P. Alfredo Sáenz, S.J.
P. Alfredo Sáenz, S. J.
El Buen Samaritano
Dos amores constituyen la esencia de nuestra vida cristiana, dos amores que resumen el contenido de los diez mandamientos que Dios intimara a su pueblo en el Antiguo Testamento, aquellos mandamientos a que aludía la primera lectura, "que no son superiores a nuestras fuerzas ni están fuera de nuestro alcance": el amor a Dios y el amor al prójimo. Una dimensión vertical: el amor a Dios. Y una dimensión horizontal: el amor a los pobres. Por cierto que no es fácil llevar, sin disociarlos, el travesaño vertical y el travesaño horizontal del amor que se encarna en una cruz donde se encuentran, uno en dependencia del otro, los dos mandamientos de la caridad. Pero en el evangelio de hoy, el Señor ha querido limitarse a explicar en qué consiste el amor al prójimo. Y lo hace con la famosa parábola del buen samaritano.
Esta parábola ha recibido dos interpretaciones. Una interpretación cósmica, que abarca el conjunto de la historia de la salvación, y que fue la predilecta por los Padres de la Iglesia, y otra más individualizada, que mira a cada uno de nosotros, cual hacedores de la caridad.
Cristo como buen samaritano
Según la primera de ellas, el hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó es un símbolo de la entera humanidad que, en Adán pecador, se degradó, decayó del paraíso al mundo, como con secuencia del pecado de origen. Queriendo el hombre exaltarse, ambicionando ser como Dios, lo que de hecho sucedió fue que descendió, que bajó a esta tierra, valle de lágrimas. Y entonces "cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto". Porque a raíz del pecado, el hombre se vio acosado por los poderes enemigos, quedando arrojado y lleno de heridas, desnudo y dolorido. Nuestros primeros padres– y en ellos toda la humanidad– no sólo se vieron despojados de los dones sobrenaturales con que Dios los había honrado supererogatoriamente, sino que también quedaron heridos en sus mismos dones naturales; comenzaron a experimentar en carne propia la rebelión de los instintos contra la razón, su inteligencia había de esforzarse para vencer la ignorancia, su voluntad se encontraba profundamente debilitada, su memoria olvidaba con facilidad los recuerdos del cielo para volcarse a la vanidad de lo efímero, su sensibilidad original estaba maculada con la gran llaga de las concupiscencias. Y en el horizonte: la terrible muerte. Así se encontraba el hombre, la humanidad, a raíz del pecado original tirado en el camino, despojado, medio muerto.
Junto al enfermo pasaron entonces un sacerdote y un levita, el sacerdote representando al Culto y el levita la Ley, es decir, pasó todo el Antiguo Testamento. El Culto vio al herido, ese culto veterotestamentario con sus reiteradas hecatombes de sangre animal, con sus sacrificios de becerros y corderos, pero sólo hizo más patentes las heridas del enfermo; la sangre de animales era incapaz de restañarlas: las heridas eran mortales y la, unción superficial. Pasó, pues, el Culto, vio al enfermo... y siguió de largo.
Pasó luego la Ley, vio al herido, advirtió sus llagas, conoció el mal en que el mundo yacía por el pecado, pero nada hizo, porque era incapaz de justificar; dice San Pablo que "la ley intervino para que abundara el delito"; miró, así, al hombre despojado, pero no supo darle el remedio oportuno, no supo darle la gracia, lo mantuvo en sus pecados..., siguió también de largo.
Pasó, por fin, un samaritano, es decir, el mismo Jesucristo, que bajó, Él también, pero no ya de Jerusalén a Jericó, sino del cielo a la tierra. Era forastero, era extranjero, porque siendo Dios, se había dignado penetrar en nuestros confines, se había humillado haciéndose hombre por nosotros, emprendiendo el camino de nuestra vida. Miró entonces al mundo enfermo y se conmovió en sus entrañas, se allegó al herido, cubrió sus llagas con aceite y vino, y las vendó; se acercó a los pecadores, se aproximó a Zaqueo, a la adúltera, al buen ladrón, y curó sus heridas, como lo sigue haciendo hasta hoy mediante los sacramentos, aceite y vino que curan las llagas del pecado.
