que ofrecen la Víctima. Este es el punto más importante de la participación de los fieles en el Sacrificio de la Misa.
- En todas las Misas
Un laico, una religiosa, un sacerdote… que tuviese conciencia de que ofrece la Víctima de toda Misa vería eucaristizada toda su vida. ¡Nunca estaría solo! ¡Jamás se sentiría estéril! ¡Sería el mayor obrador de la paz! ¡Su vida tendría una plenitud inaudita! ¡Sería peregrino de todas las Iglesias, de todos los altares y de todos los sagrarios!
Es de destacar que esta participación en todas las Eucaristías válidas que se celebran incluye a todos los ritos (copto, armenio, maronita, ucranio…), pero aún de las Misas válidas que celebran los ortodoxos (griegos, rusos, coptos, armenios…).
Ésta es la grandeza del sacerdocio católico: Hace el Memorial sacramental que realiza eficazmente lo que recuerda, o dicho de otra manera, hace el Memorial que causa lo que recuerda, de modo eficaz.
Por eso en verdad la Eucaristía es un monumento del sacrificio de Cristo en la Cruz, pero un¡monumento vivo!, pleno, objetivo no–subjetivo, memorial litúrgico y sacramental, verdadera inmolación sacramental, que actualiza perennemente la gran obra de la Redención de los hombres.
(Buela, C., Nuestra Misa, EDIVE, San Rafael (Mendoza, Argentina), 2010, p. 127 – 139)
[1]Plegaria Eucarística I, 107.
[2]Plegaria Eucarística II, 120.
[3]Plegaria Eucarística III, 127.
[4]Plegaria Eucarística IV, 137.
[5]Plegaria Eucarística V, pág. 1039.
[6]Plegaria Eucarística de la reconciliación I, pág. 1063.
[7]Plegaria Eucarística de la Reconciliación II, pág. 1069.
[8]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1366.
[9] Se han dado tres respuestas a la pregunta por la esencia del sacrificio. El rito esencial del sacrificio consiste:
- –en la comunión;
- –en la oblación; y
- –en la inmolación.
Estas son, también, las respuestas sobre la esencia del sacrificio de la Misa. 1. Algunos la hacen consistir en la comunión como Francisco S. Renz, Santiago Bellord, Anselmo Stolz…
- Otros, la hacen consistir en la oblación como G. Schmidt, Berulle, Mauricio De la Taille, Mario Lepin, Graneris…
- La mayoría de los teólogos están en la línea del sacrificio-inmolación –que implica la oblación y que tiene a la comunión como parte integrante– con distintas variantes: Casel, Lugo, Franzelin, Buathier, Capello, Lamiroy, San Roberto Belarmino, San Alfonso de Ligorio, Suarez, Scheeben, Brinktrine, Lessio, Mercier, Nicolussi, Hugon, Vázquez, Goetzmann, Lebreton, Lesétre, Coghlan…
Dentro de esta última línea, la doctrina de la inmolación místico sacramental es la que recibe más adhesiones: Billot, Labauche, Grimal, Van Noort, Michel, Tanquerey, Lercher, Hervé... Alastruey, AnsgarioVonier, Héris, De Faulconnier, Augier, Diekamp, Poschmann, Hoffmann, Masure, Filograssi, Roschini, Garrigou-Lagrange, Cordovani, A. Piolanti, G. Sartori, Ludwig Ott, etc. (Cfr. A. Piolanti,El Sacrificio de la Misa…, o.c., pp. 33–72).
[10]In Psalm. 39, n. 4.
[11]S. Th.,II–II, 85, 3, 3.
[12]Antonio Piolanti, El sacrificio de la Misa…, o.c., p. 30.
[13] DH 1743.
[14] DH 1741.
[15] De pudicia9; PL 2, 1050.
[16] Epis. 98, 9; PL 33, 363.
[17]Sermón5, 6: “Hic est vitulus, qui in epulumnostrumcotidieaciugiterinmolatur...”.
[18] DH 1751;Cfr. Catecismo de la IglesiaCatólica, n. 1366; Juan Pablo II, Eclessia de Eucaristia, n. 13.
[19] DH 1743.
[20]Pío XII, Carta Encíclica «Mediator Dei», n. 59. Colección de Encíclicas Pontificias, Editorial Guadalupe (Buenos Aires 1967) 1730.
[21]Ibidem, n. 52.
[22]Ibidem.
[23]Ibidem.
[24]Ibidem.
[25]Plegaria Eucarística IV, 137.
[26]Pío XII, Carta Encíclica «Mediator Dei», n. 62, ed. cit., 1731.
[27]Constituciones del Instituto «Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará», 213.
[28] cfr. Santo Tomás de Aquino,S.Th., II–II, 186, 1.
[29]Plegaria eucarística III, 127.
[30]Santo Tomás de Aquino, S. Th., II–II, 85, 3, ad 3.
[31]Pío XII, Pío XII, Carta Encíclica «Mediator Dei», n. 59, ed. cit., 1730.