P. José A. Marcone, IVE
P. José A. Marcone, IVE
He venido a traer la espada
(Mt 10,37-42)
Introducción
El evangelio que hemos leído hoy está constituido por los últimos seis versículos del capítulo 10 de San Mateo. La primera parte de este capítulo la hemos leído el domingo pasado. El tema fundamental de todo este capítulo 10 es el envío que Jesús hace de sus apóstoles a predicar el Reino de Dios.
El envío es un acto oficial y teológico que hace Jesucristo, ya que se trata del mismo envío que Jesucristo recibió del Padre (Jn 17,18). Todo bautizado es enviado a predicar el Evangelio. Es un deber que está incluido en la aceptación del Bautismo. Todos nosotros, no solamente los sacerdotes sino también los laicos, debemos decir junto con San Pablo: “¡Ay de mí sino evangelizare!” (1Cor 9,16).
Pero Jesús nos advierte con gran claridad que la predicación del Evangelio levanta la persecución del mundo. En algunos versículos anteriores a los que hemos leído hoy, los versículos 14-25, Jesús nos anuncia con anticipación quiénes y qué clase de hombres son los que perseguirán con odio al apóstol cristiano que predica el Reino de Dios. Serán lobos que buscarán despedazar al apóstol como a un cordero. Predicar el Evangelio será considerado un delito y será pasible de cárcel y condenaciones. Hasta dentro de la misma familia el apóstol cristiano recibirá rechazo y persecución. E, incluso, como lo hicieron con Jesucristo (Mt 12,24), considerarán al apóstol cristiano un endemoniado.
Pero la gran exhortación es “¡No tengan miedo!”. Lo repite tres veces Jesús en este capítulo (Mt 10,26.38.31). Y no sólo ‘no tengan miedo’ sino, además, pasen al ataque, ganen las alturas de las azoteas y desde allí prediquen el Evangelio a pleno día (Mt 10,27). Hacer esto es lo que el NT llama tener valentía y audacia, actitudes que en griego se expresan con una sola palabra: parresía (cf. Jn 18,20; Hech 4,29.31).
El evangelio de hoy retoma los dos temas principales del evangelio del domingo pasado, es decir, la hostilidad que el mundo opone al apóstol cristiano y esa valentía y audacia, o parresía, que el apóstol cristiano debe tener. De manera que con estos dos temas entronca el evangelio de hoy, que no puede ser entendido sino le agregamos los tres versículos anteriores y que el Leccionario no trae, los versículos 34-36.
- La espada, símbolo de guerra
“No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada” (Mt 10,34). La espada es el símbolo de la guerra. Además, la doble afirmación de Jesucristo de que no vino a traer la paz, confirma que Él usa la palabra ‘espada’ como una metáfora para significar la guerra. La guerra implica una gran hostilidad. Esta hostilidad, ¿la ha creado el enemigo? No, esta hostilidad la ha creado el mismo Dios. En efecto, en Gén 3,15 le dice Yahveh a la serpiente, es decir, al diablo: “Pondré hostilidad entre ti y la mujer, entre tu vástago y el suyo; él (el vástago de la mujer) te herirá la cabeza y tú le herirás a él el talón”[1]. La palabra que en español hemos vertido como ‘pondré’ responde al original hebreo ‘ashyt, futuro indicativo del verbo shyt, primera persona del singular. Este verbo significa, sin lugar a dudas, ‘poner’. Exactamente la misma forma se usa en Salmo 110,1 donde habla el mismo Dios y dice al Mesías: “Pondré (‘ashyt) a tus enemigos como escabel de tus pies”. Por lo tanto, se ve que es una acción potestativa de Dios, quien se hace responsable absolutamente de su obrar. Por lo tanto, no cabe duda que cuando Dios dice a la serpiente: “Pondré hostilidad entre ti y la mujer”, está creando una enemistad y, por lo tanto, una hostilidad. La mujer, sin duda, es la Virgen María, y el vástago o linaje o descendencia de la mujer, es Cristo.
La hostilidad entre María y belial, entre Cristo y satanás, se extiende a los discípulos de Cristo e hijos de María. Esta hostilidad del demonio contra María, su hijo Jesús y los discípulos de Jesús será una constante a lo largo de toda la historia de la Iglesia hasta el fin de los tiempos. Esta hostilidad es tema principal del capítulo 12 del Apocalipsis. El Dragón, símbolo del demonio, trata de tragar a la Mujer, símbolo de la Iglesia y de su miembro más eminente, la Virgen María[2]. Pero no puede hacer nada ni contra la Mujer ni contra su Hijo. Y dice el texto sagrado: “Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús” (Apoc 12,17), es decir, a nosotros.
