P. José A. Marcone, I.V.E.
P. José A. Marcone, IVE
Jesús revela su identidad de Hijo de Dios
(Mt 14,22-33)
Introducción
Este trozo del evangelio de San Mateo que hemos leído hoy, al mismo tiempo que es narración de un hecho histórico, es una pequeña obra de arte literaria, perteneciente al género ‘drama’. En efecto, tiene un preludio donde se nota la inquietud y zozobra de los discípulos que no quieren separarse de su maestro[1]. Luego, tiene un desarrollo cuyo suspenso y peligro va in crescendo por la lejanía de la costa, la oscuridad de la noche, el ímpetu del viento, la fuerza de las olas que golpean la barca y la imposibilidad de los discípulos de hacer avanzar la barca a fuerza de remos. Si la inquietud y el temor ya estaban presentes en el alma de los discípulos, el miedo y el pavor termina de apoderarse de sus espíritus cuando, a sus ojos, aparece un fantasma que los hace irrumpir en gritos. Entonces, aparece el personaje principal, Jesús, que hace sonar su voz con su timbre característico lleno de sosiego, y así, los discípulos lo reconocen[2]. Pero, si el timbre de voz de Cristo los hace columbrar esperanzas de salvación, mucho más el contenido de sus palabras: “Yo Soy”, que es la revelación más profunda de su identidad, es decir, de la Persona divina de Cristo.
A partir de allí comienza el desenlace, desenvolvimiento o descenso de la narración: Pedro se lanza al mar para ir al encuentro de su Maestro, comienza a hundirse, pero Cristo, extendiéndole la mano, lo levanta y lo salva. Pero antes, Pedro, repite la fórmula con la que Jesús acaba de revelar su identidad: “Señor, sálvame”, es decir, el nombre de ‘Jesús’, es decir, Yeshua’, es decir, ‘Yahveh salva’. Y así se llega a la resolución del drama: los discípulos, postrándose, adoran a Jesús como a Dios.
Este magnífico cuadro dramático está incrustado en un momento clave de la vida de Jesús. En efecto, este hecho histórico narrado en el evangelio de hoy está entre dos hitos importantes de su vida: la primera multiplicación de los panes y el Discurso del Pan de Vida, que es la promesa de la Eucaristía. La primera multiplicación de los panes está narrada por los cuatro evangelistas (Mt 14,13-21; Mc 6,32-44; Lc 9,10-17; Jn 6,1-15). El caminar sobre las aguas del mar (el evangelio de hoy) está narrado por Mateo, Marcos y Juan (Mt 14,22-33; Mc 6,45-52; Jn 6,16-21). El Discurso del Pan de Vida, la promesa de la Eucaristía, está narrado sólo por Juan (Jn 6,26-59).
Dado que tanto la multiplicación de los panes como el Discurso del Pan de Vida tienen un indiscutible sentido eucarístico, también el milagro de hoy tiene relación con la Eucaristía. Por eso dice un autor: “Los dos milagros relatados aquí por Juan (el de la multiplicación de los panes y el caminar sobre las aguas) (…) tienen (…) un valor (…) tipológico-eucarístico. El que multiplicó los panes puede también dar otro pan milagroso, misterioso. Y el que caminó sobre el mar flexible, sin hundirse, es que puede estar sustraído a las leyes ordinarias de la gravitación y de la materia. Y así puede dar el pan de su carne sin que se tenga que comer ésta como la carne sangrante y partida”[3].
- Egó eimí, Yo soy el que soy, Yo soy Yahveh
El sentido primero y fundamental del evangelio de hoy es mostrar la divinidad de Jesús y mostrar que Jesús se identifica con el Yahveh del AT. El primer indicio de que el evangelio de hoy es una revelación de la divinidad de Jesús es la primera lectura, tomada del primer libro de los Reyes, donde se narra la revelación que de Sí Mismo hace Yahveh al profeta Elías. La situación de Elías es análoga a la de los discípulos en la barca, aunque la de Elías es más grave. Éstos sufren un momento de gran desolación por la ausencia de Jesús y Elías sufre una gran persecución por parte de la malvada reina Jezabel que busca matarlo por haber Elías hecho matar a 450 profetas de Baal. La revelación de Yahveh para Elías es fuente de refección espiritual y valentía para continuar su misión.
