AloisStöger
Imposición del nombre y presentación de Jesús
(Lc 2,2140)
Con el niño Jesús se procede conforme a las disposiciones de la ley (Cf.2,21.2224.27.39). «Nació de mujer, nació bajo la ley» (Gal_4:4). En la observancia de la obediencia a la ley se hace patente su gloria en la circuncisión (Lc_2:21) y en el templo (Lc_2:2239).
El camino del niño Jesús en el seno de su madre va de Nazaret, la pequeña e insignificante ciudad de Galilea, donde fue concebido, a Belén, la ciudad de David, donde nació en pobreza y gloria, y de allí a Jerusalén, a la ciudad de su «elevación» (Gal_9:51). Con esto se llega al punto culminante del relato de la infancia. La actividad pública de Jesús seguirá el mismo camino: de Galilea a Jerusalén, donde muere y es glorificado.
Como Juan, en el momento de la imposición del nombre, es celebrado en las palabras proféticas de su padre, así también Jesús adquiere todavía mayor esplendor gracias al Espíritu Santo, que habla por boca del profeta y de la profetisa. Juan es celebrado en casa de Zacarías, Jesús, en cambio, en el templo. Jesús es mayor que Juan.
a) Imposición del nombre (Lc/02/21).
21 Cuando se cumplieron ocho días y hubo que circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de ser concebido en el seno materno.
Con su nacimiento fue introducido Jesús en la existencia humana («lo envolvió en pañales»), en la estirpe de José, en el pueblo israelita, en la historia de los pobres y de los pequeños, en la obligación de la ley...
La ley mosaica regula la vida del israelita, por días, semanas y años. Cuando se cumplieron ocho días y hubo que circuncidar al niño, recayó sobre Jesús por primera vez la obligación de la ley: Jesús era «obediente» (Flp_2:8).
El Evangelio no dice expresamente que se efectuó en Jesús la circuncisión. El orden de la ley y su cumplimiento es el marco en que se desarrolla la vida entera de Jesús. Con él se cumple la ley, se realiza su pleno sentido. Con esta obediencia irrumpe lo nuevo y grande. A la circuncisión está ligada la imposición del nombre. Dios mismo fijó el nombre de este niño pequeño. Se le llamó como había dicho el ángel. Con el nombre fija Dios también la misión de Jesús: Dios es Salvador. En Jesús trae Dios la salvación. «Jesús pasó haciendo bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hec_10:38).
b) Presentación en el templo (Lc/02/2224).
22 Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, 23 conforme a lo que está escrito en la ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor; 24 y para ofrecer un sacrificio, como lo dice también la ley del Señor: un par de tórtolas o dos pichones.
La ley de la purificación establecía: «Cuando dé a luz una mujer y tenga un hijo, será impura durante siete días (estará excluida de los actos del culto); será impura como en el tiempo de su menstruación. El octavo día será circuncidado el hijo, pero ella quedará todavía en casa durante treinta y tres días en la sangre de su purificación; no tocará nada santo ni irá al santuario hasta que se cumplan los días de su purificación» (Lev_12:14). También con Jesús se practicó la purificación. Se dice, en efecto: Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos. «Purificación» tal vez signifique aquí consagración. La ley ordena acerca del primogénito: «Cederás a Yahveh todo ser que sea el primero en salir del seno materno, así como el primogénito de los animales que tengas; los machos pertenecen a Yahveh» (Exo_13:12). Esta prescripción de la ley tenía por objeto recordar la acción salvadora con que Dios sacó maravillosamente a Israel de la miseria de Egipto. «Y cuando tu hijo te pregunte mañana: ¿Qué significa esto?, le dirás: Con su poderosa mano nos sacó Yahveh de Egipto, de la casa de la servidumbre. Como el faraón se obstinaba en no dejarnos salir, Yahveh mató a todos los primogénitos de la tierra de Egipto, desde los primogénitos de los hombres hasta los primogénitos de los animales; por eso yo sacrifico a Yahveh todo primogénito de los animales y redimo todo primogénito de mis hijos» (Exo_13:14s). Los animales debían ofrecerse en sacrificio; el hijo primogénito varón era rescatado. El precio del rescate era de cinco siclos1. Este precio podía pagarse en todo el país a cualquier sacerdote. María hizo la oferta prescrita para la purificación. Esta consistía en un cordero de un año en holocausto y un pichón o una tórtola como sacrificio expiatorio.
