P. José A. Marcone, IVE
La parábola del banquete nupcial del hijo del rey
(Mt 22,1-14)
Introducción
La parábola que hemos leído hoy fue dicha por Jesús dentro de la semana santa; más exactamente, el martes santo, según San Mateo. Esta parábola es continuación de la polémica suscitada con los fariseos a raíz de la expulsión de los vendedores del templo el Domingo de Ramos. Ante la mala conciencia y la mala intención de los fariseos que no quieren responder acerca del origen del bautismo de San Juan Bautista (Mt 21,23-27), Jesús les responde con parábolas y les exige que ellos mismos den sentencia acerca de su maldad. La primera parábola es la de los dos hijos, de los cuales uno solo cumple la voluntad del Padre (Mt 21, 28-32). La segunda parábola es la de los viñadores homicidas (Mt 21,33-46), que leímos el domingo pasado. En ambas parábolas los fariseos pisan el palito y se condenan a sí mismos.
Las dos parábolas recién mencionadas y la de hoy tienen un mismo mensaje: el pueblo judío en general (menos el Resto de Israel) y las autoridades en general rechazaron la verdadera revelación divina que inicia en Abraham, es formulada por Moisés en la Ley y desemboca en la manifestación del Mesías, Dios hecho hombre, mesías sufriente. No creen en Cristo. Por lo tanto, las promesas hechas por Dios a Abraham se las entregará al ‘pueblo de la tierra’ (en hebreo, haam ha’áretz), los ignorantes, ‘esos malditos que no conocen la Ley’, según dicen los fariseos (Jn 7,49). Esto es lo que se expresa en la parábola de los dos hijos cuando Jesús dice que los publicanos y prostitutas alcanzarán el Reino y las autoridades judías no (Mt 21,31-32). Además, las promesas serán entregadas a los pueblos que son no-judíos, es decir, a los ‘perros’ gentiles (parábola de los viñadores homicidas y parábola de hoy).
Sin embargo, la parábola de hoy tiene tres características particulares que le dan un carácter peculiar respecto a la parábola de los viñadores homicidas. Sobre esas tres características particulares versará nuestra homilía1.
1. Las bodas místicas con Cristo
La primera característica particular de esta parábola es que expresa la relación entre Dios y su pueblo de un modo nuevo. En las dos parábolas anteriores expresaba esa relación al modo de un padre de familia propietario de una viña que tiene trabajadores que trabajan en la viña. En esta parábola esa relación se expresa al modo de un esposo que se desposa con su pueblo. Los llamados no son llamados a trabajar en la viña sino a participar de la alegría del banquete nupcial del hijo del rey. No cabe ninguna duda que el hijo del rey es Cristo, Hijo Unigénito del Padre2.
El banquete nupcial de la parábola expresa el matrimonio espiritual entre Cristo y su Iglesia en general, y entre Cristo y cada alma en particular. Lo dice expresamente Santo Tomás: “Si seguimos a San Gregorio es necesario decir que el banquete nupcial representa las bodas de Cristo con la Iglesia en este tiempo presente, y, además, el matrimonio entre nuestra alma y Dios, con quien se desposa por la fe”3. Y lo explicita un poco más: “Por lo tanto puede decirse que este esposo es el Verbo Encarnado y la esposa es la Iglesia, como dice el Apóstol: ‘El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Éste es un gran misterio, que yo aplico a Cristo y a la Iglesia’ (Ef 5,31-32). Del mismo modo, puede decirse que este esposo es el mismo Verbo que se desposa con nuestra alma. En efecto, el alma se hace partícipe de la gloria de Dios por la fe, y de este modo se realizan nuestras nupcias, como dice el profeta Oseas: ‘Te desposaré en la fe’ (Os 2,20, Vulg)”4.
