Columbia Marmion
La plenitud de los tiempos
Hemos admirado los secretos caminos de la Sabiduría divina en las preparaciones al misterio del advenimiento del Hombre-Dios.
Dios guarda intacto el depósito de las promesas en su pueblo escogido por una larga serie de milagros, y las confirma y desarrolla sin cesar por las profecías y aún se sirve la divina Sabiduría de las diversas cautividades de pueblo judío prevaricador, para llevar el conocimiento de estas promesas a las naciones extranjeras, a las cuales conduce suavemente por el sendero de sus destinos.
No ignoráis cómo durante este largo período de cuarenta siglos, Dios, que "tiene los corazones de los reyes en su mano" (Cf. Prov. 21,1), y cuyo poder iguala a su sabiduría, funda y derriba, uno tras otro, los imperios más pujantes. Al imperio de Nínive, que se extiende hasta Egipto, hace suceder el de Babilonia. Luego, conforme a la profecía de Isaías, llama a su ''servidor Ciro" (I s 45, 1), rey de los persas y coloca en sus manos el cetro de Nabucodonosor. Después de Ciro, viene Alejandro, el amo del mundo, hasta tanto que Roma tome las riendas de todas las naciones y forme un imperio inmenso, cuya unidad y paz servirán para los misteriosos designios de la difusión del Evangelio.
Mas ya ha llegado la "plenitud de los tiempos" (Gal 4,4) El pecado y el error inundan el universo; el hombre siente por fin la debilidad en que le retiene su orgullo: todos los pueblos tienden los brazos hacia este Libertador tantas veces prometido, y tan largo tiempo esperado: Et veniet Desideratus cunctis gentibus (Ag. 2,8).
Llegada que fue esta plenitud. Dios corona todas sus preparaciones enviando a San Juan Bautista, el último de los profetas, pero que será mayor que Moisés y mayor que Abraham, mayor que todos los nacidos de mujer: Non surrexit inter natos mulierum major Joanne Baptista (Mt 11,11) “En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista”… Es Jesucristo quien lo dice: y ¿en qué se funda?
En que Dios quiere hacerle su heraldo por excelencia, el propio precursor de su Hijo amado: Propheta Altissimi vocaberis (Lc 1 76). “Y tu, niño, serás llamado profeta del Altísimo”… Para realzar todavía más la gloria de este Hijo que va a enviar por fin al mundo, después de haberle prometido tantas veces. Dios se complace en sublimar la dignidad del precursor que ha de dar testimonio de haber aparecido por fin en la tierra la luz y la verdad: Ut testimonium perhiberet de lumine (Jn 1,8). “No era él la luz, sino quien diera testimonio de la luz”. Dios le quiere grande porque su misión es grande, porque ha sido escogido para preceder tan de cerca al que ha de venir. Dios mide la grandeza de sus santos por la relación que tienen con su Hijo Jesús.
Ved cómo exalta a este Precursor, a fin de mostrarnos, por la excelencia de este último profeta, la dignidad de su Verbo. Se escoge de una familia santa como pocas: un ángel anuncia su nacimiento, impone el nombre que ha de llevar, indica cuál será su excelsa misión. Dios le santifica en el seno de su madre, hace brillar los prodigios en derredor de su cuna, hasta el punto de que los venturosos testigos de estas maravillas se preguntan admirados: "¿Quién será este niño?" ( Jn. 1, 31).