Pero, además, en el texto mismo del evangelio de hoy todo confluye en la revelación que Jesús hace de Sí Mismo al llegar a la barca: “Yo soy” (en griego, egó eimí; Mt 14,27). Al decir esto Jesús se atribuye a sí mismo el nombre con el que Dios se define a Sí Mismo ante Moisés. Cuando Moisés le pregunta a Dios cuál es su nombre, Dios le responde: “Mi nombre es ‘Yo soy’” (Ex 3,14), que en hebreo se dice Yahveh[4]. Y la Biblia de los LXX traduce al griego como egó eimí. Dios se define a Sí Mismo no con un sustantivo sino con un verbo. El verbo Yahveh, además de significar ‘Yo Soy’, tiene un matiz de presencia permanente y activa entre su pueblo.
Jesús, llegando a la barca en el momento de mayor temor y desconcierto, se revela como el Dios del AT hecho hombre y por eso dice su nombre: “Yo soy”, sin agregar nada más. Como bien dice Trilling, Jesús es el único que puede decir ‘Yo soy’ sin necesidad de agregar ningún adjetivo ni ningún sustantivo calificativo[5]. ‘Yo soy’ resume la esencia de su ser: en Él está la plenitud de ser. Incluso, Jesús, por llamarse y ser ‘Yo soy’, es, según expresión de Santo Tomás, el mismo Ser Subsistente, el ipsum esse subsistens[6].
Y también, al igual que Yahveh en el AT, Jesús se hace presente en medio del nuevo Pueblo de Dios, del nuevo Israel (Pedro y los Apóstoles), y lo salva de la amenaza del mar embravecido.
Santo Tomás confirma esta exégesis cuando dice: “Como lo confundían con un fantasma les dijo: ‘Yo soy’. ¿Y por qué les dice esto? Para mostrarles que Él era verdadero Dios, de acuerdo con aquello que Dios dijo a Moisés: ‘Así responderás a los israelitas: ‘Yo soy me envía’’ (Ex 3,14)”[7].
Hay también en la frase ‘Yo Soy’ de Jesús una contraposición explícita al fantasma que los discípulos creen ver. El fantasma es un ser irreal con un cuerpo inconsistente. El que dice ‘Yo Soy’ no sólo es Yahveh sino que además es un hombre nacido de mujer, es decir, es el Verbo Encarnado. Por eso dice Santo Tomás: “Creyeron que era un fantasma, es decir, no creyeron que tenía un verdadero cuerpo nacido de una virgen”[8].
Ésta es la verdad fundamental del evangelio de hoy. Por esto es que todo, absolutamente todo en este evangelio está ordenado a resaltar esa frase de Jesús, con la cual revela su identidad de Dios hecho hombre. Por eso dice San Juan Crisóstomo: “Cristo no se manifiesta a sus Apóstoles hasta que rompen en gritos; porque, cuanto más íntima e intensa fuera su angustia, con más gozo acogerían su presencia”[9]. Las tribulaciones están en función de que ellos valoren la presencia de Jesús, es decir, valoren su revelación de Dios hecho hombre que está presente a ellos. Es decir, que todas las contrariedades que narra este evangelio: separación de Jesús, distancia de la costa, violencia de las olas, impetuosidad del viento, oscuridad de la noche, tedio por la prolongación de la noche, cansancio por el excesivo tiempo que llevaban remando, tardanza de Jesús; todas esas contrariedades, digo, están ordenadas a preparar la revelación de Jesús. Todo eso lo permitió Jesús para que su revelación de ser ‘Yo soy’ = Yahveh, quedara convenientemente resaltada[10].
Hay un dato más que ayuda a comprender mejor esta revelación. El mar en la Biblia es símbolo del caos primordial (Gén 1,1-2) símbolo de la total negatividad, de la nada, de la no-existencia. De esto se sigue que el mar es el lugar que está bajo el dominio del Maligno y, por lo tanto, símbolo del mundo. Al caminar sobre las aguas y salvar a los Apóstoles, Jesús asume la prerrogativa de Yahveh creador y salvador. Jesús es quien acaba con el caos inicial y quien expulsa de sus dominios al señor del mundo, con minúsculas. Un autor, refiriéndose a las perícopas de la tempestad calmada y al milagro del evangelio de hoy, dice: “Así como el Creador dominó y ordenó el caótico mar ‘en el principio’ (Gen 1,1), de la misma manera ahora Jesús domina el mar y le da de nuevo el ser”[11].