Este modo de expresar la relación entre Dios y su pueblo al modo de un matrimonio ya estaba presente en el AT. A través del profeta Ezequiel, Yahveh describe la historia de Israel apelando a la metáfora del matrimonio. Israel era como una niña recién nacida y abandonada a la orilla del camino, que se revolvía en su propia sangre. Yahveh se compadeció y le concedió la vida. Creció como una adolescente desnuda en el campo, sin nadie que se ocupe de ella, abandonada y envuelta en suciedad. Pero Yahveh la recoge, alimenta, hermosea, adorna, viste regiamente y, finalmente, la hace su esposa. Pero ella, al verse hermosa y llena de encantos y riquezas, abandona a su legítimo esposo, Yahveh, y se entrega al adulterio, es decir, a la adoración de los ídolos (cf. Ez 16,1-34). Sin embargo, Dios no la abandonará ni la repudiará si ella se arrepiente. Volverá a amarla con el amor primero si ella vuelve a Yahveh (cf. Os 2,16-25). Incluso, Yahveh usa el vocabulario propio y técnico para designar el acto conyugal: el verbo ‘conocer’. “Sí, aquel día -dice el Señor- ella me llamará: ‘Marido mío’ (…); me casaré contigo en la fidelidad, y tú conocerás al Señor” (Os 2,18.22).
El mismo Jesucristo se presenta como el esposo de las bodas mesiánicas en las Bodas de Caná. El mayordomo de la fiesta llama al esposo y le dice: “Tú has conservado el buen vino hasta ahora” (Jn 2,10). Pero el que conservó el vino en realidad es Jesús. Por lo tanto, Jesús es identificado como ‘el esposo’, Cristo toma el lugar del esposo5. En definitiva, lo que Cristo está diciendo es: “El verdadero esposo soy Yo”.
También en San Lucas Cristo mismo se presenta como ‘el esposo’: “Jesús les contestó: ‘¿Es que pueden ayunar los invitados a la boda mientras el esposo está con ellos? Pero vendrán días en que les quiten al esposo; entonces ayunarán’” (Lc 5,34-35).
San Juan Bautista también presenta a Cristo como el esposo de las bodas mesiánicas: “La esposa pertenece al esposo. Pero el amigo del esposo, el que está a su lado y lo oye, se alegra mucho al oír la voz del esposo. Así que mi gozo es completo” (Jn 3,29).
Todos estos datos bíblicos desembocarán y florecerán en la teología espiritual católica cuyo exponente más importante es San Juan de la Cruz. Esta teología puede resumirse en estas tres frases: “1. La plena perfección cristiana se encuentra únicamente en la vida mística. 2. La mística entra en el desarrollo normal de la gracia santificante. 3. Todos estamos llamados, al menos remota y suficientemente, a los estados místicos”6.
¿Era necesario hablar de estos temas para explicar esta parábola? Sí, porque de esa manera se explica mejor el fracaso espiritual del pueblo judío (en general, salvando al Resto fiel) que no acepta ser parte en este matrimonio que se consuma en la vida eterna. Además, así se explica el extraordinario don ofrecido por Dios a todos los hombres de todos los tiempos y de todos los pueblos.
Jesús caracteriza a tres tipos de judíos que no quieren aceptar el matrimonio con Él. Primero, los que prefieren las ocupaciones de su campo y su trabajo. Segundo, los que prefieren sus negocios. Tercero, los que se oponen abiertamente y odian al Esposo y por eso matan a los mensajeros encargados de invitar.
Los dos primeros tipos coinciden con el tercer terreno de la parábola del sembrador: son los que dejan ahogar la Palabra por las zarzas, es decir, por las preocupaciones del mundo y la seducción del dinero (cf. Mt 13,22). El tercer tipo de judío es el que se ha dejado dominar por la malicia. Santo Tomás lo dice con claridad: “Algunos rechazan por negligencia (…). Parecían tener una justa causa exterior, pero el Señor no acepta el pretexto, porque ninguna cosa temporal debe ser obstáculo para ir a Dios (…) Al decir que ‘otros fueron a atender sus negocios’, está significando el apetito de avaricia. Pero otros rechazan la invitación por malicia, los cuales, endurecidos en malicia, persiguen a los predicadores”7.
San Pablo se va a referir a estos judíos cuando diga: “Los judíos son los que dieron muerte al Señor y a los profetas y los que nos han perseguido a nosotros; no agradan a Dios y son enemigos de todos los hombres” (1Tes 2,15).