Más tarde la santidad de Juan aparecerá tan grande que los judíos vendrán a preguntarle si es el Cristo esperado. Pero él, con ser tan favorecido de la gracia divina, protesta que no es sino la voz que clama en el desierto: “preparad el camino al Señor, porque está para venir" (Jn 1, 23). Los otros profetas no vieron al Mesías sino de lejos; él, le señalará con el dedo en términos tan claros que todos los corazones sinceros lo comprenderán: “aquí el Cordero de Dios", por quien clama a voces todo el linaje humano; porque Él es quien ha de borrar los pecados del mundo. Ecce Agnus Dei (Jn 1, 29). No le conocéis todavía, y, sin embargo de ello, está en medio de vosotros". Medius vestrum stetit quem vos nescitis. Es mayor que yo, porque existía antes que yo; es tan grande que no soy digno de desatar la correa de su calzado; tan grande que he visto al Espíritu bajar del cielo como una paloma y posarse sobre Él. Yo le he visto, y doy testimonio que es el Hijo de Dios (Jn 1, 26-27 y 32 y 34). El “que viene del cielo, dirá también, está por encima de todos y da testimonio de lo que ha visto y oído: el que es por Dios enviado, habla palabras de Dios, porque Dios no le da su Espíritu con medida; el Padre ama al Hijo, y ha puesto todas las cosas en sus manos. El que cree en el Hijo, tiene la vida eterna, el que no cree en el Hijo, no verá, la vida, sino que la ira de Dios recaerá sobre él" (Jn 1, 31ss)
Estas son las últimas voces del precursor; por ellas acabará de preparar las almas a recibir el Mesías. En efecto, cuando el Verbo encarnado, que es el único que puede decir palabras del cielo, porque permanece siempre in sinu Patris ( Jn 1, 18), ha comenzado su misión pública de Salvador, Juan desaparecerá dará testimonio de la Verdad: pero derramando su sangre por ella.
El Mesías, cuya recepción vino a preparar, llegó por fin. Él era la Luz de la que Juan daba testimonio, y todos aquellos que en ella creen, tienen la vida eterna. En adelante, a Él solo habrá que decir: "Señor ¿a quién iremos? Vos sólo poseéis palabras de vida eterna" (Jn 6, 69).
Nosotros tenemos la dicha inmensa de creer en esta luz que ha de “iluminar a todo hombre que viene a este mundo”; vivimos todavía en la “plenitud dichosa de los tiempos”, no estamos privados, como los Patriarcas, de ver el reino del Mesías. Si no somos de los que han contemplado al Cristo en persona, oído sus palabras y vístole pasar, haciendo bien por todas partes, tenemos en cambio la dicha de pertenecer a ''esas naciones de las que David cantó que serían la herencia de Cristo”.
Sin embargo de ello, el Espíritu Santo, que dirige a la Iglesia y es el primer autor de nuestra santificación, quiere que cada año consagre la liturgia un período de cuatro semanas para recordar los cuatro mil años de preparaciones divinas, y ponga todos los medios posibles para adornar nuestras almas con las disposiciones interiores en, que vivían los judíos fieles esperando la venida del Mesías.
Pero me diréis quizás: Esta preparación para la venida de Cristo, esos deseos, esa expectación, estaban muy bien en las almas de los justos del Antiguo Testamento: pero ahora que Jesucristo ha venido, ¿para qué todo eso que no parece sino mera ficción?
Se puede responder con varias razones.
En primer lugar, Dios quiere ser alabado y bendecido en todas sus obras. Todas, en efecto, llevan el sello de su infinita sabiduría: Omnia in sapientia fecisti (Sal 103, 24): todas son admirables tanto en su preparación corno en su realización. Esto es sobre todo verdad tratándose de aquellas que se enderezan más directamente a la gloria de su Hijo, porque “la voluntad del Padre es que su Hijo sea siempre exaltado” (Cf. Jn 12, 28) Dios quiere que nosotros admiremos sus operaciones, y demos gracias por haber preparado con tanta sabiduría y poder el reino de su Hijo entre nosotros, lo cual hacemos cuando recordamos las profecías y las promesas del Antiguo Testamento.
Dios quiso; además, que encontrásemos en estas preparaciones una confirmación de nuestra fe.
La razón de habernos dado señales tan distintas y precisas, de tantas y tan claras profecías, es que por ellas llegaremos a reconocer como Hijo suyo a Aquel que las realizó en su Persona.
