P. Alfredo Sáenz, S.J.
P. Alfredo Sáenz, S.J.
EL DOMINGO Y LA PALABRA
Mediante la liturgia de la palabra, la Iglesia nos exhorta hoy a reflexionar sobre la importancia del día del Señor. La primera lectura, tomada del libro de Nehemías, nos relata la solemne lectura del libro de la Ley, llevada a cabo por el sacerdote y escriba Esdras, frente al pueblo reunido en su presencia. Ello acaeció en Jerusalén, después de la repatriación de Babilonia. Este retorno del pueblo a su patria había suscitado en todos emoción y alegría. La lectura comenzó con la bendición a Dios por el don de la Ley, a lo cual respondió todo el pueblo, levantando las manos: "Amén, amén". El texto bíblico destaca el respeto de los allí presentes, que se inclinaron profundamente, adorando al Señor con el rostro en tierra. Y se dijo a todos los circunstantes: "Este es un día consagrado al Señor, nuestro Dios; no estéis tristes, ni lloréis". Esto mismo repitieron Esdras y los levitas, porque la multitud "lloraba al oír las palabras de la Ley". Era el primer día del séptimo mes, el día santo del Señor. Indirectamente el texto sagrado señala las mejores disposiciones para escuchar la palabra de Dios: respeto, atención, humillación y revisión de conductas pasadas en relación a la norma predicada.
El domingo, día del Señor
La lectura del libro de Nehemías nos lleva como de la mano a reflexionar sobre el significado del domingo. Se ha perdido en nuestros tiempos el sentido religioso de este día. Habitualmente lo destinamos a ocuparnos de lo que no pudimos hacer durante la semana, o también, para distracciones meramente terrenas.
El domingo, como la misma palabra lo indica, es el día del Señor, el día en que Cristo resucitó de entre los muertos, realizando así la redención y la recreación de los hombres. Por ello dicho día nos recuerda, al tiempo que presencializa, el "Misterio Pascual" del Señor, su paso salvífico por la tierra. En cuanto que es el primer día de la semana, nos trae a la memoria la primera creación; en cuanto que es octavo, nos significa la nueva creación inaugurada con la resurrección de Cristo.
Día octavo, decimos, porque sigue al día séptimo, el sábado judío. Desde que el Señor realizó su obra redentora, desde que injertó el cielo en la tierra, ya no podemos seguir teniendo el sábado como su día, porque El ha inaugurado la nueva vida en el tiempo. Este día cumple plenamente la realidad espiritual del sábado judío y además preanuncia el descanso eterno en el Día sin ocaso que será el cielo.
Sabemos que como día que es del Señor, lo debemos dedicar a Él. Todos los fieles cristianos tienen la obligación de asistir a la Santa Misa, y participar en ella con más devoción que la que tuvieron los israelitas al escuchar la Ley de Dios. Somos más deudores que ellos, ya que al encarnarse el Hijo de Dios, y al acceder a comunicarnos su Nueva Ley, la del amor, tenemos mayor obligación de bendecir y agradecer al Señor, que se ha tomado el trabajo de venir en Persona a revelarnos su palabra. Es por esto mismo que debemos hacer un alto en el ajetreo de la vida cotidiana, para levantar nuestros ojos y nuestras plegarias a Dios. Y, así como el pueblo de Israel, meditando sobre la ley, trataba de adecuar a ella su conducta, con mucha mayor razón nosotros hemos de observar la ley de Cristo, reductible a la práctica del amor a Dios y al prójimo.
Para que así sea, será conveniente que hagamos un alto en las actividades de rutina, descansemos, tomemos parte en el Santo Sacrificio del Altar, y meditemos la palabra de Dios. No nos excusemos fácilmente de asistir a la Santa Misa. Es Dios quien nos invita a su banquete. Aprendamos incluso a ordenar nuestra semana en tomo a este Día que hizo el Señor.
Además de ir a Misa, y de dedicar un tiempo a Dios y al descanso, la Iglesia nos recomienda que nos demos más a la relación familiar. Todavía existe en nuestros países cristianos la costumbre de reunirse familiarmente en la hora del almuerzo para compartir este día. Es una tradición que debe ser respetada como buena y mantenida para las futuras generaciones. Cuando tras haber transcurrido nuestra estadía en la tierra, lleguemos a la Casa del Padre, y nos sentemos en el Banquete de Bodas del Cordero, para celebrar el domingo eterno, gozaremos para siempre de Dios, en el seno de la gran Familia cristiana reunida en la Paz del Señor, que ya no se verá perturbada.
Es cierto que a veces nos veremos ineludiblemente obligados a trabajar el domingo. El Catecismo Católico dice a este respecto: "Cuando las costumbres (deportes, restaurantes, etc.) y los compromisos sociales (servicios públicos, etc.) requieren de algunos un trabajo dominical, cada uno tiene la responsabilidad de dedicar un tiempo al descanso... Los poderes públicos deben asegurar a los ciudadanos un tiempo destinado al descanso y al culto divino."