Por eso, después del rechazo de Cristo por parte de los judíos, se entablará una enemistad teológica entre los judíos y la Iglesia, que es el Cuerpo Místico de Cristo. Y esta es la razón por la cual a lo largo de las distintas etapas de la historia de la Iglesia, representada en las siete iglesias del Apocalipsis, “la sinagoga de Satanás” le hará guerra a la Iglesia, tal como lo dice el libro del Apocalipsis (Apoc 2,9; 3,9). “Tertuliano resume las denuncias de los Padres contra la peligrosidad judaica en esta frase: Sinagogae Judaeorum fontes persecutionum. Las Sinagogas de los judíos son las fuentes de nuestras persecuciones”8.
“El Judaísmo es un enemigo declarado y activo (…) de los pueblos cristianos. (...) Observemos que esto es tremendo e importantísimo. Son enemigos teológicos. Es decir, no es una enemistad local, o de sangre, o de intereses. Es una enemistad dispuesta por Dios. Los judíos, si son judíos, es decir, si no se han convertido sinceramente al cristianismo, aunque no quieran buscarán con mentiras hacer daño, perder y corromper a los cristianos”9.
Los hombres no-judíos, que no habían recibido la revelación de Abraham ni la Ley de Moisés, están representados en los hombres que andan por los caminos. Una de las características más relevantes del pueblo judío es el tener una tierra entregada por Dios para habitar en forma sedentaria y estable. Es el objeto principal de las promesas: la Tierra Prometida. Por el contrario, los pueblos no-judíos son los pueblos que andan en busca permanente. Ellos también son invitados a desposarse con Cristo a través de la fe.
2. La misericordia de Dios hacia los judíos
El segundo elemento característico de la parábola de hoy en relación con la parábola de los viñadores homicidas es que en esta última el castigo divino sobreviene inmediatamente después de la muerte del hijo. En cambio, la parábola del banquete nupcial implica como un suplemento de misericordia por parte de Dios que, después de muerto el hijo, resucita, prepara la boda con la humanidad y vuelve a invitar a los judíos a entrar al Reino de los Cielos, es decir, a la Iglesia. San Juan Crisóstomo lo dice con palabras elocuentes, señalando, al mismo tiempo, la continuidad y la diferencia entre una parábola y otra: “Mirad, pues, la inefable bondad de Dios. Él plantó la viña, Él lo hizo y preparó cumplidamente todo. Asesinados sus criados, todavía envió otros. Pasados también éstos a cuchillo, envía a su propio Hijo. Asesinado también éste, todavía los llama a banquete de bodas, y ¡ellos no quisieron asistir! Luego les envía otros criados, y también a éstos matan. Sólo entonces, cuando se ve que su enfermedad es incurable, se decide a aniquilarlos”10.
Por eso, los siervos que salen a invitar son los profetas del AT y los Apóstoles del NT, pero principalmente éstos últimos.
Por lo tanto, según esta parábola, el rechazo de los judíos no se realiza el viernes santo con la muerte de Cristo. El rasgarse del velo del templo fue un signo de lo que había de venir. El rechazo definitivo de Cristo se realiza cuando los judíos rechazan incluso la predicación de los Apóstoles que anunciaban su resurrección. Podemos decir que, después de la muerte de Esteban, el punto final que marca el rechazo definitivo de la Sinagoga es el martirio de Santiago el Mayor, hecho por Herodes pero porque agradaba a los judíos (cf. Hech 12,1-3)11.
Santo Tomás también hace notar que en esta parábola no se hace mención de la muerte de Cristo sino solo de sus discípulos. Dice: “No hace aquí mención de su muerte sino sólo de la de los discípulos porque ya había hecho mención de la suya en la parábola anterior”12.
San Juan Crisóstomo, además del paso ya citado, insiste mucho sobre este particular, es decir, sobre el hecho que esta parábola del banquete nupcial se refiere al hecho que, aún después de la resurrección de Cristo, los judíos fueron llamados de nuevo a través de los Apóstoles y rechazaron esta invitación, que fue la última. Veamos otro texto de San Juan Crisóstomo: “En la parábola de los viñadores homicidas se ve que los llama antes de la cruz; pero aquí, en la parábola del banquete nupcial, insiste en su intento de atraérselos aun después de haber sido por ellos crucificado. (…) Y notad cómo allí, lo mismo que aquí, no son las naciones las que invita primero, sino los judíos. (…) Por aquí proclamó también el Señor su resurrección. Como antes había hablado de su muerte, ahora hace ver que después de la muerte habrá bodas y habrá esposo. (…) Y ésta era la tercera culpa de los judíos. La primera fue haber matado a los profetas; la segunda, al hijo; la tercera, que, después de haberlo matado, y cuando el mismo qué mataron los llamó a sus bodas, no quisieron acudir. (…) En fin, después de su ascensión a los cielos, los llamó por medio de Pedro y los otros apóstoles: Porque ‘el que dio eficacia a Pedro para el apostolado de la circuncisión—dice Pablo—, me la dio también a mí para las naciones’ (Gál 2,8)”13.