Ved cómo, en el Evangelio, invitaba Nuestro Señor mismo a sus discípulos a esta contemplación: Scruptamini Scripturas (Jn. 5, 39), revolved las Escrituras, les decía: esto es, en los libros del Antiguo Testamento; escudriñadlas y las veréis llenas de mi nombre; porque "necesario es que se cumpla todo lo que se ha escrito de mí en los Salmos y en las Profecías": Necesse est impleri omnia quae scripta sunt in prophetis et psalmis de me (Luc. 35, 44). Aún después de su resurrección, lo vemos explicar a los discípulos de Emaús, a fin de robustecer su fe y disipar su tristeza, todo lo concerniente a él en las Sagradas Escrituras "comenzando por Moisés y recorriendo todos los Profetas". Et incipiens a Moyse et omnibus prophetis interpretabatur illis in omnibus Scripturis quae de ipso erant (Luc. 35, 27). Así que, al leer las profecías que la Iglesia nos propone durante el Adviento, debemos decir: con rendida fe, como los primeros discípulos de Jesús: "Hemos encontrado a Aquel que anunciaron los Profetas" (Jn 1, 45). Repitámoselo al mismo Jesucristo: Sí, “Tú eres realmente Aquel que ha de venir; lo creemos y te adoramos, a Ti, que para salvar al mundo te dignaste tomar carne en el seno de una Virgen: Tu ad liberandum suscepturus hominen non horruisti Virginis uterum. ( Himno Te Deum)
Esta profesión de fe es muy agradable a Dios, y por lo mismo, no nos cansemos de repetirla. Como a sus Apóstoles, Nuestro Señor podrá decirnos: "Mí Padre os ama, porque habéis creído que Yo soy su enviado" (Jn 16, 27)
Hay, por fin, una tercera razón, más profunda y más intima: Jesucristo no vino a salvar sólo a los que entonces vivían, sino a los hombres todos, conforme se canta en el Credo: Propter nos et propter nostram salutem, descendit de caelis. La plenitud de los tiempos no se ha cerrado todavía, durará mientras haya escogidos que salvar.
Pero Nuestro Señor Jesucristo, después de su Ascensión, dejó confiada la misión de salvar las almas a la Iglesia y sólo a ella.
Vosotros sois mis hijos, decía San Pablo, el Apóstol de Jesucristo entre los gentiles; os he engendrado en Cristo, para que se vaya formando en vosotros (Gal 4, 19).
La Iglesia, guiada siempre por el Espíritu Santo, que es el Espíritu de Jesús, trabaja en esa obra, haciéndonos contemplar cada año el misterio de su Esposo divino.
Porque, como os lo dije al empezar estas instrucciones, todos los misterios de Cristo rebosan de vida; no son únicamente una realidad histórica, cuyo recuerdo conmemoramos sino una solemnidad que contiene en sí misma una gracia peculiar, una virtud especial, que debe hacernos vivir de la vida misma de Cristo, del que somos miembros, y pasar por todos sus estados.
Así, la Iglesia celebra en Navidad el nacimiento de su divino Esposo, tamquam Sponsus procederes de thalamo suo (Sal 18, 6), y quiere prepararnos por las semanas de Adviento a la gracia de la venida de Jesucristo en nosotros. Es un hecho interior, misterioso, que se realiza en la fe, pero lleno de espiritual fecundidad.
Es verdad que Jesucristo mora ya, en nosotros por la gracia santificante, que nos hace hijos de Dios, pero la Iglesia quiere que esta gracia se renueve, que vivamos una vida nueva, más libre de pecado, más limpia de imperfecciones, más despegada de nosotros mismos y de las criaturas: Ut nos Unigeniti tui nova per carnem nativitas liberet quos sub peccati jugo, vetusta servitus tenet (Oración de la fiesta de Navidad; quiere sobre todo hacernos comprender que Jesucristo, a cambio de la humanidad que toma de nosotros, nos dará su divinidad y se posesionará perfectamente de nosotros.
Será su venida como la gracia de un nuevo nacimiento en nosotros. Ut tua gratia largiente, per haec sacrosancta commercia, in illus inveniamur forma, in quo tecum et nostra substantia(Secreta de la Misa de medianoche)
Esta gracia es la que el Verbo encarnado nos ha merecido por .su nacimiento en. Belén; pero si es justo decir que ha nacido, vivido y muerto por nosotros todos, Pro omnibus mortum est Christus (II Cor. 5, 16), lo es también que la aplicación de sus méritos y la colación de sus gracias no se realiza en cada alma más que en la medida de sus disposiciones.
No participaremos de las gracias tan abundantes que el nacimiento de Jesucristo nos proporciona sino en relación con nuestras disposiciones. La Iglesia lo sabe muy bien, y por eso nada descuida, a trueque de producir en nuestras almas esta disposición interior que reclama la venida de Cristo a ellas. No sólo nos dice por boca del Precursor “Preparad los caminos al Señor” sino que ella misma, como Esposa atenta a los deseos de su Esposo, como madre cuidadosa del bien de sus hijos, nos sugiere y nos da los medios de realizar esa necesaria preparación. Nos transporta, por decirlo así, a la Antigua Alianza, a fin de que nos apropiemos, pero en un sentido completamente sobrenatural, los sentimientos de los justos que suspiraban por la venida del Mesías.