Los que no disponían de medios para ofrecer una cabeza de ganado menor, ofrecerían un par de tórtolas o dos pichones, uno en holocausto y otro como sacrificio expiatorio (Cf. Lev_12:6 8). María hizo la oblación de los pobres. Dios había mirado a su humilde esclava. María, José y Jesús contaban entre los pobres.
En el Evangelio no se dice expresamente que Jesús fue rescatado con la suma prevista. Fue llevado al templo para ser presentado. Mediante la presentación es consagrado a Dios y declarado posesión suya. Ana, madre de Samuel, llevó al templo el niño que había concebido, aunque era estéril, y lo consagró al servicio de Dios. Dijo: «Quiero yo dárselo a Yahveh, para que todos los días de su vida esté consagrado a Yahveh» (lSam 1,28).
Samuel era un hombre consagrado a Dios, Juan Bautista estaba consagrado a Dios, por lo cual no bebía nada inebriante. Jesús está todavía más consagrado a Dios. Es santo, porque nació de la virgen por la virtud del Espíritu Santo (1,35). Es siempre el Santo de Dios, enteramente consagrado a Dios, entregado al servicio de Dios. La presentación en el templo pone de manifiesto lo que hasta entonces estaba oculto acerca de Él.
c) Testimonio del profeta (Lc/02/2535).
25 Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón; que era hombre honrado y piadoso, que esperaba el consuelo de Israel; el Espíritu Santo residía en él; 26 y le había sido revelado por el Espíritu Santo que no moriría sin ver antes al ungido del Señor.
Como los pastores en Belén, instruidos por el ángel de Dios, publican la grandeza del niño recién nacido, así también en el templo dos figuras de profetas, Simeón y Ana, iluminados por el Espíritu Santo, dan testimonio del significado salvífico de este niño. En Simeón produjo abundantes frutos la piedad veterotestamentaria. Simeón era fiel a la ley y temeroso de Dios. La ley y la sabiduría, cuyo principio es el temor de Dios habían dado la impronta a su conducta. él aguarda el consuelo de Israel, la salud mesiánica, y a aquel que la ha de traer. Dios anuncia para el futuro: «Cantad, cielos; tierra, salta de gozo; montes, que resuenen vuestros cánticos, porque ha consolado Yahveh a su pueblo, ha tenido compasión de sus males» (Isa_49:13). Dios consolará a su pueblo consumando la salvación mesiánica. Simeón es profeta. Dios le ha dado el Espíritu Santo, y así su palabra es revelación divina. Simeón tiene esta ventaja respecto a los demás profetas: antes de morir verá todavía al Ungido del Señor, al Mesías. Los otros profetas lo anuncian para un futuro remoto, él goza ya de su presencia.
27 Movido, pues, por el Espíritu, fue al templo, y cuando entraban los padres con el niño Jesús para cumplir la disposición de la ley con respecto a él, 28 Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios.
Simeón, movido y guiado por el Espíritu, fue al templo en el momento en que era introducido Jesús. Mientras se cumple con la ley antigua, viene Simeón a conocer al Mesías, y los padres reciben la revelación profética acerca del niño. El templo y la ley, el culto y la revelación de la antigua alianza apuntan hacia el Mesías y conducen a él.
Allí está Simeón, iluminado por el Espíritu y penetrado de fe; toma al niño en sus brazos y bendice a Dios. Es la imagen del que ha recibido la salud. Simeón acoge al niño como se acoge a un huésped amigo, con todo respeto y amor. Así también deben ser acogidos los enviados de Dios. En los apóstoles viene Jesús mismo, en su palabra está él presente (Mat_10:40). El comienzo de tal acogida respetuosa y amante es la fe, y el fin es la alabanza de Dios, la bendición de aquel que ha dado toda bendición.
Y dijo:
29 Ahora, Señor, según tu promesa puedes dejar irse en paz a tu siervo; 30 porque vieron mis ojos tu salvación, 31 la que preparaste a la vista de todos los pueblos: 32 luz para iluminar las naciones y gloria de tu pueblo Israel.
La alabanza del profeta es el eco que responde a la revelación acerca del niño que tiene el anciano en sus brazos. Su cántico, el canto vespertino de su vida, está sostenido por las palabras y el espíritu del libro de Isaías (Cf. acerca del v. 30: Isa_40:5; Isa_52:10; acerca del v. 32: Isa_42:6; Isa_46:13; Isa_49:6). Los hombres iluminados por el espíritu saben interpretar rectamente la Escritura y juzgar acerca de los acontecimientos salvíficos.