Por esta razón, las palabras de Jesús “vine a traer la espada”, son casi un sinónimo de aquellas otras palabras pronunciadas por Yahveh al inicio de la historia humana “pondré hostilidad”. Lo que agregan las palabras del evangelio es una exhortación a tomar parte decidida en la lucha, empuñar la espada que nos ofrece Jesús y usar todas las armas, “las de la mano derecha y las de la mano izquierda”, como dice San Pablo (2Cor 6,7). Esto quiere decir que, en nuestro afán por predicar la Palabra de Dios, debemos blandir tanto las armas que sirven para defenderse (las de la mano izquierda, donde se lleva el escudo), como las armas que sirven para atacar (las de la mano derecha, donde se lleva la espada)[3].
San Luis María Grignion de Montfort traza, con palabras ardientes, el perfil perfecto de esta lucha y también el perfil perfecto de aquellos que aceptan involucrarse de lleno en esta lucha. Dice el santo: “Dios ha hecho y preparado una sola e irreconciliable hostilidad, que durará y se intensificará hasta el fin. Y es entre María, su digna Madre, y el diablo; entre los hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y secuaces de Lucifer. (…) Dios no puso solamente una hostilidad, sino hostilidades, y no sólo entre María y Lucifer, sino también entre la descendencia de la Virgen y la del demonio. Es decir, Dios puso hostilidades, antipatías y odios secretos entre los verdaderos hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y esclavos del diablo: no pueden amarse ni entenderse unos a otros”[4]. Y los apóstoles que quieran predicar la Palabra de Dios con valentía y guiados por la Virgen María serán para sus enemigos “fuego encendido”, “flechas agudas en la mano poderosa de María para atravesar a sus enemigos, ‘como saetas en manos de un guerrero’ (Sal 127,4)”[5]. Estos apóstoles irán a donde Dios los envíe “sin asustarse ni inquietarse por nada”[6].
- La espada, tajo que divide
La metáfora de la espada aplicada al ámbito social es símbolo de la guerra. La metáfora de la espada aplicada al ámbito individual es símbolo del tajo que divide, separa y distingue. Cristo no sólo blandió el azote dos veces sino que Él mismo se hizo azote; su cuerpo era nervio puro, como el nervio de un buey que se convierte en látigo y con el que se fustiga las mentiras y los vicios de los hombres. De la misma manera, Cristo no sólo blandió la espada sino que Él mismo se hizo espada tajante que corta, desune y discierne.
Jesucristo es, Él mismo, espada, porque es aquel de quien de su boca sale una espada de dos filos (cf. Apoc 1,16; 19,15.21). Por eso, las siguientes palabras de la carta a los Hebreos se aplican, en primer lugar, a la persona de Jesucristo, que es la Palabra de Dios en persona: “Ciertamente, es viva la Palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón” (Heb 4,12).
¿Por qué Jesús es espada que taja y separa? Porque “el que no está conmigo, está contra mí” (Mt 12,30; Lc 11,23). Jesucristo obliga a los hombres a una decisión: o con Cristo o contra Cristo. Ese es el segundo significado de ser espada. Y los que están contra Cristo estarán también contra los discípulos de Cristo. De allí lo que Jesús dice en este mismo capítulo 10 de San Mateo: “Todos os odiarán a causa de mi Nombre” (Mt 10,22).
El ‘todos’ del versículo de Mt 10,22 incluye a los familiares directos: padre, madre, hermanos, hijos, yernos y nueras. La opción a favor o en contra de Jesucristo es una elección absolutamente libre que jamás está ligada a un parentesco de sangre. El que optó contra Jesucristo dentro de su familia combatirá al que optó por Jesucristo dentro de esa misma familia. Jesucristo es insoportable para aquel que no lo ha elegido. Jesús se convierte en espada cortante también dentro de una misma familia. Y de esta manera hemos entroncado con el evangelio leído hoy, que nos exhorta a amar a Jesucristo por sobre nuestro padre, nuestra madre y nuestros hijos (Mt 10,37).