Si nos dejamos guiar por ella, nuestras disposiciones serán perfectas, y la solemnidad del nacimiento de Jesús producirá en nosotros todos sus frutos de gracia, de luz y de vida.
¿Cuáles son etas: son estas disposiciones? Pueden reducirse a cuatro:
La pureza de corazón. — ¿Quién fue el mejor dispuesto para la venida del Mesías? — Sin duda alguna que la Virgen María. Cuando el Verbo vino a este mundo, encontró el corazón de esta Virgen perfectamente preparado y capaz de recibir los tesoros divinos con que se disponía a enriquecerla.
¿Cuáles eran las disposiciones de su alma?
Seguramente que las poseía todas de un modo perfecto: pero hay una que brilla con un resplandor muy particular: es su pureza virginal. María es Virgen, y tiene en tanta estima su virginidad, que se lo hace notar al Ángel cuando éste le propone el misterio de la maternidad divina.
Mas no sólo es Virgen, sino que su alma está limpia de toda mancha. La liturgia nos revela que el fin último de Dios al conceder a María el privilegio único de la concepción inmaculada, era preparar a su Verbo una morada digna de El: Deus qui per immaculatam Virginis conceptionem dignum Filio tuo habitaculum praeparasti (Oración de la fiesta de la Santísima Concepcíon). María debía ser la Madre de Dios y esta excelsa dignidad pedía, no sólo que fuese Virgen, sino que aventajase su pureza a la de los Ángeles, y fuese un reflejo de los santos fulgores en los cuales el Padre Eterno engendra a su Hijo: In splendoribus sanctorum (Sal 109,3). Dios es santo, tres veces santo, y los Ángeles, los Arcángeles y los Serafines cantan su infinita pureza: Sanctus, Sanctus, Sanctus ( Is 6, 3. El seno de Dios, refulgente de luz inmaculada, es la mansión natural del Hijo único de Dios: el Verbo está siempre in sinus Patris; pero al encarnarse ha querido estar también, por una condescendencia inefable, in sinu Virginis Matris. Era, pues, menester que el tabernáculo, ofrecido por la Virgen, le recordase por su pureza incomparable el seno eterno en el que como Dios vive siempre: Christi sinus erat in Deo Patre divinitas, in Maria Matre virginitas (Sermo XII, in append. Operum S. Ambrosii).
He aquí la primera disposición que inclina Jesucristo hacia nosotros: una gran pureza. Pero siendo pecadores no podernos ofrecer al Verbo, Cristo Jesús, esa inmaculada pureza que tanto ama. Pues ¿con qué la supliremos? Con la humildad.
Dios posee en su seno al Hijo de sus complacencias, pero estrecha también con tierno abrazo a otro hijo, al hijo pródigo. Nuestro Señor mismo nos lo dice cuando, después de sus extravíos, ese hijo se vuelve a su padre. Se humilla, se reconoce miserable e indigno, el padre, olvidándolo todo, le aprieta al punto contra su pecho y le recibe en su amistad: Misericordia motus (Lc 15, 20).
No olvidemos que el Verbo, el Hijo, no tiene más voluntad que la de su Padre: Si se encarna y baja a la tierra, es para buscar a los pecadores y llevarlos a su Padre: Non veni vocare justos sed pecatores (Mt 9, 13; Mc. 2 17; Lc 5, 32). Tan verdad es esto, que Nuestro Señor gustará más tarde con gran escándalo de los fariseos, de alternar con los pecadores, y sentarse a su mesa: permitirá a Magdalena que le bese los pies y se los riegue con sus lágrimas.
Si no tenemos la pureza de la Virgen María, pidamos al menos la humildad de Magdalena, el amor del arrepentimiento y de la penitencia. ''Oh Cristo Jesús, yo no soy digno de que entréis en mí; mi corazón no será para Vos una morada de pureza, la miseria habita en él: pero confieso y reconozco esa miseria: venid a librarme de ella, Vos que todo lo podéis. Veni ad liberandum nos, Domine Deus virtutum!—Esta oración, unida al espíritu de penitencia, atrae a Cristo, porque la humildad que se abaja hasta la nada, rinde por lo mismo un homenaje a la bondad y poder de Jesús: Et eum qui venit ad me ejiciam foras (Jn 6, 27).