Dios es Señor, el hombre es siervo. La vida es una dura servidumbre. Quizá hubo de soportar Simeón cosas duras por razón de sus esperanzas mesiánicas. La muerte acabará ahora con esta relación de servidumbre. Se ha realizado el anhelo de una vida. Le es dado ver con los ojos del cuerpo al Salvador y Redentor, sin tener que contentarse con reconocerlo de lejos en las visiones proféticas. «Dichosos los ojos que ven lo que estáis viendo» (Isa_10:23). Puede partir de la vida en paz, con el corazón satisfecho, agraciado con la salvación que trae Jesús. Su vida es una vida llena, porque ha visto a Jesús...
Jesús es el Mesías enviado por Dios para la salvación. Es lo que dice su nombre: Salvador. En él ha preparado Dios la salvación a la vista de todos los pueblos. Ahora se cumplen las palabras de Isaias: «Yahveh alza su santo brazo a los ojos de todos los pueblos, y los extremos confines de la tierra ven la salvación de nuestro Dios» (Isa_52:10). Con esto no se dice todavía que todos los pueblos participen en la salvación. Pero cuando el Señor muestre la salvación a la vista de todos los pueblos, ¿qué sucederá entonces? El niño que lleva Simeón en brazos es una luz para iluminar las naciones. Ahora se cumple lo que se había preanunciado: «Levántate y resplandece, que ya se alza tu luz, y la gloria de Yahveh alborea para ti, mientras está cubierta de sombras la tierra y los pueblos yacen en tinieblas. Sobre ti viene la aurora de Yahveh y en ti se manifiesta su gloria. Las gentes andarán a tu luz, y los reyes, a la claridad de tu aurora» ( Isa_60:13). «Yo te hago luz de las gentes para llevar mi salvación hasta los confines de la tierra» (Isa_49:6; d. 42,6). En Israel alborea la luz que es Jesús, pero más allá de Israel ilumina también a los pueblos gentiles. Atraídos por esta luz acuden las naciones al pueblo de Dios iluminado, en el que habita el Mesías.
Era también inevitable que Israel recibiera gloria por Jesús. De él dimana por Jesús el resplandor de Dios y los pueblos glorifican a Israel. Lo que ya se había insinuado en el cántico de María y en el cántico de los ángeles, lo publica ahora el anciano profeta en toda su amplitud, apoyándose en la predicción de Isaías: Dios otorga en Jesús la salud al mundo entero. «Todos han de ver la salvación de Dios» (3,6). «Sabed pues, que a los gentiles ha sido ya transferida esta salvación de Dios, y ellos la escucharán» (Hec_28:28).
33 Su padre y su madre estaban maravillados de las cosas que se decían de él.
También María y José, los más próximos a Jesús entre todos los hombres, tienen necesidad de la palabra reveladora para poder comprender lo que Dios ha hecho en Jesús para los hombres, «el Evangelio de la insondable riqueza de Cristo» (Efe_3:8). Por mucho que sea lo que se perciba de esta riqueza, todavía es más lo que se sustrae a la comprensión.
También los padres de Jesús se maravillan y se asombran. Sin embargo, no están en el atrio de la fe, sino que creen. Su fe descubre y reconoce las profundidades de la sabiduría y del amor divinos. Se maravillan, penetrados de respeto y reverencia. De las profundidades de su corazón emocionado brota alabanza a Dios y vida religiosa.
34 Simeón los bendijo; luego dijo a María, su madre: Mira: éste está puesto para caída y resurgimiento de muchos en Israel, y para señal que será objeto de contradicción, 35 y a ti una espada te atravesará el alma, para que queden patentes los pensamientos de muchos corazones.
María y José llevaron bendición a Simeón por medio del niño. «Bendito Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los cielos, en Cristo» (Efe_1:3). El anciano profeta bendice, en cambio, a los padres.
Jesús es una figura en que se cifra la decisión, la división de los campos. «él será piedra de tropiezo para las dos casas de Israel, lazo y red para los habitantes de Jerusalén. Y muchos de ellos tropezarán, caerán y serán quebrantados, y se enredarán en el lazo y quedarán cogidos» (Isa_8:14s). Pero también se aplica a Jesús: «Yo he puesto en Sión por fundamento una piedra, piedra probada, piedra angular, de precio, sólidamente asentada. El que en ella se apoye, no titubeará» (Isa_28:16). Para esto destinó Dios a Jesús: para que todo Israel tome en él su decisión. El que es uno con él, se ve levantado, salvado; en cambio, el que está en contradicción con él, cae en la perdición. No por ser Israel el pueblo elegido de Dios recibe la salud y logra la salvación, sino porque toma su decisión optando por Jesús. Lo que salva en el juicio no es la pertenencia a Israel, sino la decisión por el signo erigido por Dios. Sólo el que se decide por Jesús pertenece verdaderamente al pueblo de Dios.
