P. Leonardo Castellani
El testimonio del Bautista
(Jn.1,19,28)
El evangelio del tercer Domingo de Adviento (Jn 1, 19), trae el segundo testimonio de Juan Bautista acerca de Jesucristo, el que dio a las autoridades religiosas oficiales.
Está puesto al principio del Evangelio del otro Juan después del solemne prefacio en que el Evangelista declara que “el Verbo era Dios”. Juan el Águila conecta su propio testimonio de que Cristo era Dios (objeto del cuarto Evangelio) con el testimonio de Juan el Lobo de que Cristo era el Mesías; completándolo.
Este testimonio del Bautista a los fariseos acerca de Cristo y de sí mismo, tuvo lugar más o menos en la mitad de su corta carrera, que fue más corta aun que la de Cristo. Juan sobrevino repentinamente como un meteoro, iluminó lo que tenía que iluminar, y se apagó bruscamente.
San Lucas tarja cuidadosamente el principio y el fin de su corta tarea, como si esos dos topes tuviesen notable importancia. Al principio de su misión predicó simplemente, aunque con fuerza extraordinaria “penitencia urgente porque el Tiempo llegó”. Sus oyentes sabían perfectamente qué cosa significaba “el Tiempo”, que era entonces objeto de las más ardientes discusiones: las Setenta Semanas de Daniel ya cumplidas, la esperanza de Israel y las Naciones a punto de realizarse, la plenitud de los tiempos.
A los que daban muestras de arrepentimiento de sus faltas –hasta confesarlas públicamente algunos– Juan los bautizaba por inmersión, advirtiéndoles que era bautismo “provisorio”, y les imponía una regla de conducta sencilla, tomada de la moral natural; porque para reconocer al Mesías había que disponerse, quitando las lagañas de los ojos interiores. Con esto, su trabajo estaba listo.
Sus imprecaciones contra el fariseísmo no empezaron sino después de la investigación oficial que narra el evangelio de hoy. Juan sabía perfectamente quiénes eran los fariseos –era de familia sacerdotal– sobre todo si fue essenio, como creemos; pero era como una onza de plata en rectitud y humildad; y lo mismo que Cristo, no iba a empezar su misión religiosa con un levante a las autoridades religiosas, que no es la manera de empezar de los santos; aunque a veces es la manera de acabar; y de que lo acaben a uno. Véase por ejemplo el acabamiento del filósofo Soren Kirkegor.
Cuando se presenta en el remanso solitario de Besch-Zedá una delegación de “sacerdotes y levitas” comisionados de Jerusalén, Juan los acoge con sencillez y sin descortesía; probablemente con reverencia incluso. Su nombre corría ya de boca en boca como de un varón extraordinario; las mujeres y algunos entusiastas se dejaban decir que era nada menos que “el Mesías”. ¿No se habían cumplido ya los Quinientos Años de Daniel? El Cotarro de Jerusalén –que en hebreo se llama Sam-Hedrim y en griego Synhedrio– aunque era propenso a despreciar, no podía pasarlo por alto; y así mandó tomarle declaración:
“–Tú ¿quién demonio eres?” –el diálogo entre el Bautizador y los delegados es altamente típico–. “Juan confesó y no negó, y confesó diciendo”... marca el Evangelista, indicando que se trataba de una “confesión” o declaración de conciencia, incluso quizá peligrosa. –Yo no soy el Mesías, dijo San Juan, leyéndoles las intenciones. –Entonces, declara quién eres ¿eres por si acaso Elías? –No soy Elías. –¿Eres Profeta? –No... La última réplica le salió seca.
Sin embargo Cristo, que no miente, dirá después que Juan era en cierto modo Elías, y que era el más grande de los Profetas. ¿Por qué negó Juan que era profeta? “Por fastidio hacia esa gente soberbia”, dirá Teofilacto. “Por humildad”, dirá el Crisóstomo. Pero la humildad nunca está reñida con la veracidad, “la humildad es la verdad”, dice Santa Teresa. Juan no negó que era profeta, Juan negó que era “el Profeta”... que estaba en la mente de los interlocutores. Llenos de bambolla y de ideas “nacionalistas”, ellos se figuraban un Mesías guerrero; y un Precursor Caudillo, por el estilo.