La consideración de nuestra flaqueza debe sin embargo de ello, estar muy lejos de desanimarnos. Cuanto más sintamos nuestra poquedad, tanto más debemos abrir nuestra alma a la confianza; porque al, fin la salvación viene sólo de Cristo.
Pusillanimes confortamini et nolite timere ecce Deus noster veniet et salvabit nos (Is. Cf. Is. 25,4). “Vosotros, los de corazón apocado, tened ánimo y no temáis; porque nuestro Dios va a venir, y Él nos salvará”. Ved la confianza de los judíos en el Mesías. Para ellos el Mesías lo era todo; resumía todas las aspiraciones de Israel, los votos del pueblo, las esperanzas de la raza; sólo el contemplarle en lontananza debía saciar todos los anhelos de aquel pueblo, y con sólo considerar el establecimiento del reino mesiánico parece quedaban colmados sus deseos y aspiraciones.
¿Cuán confiadas e impacientes no se iban haciendo las ansias de los judíos! “Venid, Señor no tardéis!, (All. Del IV Domingo de Adviento), mostradnos solamente vuestro rostro y seremos, salvos (Sal 74,4)
Pero, ¿cuánto mejor no se verifica todo esto, en nosotros, que poseemos a Cristo Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre? ¡Oh! si comprendiésemos bien lo que es la santa humanidad de Jesús, tendríamos en ella una confianza inquebrantable. En ella están todos los tesoros de ciencia y sabiduría; en ella permanece la divinidad misma: este Hombre-Dios que viene a nosotros es el Emmanuel, es ''Dios con nosotros'', es nuestro hermano primogénito. El Verbo se ha desposado con nuestra naturaleza, ha tomado sobre sí nuestras flaquezas para experimentar lo que es el dolor; viene a nosotros para que participemos de su vida divina; cuantas gracias podamos esperar y apetecer, las posee Él con plenitud para repartirlas entre los hombres.
Las promesas que por la voz de sus profetas hacía Dios a su pueblo para encenderle en deseos del Mesías son harto magníficas. Pero muchos judíos sólo las entendían en el sentido material y grosero de un Mesías temporal y político. Los bienes prometidos a los justos que esperaban al Salvador, no eran sino figura de las riquezas sobrenaturales que encontramos en Jesucristo. La mayor parte de los israelitas vivían de símbolos humanos: nosotros vivimos de la realidad divina, es decir, de la gracia de Jesús. La liturgia de Adviento nos habla sin cesar de misericordia, de redención, de salvación, de liberación; de luz, de abundancia, de alegría, de paz. ”He aquí que el Señor va a venir: en el día de su nacimiento el mundo será inundado de luz” (Antífona de Laudes del I Domingo de Adviento); salta pues, de gozo, Jerusalén, porque tu Salvador va a aparecer (Antífona de Laudes del II Domingo de Adviento): “la paz llenará nuestra tierra cuando él se deje ver” (responso de maitines del III Domingo de Adviento). Todas las bendiciones que pueden caer sobre un alma, Cristo las trae consigo: Cum illo omnia nobis donavit (Rm. 8, 32).
Dejemos, pues, que nuestros corazones rebosen de confianza en Aquel que ha de venir. Seremos muy gratos al Padre si creemos que su Hijo Jesús lo puede todo para la santificación de nuestras almas. Eso equivale a proclamar que Jesús es su: igual y que el Padre se lo ha dado todo".
Ni puede ser frustrada tal confianza. En la Misa del primer Domingo de Adviento, la Iglesia nos lo asegura hasta tres veces: “Aquellos que os esperan, Señor, no serán confundidos”: Qui te exspectant non confundentur.
