Alois Stöger
Vigilancia y
fidelidad
32 No temas, pequeño rebaño: que vuestro Padre ha tenido a bien daros el
reino.
El grupo de los discípulos es un pequeño rebaño. El pueblo
de Dios de los últimos tiempos se compara con un rebaño. A pesar de su pequeño
número, de su insignificancia, de su impotencia y de su pobreza, ha de recibir de Dios el reino, el
poder y el señorío sobre todos los reinos. Porque es el pueblo santo del Altísimo
(Dan_7:27). Este pequeño rebaño vive en el amor de Dios, que es su Padre. Por el designio de
Dios, que tiene su más profunda y única razón en el beneplácito de Dios, este
pequeño rebaño está llamado a lo más grande. Jesús dijo que el reino debe
ser la única preocupación del discípulo; pero tampoco esta preocupación ha de ser
angustiosa. No temas. El amor eterno del Padre asegura el reino a los discípulos.
«¿Qué me separará del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús?»
(Rom_8:39). La seguridad de la vida está en manos del Padre, en su beneplácito, en su amor: Paz
a los hombres, objeto del amor de Dios.
33 Vended vuestros bienes para darlos de limosna. Haceos de bolsas
que no se desgastan, de un tesoro inagotable en los cielos, donde no hay ladrón que se acerque ni
polilla que corroa. 34 Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también
vuestro corazón.
Ha quedado pendiente la cuestión de cómo han de atesorarse
riquezas con vistas a Dios (Lc.12:21). Vended vuestros bienes y con lo que obtengáis dad limosna, con
lo cual acumularéis un tesoro en el cielo. Este tesoro no se pierde. De él no se puede decir:
Todo lo que has preparado, ¿para quién va a ser? El arca no será agujereada ni agrietada,
el tesoro mismo no disminuye, no está expuesto a ladrones y a fuerzas destructoras. Lo que amenaza los
tesoros de la tierra, el dinero, los vestidos preciosos y cosas semejantes, no puede dañar al tesoro
del cielo. Lo que hace el hombre con vistas a Dios, no se pierde; una vida que se ha vivido con la mira puesta
en Dios se convierte en vida eterna.
El hombre tiene el corazón apegado a aquello por lo que ha aventurado
mucho. El que ha vivido con la mira puesta en Dios, tiene el corazón puesto en Dios; el que ha expuesto
mucho por el reino de Dios, piensa en el reino de Dios. El que tiene su tesoro y su riqueza en el cielo,
está en el cielo con su corazón y con sus anhelos. Para quien mediante limosnas se procura un
tesoro en el cielo, el reino de Dios representa el centro de su vida.
- d) Vigilancia y fidelidad (Lc/12/35-53)
El discípulo de Jesús tiene la mira puesta en la venida de su
Señor. En la época en que Lucas escribía su Evangelio, no esperaban ya los cristianos la
próxima venida de Jesús, sino que contaban ya con espacios más largos de tiempo. Entre el
tiempo de la acción salvífica de Jesús y su venida gloriosa transcurre el tiempo de la
Iglesia. Los cristianos que viven en este tiempo de la Iglesia miran retrospectivamente a la vida de
Jesús en la tierra, y prospectivamente a su futura manifestación. Las preocupaciones
fundamentales del tiempo final del cristiano que aguarda la pronta venida de Cristo, no deben faltar tampoco
al cristiano que vive en el tiempo de la Iglesia, puesto que nadie sabe cuándo vendrá el
Señor. Lucas habla de algunas de estas actitudes fundamentales: el cristiano debe ser vigilante
(Lc.12:35-40); en particular, los dirigentes de la Iglesia son exhortados a la fidelidad (Lc.12:41-48). Como
el tiempo de la primera venida de Cristo fue un tiempo de decisión, así también el
cristiano debe concebir su vida como decisión por la voluntad de Dios (Lc.12:49-53).
35 Tened bien ceñida la cintura y encendidas las
lámparas 36 y sed como los que están esperando a que su señor regrese del banquete de
bodas, para abrirle inmediatamente cuando vuelva y llame. 37 Dichosos aquellos criados a quienes el
señor, al volver, los encuentre velando. Os lo aseguro: él también se
ceñirá la cintura, los hará ponerse a la mesa y se acercará a servirlos. 38 Y
aun si llega a la segunda o a la tercera vigilia de la noche, y los encuentra así, ¡dichosos
aquellos! 39 Entended bien esto: si el dueño de casa supiera a qué hora va a llegar el
ladrón, no dejaría perforar su casa. 40 Estad también vosotros preparados, que a la
hora en que menos lo penséis vendrá el Hijo del hombre.