Ese profeta que ellos imaginaban, un Elías o un David, no era Juan. Era sin embargo más que David en su humilde estación y en su aspecto áspero y salvaje. Era el dedo que apuntaba a Cristo; y en ese sentido, metafóricamente, era también Elías.
Por mala comparación, es como si en la Argentina, pobre país que tantea en lo oscuro sin saber de dónde le vendrán el orden y la salud, surgiese un Manosanta capaz de ordenar, sanar y sacar adelante el país; y otro hombre capaz de abrirle camino en esta empresa milagrosa; porque las cosas grandes las hacen dos. Y entonces fueran los rosistas y los antirrosistas y le preguntaran al Precursor:
–¿Tú eres el Libertador?
–Yo no soy el Libertador.
–¿Eres el segundo Don Juan Manuel? –o Don Bernardino, ad libitum–
–No soy el segundo Don Juan Manuel.
–¿Eres caudillo, por lo menos?
–No soy el Caudillo.
–Entonces, ¿qué diablo eres?
–Yo soy un pobre argentino que hace lo que puede, nada más y nada menos que lo que Dios quiere de él; y eso más mal que bien...
Entonces lo despreciarían todos los politiqueros, no menos que la Curia Eclesiástica, y los grandes diarios. En otro plano, así respondió el Bautista.
“–Entonces ¿tú quién diablo eres, y a ver qué nos dices de ti mismo, para que llevemos Respuesta a los que nos envían...”. Era la conminación de la autoridad. Juan no se sustrae a ella:
“–Yo soy La-Voz-que-grita-en-el-Desierto” (una sola palabra en arameo, como si dijéramos Wuesterlictruiendestimme en alemán, “ése es mi nombre”...). El mundo en aquel tiempo, religiosamente hablando, era un desierto. Juan era una simple voz; pobre y potente voz, una voz casi sin cuerpo, un cuerpo humano hecho pura voz1.
“–¿Y qué grita esa voz?
–Grita: Preparad los caminos al Señor, como dijo Isaías Profeta. Nada más. “
Los fariseos lo despreciaron: era uno de tantos gritones más. Era un fanático de la revolución mesiánica. A la vista estaba que éste no iba a vencer a Pilato, ni a derribar a Herodes y a los herodianos. Políticamente, cero.
“–Entonces ¿cómo diablos bautizas, si no eres ni el Cristo, ni Elías ni el Profeta?”.
Gran idea tenían los judíos del bautismo; la misma que tenemos nosotros. Perdonar los pecados puede solamente Dios o aquel que lo representa; y ese lavacro con agua significa para ellos y nosotros la limpieza de las lacras morales.
Juan ya había bautizado a Cristo y había tenido la gran revelación del Espíritu acerca de él. “Aquel sobre el cual vieres descender en forma visible el Espíritu, Ese es.” Así que lanzó directa y decididamente su Testimonio, lo que tenía que anunciar, aquello para lo cual era nacido, a unos oídos taponados y no dignos de recibirlo:
“–Yo bautizo con agua; en medio Vuestro está Otro, que vosotros desconocéis, que bautizará con fuego. Ese es el que ha de venir después de mí, que fue hecho antes de mí. Ése es más grande que yo, y en tal medida, que yo no soy digno ni de atarle los cordones del calzado.”
Zás, aquí sí que la arreglamos –pensaron los fariseos–; éste es loco. Despreciaron a Juan y no aceptaron su bautismo precursorio, para mal de ellos, dice el Evangelio. Más tarde Cristo los pondrá en gran aprieto, refiriéndose justamente al bautismo de Juan.
Veamos el otro episodio paralelo a éste. En el Templo, en una de sus últimas contiendas con estos hipócritas engreídos, exigiéndole ellos, lo mismo que a Juan, declinase “con qué autoridad haces esas cosas”, respondió discretamente el Cristo:
“–Decidme vosotros antes, por favor: el bautismo de Juan ¿era de Dios o era [invención] de los hombres?”.