3. Una condición necesaria: vestirse de Cristo
La tercera característica particular de la parábola de hoy es que detalla con más pormenores en qué consiste la nueva vida que los nuevos invitados (los no-judíos) deben llevar en el Reino y las consecuencias que se siguen de no ser coherentes con ese nuevo modo de vida.
San Mateo aclara que los que son llamados de los caminos son ‘malos y buenos’. ‘Malos’ entre los gentiles se entiende de aquellos que no cumplen la ley natural; ‘buenos’ se entiende de aquellos que sí la cumplen. En efecto, dice San Jerónimo: “También entre los gentiles hay una diversidad infinita, pues debemos conocer, que unos están más inclinados a lo malo, y otros practican las virtudes por sus buenas costumbres”14. Y Orígenes dice: “Aquí debemos entender como buenos los que sencillamente son más humildes y más perfectos en cuanto afecta al culto divino y a quienes se refiere lo que dice el Apóstol: ‘Pues cuando los paganos, que no tienen ley, practican de una manera natural lo que manda la ley, aunque no tengan ley, ellos mismos son su propia ley’ (Rm 2,14)”15.
Pero además, ‘malos y buenos’ aquí significa lo mismo que en la parábola del trigo y la cizaña, “porque en la Iglesia no puede haber buenos sin malos, ni malos sin buenos”16.
De todas maneras, la invitación a entrar en el banquete del Reino para paganos ‘malos y buenos’ es una invitación a la conversión. Conversión para los ‘malos’, que deben creer en el misterio de Cristo íntegro y abandonar todas sus malas costumbres contrarias a la ley natural y añadirle todas las virtudes propiamente cristianas. Pero conversión también para los ‘buenos’, en cuanto que deben creer en el Evangelio y aceptar el orden moral más perfecto que brota de él. Por eso dice San Juan Crisóstomo que una de las características peculiares de esta parábola es la invitación a una vida perfecta. Dice el santo: “Esta parábola del banquete nupcial contiene algo que no contiene la parábola anterior (…). Nos muestra la necesidad de la perfección de la vida y cuán grande castigo espera a los negligentes”17.
En perfecta consonancia con la última frase de San Juan Crisóstomo podemos decir que los detalles que expresa esta parábola con más pormenores son, fundamentalmente, dos: 1. En el vestido de bodas que deben llevar los que entran al banquete; 2. En la punición rigurosa de ser atado de pies y manos, la expulsión del banquete a las tinieblas exteriores y el llanto y crujir de los dientes.
3.a El vestido de bodas
“El rey que entra a las bodas es el rey que entra a examinar. En efecto, aquí ‘entrar’ significa que somete a juicio a los invitados. Y esto se refiere tanto al juicio final como al juicio particular en la muerte. Pero también se refiere a los momentos del tiempo presente cuando se ciernen sobre la Iglesia las tribulaciones y persecuciones”18.
Según el original griego, lo que el rey ve cuando entra a examinar, es “un hombre no vestido (verbo endýo) con vestido (éndyma) de boda” (Mt 22,11). “¿Qué es este vestido? Cristo”, dice taxativamente Santo Tomás19. En efecto, dice San Pablo: “Vestíos (endýo) de Jesucristo, el Señor” (Rm 13,14).
“Alguno se viste de Cristo cuando recibe los sacramentos. En efecto, dice el Apóstol: ‘Los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis vestido (endýo) de Cristo’ (Gál 3,27)”20. ‘Estar vestido de Cristo’ significa también estar vestidos del amor y la caridad de Cristo. Es decir, “vestirse de Cristo significa conformarse a Él a través de las obras. Por lo tanto, tener el vestido nupcial es vestirse de Cristo por las buenas obras, por la convivencia santa, por la verdadera caridad. Y el que no hace esto, es malo”21. Por eso dice San Pablo: “Vestíos (endýo) del hombre nuevo. Y vestíos (endýo) , pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia” (Col 3,10.12).