La Palabra proclamada
El texto evangélico de este domingo se refiere a otra proclamación de la Palabra, más modesta en su forma que la de Esdras, pero en realidad infinitamente más solemne. Era sábado, y habiendo ido el Señor a la sinagoga, lo invitaron a leer un pasaje de la Escritura. Le fue entregado el rollo, con un texto del Profeta Isaías. Como nada es casual, sino que la Providencia, es decir, el mismo Cristo, como Dios encamado que es, lo dispone, quiso que viniera a sus manos justamente ese pasaje. En él se describe admirablemente el objeto del ministerio del Mesías que había de venir, sólo que los judíos allí presentes no sabían que dicho preanuncio ya se estaba cumpliendo en Jesús. En dicho texto se decía cómo obraría el futuro Mesías la redención de la humanidad, con especial referencia a los más humildes.
"El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a evangelizar a los pobres..." Sólo Cristo, el Ungido, podía leer este pasaje en primera persona. El mismo, el Verbo, lo había preparado todo. El mismo, la Palabra, se lo había comunicado al Profeta para que lo escribiese. El mismo, ahora presente, lo verifica en sí, dándole su sentido y explicación. Por eso Jesús, una vez terminado aquel anuncio, dice: "Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acabáis de oír". El, que era la meta y el cumplimiento de todo el Antiguo Testamento, se encuentra allí presente en Persona, lleno del Espíritu Santo, para anunciar a los hombres que ya no hay por qué temer, que ya no hay por qué desesperar, pues ha llegado la redención y el día del Señor.
La Palabra de Dios, presente entre los hombres, hablando a los hombres, nos explica los designios de la voluntad eterna. Así como los judíos, según nos lo relata el texto sagrado, tenían los ojos fijos en el Señor, esperando qué era lo que iba a decir, de manera análoga también los fieles deben estar atentos a lo que en la Santa Misa les dice el celebrante en su homilía. El sacerdote es el representante de Jesús, enviado por Él para que en su nombre se pronuncie y explique el misterio del Evangelio. El sacerdote es como un nuevo Esdras, o mejor, es más que eso, es el mismo Jesús que nos habla por sus labios. Y así como Cristo proclamó la palabra de Dios con toda solemnidad, para desgranar su sentido, así ha de hacerlo el sacerdote, de modo que los fieles se sientan luego movidos a glorificar a Dios.
Preparación para escuchar
Nosotros todavía somos viajeros que se dirigen hacia la Patria Prometida, hacia la Jerusalén celestial. Mientras vamos de camino, como Pueblo peregrinante, reflexionamos en el mensaje evangélico.
Durante la semana hemos de estar ansiosos de oír al Señor que nos habla por medio de su Evangelio. Debemos estar deseosos de escuchar su mensaje, y guardar su palabra como lo hizo la Virgen Santísima, conservándolo en su corazón. Para que esa semilla se deposite en nuestra alma y dé mucho fruto, será preciso que nosotros mismos, con la ayuda de la Gracia, roturemos nuestra tierra, que debe estar deseosa de recibir tal semilla, y luego la abonemos con la oración, para que la palabra prenda fuertemente. Pero al deseo ardiente agreguemos la humildad. Muchas veces el mensaje de Jesús nos hace doler, y nos lleva a revisar nuestra conciencia. Así sucede porque es un mensaje de salvación, que busca desarraigar de nosotros todo lo que no condiga con la ley y la voluntad de Dios. Nos relata el Evangelio que en cierta ocasión los judíos, luego de escuchar a Jesús, se irritaron con Él, y quisieron despeñarlo. El motivo fundamental, que los impulsaba a proyectar esa terrible acción, era su cerrazón a la gracia, su falta de humildad y de acogimiento a la palabra divina. Aprendamos a ser cada vez más dóciles al mensaje de Dios, especialmente en los tiempos que nos tocan vivir, donde el hombre, en su soberbia, pretende enmendar el mensaje evangélico, queriéndolo adaptar a sus pareceres, aun a costa de tergiversaciones sustanciales.
Frente a la Palabra de Dios, seamos humiles, sencillos y sumisos.
Pidámosle a la Santísima Virgen María, que penetró como nadie en el Misterio de su Hijo, porque meditaba asiduamente la Palabra de Dios, que nos ayude a ser conscientes de la importan cia del Domingo, donde escuchamos esa Palabra, además de tomar parte en la renovación del misterio salvífico. Pidámosle que nos ayude a poner en práctica lo que escuchamos, y que en nuestras vidas se goce el Sembrador, porque con su ayuda damos fruto centuplicado.
(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 75-80)