Los discípulos deben estar en vela y preparados para la venida de
Jesús, cuya hora nadie conoce. Una imagen de tales disposiciones se halla en un criado que aguarda a su
señor, que ha de volver de un banquete de bodas a alguna hora de la noche. Cuando llame el
señor, deberá estar ya el criado a la puerta para abrir, dejar pasar y conducir al señor
a su casa. Para esto está allí el criado y lleva la túnica recogida; como cuando se
está de camino, se trabaja o se combate, tiene ceñida la cintura y sostiene en la mano una
lámpara encendida. Si no llevase la túnica recogida no podría ir prontamente a la puerta,
y si tuviera que ir primero a buscar la lámpara y encenderla, pondría de mal humor a su
señor. Esto, aplicado al discípulo, significa que a cada momento debe estar equipado moralmente
de tal forma que pueda inmediatamente acudir a la llamada del Señor cuando venga a juzgar, que debe ser
claro y luminoso como el sol y sin tropiezo moral, cargado de frutos de justicia por Jesucristo para gloria y
alabanza de Dios (Flp_1:10 s).
El discípulo que está pronto es felicitado, es llamado dichoso por
Jesús. Entre dos bienaventuranzas se expresan los bienes que aguardan al siervo que está siempre
en vela, incansable y fiel. El Señor le servirá a la mesa (Lc.22:27). Cambio completo de la
situación: el siervo es señor, y el Señor es siervo. Dios hace participar de su gloria a
los que velan. La gloria del reino de Dios se compara con frecuencia con un banquete de bodas, que Dios
prepara para los que acoge en su reino. Dios honra a los invitados sirviéndolos y les da
participación en su gloria.
Una tercera pareja de sentencias exhorta a estar prontos constantemente. El
ladrón cava un corredor debajo de las paredes de la casa que se levanta sobre la tierra sin cimientos.
Si el dueño de la casa supiera cuándo va a venir el ladrón, impediría la
perforación. Si el discípulo de Cristo supiera exactamente cuándo va a venir el
Señor, se prepararía para salirle al encuentro. Nosotros sabemos con seguridad que el
Señor ha de venir, pero no sabemos cuándo. ¿Qué se sigue de esto?
41 Dijo entonces Pedro: Señor, ¿a quién diriges
esta parábola a nosotros o a todos? 42 El Señor contestó: Quién es, pues, el
administrador fiel y sensato, a quien el Señor pondría al frente de sus criados, para darles
la ración de trigo a su debido tiempo? 43 Dichoso aquel criado a quien su señor, al volver,
lo encuentra haciéndolo así. 44 De verdad os digo: lo pondrá al frente de todos sus
bienes. 45 Pero si aquel criado dijera para sí: Mi señor está tardando en llegar, y
se pusiera a pegar a los criados y a las criadas, a comer y a beber y a embriagarse, 46 llegará el
señor de ese criado el día que menos lo espera y a la hora en que menos lo piensa, lo
partirá en dos y le asignará la misma suerte que a los desleales. 47 Aquel criado que,
habiendo conocido la voluntad de su señor, no preparó o no actuó conforme a esa
voluntad, será castigado muy severamente. 48 En cambio, el que no la conoció, pero hizo
cosas dignas de castigo, será castigado con menos severidad. Pues a aquel a quien mucho se le dio,
mucho se le ha de exigir, y al que mucho se le ha confiado, mucho más se le ha de
pedir.
Pedro es portavoz del grupo de los discípulos. Como tal lleva
también su nombre de oficio, Pedro, piedra. Con su pregunta distingue entre los discípulos y el
pueblo. Los apóstoles tienen una posición particular en la casa de Jesús, en su
comunidad, pero también tienen una responsabilidad particular. La posición responsable de los
jefes en la Iglesia se considera con vistas a la venida del Señor como juez: «A los
presbíteros que están entre vosotros, exhorto yo, presbítero como ellos, con ellos
testigo de los padecimientos de Cristo y con ellos participante de la gloria que se ha de revelar: Apacentad
el rebaño de Dios que está entre vosotros... Y cuando se manifieste el jefe de los pastores,
conseguiréis la corona inmarchitable de la gloria» (1Pe_5:1-4).