La revelación de Jesús como Yahveh culmina con un propio y verdadero acto de adoración por parte de los discípulos. El evangelio dice que los que estaban en la barca prosekýnesan autô y dijeron: “Verdaderamente eres el Hijo de Dios” (Mt 14,33). El Leccionario traduce este proskýnesen autô de la siguiente manera: “Se postraron ante Él”. La Biblia de Jerusalén y otras muchas biblias traducen de la misma manera. Sin embargo, San Jerónimo traduce: “Adoraverunt eum”, es decir, ‘lo adoraron’[12].
El significado primario del verbo proskynéo es ‘adorar’[13]. San Juan usa este verbo diez veces, las diez veces con el sentido de ‘adorar’. El paso más impresionante es el de Jn 4,20-23, en la conversación con la samaritana, donde el uso del verbo no admite de ninguna manera la posibilidad de que se trate de una simple postración de respeto. La concentración del verbo proskynéo (ocho veces en cuatro versículos) y el significado indubitable que tiene en esos versículos de Jn 4 debería bastar para convencerse que el sentido primario de proskynéo es ‘adorar’.
El fin buscado por Jesús a través de la tribulación que permite en sus discípulos y a través del milagro se logra plenamente: ellos reconocen la revelación de su identidad, es decir, que es el Hijo de Dios, segunda persona de la Santísima Trinidad.
- Sed valientes, no temáis
La revelación de Jesús como Yahveh hecho hombre que llega para estar presente entre el nuevo Israel y para prestarle auxilio en la tribulación, va precedida de una exhortación a ser valientes y a no tener miedo, en base, precisamente, a la identidad de Jesús.
Esa exhortación se expresa en el original griego de la siguiente manera: mè phobeîsthe y tharseîte. La primera expresión significa ‘no temáis’. La segunda expresión es traducida por el leccionario en uso en Argentina como: “Tranquilícense”. La Biblia de Jerusalén traduce por: “¡Ánimo!”. Y la Biblia de Reina Valera traduce como: “¡Tened ánimo!”.
Sin embargo, el término tharseîte proviene del verbo tharséo, que significa literalmente: “Ser valiente, estar confiado; tener un buen coraje (es decir, un coraje virtuoso); tener una buena valentía; ser intrépido; emprender algo valientemente; ir valientemente hacia cualquier cosa que sea; arriesgarse valientemente hacia cualquier cosa que sea; estar sin preocupaciones; estar sin aprensión respecto a cualquier cosa que sea; confiar en; fiarse de; fundarse sobre alguna base segura; estar de buen ánimo; ser intrépido respecto de cualquier cosa; tener confianza en que las cosas saldrán bien; fiarse o arriesgarse ante una situación desconocida; estar confiadamente persuadido que”[14].
De este verbo proviene el sustantivo thársos, que significa “el coraje, especialmente el coraje guerrero; la intrepidez; confianza, esperanza; audacia, temeridad”[15].
Del verbo tharséo también proviene el término tharsaléos, que puede ser un adjetivo, y entonces significa ‘valiente, animoso, audaz’. O puede ser también un sustantivo, y entonces significa ‘aquello a lo cual podemos confiadamente arriesgarnos’[16]. Otro derivado del mismo verbo es tharsaleótes, que significa ‘intrepidez’[17].
Como podemos apreciar, traducir tharseîte por ‘tranquilícense’ o por ‘¡ánimo!’, es, como mínimo, insuficiente. Pienso que una traducción no literal pero sí honesta en su sentido sería: “¡Sean valientes, caramba! ¡Yo soy Dios!”. Pero, incluso, aún así no estaríamos expresando toda la fuerza del verbo tharséo. La expresión de Cristo tiene otros matices. Para expresar esos matices habría que usar una paráfrasis: “Sean corajudos con el coraje de los guerreros; sean intrépidos; tengan confianza de que todo va a salir bien; arriésguense a seguir remando a pesar de la oscuridad, de la violencia de las olas, del ímpetu del viento y del cansancio; no tengan miedo ante lo desconocido; ¡duc in altum!, sigan navegando mar adentro; despreocúpense; ¡basta de ansiedades!; sean audaces”.