Se cortaron; porque vieron que si respondían era de Dios, reconocían que Cristo tenía veramente autoridad; y si decían era cosa de hombres fanáticos, temían la ira del pueblo. “No sabemos”, dijeron.
“–¡Entonces tampoco puedo deciros qué autoridad tengo yo!”.
Parece un truco hábil de los usados por los “contrapuntistas” palestinos; y una “respuesta de gallego”, que dicen los catalanes responden preguntando; y lo es en efecto. Pero es más que eso: es responder implícitamente a la pregunta: “Si Juan el Bautista tenía autoridad de Dios, yo tengo autoridad de Dios.” Era responder y no responder, que es lo que cumple con los malintencionados.
Con esta autoridad, el Precursor de Cristo comenzó desde entonces a denunciar a los fariseos, y a imprecarlos con la voz gorda; que es la única que quedaba para salvarlos, aunque tampoco los salvó por cierto. “Hijos de víboras, raza de serpientes, generación bastarda y adúltera ¿qué os habéis pensado? ¿Pensáis que habéis de poder huir de la ira de Dios que se aproxima?”. Juan denunció a los fariseos como los peores corruptores de la religiosidad; denuncia que había de retomar más tarde Jesucristo en pleno y en gran estilo.
Es la sífilis de la religión, y el peor mal que existe en el mundo. Es el pecado contra el Espíritu Santo”. Tanto que algún Santo Padre ha predicado que los únicos que van al infierno (es decir, que de hecho se condenan) son los fariseos; y que eso significaría el dicho de Cristo: ese pecado no tiene perdón en esta vida ni en la otra”, proposición que yo no suscribiría, porque realmente no sé en absoluto quiénes están de hecho en el Infierno, como pretendió saber Dante Alighieri. Ni nadie lo sabe. Recuerdo cuando yo estaba por hacerme cura, el párroco de mi pueblo, un piamontés nombrado Olessio, me dijo: “Apruebo tu determinación; pero te prevengo que el infierno está lleno de curas...” Ni él tampoco sabía nada, por cierto.
Tampoco sé si Juan el Bautista fue el santo más grande que ha existido, mayor que San Francisco, San Pablo y San José. Esa discusión no interesa.
Los jesuitas creen que el santo mayor es San Ignacio; los dominicos que fue Santo Domingo, los españoles que fue Santa Teresa; los franceses Juana de Arco, y en un pueblo andaluz que se llama Recovo de la Reina, cuyo patrono es San Pantaleón, creen que el santo mayor de la corte celestial es el
Glorioso San Pantaleón
Santazo de cuerpo entero
Y no como otros santitos
Que ni se ven en el suelo...
El Pae Polinar creía de buena fe, como narra Pereda, que los santos más grandes del mundo, después de Nuestra Señora, eran los Santos Mártires de Santander, Emerencio y Torcuato. Lo que interesa no es saber cual fue el santo más grande –todos son los más grandes cada uno en su línea, como todas las obras maestras–, sino llegar a contarse entre ellos, aunque sea como el más pequeño.
Juan el Bautista fue el santo más grande del Antiguo Testamento, pero el santo más chico del Nuevo Testamento es mayor que él, dijo Cristo, si quieren saberlo. Y con eso basta.
(CASTELLANI, L., El Evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, p. 413-418)
Fulton Sheen
La única persona preanunciada
La historia está llena de hombres que pretendieron venir de Dios, o que eran dioses, o portadores de mensajes de parte de Dios, tales como Buda, Mahoma, Confucio, Cristo, Lao-tse millares de otros, y cada uno de ellos tiene derecho a que se le escuche y considere. Pero de la misma manera que se necesita una medida para las cosas que ha de medirse eternamente, es preciso también que haya algunas pruebas permanentes que puedan aplicarse a todos los hombres, a todas las civilizaciones y a todas las épocas, por medio de las cuales sea posible decidir si alguno de esos hombres que se presentaron con semejantes pretensiones, o acaso todos ellos, están justificados en lo que pretenden. Estas pruebas son de dos clases: la razón y la historia. La razón, porque es algo que todo el mundo posee, incluso los que carecen de fe; la historia, porque todo, el mundo la vive y precisa saber algo de ella.