También San Lucas pone en boca de Jesús palabras en las que Él se define como espada que divide incluso dentro de los íntimos lazos familiares: “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido! Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla! ¿Creéis que estoy aquí para dar paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división. Porque desde ahora habrá cinco en una casa y estarán divididos; tres contra dos, y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra” (Lc 12,49-53).
La espada, en cuanto divide y separa, es, propiamente, el instrumento del juicio. En el griego del NT ‘juicio’ se dice krísis (Jn 3,19), o también kríma (Jn 9,39). Ambas palabras provienen del verbo kríno, que significa, en primer lugar ‘separar’. Luego, del significado-base ‘separar’, se siguen otros significados derivados. En primero entre ellos, ‘distinguir’; luego, ‘escoger’; luego, ‘decidir’ y, finalmente, ‘juzgar’ y ‘condenar’[7]. Jesucristo es la espada que separa al que ha optado por Él del que no ha optado por Él. Incluso, Él mismo se define así: “Para un juicio he venido a este mundo” (Jn 9,39), es decir, para una separación. Jesús, en cuanto espada que corta y separa y en cuanto juez, está expresado en esta frase de San Juan Bautista: “Él tiene en su mano el bieldo[8] y limpiará su era, y recogerá su trigo en el granero; en cambio, quemará la paja con un fuego que no se apaga” (Mt 3,12). Jesucristo es presentado como aquel que tiene la horquilla en la mano y con su acción separa los granos de trigo de la paja del trigo. Jesucristo es un ‘cernidor’ que ‘dis-cierne’ entre el bien y el mal.
Ésta será una de las misiones más importantes de Jesús, tanto que es proclamada ya a los pocos días de nacido, a través de las palabras del anciano Simeón el día de la presentación de Jesús en el templo. Ese día Simeón dice tres cosas de Jesús: 1. Que será ‘signo de contradicción’, es decir, que a causa de Jesús se entablará una lucha, habrá contradicción entre los hombres. 2. Que está puesto como ‘caída y levantamiento’ de muchos. Caída significa ruina personal, es decir, la condenación eterna. Levantamiento, significa la plena realización como personas, es decir, la salvación eterna. 3. Que a causa de Jesús muchos hombres dejarán al descubierto la maldad que llevan en lo recóndito de sus corazones. Y María será la víctima de esta lucha, pues sobre su corazón recaerá la hostilidad que el mundo haga a su Hijo. Todo esto es lo que significa la frase del anciano Simeón: “Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: ‘Este está puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción - ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! - a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones’” (Lc 2,34-35).
Es en este contexto donde deben ubicarse los versículos 38 y 39 del evangelio de hoy, para poder entenderlos: “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará”. Estos versículos hacen referencia al testimonio que el apóstol debe dar en el mundo al predicar el Evangelio, en el marco de la hostilidad del mundo a Cristo y a los discípulos de Cristo. Así como María, que permaneció de pie al pie de la cruz, vio atravesada su alma por una espada por ser fiel a su Señor, quien era ferozmente combatido, así también el apóstol cristiano que predica el Evangelio debe prepararse para llevar la cruz que la predicación le acarreará y estar dispuesto a perder la vida antes que callar la predicación del Evangelio.
- La consolación del apóstol
La predicación del Evangelio levantará una gran hostilidad. Pero la lucha contra los enemigos de la predicación del Evangelio no es un fin en sí mismo. Se lucha contra los enemigos de la predicación con el fin de quitar los obstáculos que impiden que el agua clara y limpia de la Palabra llegue al alma de aquellos que la aprovecharán. El fin de la lucha no es el sentirse superiores porque hemos hecho morder el polvo de la derrota a los enemigos del Evangelio. El fin último es que la Palabra sea recibida con un corazón dócil por muchas almas. En el envío a predicar la Palabra no todo será enemistad y hostilidad: habrá quienes aceptarán la Palabra y darán mucho fruto.
La palabra clave de los últimos tres versículos del evangelio de hoy y del capítulo 10, es, en efecto, el verbo ‘recibir’. En dos versículos se repite seis veces el verbo ‘recibir’ en el sentido de recibir la Palabra y al que anuncia la Palabra. El verbo usado aquí por San Mateo es el verbo déjomai (= recibir), que es, a su vez, el verbo que usa San Lucas para expresar el recibir la Palabra de Dios en la parábola del sembrador (Lc 8,13). Por eso aquí no se trata de la hospitalidad sino de la aceptación de la Palabra, es decir, de lo que San Pablo llama ‘la obediencia de la fe’ (Rm 1,5; 16,26).