Jesús ya se los había advertido anteriormente ante una situación muy parecida, cuando la tormenta azotaba la barca y Jesús dormía profundamente (Mt 8,23-27; Mc 4,35-41; Lc 8,22-25). Después de calmar la tempestad, Jesús les dice, según el original griego: tí deloí éste, es decir, “¿Por qué sois cobardes?” (Mc 4,40). La palabra deilós no es un sustantivo que signifique ‘miedo’ sino que es un adjetivo que significa ‘cobarde’ o ‘miedoso’[18]. Por eso es una mala traducción el traducir: “¿Por qué tenéis miedo?” Jesús les enrostra sin miramientos lo que ellos verdaderamente son: ‘cobardes’. No les habla de una situación pasajera del alma, que en ese momento se ve dominada por el miedo. Les habla de un hábito malo y permanente en el espíritu: la cobardía, es decir, les echa en cara un vicio. Y en base a lo que ellos acaban de ver (el poder de Cristo sobre el viento y el mar) ellos deben extirpar ese vicio. “La cobardía es pecado mortal”, dice Santo Tomás[19].
- Pedro el grande y Pedro el pequeño
Inmediatamente después que Cristo se revela como Yahveh y los exhorta a ser valientes, aparece San Pedro Magno. En primer lugar, reconoce la revelación de Jesús, porque le dice: “Si eres tú…”, lo cual quiere decir, “Si tu eres ‘Yo soy’…” Por eso dice Trilling: “Pedro dirige la palabra a Jesús con el título soberano de Señor. Pedro ha entendido. Si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas. ‘Nada será imposible’ al que cree (Mt 17,20)”[20]. Pedro ha entendido lo que quiso decir Jesús cuando dijo: “Egó eimí”.
En segundo lugar, Pedro asume plenamente y con una generosidad enorme el tharseîte de Jesús, es decir, el ‘sed valientes, audaces, intrépidos’. Con una gran osadía le pide a Jesús que le ordene caminar sobre las aguas para ir a su encuentro. ¡Y lo hace! Pedro camina sobre las aguas y va al encuentro de Jesús. Se arriesga valientemente ante una situación completamente desconocida; está absolutamente persuadido de que la empresa que ha emprendido es posible, aun cuando a otros pueda parecer imposible; demuestra un coraje sin límites. Se comporta como un verdadero tharsaléos.
Pero entonces es cuando aparece Pedro el pusillus, que significa ‘pequeño’. San Juan Crisóstomo hace notar que Pedro se asusta por algo que no debiera influir en su caminar sobre el agua, ya que se asusta por el viento, que no influye ni en la consistencia del agua ni en el peso de su cuerpo. Dice San Juan Crisóstomo: “El hundirse dependía de las olas; pero el miedo se lo infundía el viento. (…). Y es lo bueno que, vencido el peligro mayor, iba a sufrir apuros en el menor; por la fuerza del viento, quiero decir, no por el mar. Tal es, en efecto, la humana naturaleza. Muchas veces, triunfadora en lo grande, queda derrotada en lo pequeño”[21].
Y Cristo también lo acusará de ‘pequeño’, pues le dirá oligo-pistós. Olígo en griego significa ‘pequeño’ y pistós significa ‘creyente’. Por lo tanto Jesús lo llama ‘el creyente pequeño’[22]. Pistós proviene de pístis, que significa ‘fe’. En los evangelios se habla de una pístis que es la virtud teologal de la fe y que consiste en el asentimiento a las verdades reveladas. Así se usa, por ejemplo, en Heb 11,1: “La fe es la garantía de los bienes que se esperan, la plena certeza de las realidades que no se ven”. Pero también se habla de una pístis que se equipara a lo que en castellano llamamos ‘confianza’. Así, por ejemplo, en Mc 11,21-24: “Pedro, recordándolo, le dice: «¡Rabbí, mira!, la higuera que maldijiste está seca.» Jesús les respondió: «Tened fe en Dios (éjete pístin Theoû). Yo os aseguro que quien diga a este monte: “Quítate y arrójate al mar” y no vacile en su corazón sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis”. Esta no es la fe-virtud teologal sino la fe-confianza.
En Pedro no faltó la fe-virtud teologal, porque creyó en la revelación de la identidad de Jesús y obró en consecuencia, y por eso fue Pedro el grande. Pero falló en la fe-confianza, y por eso fue Pedro pusillus, Pedro pequeño, Pedro diminuto, oligo-pistós.