La razón nos dice que si alguno de esos hombres vino realmente de Dios, lo mínimo que Dios hubiese podido hacer para apoyar su pretensión habría sido preanunciar su venida. Los fabricantes de automóviles dicen a sus clientes cuándo pueden esperar un nuevo modelo. Si Dios envió a alguien de parte de sí mismo, o si Él mismo vino con un mensaje de importancia vital para todos los hombres, parece razonable que primero hiciera saber a los hombres cuándo vendría su mensajero, cuándo nacería, dónde viviría, la doctrina que enseñaría, los enemigos que suscitaría, el programa que adoptaría para el futuro y la clase de muerte que le estaba destinada. Según la medida en que el mensajero se acomodara a estos anuncios, se podría juzgar la validez de sus pretensiones.
Además, la razón nos asegura que, si Dios no hizo tal cosa, nada podría evitar que algún impostor apareciese en la historia y dijera: “Vengo de Dios”, o “se me ha aparecido un ángel en el desierto y me dado este mensaje”. En tales casos no existiría ningún medio objetivo, histórico, de probar al mensajero. Sólo podríamos atenernos a su palabra, y, por supuesto, podría ser que se tratase de un impostor.
Si un visitante llegase de un país extranjero a Washington y dijera que es un diplomático, el gobierno le pediría su pasaporte y otros documentos que diera fe de que efectivamente representa a cierto gobierno. Sería preciso que sus papeles estuvieran fechados con anterioridad a su llegada. Si tales pruebas de identidad se piden a los delegados de otros países, la misma razón obliga a ciertamente a que así se haga con mensajeros que pretenden haber llegado de parte de Dios. A cada uno de ellos la razón le dice: “¿Qué registro existe, anterior a tu nacimiento, que nos hable de tu venida?”
Con esta prueba podemos tener una idea de la veracidad de todos estos hombres. Y en esta fase preliminar Cristo acredita su nacimiento. Buda no tuvo a nadie que preanunciase y su mensaje, o dijera el día en había de sentarse debajo del árbol. Confucio no tuvo registrado por escrito ningún sitio el nombre de su madre y el lugar donde había de nacer, ni tampoco ninguno de estos nombres fue dado a los hombres siglos antes de que él viniera al mundo, de suerte que, al llegar, la gente conociera que procedía de Dios. Pero en el caso de Cristo fue diferente. Debido a las profecías contenidas en el Antiguo Testamento, su venida no resultó un suceso inesperado. No hubo predicciones acerca de Buda, Confucio, Lao-tse, Mahoma o cualquier otro; pero sí acerca de Cristo. Otros vinieron simplemente y dijeron “Aquí estoy, creed en mí” Éstos, por tanto, eran solamente hombres en medio de hombres, y no lo divino en lo humano. Cristo fue el único que destacó de esta línea diciendo: “Investigad los escritos del pueblo Judío y la historia escrita de los babilonios, persas, griegos y romanos.” De momento, podemos considerar los escritos paganos, e incluso el Antiguo Testamento, sólo como documentos históricos, no como libros inspirados. […]
Juan el Bautista
Aquel misterioso silencio de treinta años fue interrumpido solamente por la breve escena del templo. Se estaba aproximando el momento en que tendría que pasar de la vida privada a la vida pública, pues este suceso estaba llamado a sacudir el mundo hasta sus cimientos, Lucas relaciona la aparición del heraldo de nuestro Señor, Juan el Bautista, con el reinado del tirano Tiberio, el emperador de Roma. Plinio, que más adelante, en calidad de historiador romano, habría de escribir acerca de Cristo, era a la sazón un niño de cuatro años. Vespasiano, que luego conquistaría Jerusalén junto con su hijo Tito, contaba diecinueve años. Una de las bodas más importantes de Roma fue, por aquel entonces, la de la hija de Germánico, que nueve años después daría a luz al gran perseguidor de los seguidores de Cristo: Nerón. En medio de la relativa romana,
Fue hecha revelación de Dios a Juan,
Hijo de Zacarías, en el desierto.