En definitiva, el vestido nupcial es la gracia santificante y la caridad que lleva aneja, la cual debe actuar por las buenas obras concretas.
3.b La consecuencia de la desnudez
“Átenlo de pies y manos, y arrójenlo a las tinieblas de afuera. Allí habrá llanto y rechinar de dientes” (Mt 22,13). “Esta expresión ‘las tinieblas de allá afuera’ designa en Jesucristo simplemente el Infierno, la Noche Eterna”22.
Santo Tomás ve en esta frase tanto la pena de daño como la pena de sentido23. El argumento de Santo Tomás es muy interesante. Él dice que el hombre en esta tierra se perfecciona de tres modos: por el intelecto pensando, por el afecto tendiendo al Sumo Bien, y, finalmente, actuando con todo su ser. Y por eso ve en la frase conclusiva de la parábola un triple castigo. Por los pies se entiende el afecto, dice Santo Tomás. Dice esto porque los pies son el medio para tender a un fin, que es lo propio del afecto que tiende al bien. El hecho de que estén atados quiere decir que en el infierno ya no pueden tender al bien, es decir, ya no pueden amar a Dios. Es la pena de daño respecto de la voluntad24.
Además de aquí, Jesucristo usa otras dos veces más (Mt 8,12 y Mt 25,50) la expresión ‘echar a las tinieblas exteriores’ referido al infierno. El hecho de que sea arrojado a las tinieblas exteriores tiene en Santo Tomás una explicación todavía más profunda. Dice textualmente: “En este tiempo presente el hombre puede perfeccionarse concibiendo verdades, pero en el infierno no; y por eso dice ‘arrójenlo a las tinieblas exteriores’. En este tiempo presente algunos pecadores no están oscurecidos en cuanto al conocimiento exterior, sino en cuanto al conocimiento interior; pero aquí, en el infierno, estarán también oscurecidos en cuanto el conocimiento exterior”25. La consecuencia es tremenda: el hombre en el infierno no podrá pensar y, por lo tanto, no podrá tener la visión beatífica. Precisamente, la pena de daño consiste en no poseer la visión beatífica26.
Luego, con la frase ‘allí habrá llanto y rechinar de dientes’, viene la pena de sentido27. El llanto y el estridor de dientes aplicado al infierno Jesús la usa también en Mt 8,12; Mt 13,42; Mt 13,50; Mt 24,51; Mt 25,30; Lc 13,28. Por lo tanto, con la cita de hoy, la expresión ‘llanto y estridor de dientes’ aplicado al infierno aparece siete veces en los evangelios. El número siete significa plenitud e insistencia. N. S. Jesucristo se preocupó puntualmente de expresar con claridad e insistencia la realidad que espera al que rechaza su amor y su perdón.
Santo Tomás hace de esta expresión una interpretación profundísima. Él dice: “El llanto procede de la tristeza y el estridor de la ira”28. Y pone como ejemplo el rabioso rechinar de dientes de los fariseos ante las palabras inspiradas de San Esteban, que culminará en su lapidación (Hech 7,24). Y sigue diciendo Santo Tomás: “Algunos lloran sus pecados, y se humillan, y son lavados. En el infierno, en cambio, habrá tristeza, pero no una tristeza que desemboque en humildad, sino una tristeza que se convertirá en ira”29. Esta es una frase realmente tremenda: la tristeza que se convierte en ira, el llanto que se convierte estridor de dientes. Estridor en castellano significa ‘un sonido agudo, desapacible y chirriante’30. En castellano, un sinónimo de ‘rechinar’ es ‘estridular’, que significa ‘producir estridor, rechinar, chirriar, crujir’. En el infierno todo esto será a causa de la ira crónica, que, a su vez, será producto de la tristeza31.
Conclusión
La parábola expresa los extremos de los cuales el hombre es capaz, basado en su libertad y su autodeterminación. Por un lado, el matrimonio místico con Cristo aquí en la tierra y luego eternamente en el cielo. Y por otro, la incapacidad absoluta de pensar, de amar, de conocer a Dios, de ver la esencia de Dios, acompañada de una tristeza y una ira eternas, ya que en todo eso consiste el infierno.