Lo que se exige a los apóstoles se expresa con una parábola. EI
Señor de una casa está ausente, lejos. Durante el tiempo de su ausencia encarga a un capataz que
cuide de atender con justicia y puntualidad a la servidumbre. Para este cargo se requiere fidelidad y
sensatez: fidelidad porque el capataz sólo es administrador, no señor, por lo cual debe obrar
conforme la voluntad del señor; sensatez, porque no debe perder de vista que el señor puede
venir de repente y pedirle cuentas. Si este capataz obra con conciencia, es felicitado, pues el señor
quiere encomendarle la administración de todos sus bienes. Si, en cambio, obra sin conciencia e
indebidamente, maltrata a la servidumbre y explota su posición de manera egoísta para llevar una
vida sibarítica, le espera duro castigo. Según la usanza persa, se le parte el cuerpo con una
espada.
La interpretación de la parábola, tal como la entendía
Lucas, se desprende ya de la descripción del cuadro. El criado es administrador. Los apóstoles
están al frente de la casa del Señor y llevan las llaves (11,52). «Que los hombres vean en
nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (1Co_4:1). En el administrador
se busca «que sea fiel» (1Co_4:2). Los apóstoles se comportarán con fidelidad y
prudencia si tienen presente la venida del Señor, si cuentan con que el Señor puede venir a cada
momento, si no olvidan que tienen que rendir cuentas al Señor.
La tentación puede consistir para el administrador en que se diga: El
Señor está tardando, todavía no viene. Los instintos egoístas y los impulsos del
capricho le seducen llevándolo a la infidelidad. (...) La venida del Señor en un plazo
próximo no se había cumplido. Entonces se pensaba: A lo mejor ni siquiera viene. El hecho de que
Jesús ha de venir es cierto. Cuándo ha de venir, es cosa que se ignora. Con la venida de
Jesús está asociado el juicio, en el que cada cual ha de rendir cuentas de su
administración. En comparación con la certeza de que ha de venir el Señor y de los bienes
que aportará su venida, pasa a segundo término el conocimiento de la fecha exacta de su venida.
Al Evangelio no le interesa precisamente la descripción de los hechos del tiempo final, sino la certeza
de que han de tener lugar. Los dirigentes de la comunidad no deben ceder a la tentación por el retraso
de la parusía.
Al siervo fiel y prudente se le pone al frente de todo lo que posee el
Señor. La gloria del tiempo final consiste en una actividad intensificada, en un reinar juntamente con
el Señor. En cambio, el siervo malo es castigado; se le asignará la misma suerte que a los
desleales: será entregado a las penas del infierno.
¿Nos dices esta parábola a nosotros o a todos? Así
había preguntado Pedro, porque pensaba que los apóstoles tenían la promesa segura y que
no estaban en peligro. Había oído lo que había dicho el Maestro sobre el pequeño
rebaño, al que Dios se había complacido en dar el reino. También el apóstol debe
dar buena cuenta de sí con fidelidad y sensatez, si quiere tener participación en el reino.
También para él existe la posibilidad de castigo. La sentencia depende de la medida y gravedad
de la culpa, del conocimiento de la obligación, y de la responsabilidad. Los apóstoles han sido
dotados de mayor conocimiento que los otros, por lo cual también se les exige más y
también es mayor su castigo si se hacen culpables. El que no habiendo conocido la voluntad del
Señor hace algo que merece azotes, recibirá menos golpes. No estaba iniciado en los planes y
designios del Señor, y por ello no será tan severa la sentencia de castigo. Pero será
también alcanzado por el castigo, aunque menos, pues al fin y al cabo conocía cosas que hubiera
debido hacer, pero no las ha hecho. Todo hombre es considerado punible, pues nadie ha obrado completamente
conforme a su saber y a su conciencia. La medida de la exigencia de Dios a los hombres se regula conforme a la
medida de los dones que se han otorgado a cada uno. Todo lo que recibe el hombre es un capital que se le
confía para que trabaje con él.
(Stöger, Alois, El Evangelio según San
Lucas, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)