Conclusión
En la vida de todos y cada uno de los bautizados, sin ninguna excepción, se repiten hechos parecidos o análogos a los que vivieron los discípulos en el mar. Hay tribulaciones en nuestras vidas en las que se verifican todos los elementos del evento evangélico de hoy: sentimos que el mismo Jesús nos constriñe a separarnos de Él, lo cual es para nosotros fuente de sufrimiento; sentimos en nuestras vidas, sumidas en el mar de este mundo, la lejanía de tierra firme, la oscuridad de la noche, la violencia de las olas que golpean nuestras vidas, la fuerza del viento[23], la extensión del tiempo tenebroso que pareciera no acabar más, el cansancio de tanto remar para llegar a buen puerto y, por añadidura, las ilusiones y los fantasmas que nosotros mismos nos creamos y que aumentan nuestra angustia. Si tenemos espíritu sobrenatural nos daremos cuenta que todo esto lo permite Jesús para poder revelarse a nosotros y para preparar nuestro espíritu a ser dócil a la verdad sobre Jesucristo y aceptar con alegría su auxilio.
En efecto, dice Santo Tomás: “Debéis saber que, cuando el auxilio divino está más cerca, el Señor permite ser más afligidos, porque de esta manera se recibe su auxilio con mayor devoción y acción de gracias. Por eso es que permitió que el temor de los discípulos creciera, porque frecuentemente los hombres se convierten a partir del temor”[24].
Y dice también San Juan Crisóstomo: “Tal es el modo ordinario de obrar de Dios: cuando Él está a punto de resolver las dificultades, entonces es cuando nos pone otras más graves y espantosas. (…). Tal hizo también ahora Cristo con sus apóstoles, a quienes no se manifiesta hasta que rompen en gritos; porque, cuanto más íntima e intensa fuera su angustia, con más gozo acogerían su presencia”[25].
La aceptación de la verdad sobre Jesucristo y la humildad para recibir su auxilio abren al alma hacia un gran thársos, es decir, hacia un gran coraje, una gran intrepidez, confianza, esperanza y audacia, aun a pesar de todas las tribulaciones sufridas en el pasado.
Pero debemos luchar contra el enano que todos llevamos dentro, que busca quedarse en la costa y alimentarse de los restos que los turistas tiran en la playa en lugar de volar mar adentro para experimentar la adrenalina de pescar en alta mar y comer corvina y salmón u otros peces de alta calidad[26]. Debemos prevenirnos del enanismo espiritual que tiene terror a la aventura misionera y a todo lo que implique peligro. Le pedimos esa gracia a la Santísima Virgen.
[1] Dice Santo Tomás: “Es necesario notar que el Señor usa la constricción porque era duro para sus discípulos separarse de Cristo”. “Sed notandum quod utitur impulsione, quia durum erat eis separari a Christo” (Sancti Tomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, caput 14, lectio 2; traducción nuestra).
[2] Respecto a esto dice Santo Tomás: “¿Por qué dice yo soy? Para que, por el modo de hablar que le era propio, ellos pudieran estar ciertos de que realmente era Él, según lo que el mismo Cristo dice: ‘Mis ovejas escuchan mi voz’ (Jn 10,3)”. “Item, quia phantasma credebant, ideo dicit eis ego sum. Et quare dicit sic? Quia ex modo loquendi suo poterant certificari; Io. X, 3: oves meae vocem meam audiunt” (Sancti Tomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, caput 14, lectio 2; traducción nuestra).
[3] Profesores de Salamanca, Biblia Comentada, Tomo V b, BAC, Madrid, 1977.
[4] Esta afirmación nuestra tiene algunos matices que no podemos aclarar en el ámbito de esta homilía, ya que la revelación del nombre de Yahveh implica algunas precisiones que no es posible hacerlas en este lugar. Pero, en resumen, lo que hemos decimos aquí se ajusta plenamente a la verdad. Para una explicación más profunda del nombre de Yahveh ver: Marcone, J., La revelación del nombre de Yahveh, Edición Digital, San Rafael (Mendoza), 2016.