Dice San Juan Crisóstomo que el hecho de que el hombre que estaba sin vestido de bodas no responda palabra a la inquisición del rey significa que el mismo hombre dicta sentencia sobre sí mismo: “Mirad cómo, aun siendo tan evidente el caso, el Señor no le castiga hasta que el mismo pecador no pronuncia su sentencia. En efecto, por el mismo hecho de no tener qué replicar, se condenó a sí mismo, y entonces es arrebatado para los suplicios inexplicables”. Cada hombre elige su destino.
1 San Lucas narra una parábola muy parecida a la parábola que leemos hoy según San Mateo (Lc 14,16-24). La pone en un contexto muy diferente, ya que la pone mucho antes de la semana santa. Algunos comentadores importantes identifican la parábola de Mateo con la de Lucas. Sin embargo, lo más seguro es que sean dos parábolas distintas. Esa es, al menos, la opinión de Santo Tomás de Aquino. Santo Tomás no niega rotundamente que pueda identificarse la parábola de Mateo con la parábola de Lucas y por eso dice lo siguiente: “Puede decirse, como dicen algunos, que se trata de una misma y única parábola, (…) porque se puede decir que Lucas dice lo que Mateo calla. Pero yo creo que se trata de dos parábolas distintas” (“Potest dici, secundum aliquos, quod eadem est parabola, quia (…) potest dici quod Lucas dicit quod Matthaeus tacuit. Sed credo quod alia est”; Sancti Tomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, caput 22, lectio 1; traducción nuestra). Los argumentos de Santo Tomás son de bastante peso y sigue en esto a San Gregorio Magno. Primero, en San Lucas se trata de una simple cena; aquí se trata de un banquete de bodas. Segundo, en la cena de San Lucas no hay ninguno que sea excluido, en cambio aquí sí. Tercero, y más importante, la cena de Lucas significa el banquete del cielo, en la bienaventuranza escatológica; en cambio, la parábola de hoy significa el banquete de las nupcias del Cordero con su Iglesia aquí en la tierra. Y es por esta última razón, precisamente, que, en la cena de Lucas, que significa los que ya entraron al cielo, no hay ningún excluido; en cambio, en este banquete de la tierra, hay tiempo de excluir al que no está preparado.
2 “Filius est Christus”, dice Santo Tomás (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem).
3 “Si loquamur secundum Gregorium, oportet exponere de praesentibus, secundum quod Ecclesia Christo, et anima nostra Deo per fidem desponsatur” (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra)
4 “Unde potest dici quod iste sponsus est verbum incarnatum; sponsa Ecclesia; unde apostolus Eph. V, 32: sacramentum hoc magnum est: ego autem dico in Christo et Ecclesia. Item ipsius verbi ad animam nostram. Fit enim anima particeps gloriae Dei per fidem, et sic fiunt nuptiae nostrae. Osee II, 20: sponsabo te in fide” (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra).
5 En efecto, dice el P. Ignace De La Potterie: “Tú has conservado el vino bueno hasta ahora” (Jn 2,10). Pero tú, ¿quién es? En el plano del relato de las bodas, no puede ser otro sino el joven esposo de Caná; pero, de hecho, el que ‘ha conservado el buen vino hasta ahora’ es Jesús, que, de este modo, es identificado con el esposo. (…) Dado que es Jesús el que da el vino y no el joven esposo de Caná, es Él el esposo de las bodas mesiánicas” (De La Potterie, I., Il Mistero del cuore trafitto, Edizioni Dehoniane Bologna, Bologna, 1988, p. 169; cursiva del autor; traducción nuestra).
6 Royo Marín, A., Teología de la perfección cristiana, BAC, Madrid, 2008, p. 358. 361. 365.
7 “Sed illi, scilicet indurati in malitia, neglexerunt. Quidam dimittunt ex negligentia, quidam autem ex malitia, qui persequuntur praedicatores (…). Videbantur habere iustam causam exterius, sed dominus non recipit, quia nulla temporalia debent detinere de veniendo ad Deum. (…) Per hoc quod dicit alius in negotiationem suam, signatur appetitus avaritiae” (SAncti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra).