Esto queda remarcado en la mención del profeta que es recibido como profeta. La profecía en el NT no es entendida en el sentido de la visión previa de sucesos futuros, sino que se entiende según la etimología de la palabra. Profeta viene del verbo pro-femí. La preposición pro en griego significa, fundamentalmente, ‘en lugar de’ y ‘delante de’; femí significa ‘hablar’. Por eso, profeta, en el NT, significa ‘el que habla en lugar de otro delante de los demás hombres’. “Así, el profeta sería el portavoz o el heraldo de alguien, y el término griego nos indicaría un predicador (forhthteller en alemán), uno que predica, más bien que uno que predice (foreteller)”[9]. Ese ‘Otro’, ese ‘Alguien’ del cual es mensajero el profeta es Dios. El profeta, entonces, es aquel que ha escuchado la Palabra de Dios y habla al pueblo en nombre de Dios. En este sentido, todo apóstol es profeta, porque ha escuchado la Palabra de Dios en la Sagrada Escritura y en el Magisterio de la Iglesia y trata de transmitirla al pueblo[10]. En el NT, recibir a un profeta en cuanto profeta significa aceptar el contenido de la predicación (encarnación del Verbo, pasión, muerte y resurrección) y sujetarse a ‘la obediencia de la fe’.
Si la oposición y hostilidad al predicador es mucha, también son muchos los que recibirán la Palabra y la harán fructificar, “unos el 30 por uno, otros el 60 por uno y otros el 100 por uno” (Mt 13,23). Los premios que Jesús promete para el que recibe la Palabra son un aliciente tanto para los que escuchan como para los que predican.
En los Hechos de los Apóstoles se narra con mucha sencillez la aceptación de la Palabra por parte de una mujer, aceptación que tendría repercusiones inmensas. Al llegar San Pablo a la ciudad de Filipos, en la región de Macedonia, pisaba por primera vez tierra europea. Una mujer, Lidia, recibe la Palabra y se bautiza con toda su familia (Hech 16,13-15). Es la primera persona europea que, según el NT, recibe el Evangelio. Ese es el punto inicial. El punto final fue la creación de la civilización cristiana occidental, sobre la cual todavía se asienta el mundo actual, a pesar de su profunda crisis de fe.
Conclusión
La confianza en la fuerza transformadora del Evangelio debe llevar al enviado, es decir, al apóstol cristiano a arrostrar todos los peligros y a arrollar todas las dificultades. La parresía, es decir, la audacia y la valentía en la predicación de la Palabra debe llevarlo a ser fuerte para resistir incluso los ataques que ponen en peligro su vida antes que callar el mensaje completo del Evangelio. Si su predicación tiene el sello de la parresía recibirá la consolación de ver cómo la Palabra llega a las almas dóciles y transforma, no sólo a las personas individuales, sino también a las estructuras sociales que brotan de la misma persona humana, es decir, a toda la realidad cultural.
Pidámosle a la Virgen María la gracia de predicar la Palabra sin miedo, con gran valentía, con la confianza plena de que de esa predicación, sin ningún lugar a dudas, se seguirá un gran fruto, lo veamos o no lo veamos: “Yo os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Jn 15,16).