[5] “Jesús no da ninguna señal para ser reconocido ni menciona ningún nombre. Sólo dice llanamente: Soy yo. Con estas dos palabras está todo dicho, porque sólo hay un hombre que pueda hablar así, de modo tan incondicional y absoluto, sin identificar su personalidad ni presentarse con pormenores. Los discípulos no debían conocerle ni por su voz ni por su figura ni por un ademán. Sólo deben saber que quien puede decir: "Soy yo", tiene que ser él. Entonces el hombre no pide una legitimación, no pide señales ni prodigios que lo atestigüen, no pregunta por el nombre, identidad y origen ("Sabemos de dónde es éste"). Todos esos detalles se vuelven accesorios ya que Jesús sabe que ante él solamente existe la confianza sin reservas y la entrega total, que desvanecen el temor...” (Trilling, W., El Evangelio según San Mateo, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969).
[6] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, q. 4, a. 2 c.; I, q. 11, a. 4 c.
[7] “Quia phantasma credebant, ideo dicit eis ego sum. Et quare dicit sic? (…) Ut se verum Deum ostenderet. Simile habetur Ex. III, 13: qui est, misit me, dixit Moyses” (Sancti Tomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, caput 14, lectio 2; traducción nuestra). Son muchos los Santos Padres que ven en estas palabras de Jesús, ‘Yo Soy’, una equiparación con Yahveh. Así por ejemplo, San Jerónimo: “Cuando dice: ‘Yo soy’, no añade quién es El; ya porque por el timbre de la voz tan conocida a ellos, podían comprender quién les hablaba en medio de las tinieblas de una noche tan oscura; o ya porque podían conocer que el que les hablaba era el mismo que sabían ellos habló a Moisés en estos términos (Éx 3,14)): ‘Dirás esto a los hijos de Israel: ‘Yo soy’ me ha mandado a vosotros’” (San Jerónimo, citado en Santo Tomás de Aquino, Catena Aurea, comentario a Mt 14,27). También San Beda: “Y no dijo: Yo soy Jesús, sino únicamente: ‘Yo soy’, porque eran sus amigos muy cercanos y con sólo oír su voz ya podían conocer a su maestro, o (lo que es más), para dar a conocer que Él era aquel mismo que dijo a Moisés (Éx 3,14): ‘Yo soy el que soy’” (San Beda el Venerable, en Santo Tomás de Aquino, Catena Aurea, comentario a Jn 6,20). También San Teofilacto: “Cuando los hombres o los demonios se esfuerzan en abatirnos por temor, oigamos lo que dice Jesucristo: ‘Yo soy, no temáis’. Esto es: yo sin cesar os defiendo, y como Dios, subsisto siempre y nunca falto; no perdáis la fe en mí, asustados por falsos temores” (San Teofilacto de Nicomedia, en Santo Tomás de Aquino, Catena Aurea, comentario a Jn 6,20).
[8] “Crediderunt phantasma esse; unde dicentes, quia phantasma est, non credentes esse verum corpus de virgine” (Sancti Tomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, caput 14, lectio 2).
[9] San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía 50,1-2, BAC, Madrid, 1956, Tomo II, p. 71-76.
[10] Hay un detalle que tiene cierta importancia: la hora de la noche en que Jesús llega a la barca. El Leccionario dice: “A la madrugada”. Sin embargo, el original griego dice: “En la cuarta vigilia de la noche”. La cuarta vigilia de la noche es la que va de las 3 a las 6 de la mañana. Pero tratándose de ‘la noche’, era todavía oscuro. Tomando un término medio podemos pensar que era alrededor de las 4,30 hs. de la mañana. Esto quiere decir que el tiempo que llevaban dentro del mar y remando era mucho y por eso estaban ya al borde del cansancio y de la desesperación. Lo que el evangelista quiere subrayar es que estuvieron en el mar toda la noche. Así lo dice Santo Tomás: “Dice ‘en la cuarta vigilia de la noche’ porque estuvieron en el mar toda la noche”. “Unde dicit quod in quarta vigilia etc., quia tota nocte fuerant in mari” (Sancti Tomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, caput 14, lectio 2).