Lc. 3,2
Juan vivía en la soledad del desierto, vestido con piel de camello y un ceñidor de curo alrededor de la cintura. Su alimento consistía en langostas y miel silvestre. Esta vestidura era probablemente para que se pareciera a la de Elías, en cuyo espíritu Juan había de caminar delante de Cristo. Predicaba la mortificación y la practicaba.
Habiendo de preparar el camino a Cristo, era preciso también que evocara una conciencia penitente del pecado. Juan era un riguroso asceta, movido por la profunda convicción del pecado que existe en el mundo. La substancia del mensaje que daba a los soldados, a los funcionarios públicos y a quienquiera que le escuchara, era: “Arrepentíos.” La primera advertencia que se hace en el Nuevo Testamento dice a los hombres que es preciso que cambien de vida. Los saduceos tienen que dejar su mundanidad, los fariseos su hipocresía y la pretensión de ser justos; todo el que llega ante Cristo ha de arrepentirse.
Teniendo a su país bajo el yugo romano, para Juan habría resultado un medio más seguro de hacerse popular si hubiera prometido que aquel cuya venida anunciaba sería un libertador político. Éste habría sido un método propio de los hombres; pero, en vez de convocar a las armas, Juan hacía un llamamiento de reparación por los pecados. Y aquellos que pretenden descender de Abraham no deben jactarse de ello, ya que, si Dios quisiera, podría suscitar hijos de Abraham incluso de las mismas piedras:
¡Linaje de víboras!, ¿Quién os sugirió
Sustraeros de la cólera venidera?
Dad, pues, frutos dignos del arrepentimiento;
Y no digáis a vosotros mismos: “tenemos por padre a Abraham”
Porque yo os digo que Dios puede de estas piedras
Hacer surgir hijos de Abraham.
Lc. 3, 7-9
Muchos siglos antes, Isaías había predicho que el Mesías vendría precedido por un mensajero.
He aquí, yo envío mi mensajero delante de tu faz,
Para preparar tu camino.
Una voz clama en el desierto:
Preparad el camino del Señor,
Alisad sus senderos.
Mc. 1, 2-4
Unos tres siglos después de Isaías, Malaquías profetizó que el heraldo prometido por Isaías aparecería en el espíritu de Elías.
He aquí que os voy a enviar a Elías profeta
Mal, 4,5
Ahora, transcurridos varios siglos, apareció en el desierto este gran hombre, que llevaba el mismo género de vida que Elías.
En todos los países, cuando un jefe de un gobierno desea visitar otro gobierno, envía mensajeros “delante de su faz” Así, Juan el Bautista fue enviado a preparar el camino de Cristo, a anunciar las condiciones de su reino y de su gobierno. A pesar de las profecías que se hicieron acerca de él, Juan negó que fuese el Mesías, y dijo que solamente era:
Una voz que clama en el desierto.
Jn 1, 23
Incluso antes de que encontrara al Mesías, que era su propio primo, anunció la superioridad de Cristo:
He aquí que viene detrás de mí el que es más poderoso que yo,
Y yo no soy digno de inclinarme a sus pies
Para desatar la correa de sus zapatos.
Mc. 1,7
Juan se consideraba indigno de desatar las correas de los zapatos de nuestro Señor, pero nuestro Señor le habría de superar en humildad, ya le lavaría los pies a los apóstoles. La grandeza de Juan consistía en el hecho de que le había sido dado el privilegio de correr delante del Rey e ir anunciando: “Cristo ha venido”.
Juan usaba símbolos al mismo tiempo que palabras. El símbolo principal de quitar lavando el pecado era el de lavar mediante el agua. Juan había estado bautizando en el Jordán como prenda de arrepentimiento, pero sabía que su bautismo y el que más adelante habría de conferir el mismo Cristo eran diferentes. Hablando de esto último, decía:
Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
Mt, 3,11
(Mons. Fulton Sheen. Vida de Cristo. Ed. Herder, Barcelona, 1996, p. 13-14.54ss)
1Algunas Biblias modernas puntúan diferentemente la frase del Bautista, en esta forma: “Yo soy la voz que grita: “En el desierto preparad los caminos”., etcétera” (Nota del Pbro. Villaamil).