Beato Columba Marmion
El mandamiento del amor
a. El amor fraternal, mandamiento “nuevo”
San Juan resume toda la vida cristiana en estas palabras: "El mandamiento de Dios es que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y que nos amemos los unos a los otros" (1 Jn 3, 23).
¿Cuándo ha oído san Juan este mandamiento que nos comunica? En la última Cena. Ha llegado el día "tan ardientemente deseado" (Lc 23, 15) por Nuestro Señor. Acaba de instituir el sacramento de la unión y de dar a los apóstoles el poder de perpetuarlo. Y he aquí que, antes de sufrir la muerte, abre su Corazón sagrado para revelar sus secretos a sus "amigos" (Jn 15, 15). Es como el testamento de Jesucristo "Yo os doy—dice— un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado" (Jn 13, 34); y al final de su sermón, renueva su precepto: "Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros" (Jn 16, 12).
En el Antiguo Testamento, el precepto del amor de Dios había sido dado bien explícitamente en el Pentateuco; y el amor de Dios contiene implícitamente el amor al prójimo. Pero en la Antigua Ley no se encuentra en ningún sitio un precepto explícito de amar a todos los hombres. Los israelitas interpretaban el precepto: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Lv 19, 15, 18), no en el sentido de amar a todos los hombres, sino al prójimo en un sentido restringido, a los de la misma raza, a los compatriotas, congéneres. Además, al prohibir Dios mismo a su pueblo toda relación con ciertas razas, los judíos habían añadido una falsa interpretación que no venía de Dios: "Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo." Por tanto, el precepto explícito de amar a todos los hombres, incluso a los enemigos, no había sido afirmado y promulgado antes de Jesucristo. Por eso lo llama un precepto "nuevo" y "su" precepto.
b. Amor: señal distintiva del verdadero cristiano
"Todos —ha dicho Cristo— reconocerán que sois mis discípulos en que os amáis los unos a los otros" (Jn 13, 35). Es una señal al alcance de todos. Jesucristo no ha dado otra: "todos reconocerán". No hay equivocación posible. El amor sobrenatural que tengáis los unos a los otros será una prueba no equívoca de que me pertenecéis verdaderamente. Y, de hecho, en los primeros siglos, los paganos reconocían a los cristianos por eso: "Mirad —decían— cómo se aman".
Para el mismo Jesucristo, será ésta la señal de que se servirá el día del juicio para distinguir a los elegidos de los réprobos. Recordad la descripción del Juicio final: "El hijo del hombre separará a los unos de los otros." (Mt 31-46). Sabemos por el mismo Jesús que la sentencia que decida nuestra suerte eterna será establecida por el amor que hayamos tenido a Jesús en la persona de nuestros hermanos. No nos preguntará si hemos ayunado mucho, si hemos hecho vida de penitencia, si hemos pasado muchas horas en oración. Pero nos preguntará si hemos amado y asistido a nuestros hermanos. ¿Es que quedan a un lado los demás mandamientos? No, pero su cumplimiento no nos servirá de nada si no hemos observado este precepto tan querido del Señor.
c. La medida de nuestro amor a Dios
La caridad —ya tenga por objeto a Dios o se ejerza para con el prójimo— es una en su motivo sobrenatural, que es la infinita perfección de Dios. Por eso, si amáis verdaderamente a Dios, amaréis necesariamente al prójimo. "La caridad perfecta para con el prójimo —decía el Padre eterno a santa Catalina de Siena— depende esencialmente de la perfecta caridad que se tiene para conmigo. La misma medida de perfección o de imperfección que el alma pone en su amor a mí se vuelve a encontrar en el amor que tiene a la criatura".