[11] “Just as the Creator dominated and ordered the chaotic sea 'in the beginning', so now Jesus dominates the sea and ordered it to be still” (Faricy, R. J., The Power of Jesus over Sea and Serpent, BToday 21 (1983), p. 263; traducción nuestra). Santo Tomás expresa la misma idea. Para él, el mar es el mundo y, por lo tanto, es el lugar donde el diablo se siente a gusto y juega en él. El diablo es el engañador de las potestades de este mundo, el que juega y se burla permanentemente de las potestades de este mundo, tal como lo indica el Salmo 103,26, en la traducción de la Vulgata: “Tu creaste el mar y al Dragón para que jugara en él”. Pero Cristo es el que quebró ese poder del demonio, el que fracturó el cráneo del Dragón (Sal 73,14), lo cual queda demostrado en el evangelio de hoy, cuando Jesús camina sobre el mar como Señor del mar (Cf. Sancti Tomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, caput 14, lectio 2; traducción nuestra)
[12] La Biblia de las Américas también traduce: “Le adoraron”. Y dos biblias de lengua inglesa traducen: “Worshiped Him”, es decir, ‘lo adoraron’ (King James Bible y New American Standard Bible).
[13] Cf. Louw – Nida, Greek – English Lexicon of the NT; Moulton – Milligan, Vocabulary of the Greek New Testament; Tuggy, Vine y Swanson, en Multiléxico del NT, nº 4352.
[14] Schenkl, F. – Brunetti, F., Dizionario Greco – Italiano – Greco, Fratelli Melita Editori, La Spezia, 1990, p. 392 – 393; traducción nuestra. Subrayo el hecho que la frase es textual de estos autores.
[15] Schenkl, F. – Brunetti, F., Dizionario Greco – Italiano – Greco..., p. 393.
[16] Schenkl, F. – Brunetti F., Dizionario Greco – Italiano – Greco…, p. 392.
[17] Schenkl, F. – Brunetti F., Dizionario Greco – Italiano – Greco…, p. 392.
[18] Tamez L., E. – Foulkes, I. W. de, Diccionario Conciso Griego Españo del Nuevo Testamento, Sociedades Bíblicas Unidas, Stuttgart, 1978, p. 40.
[19] “Timiditas est peccatum mortale” (Sancti Tomae de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 125, a. 3 s.c). Si buscamos en un diccionario qué significa la palabra latina timiditas nos dirá que significa ‘timidez’. Sin embargo, el argumento de Santo Tomás para afirmar que la cobardía es pecado mortal está tomado de Apoc 21,8 donde se dice, según la Vulgata: “Timidis (…) erit in stagno ardenti igne et sulphure quod est mors secunda” (“Los cobardes irán al estanque de fuego ardiente y azufre, que es la muerte segunda”). Pero San Jerónimo traduce por timidis, precisamente, el término griego deilós que, como acabamos de ver, significa ‘cobarde’. Si quisiéramos ser estrictos, según Apoc 21,8, en la interpretación del adjetivo deiloí aplicado por Jesús a los discípulos en el evento de la tempestad calmada, debiéramos decir que, por su cobardía, los discípulos se pusieron en peligro de condenación eterna. Por otro lado, si timiditas se tradujera por ‘timidez’ y la timiditas es pecado mortal, sería, suponiendo que la traducción fuera correcta, un argumento más para afirmar que la cobardía es pecado mortal, porque la timidez es un defecto menos importante que la cobardía en sentido estricto.
[20] Trilling, W., El Evangelio según San Mateo, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969.
[21] San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía 50,1-2, BAC, Madrid, 1956, Tomo II, p. 71-76.
[22] La mayoría de las Biblias traducen: ‘Hombre de poca fe’, pero el original griego trae solamente esa palabra: oligópistos. En castellano no existe una sola palabra para decir ‘el creyente pequeño’ y por eso es obligado traducir con esa paráfrasis: ‘Hombre de poca fe’.
[23] Dice el evangelio de hoy: “El viento les era contrario”. Respecto a esto dice Santo Tomás: “Este viento significa el ímpetu de las incitaciones diabólicas”. “Iste ventus est impetus diabolicae incitationis” (Sancti Tomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, caput 14, lectio 2; traducción nuestra).
[24] “Debetis scire, quod quando auxilium divinum est magis propinquum, permittit dominus magis affligi, ut tunc magis cum devotione et gratiarum actione recipiatur auxilium eius. Item magis timor crevit, quia frequenter ex timore homines convertuntur” (Sancti Tomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, caput 14, lectio 2; traducción nuestra).
[25] San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía 50,1-2, BAC, Madrid, 1956, Tomo II, p. 71-76.
[26] Cf. Castellani, L., Hija del mar inmenso, en Camperas, Editorial Vórtice, Buenos Aires, 200312, p. 75-77.