[1] Traducción nuestra hecha directamente del original hebreo. Hay dos cuestiones difíciles en este versículo. En primer lugar, un error ancestral que proviene de la Vulgata, que no respeta el hú’ que significa ‘él’ y que se refiere al ‘vástago’ o al ‘linaje’ de la mujer. La Vulgata traducía ‘ella’, cambiando el sentido. El que hiere la cabeza de la serpiente es el vástago o el linaje de la mujer, no la mujer. En segundo lugar, el verbo que nosotros hemos traducido como ‘herir’ (en hebreo, shuph) es el usado por el texto hebreo tanto para expresar la acción del vástago sobre la cabeza de la serpiente como para expresar la acción de la serpiente sobre el talón del vástago. El texto hebreo dice así: “Él yeshupheká la cabeza, y tú teshuphénu el talón”. Es el mismo verbo shuph. Dado que el verbo shuph significa ‘aplastar’ y también ‘herir’ (Holladay dice ‘comprimir hiriendo’, Holladay, Hebrew and Aramaic Lexicon of the Old Testament), nos parece que aquí es necesario elegir ‘herir’ ya que debe aplicarse a la acción de ambos, mientras que aplastar puede sólo aplicarse a la acción del vástago sobre la cabeza de la serpiente pero no a la acción de la serpiente sobre el talón del vástago. La Biblia de las Américas está de acuerdo con nuestra traducción. Otras Biblias traducen: “Él te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón”. La traducción del verbo shuph como ‘acechar’ no tiene ningún asidero en el vocabulario hebreo. De ninguna manera el verbo shuph puede significar ‘acechar’. Esta traducción proviene de la poco feliz traducción de la LXX que traduce ambas acciones, la del vástago como la de la serpiente, con el verbo teréo, que tiene, como uno de sus significados posibles, el de ‘acechar’. Pero es claro el paralelismo que el Espíritu Santo ha querido establecer en el original hebreo: la misma acción que el vástago hace sobre la cabeza de la serpiente es la que hace la serpiente sobre el talón del vástago. En el fondo, es una manifestación más de la idea principal: la hostilidad irreconciliable entre el diablo y Dios, entre satanás y Jesucristo. Además, el hecho de que la serpiente quiera hacer la misma acción que el vástago hace sobre su cabeza es expresión de la pretensión demoníaca de ser como Dios. Pero, al mismo tiempo, manifiesta la infinita superioridad que hay entre el vástago de la mujer y la serpiente, la misma que existe entre aquel que puede herir de muerte en la cabeza y aquel que sólo puede herir el talón.
[2] Cf. San Juan pablo II, Exhortación Apostólica post-sinodal Ecclesia in Europa, nº 122-123.
[3] De hecho la Biblia del Pueblo de Dios, traducción de los argentinos Levoratti y Trusso, traduce así 2Cor 6,7: “Usando las armas ofensivas y defensivas”.
[4] San Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción a la Virgen María, nº 52.54.
[5] San Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción…, nº 56.
[6] San Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción…, nº 57. El P. Carlos Miguel Buela, IVE, tiene una expresión muy atrevida para expresar la actitud de parresía que debe tener el apóstol que se ha decidido a predicar el Evangelio; esta expresión es: el apóstol que predica la Palabra de Dios tiene que ‘mojarle la oreja al Anticristo’. ‘Mojar la oreja’ es un argentinismo que expresa el acto por el cual alguien se moja un dedo de la mano con la propia saliva y con esa saliva moja la oreja de la otra persona. Con ese gesto se expresa el desafío a pelear y la declaración de que no le tiene ningún miedo. Esa debería ser la actitud de todo apóstol ante todo enemigo, incluso el mismo Anticristo en persona. Las frases textuales del P. Buela son las siguientes. Hablando de los buenos apóstoles del pasado, dice: “Ellos no sólo no han muerto mientras viva aunque sea uno sólo de sus mesnadas, sino que están entre nosotros animándonos a mojarle la oreja al Anticristo” (Buela, C., El Arte del Padre, IVE Press, New York, 2015, p. 750). Y de San Juan Pablo II dice: “Le mojó la oreja al Anticristo” (Buela, C., Juan Pablo Magno, IVE Press, New York, 2011, p. 653). Y también: “Esto es lo que hoy se necesita, no buenistas sino ¡santos que le mojen la oreja al Anticristo!” (Buela, C., Mysterium tremendum et fascinans, 10 de mayo de 2014).
[7] Diccionario Vox Griego – Español.
[8] Bieldo: horca para aventar, mediante la cual se arroja el grano al aire contra el viento, a fin de separarlo del tamo después de la trilla. Tamo: Polvo o paja muy menuda de varias semillas trilladas, como el trigo, el lino, etc.
[9] Gelin, A. – Monloubou, L., Los libros proféticos posteriores, en Cazelles, H., Introducción Crítica al Antiguo Testamento, Editorial Herder, Barcelona, 1981, p. 375.
[10] Éste es el sentido de ‘profeta’ en el NT. Así, por ejemplo, San Pablo dice: “El que profetiza habla a los hombres para edificarlos, exhortarlos y reconfortarlos” (1Cor 14,3). En ese capítulo 14 de la primera carta a los Corintios se expresa bien el sentido de profeta para el NT.