Por otra parte, hay tantas causas que nos alejan del prójimo (el egoísmo, los conflictos de intereses, las diferencias de caracteres, las injurias recibidas, etcétera) que, si amáis real y sobrenaturalmente a vuestro prójimo, no puede ser que no reine en vuestra alma el amor de Dios y, con el amor de Dios, las demás virtudes que Él manda. Si no amáis a Dios, vuestro amor al prójimo no resistirá mucho tiempo a las dificultades que encuentre en su ejercicio. Por eso escribe san Pablo que "toda la ley está resumida en esta sola palara: amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Ga 5, 14). Igualmente dijo muy bien san Juan: "Si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y su amor es perfecto en nosotros" (1 Jn 4, 12).
Es también la medida de nuestro amor a Cristo. Debemos amar a Dios por completo. Pero amar a Dios por completo es Amar a Dios y a todo lo que Dios se asocia. Ahora bien, ¿a qué se ha asociado Dios? Se ha asociado, en primer lugar, en la persona del Verbo, la humanidad de Cristo, y por eso no podernos amar a Dios sin amar a la vez a Jesucristo. Cuando decimos a Dios que queremos amarlo, Dios nos pide, en primer lugar, que aceptemos esa humanidad unida personalmente a su Verbo. Pero, además, desde la Encarnación y por la Encarnación, todos los hombres están en derecho, si no de hecho unidos a Cristo como los miembros están unidos a la cabeza en un mismo cuerpo. Solamente los condenados están separados para siempre de esta unión.
Y no hemos de detener nuestro amor, el don de nosotros mismos, en la humanidad propia de Cristo, sino que hemos de extenderlo a su cuerpo místico. Por eso no olvidéis nunca, pues llegamos a uno de los puntos más importantes de la vida sobrenatural, que abandonar al menor de nuestros hermanos es abandonar al mismo Cristo; aliviar a uno de ellos es aliviar al mismo Cristo en persona. Cuando se hiere a uno de tus miembros, a tu ojo o a tu brazo, eres tú el herido. Lo mismo, atender a cualquier prójimo nuestro es atender a uno de los miembros del cuerpo de Cristo, es tocar al mismo Jesús. Y por eso nuestro Señor nos ha dicho que "todo lo que hacemos, bueno o malo, al más pequeño de sus hermanos, lo hacemos a Él mismo" (Mt 25, 40). Por eso también, en el camino de Damasco, no dijo Cristo a Saulo: "¿Por qué persigues a mis discípulos?" No. Se identifica con ellos y los golpes del perseguidor a los cristianos alcanzan al mismo Cristo: "Yo soy Jesús al que tú persigues" (Hch 9, 4-5).
Cristo se ha hecho nuestro prójimo, o más bien, nuestro prójimo es Cristo, que se presenta a nosotros en tal o cual forma. Se presenta a nosotros paciente en los enfermos, indigente en los que experimentan la miseria, prisionero en los cautivos, triste en que los que lloran. La fe nos lo muestra así en sus miembros, y si no lo vemos en ellos es porque nuestra fe es débil y nuestro amor imperfecto. Por eso dice san Juan: "Si no amamos a nuestro prójimo, al que vemos, ¿cómo podremos amar a Dios, al que no vemos (I Jn 4, 20). Si no amamos a Dios bajo la forma visible en que se presenta a nosotros, es decir, en el prójimo, ¿cómo podremos decir que lo amamos en sí mismo en su divinidad?
d. La abundancia de Dios
La conducta de Dios respecto de nosotros se determina por la conducta que nosotros tenemos con nuestro prójimo. He aquí las palabras del mismo Jesucristo: "Se os medirá con la misma medida con que midiereis" (Mt 7, 2). Eso se explica pues, desde la Encarnación, Cristo se ha unido a la Humanidad tanto, que todo el amor que mostramos sobrenaturalmente a los hombres recae sobre Él mismo.