Esta confianza se traducirá sobre todo en deseos ardientes de que Jesucristo reine en nosotros: ¡Adveniat regnum tuum! Estos deseos se hallan formulados también en la liturgia. Al mismo tiempo que pone ante nuestra vista y nos hace leer los vaticinios, sobre todo los de Isaías, la Iglesia pone en nuestros labios las aspiraciones y suspiros de los antiguos justos. Quiere ver preparadas para la venida de Cristo a nuestras almas, del mismo modo que Dios quería que los judíos estuviesen dispuestos a recibir a su Hijo: “Envía, Señor, Aquel que habéis prometido" (Gn 49, 8). "Ven, Señor, ven a perdonar los pecados de tu pueblo! ( All. Del IV Domingo de Adviento). “¡Señor, manifiesta tu misericordia y haz que aparezca el autor de nuestra salvación!'' (Ofertorio del II Domingo de Adviento). "¡Ven a librarnos Señor, Dios omnipotente! “Excita tu poder y ven!” (Oración del IV Domingo de Adviento)
La Iglesia nos hace repetir sin cesar estas aspiraciones; hagámoslas nuestras con fe, y Jesucristo nos enriquecerá con sus gracias.
Sin duda que Dios es dueño de sus dones; es soberanamente libre, y nadie puede pedirle cuenta de sus preferencias, aunque en la vida ordinaria de su Providencia, procura atender a nuestros deseos: Desiderium pauperurn exaudivit Dominus (Sal 9, 17). Cristo se da en la medida del deseo que tenemos de recibirle: y los deseos aumentan la capacidad del alma: Dilata os tuum et implebo iluud (Sal 80, 2)
Por consiguiente, si queremos que el nacimiento de Cristo procure gran gloria a la Santísima Trinidad, y mucho consuelo al corazón del Verbo encarnado, y sea fuente copiosa de gracias para la Iglesia y para nosotros, procuremos purificar nuestros corazones; seamos humildes pero confiados, y sobre todo, dilatemos nuestras almas por medio de grandes y fervientes deseos.
Pidamos también a la Santísima Virgen que nos haga participar de los sentimientos que la animaban durante los días benditos anteriores al nacimiento de Jesús.
La Iglesia ha querido, ¿y qué cosa más justa?, que su pensamiento llenase la liturgia de Adviento; sin cesar canta la fecundidad de una Virgen, fecundidad admirable, que llena a la naturaleza de asombro: Tu quae genuisti, natura mirante, tuum sanctum Genitorem, virgo prius ac posterius (Antífona Alma Redemptoris Mater).
El seno virginal de María era un santuario inmaculado en el que se quemaba el incienso muy puro de su adoración y de sus homenajes.
Llega a los límites de lo inefable la vida interior de la Virgen durante esos días. ¡Qué unión tan íntima con el Niño Dios que llevaba en su seno! El alma de Jesús estaba, por la visión beatífica, sumida en la luz divina: y los destellos de esa luz irradiaban sobre la Madre. A los ojos de los Ángeles, María aparece cual "mujer revestida del sol'', mulier amicta sole (Ap 12,1), y envuelta en los celestiales resplandores que salían de su Hijo, Sol verdadero de justicia.
¡Cuáles no serían los sentimientos y cuán rendida la fe de María! A impulsos de esa misma fe, la Virgen revolvía en su corazón purísimo aquellos misterios inefables y reunía como en precioso ramillete las aspiraciones todas, los anhelos y votos de todo el género humano, que desde tanto tiempo estaba esperando con ansias a su Salvador y a su Dios. ¡Cuáles, pues, no serían sus encendidos deseos! ¡Qué confianza tan firme la suya!
¡En qué ardores de amor no se derretiría su virginal corazón!
Esta humilde Virgen es la reina de los patriarcas, vástago de su noble y santa prosapia, y el Niño, que luego dará al mundo es aquél que resume en su persona toda la magnificencia de las antiguas promesas.
Ella es también la reina de los profetas, puesto que dará a luz al Verbo eterno, por quien hablaban todos los profetas; su Hijo realizará todas las profecías, y Él mismo anunciará a los pueblos la "buena nueva de la redención" (Luc.4, 19)
Pidámosle humildemente que nos haga entrar en sus disposiciones. Ella escuchará nuestra oración, y nosotros tendremos la inmensa dicha de ver a Cristo nacer de nuevo en nuestros corazones por la comunicación de una gracia más abundante, y podremos gustar con la Virgen la verdad de aquellas palabras de San Juan: "El Verbo era Dios Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros; nosotros le hemos visto lleno de gracia, y de su plenitud hemos recibido todos gracia sobre gracia (Jn 1, 14y 16).
Columba Marmion, Cristo en sus misterios, Ed. LUMEN. Chile. Pag. 131- 144