Jesús es signo, señal, porque sitúa al hombre ante la decisión. Es objeto de contradicción. La entera historia de la revelación está llena de contradicción. San Pablo lo expresa con la frase profética: «Todo el día estuve con las manos extendidas hacia un pueblo indócil y rebelde» (Rom 1021; cf. Isa_65:2). San Esteban, después de compendiar la historia de la salud, saca esta conclusión: «¡Gentes de dura cerviz e incircuncisos de corazón y de oídos! Siempre estáis resistiendo al Espíritu Santo. Como vuestros padres, igual vosotros» (/Hch/07/51). Toda contradicción contra Dios se recoge en la contradicción contra Jesús.
María, madre de Jesús, está incorporada a la suerte de su Hijo. Y a ti... Simeón se dirige a ella. El oráculo profético, según el cual Jesús es una señal que será objeto de contradicción, se dirige en primer lugar a María. La contradicción de que será objeto Jesús, le afectará también a ella. Una espada te atravesará el alma. Por los ataques contra Jesús, ella misma sentirá dolor en el alma. María es la madre dolorosa que está en pie junto al Crucificado. Todavía no se habla de la cruz, pero ésta es la última consecuencia de la contradicción.
La contradicción de que es objeto Jesús y el dolor que experimenta María tiene una finalidad fijada por Dios: para que queden patentes los pensamientos de muchos corazones. La decisión que se toma ante la señal que es Jesús, descubre las profundidades ocultas de los sentimientos humanos. Por Jesús, que está ligado con María, se formula un juicio contra la humanidad. «Y ésta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque las obras de ellos eran malas» (/Jn/03/19). El Dios encarnado es señal que sería objeto de contradicción, pero aún lo será más el Crucificado. María, la madre que lo engendró como hombre sujeto al sufrimiento, sufre con él de la contradicción. La unión con ella es la señal, objeto de contradicción; el escándalo es la humanidad de Jesús (Cf. Luc_4:22; Luc_7:23; Luc_23:35).
María y Jesús no se deben separar. Esta inseparabilidad continúa en la Iglesia y en Jesús. Ambos juntos son la señal de la decisión, de la manifestación del estado interior del hombre, de si uno es hombre de obediencia o de desobediencia, hombre de contradicción o de entrega.
d) Testimonio de la profetisa (Lc/02/3638).
36 También estaba allí una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. ésta era ya de edad muy avanzada. Casada desde jovencita, había vivido con su marido siete años; 37 Y era una viuda que llegaba ya a los ochenta y cuatro. No se apartaba del templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones.
Al profeta se añade la profetisa. Israel tuvo siempre también mujeres dotadas de espíritu. La teología rabínica cuenta siete de ellas. Está anunciado que en los últimos tiempos profetizarán los hijos y las hijas de Israel. «Aun sobre vuestros siervos y siervas derramaré mi espíritu en aquellos días, y hablarán proféticamente» (Jua_3:2; Hec_2:18). A la grave palabra del juicio, de la contradicción y de la espada siguen palabras de consolación y de aliento. El nombre de la profetisa y los de sus antepasados significan salvación y bendición. Ana quiere decir: Dios se ha compadecido; Fanuel, Dios es luz; Aser, felicidad. Los nombres no carecen de significado. Lo que significan estos nombres emana de las personas y de sus palabras y lo sumerge todo en el resplandor de la alegría, de la gracia y del favor de Dios. El tiempo mesiánico es un tiempo de profusión de luz. Ana está, como Simeón, formada por la piedad veterotestamentaria. Su avanzada ancianidad demuestra la complacencia de Dios que reposa en ella; en el momento del encuentro con Jesús tenia Ana más de cien años. Su vida era ordenada y casta. Había casado todavía jovencita, su matrimonio duró siete años, y su casta viudez doce veces más: ochenta y cuatro años en total (Cf. Jdt_8:4 ss.; Jdt_16:22s.). Su vida estaba dedicada a la oración, a las visitas al templo (asistencia al culto) y al ayuno, noche y día. Vivía completamente para Dios, en la presencia de Dios. Ana es presentada como modelo luminoso de las viudas cristianas. «La viuda de verdad, la que está desamparada, tiene su esperanza puesta en Dios y se dedica a las súplicas y oraciones, día y noche» (1Ti_5:5).