Estoy seguro de que muchas almas encontrarán aquí la razón de las dificultades, de las tristezas, del poco desenvolvimiento de su vida interior. No se dan bastante a Jesús en la persona de sus miembros, se reservan demasiado. Que den y les será dado, y dado abundantemente, pues Cristo no se deja vencer en amor; Cristo se entregará a ellas plenamente. Porque ellas se olvidarán de sí, Él se encargará de ellas, ¿y quién mejor que Él puede conducirnos a la bienaventuranza?
e. Mérito y valor del amor al prójimo
Aunque el amor a Dios sea en sí mismo, a causa de la trascendencia de su objeto, más perfecto que el amor al prójimo, sin embargo, con frecuencia, el acto de amor para con el prójimo exige más intensidad y obtiene más mérito. ¿Por qué? Porque siendo Dios la belleza y la bondad mismas, y habiéndonos mostrado un amor infinito, la gracia nos lleva a amarlo; mientras que no es difícil encontrar en el prójimo —o en nosotros— obstáculos que resultan de los diferentes intereses que hay entre el prójimo y nosotros. Esas dificultades exigen del alma más fervor, más generosidad y más olvido de sí misma, de sus propios sentimientos y de su voluntad personal; y por eso el amor al prójimo exige, para mantenerse, mayores esfuerzos.
El amor sobrenatural que se ejercita para con el prójimo, a pesar de las repugnancias, de las antipatías o de los disentimientos naturales, manifiesta, en el alma que lo posee, una mayor intensidad de vida divina. No temo decir que un alma que se entrega sobrenaturalmente y sin reserva a Cristo, en la persona del prójimo, ama mucho a Cristo y es infinitamente amada por Él. Esa alma hará grandes progresos en la unión con Nuestro Señor, mientras que si encontráis a un alma que se da frecuentemente a la oración y, a pesar de eso, se cierra voluntariamente a las necesidades de su prójimo, tened por seguro que en su vida de oración hay mucho de ilusión. La menor frialdad querida y deliberadamente mantenida contra uno de nuestros hermanos constituirá un obstáculo más o menos grave, según su grado, para nuestra unión con Jesús. Por eso Cristo nos dice que si, en el momento de presentar nuestra ofrenda en el altar, nos acordamos de que nuestro hermano tiene algo contra nosotros, debemos "dejar allí nuestra ofrenda, ir primero a reconciliarnos con nuestro hermano y después venir a presentar nuestro don al Señor" (Mt 5, 23-24)
Así, el gran Apóstol, que tan bien había comprendido y tan vivamente exponía la doctrina del cuerpo místico, tenía tanto horror a las discordias y disensiones que reinaban entre los cristianos. ¿Y qué razón da? "Como el cuerpo es uno y tiene varios miembros, y como todos los miembros del cuerpo, a pesar de su número, no forman más que un solo cuerpo, así sucede en Cristo. En efecto, todos, ya judíos, ya griegos, ya libres, ya esclavos, habéis sido bautizados en el mismo Espíritu, sois el cuerpo de Cristo y vosotros sus miembros, cada uno por su parte" (1 Co 12, 12-14 y 27).
f. Cualidades de la caridad fraterna
Puesto que todos formamos un solo cuerpo, nuestra caridad debe ser universal. La caridad, en principio, no excluye positivamente a nadie, pues Cristo ha muerto por todos y todos estamos llamados a formar parte de su reino. La caridad abraza incluso a los pecadores, porque para ellos existe la posibilidad de volver a ser miembros vivos del cuerpo de Cristo. Solamente las almas a quienes la sentencia de condenación ha separado para siempre del cuerpo místico están excluidas de la caridad.
Pero ese amor debe revestir diversas formas, según el estado en que se encuentre el prójimo. En efecto, nuestro amor no debe ser un amor platónico, de pura teoría, que se ejerce sobre abstracciones, sino un amor que se traduce en actos apropiados.
Los bienaventurados en el cielo son los miembros gloriosos del cuerpo de Cristo. Nuestro amor a ellos toma una de las formas más perfectas: la de la complacencia y la acción de gracias. Consistirá en felicitarlos por su gloria, en alegrarse con ellos, en dar gracias a Dios con ellos por el lugar que les concede en el reino de su Hijo.
Respecto a las almas que acaban de purificarse en el purgatorio, nuestro amor se convertirá en misericordia. Nuestra compasión debe llevarnos a aliviadas por nuestros sufragios y, sobre todo, por el santo sacrificio de la Misa.