Entonces Jesús, "ese samaritano", como lo llamarían los fariseos, pero en son de escarnio, cargó al herido sobre su propia montura, sobre su humanidad, sobre sus hombros, como buen pastor que era, y lo llevó hasta el albergue de la Iglesia, albergue que recibe a todos los hombres, albergue especialmente construido por Él para que allí reparen sus fuerzas los viajeros náufragos que peregrinan hacia la patria. Allí entregó al enfermo, para que a lo largo de la historia la Iglesia cuidara de él mediante la enseñanza, el gobierno y los sacramentos, encargando que lo atendieran hasta su vuelta, es decir, hasta el día de su Parusía final, al término de la historia. Entonces quedará consumada la cura de la humanidad, entonces volverá el Divino Samaritano para llevarse consigo a los convalecientes.
"Ve y procede tú de la misma manera"
Tal es la interpretación que los Padres dieron a esta magnífica parábola. Pero cabe otra interpretación, de índole más personal. A imitación de Cristo, también nosotros hemos sido llamados a ser los buenos samaritanos de nuestros hermanos, hemos sido llamados al ejercicio del amor. Pero nuestro amor al prójimo, precisamente por ser una virtud teologal, no es una virtud natural, una forma de filantropía, sino que proviene de Dios. Porque Dios nos amó primero, nos amó cuando aún éramos enemigos, y reíamos en nuestra suficiencia. Para suscitar nuestro amor, Dios no perdonó recurso alguno, ni siquiera perdonó a su propio Hijo, que nos amó hasta el extremo, según aquello de que nadie tiene mayor amor que quien da la vida por sus amigos. Pues bien, ese amor, que viene de Dios, y que nos atraviesa, debemos prolongarlo hasta nuestros hermanos. "El que no ama a su hermano a quien ve, no es posible que ame a Dios a quien no ve", dice la Escritura. Y así como la caridad, por ser virtud teologal, proviene de Dios, por ser tal, concluye también en Dios: quien ama a su prójimo con amor de caridad, en él últimamente ama a Dios.
¿Quién es nuestro prójimo? Todos los hombres. Todos tenemos un Padre común, o, como afirma San Agustín, "todos somos parientes en Dios Padre". Nadie es, en adelante, un simple "extraño", todos han sido hechos a imagen de Dios, como nosotros. Amor, pues, a todos los hombres. Pero un amor especial a nuestros hermanos en la fe. En la Iglesia todo nos une: un mismo Espíritu, una misma fe, una común esperanza, un solo bautismo, un idéntico alimento eucarístico. Miremos cuánto se aman los parientes. ¿Por qué? Por un poco de carne y sangre común. ¿Por qué no amar también a los que se alimentan con la misma carne y sangre que nosotros, con la carne y sangre de Jesús? Debemos confundirnos de que en nosotros no pueda más la gracia que la naturaleza.
Sin duda que es difícil la caridad. Es difícil crear en nosotros un corazón benévolo para con el prójimo. A duras penas nos interesamos por los demás. Nos cuesta ver en el otro a un miembro de nuestro propio cuerpo, a un miembro del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Con todo, no hay cristianismo si no hay caridad. No es cristiano el que "pasa de largo", aunque lleve escapularios y figure en todas las procesiones. El samaritano vio al enfermo, se conmovió, se apeó del caballo. También nosotros, al ver al necesitado, debemos apeamos de nuestro egoísmo y acercarnos a él. No pasar de largo ante el indigente, ante quien vive en la miseria, sea corporal o espiritual.
Pronto nos acercaremos a recibir el Cuerpo de Aquel que dijo: "Este es mi mandamiento, que os améis unos a otros como Yo os he amado". Cuando lo sintamos palpitar en nuestro interior, recapacitemos en nuestra indigencia y digámosle: "También nosotros hemos caído, Señor, en manos de ladrones, hemos sufrido los asaltos del mundo, del demonio y de la carne. Hemos sido despojados de tu gracia, y llagas sin cuenta han cubierto nuestra pobre alma. Pero tú, Señor, como se dice en el libro de los salmos, haces brotar de la tierra el vino que alegra el corazón del hombre, el aceite que da brillo a nuestra vida y el pan que fortifica nuestras entrañas. Pasa a nuestro lado, Señor, pero no sigas de largo, allégate a nosotros, venda nuestras heridas, colócanos sobre tus hombros, e introdúcenos siempre más en el albergue de tu Iglesia hasta el día de tu vuelta victoriosa". Así sea.
ALFREDO SÁENZ, S.J., Palabra y Vida - Homilías Dominicales y festivas ciclo C, Ed. Gladius, 1994, pp. 219-223