38 Presentándose en aquel mismo momento, glorificaba a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén.
Ana es testigo de la gran hora de gracia del templo. Con la luz del Espíritu Santo reconoce al Mesías en el niño que llevaba María al templo. Glorificó a Dios, como alternando en un responsorio con Simeón. Como había reconocido la venida del Mesías y quedó llena de gozo, se convirtió en apóstol. No cesaba de hablar de él a todos los que esperaban al Redentor. Su mensaje halla límites en la mayor o menor disposición para aceptarlo. La palabra de la revelación debe aceptarse, como se acoge a un huésped... Jesús es la liberación de Jerusalén. Con la aparición de Jesús en el templo se inicia la liberación de todos los enemigos (1Ti_1:68.71): mediante la gracia de Dios que perdona. Jesús mismo es la liberación, la redención (1Ti_24:21). En él está presente la salvación escatológica. La historia de la infancia ha llegado a su punto culminante. En el templo de Jerusalén se revelan dos cosas: la contradicción contra Jesús y la aceptación creyente, condenación y salvación, caída y resurgimiento. Se cumple lo que había predicho Malaquías: «En seguida vendrá a su templo el Señor a quien buscáis, y el ángel de la alianza que deseáis. Ved que viene ya» (Mal_3:1). Este día es día de juicio: «¿Y quién podrá soportar el día de su venida? ¿Quién podrá mantenerse firme cuando aparezca? Porque será como fuego de fundidor y como lejía de batanero» (Mal_3:2). El día es también día de salvación. «Entonces agradará a Yahveh el sacrificio de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados y como en los años antiguos» (Mal_3:4). De Jerusalén, donde se erige en el templo la señal, irradia la luz para la iluminación de los gentiles, se pone de manifiesto la gloria de Israel. Esto sucede ahora que Jesús es llevado al templo, esto sucederá todavía más cuando sea «elevado» en Jerusalén, es decir, cuando sea exaltado a la gloria. Entonces será reunido el nuevo pueblo de Dios, y sus mensajeros partirán de Jerusalén al mundo a fin de reunir a los pueblos en torno a la señal de Cristo.
e) Regreso a Nazaret (Lc/02/3940).
39 Y después de cumplirlo todo según lo que mandaba la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.
Jesús fue manifestado en Jerusalén a la sazón en que cumplía obedientemente con la ley. «Nacido bajo la ley» (Gal_4:4), Dios lo glorificó por los profetas. La obediencia lo exaltará y lo glorificará de tal modo que el universo confiese que Jesucristo es Señor (Flp_2:11).
Pasada la gran hora de Jerusalén, es llevado Jesús de nuevo a Galilea, a su ciudad. De la gloria de Dios vuelve otra vez a la ciudad que había pasado sin pena ni gloria por la historia de Israel. Nazaret era su ciudad, la ciudad de María y de José. Jesús sigue a su madre, y ésta a José, su esposo. Una vez más está Jesús bajo la obediencia. «Nacido de mujer» (Gal_4:4), su vida es un despojarse de la gloria de Dios mediante la vida de obediencia.
40 EI niño crecía y se robustecía, llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios residía en él.
El hombre completo necesita fuerzas corporales y espirituales, la sabiduría y la gracia de Dios. Pablo desea a los Tesalonicenses: «Vuestro espíritu, vuestra alma y vuestro cuerpo sea custodiado irreprochablemente para la parusía de nuestro Señor Jesucristo» (1Te_5:23). Jesús iba creciendo en fuerzas físicas y se robustecía en el espíritu. Está colmado de sabiduría a fin de poder vivir conforme a la voluntad de Dios.
La dinámica del crecimiento y del desarrollo mental es también un signo en la infancia de Jesús. Sobre su vida reposa la gracia, el favor de Dios, que es el sol que brilla sobre todo crecimiento, la fuerza que origina toda dinámica. También del niño Juan se dijo que crecía corporal y espiritualmente (Lc_1:80), pero no se habló de sabiduría y gracia de Dios. Jesús es más grande que Juan ya desde la infancia.
(Stöger, A., El Evangelio de San Lucas, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969)
1Num_3:47; Num_18:16. El siclo es una moneda judía que recibió su nombre del sistema de pesos. Según el sistema monetario fenicio, que fue introducido en Israel probablemente en tiempos de Salomón, un siclo de plata pesaba 1/15 del siclo de oro (109g/15); esta moneda servía de norma para las contribuciones que se pagaban al santuario (cf. Exo_30:13).