Aquí, en la tierra, Cristo se presenta a nosotros en la persona del prójimo bajo muy diversas formas, que dan a nuestra caridad modos muy variados de ejercicio. Es indudable que hay grados y que es preciso guardar un orden determinado. El prójimo es, en primer lugar, el que está más estrechamente unido a nosotros por los lazos de la sangre. Tampoco aquí cambia la gracia el orden establecido por la naturaleza. La caridad con un superior no tendrá la misma "tonalidad" que con un inferior. Igualmente el ejercicio de la caridad material exige ser conciliado con la virtud sobrenatural de la prudencia. Un padre de familia no puede despojarse de toda su fortuna en favor de los pobres, con perjuicio de sus hijos. Así como la virtud sobrenatural de la justicia puede y debe reclamar del delincuente el arrepentimiento y la explicación antes de que sea perdonado, lo que no se permite es el odio, es decir, querer o desear el mal por el mal, ni excluir positivamente a alguien de la oración. Esa exclusión va directamente contra la caridad.
Apenas si hay mejor prueba de perdón que pueda darse que orar por los que nos han ofendido. Amar sobrenaturalmente al prójimo es, en efecto, amarlo por Dios, para procurarle o conservarle la gracia de Dios. Amar es "querer el bien"; pero todo bien particular se subordina al bien supremo. Por eso es tan agradable a Dios que demos el Bien infinito a los ignorantes, instruyéndoles acerca de Dios. Igualmente, orar por la conversión de los infieles y de los pecadores, a fin de que lleguen a la fe o encuentren la gracia.
Hay también otras necesidades. Ayudar a un pobre, aliviar a enfermo, visitarlo, cuidarlo... "alegrarse con las almas que desbordan de gozo, llorar con las que lloran...; la caridad se hace toda para todos” (Rm 12, 15, y I Co 9, 22).
g. Modelar sobre la caridad de Cristo
Contemplad en el Evangelio cómo ha realizado Cristo Jesús esta fórmula de la caridad para ser nuestro modelo. Porque Él nos dice: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 13, 84). Cristo, dice san Pablo, es "la misma benignidad de Dios aparecida sobre la tierra (Tt 3, 4). Es un Rey, pero un Rey "lleno de dulzura" (Mt 21, 5), que manda perdonar y que proclama bienaventurados a los que, a ejemplo suyo, son misericordiosos (Mt 5, 7). En todas partes, dice san Pedro, que había vivido tres años con Él, "ha pasado repartiendo sus beneficios" (Hch. 10, 38).
¿Cuál es la razón profunda por la que nuestro Señor amaba a sus discípulos y a nosotros en ellos? Porque ellos "pertenecían a su Padre" (Jn 17, 9). Debemos amar a las almas porque pertenecen a Dios y a Cristo. Nuestro amor debe ser sobrenatural. La verdadera caridad es el amor de Dios que abraza juntamente a Dios y a todo lo que está unido a Dios. Debemos amar a todas las almas, como a Cristo, "hasta el grado supremo" (Jn 13, 1) del don de nosotros mismos.
Meditemos el ejemplo de san Pablo, tan animado del espíritu de Jesús. Estaba lleno de caridad para con los cristianos: "¿Quién está enfermo sin que yo lo esté? ¿Quién sufre en su alma una pena sin que yo sufra como si ardiera?" (2 Co 11, 29).
Nuestro Señor ha hecho de la caridad mutua su mandamiento y el objeto de su última oración: "que todos sean perfectamente uno» (Jn 17, 23). Esforcémonos en realizar, en la medida de lo posible, ese deseo supremo del corazón de Cristo y, según su propia palabra, Él derramará en nosotros mismos una medida de gracia "buena, apretada y desbordante" (Lc 6, 38).
Columba Marmion, Dios nos visita a través del amor y del sufrimiento. Ed. LUMEN, Buenos Aires-México. 2004 PAG 85-94