8 Meinvielle, J., El judío en el misterio de la historia, Ediciones Theoria, Buenos Aires, 1975, p. 51.
9 Meinvielle, J., Idem, p. 42.
10 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía 69,1-2, BAC, Madrid, 1956, Tomo II, p. 404 – 412.
11 Esto podría coincidir con la media semana de años (tres años y medio) que Dios añade a las setenta semanas de Daniel (Dan 9,24-27). Las setenta semanas se cumplen con la muerte de Cristo, y la media semana que se añade se cumplen con el martirio de Santiago el Mayor. De esta manera se resalta el exceso de misericordia de Dios.
12 “Et non facit hic mentionem de morte sua, sed solum discipulorum quia satis superius fecerat mentionem” (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra)
13 San Juan Crisóstomo, Ibidem.
14 San Jerónimo, en Santo Tomás de Aquino, Catena Aurea.
15 Orígenes, Homilía 20 in Matthaeum, citado en Santo Tomás de Aquino, Catena Aurea.
16 San Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia, 38, citado en Santo Tomás de Aquino, Catena Aurea.
17 San Juan Crisóstomo, Ibidem.
18 “Examinans intravit. Intrat enim quando exercet iudicium super eos; Gen. c. XVIII, 21: intrabo, et videbo: et hoc in finali iudicio; item in morte; item quando imminent tribulationes Ecclesiae” (Sancti Tomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, caput 22, lectio 1; traducción nuestra).
19 “Quae est ista vestis? Christus” (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra).
20 Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra.
21 “Item per operum conformitatem. (…) Habere ergo vestem nuptialem est induere Christum per operationem bonam, per conversationem sanctam, per caritatem veram; et si unum deficiat, malum” (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra).
22 Castellani, L., El Evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, p. 245.
23 “Et concludit sententia parabolae. Ponitur poena duplex, poena damni et poena sensus” (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra).
24 A mi modo de ver, el atar pies y manos significa también sancionar como definitiva una realidad que el mismo pecador ya había elegido por propia elección. Atar pies y manos no es otra cosa que hacer plástica y visible algo que ya existía en sí, porque el pecador, él mismo, se había atado pies y manos al no querer ejercer la caridad. Con los pies debía moverse hacia el necesitado y con las manos ayudarlo, curarlo, etc. Ahora ya no tiene tiempo. Sus pies y sus manos quedarán atados para siempre.
25 “Item modo potest homo proficere in cogitando veritates, sed tunc non; ideo dicitur mittite eum in tenebras exteriores. Modo enim aliqui peccatores non sunt tenebrosi quantum ad cognitionem exteriorem, licet quoad cognitionem interiorem; sed tunc habebunt tenebras exteriores” (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra).
26 Dice Santo Tomás que el ser arrojado a las tinieblas exteriores puede entenderse también literalmente, es decir, el hecho de que, incluso corporalmente, el damnado está fuera del recinto de la gloria, que es pura luz (“Vel, ad litteram, quia non solum quoad animam, sed quoad corpus, quia separabuntur a societate sanctorum”; Sancti Tomae de Aquino, Ibidem). En este sentido ‘las tinieblas exteriores’ no dicen relación con la pena de daño sino con la pena de sentido.
27 “Tunc sequitur poena sensus ibi erit fletus et stridor dentium” (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem).
28 “Fletus procedit ex tristitia, stridor ex ira” (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra).
29 “Aliqui flent pro peccatis, et humiliantur, et mundantur. Ibi erit tristitia, sed non ad humilitatem, sed vertetur in iram” (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra).
31 Dice Santo Tomás que este estridor de dientes también puede entenderse a causa de la impaciencia. O también puede entenderse de los cuerpos de los damnados después de la resurrección, porque no sólo en el alma sino también en el cuerpo serán castigados. O también puede entenderse de que sufrirán concomitantemente el calor y el frio, como dice el libro de Job: “Desde las aguas de nieve pasarán a calores excesivos ya que el pecado será su compañero hasta el infierno” (Job 24,19, Vulg). “Item stridor propter impatientiam (…). Vel potest dici in resurrectione, quia non solum in anima, sed etiam in corpore punientur; vel quia calorem et frigora patientur; Iob XXIV, 19: transibunt ab aquis nivium ad calorem nimium” (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra.