P. José A. Marcone, I.V.E.
Fuego, sangre y
división
(Lc.12,49-53)
Introducción
¿Para qué vino Jesús al mundo? El mismo Jesús se
preocupó de responder a esta pregunta varias veces. Por ejemplo en Lc.19,10 dice: “El Hijo del
hombre vino a buscar y salvar lo que estaba perdido”. Y en Lc.5,32: “Yo no vine a llamar a los
justos sino a los pecadores para que se arrepientan”. Y generalmente nos acordamos más de estas
respuestas de Jesús: Jesús vino a traer el perdón, la paz, a llamar a los hombres a una
mayor comprensión, a una mayor bondad y misericordia. Lo cual es absolutamente verdadero.
Sin embargo hoy Jesús completa su respuesta dándonos el tono justo
de su venida: “Yo vine a traer fuego; yo vine a traer sangre; yo no vine a traer paz, yo vine a traer
división; una división profunda aún entre los más íntimos, en el seno de la
misma familia”. Estas son palabras de Jesús y hay que tomarlas muy en serio.
No las tomó en serio por ejemplo un famoso falso apologeta del siglo XIX
de apellido Renán. Él hablaba de Jesús como el ‘dulce Galileo’,
identificándolo con un hombre soñador y poeta, un pastor sencillo, idealista e ingenuo, que se
vio sobrepasado por su propia fama. Y dice que Jesús se hizo matar por ingenuidad pastoril. Dice que se
dejó “llevar suavemente cuesta abajo por la cadena de sus embriagantes triunfos populares sin ver
a lo que se exponía hasta que fue demasiado tarde”. Renán, entonces, nos presenta un
Cristo que no es hombre, es un molusco, un invertebrado, un flan, un pastel. Y además un Cristo que no
es Dios. Porque Renán también dice: “Jesucristo no fue Dios; fue la más grande
esperanza que ha cruzado sobre la pobre Humanidad”. Lo rebaja quitándole la divinidad y
reduciéndolo a puro hombre; como se rebaja el vino agregándole tanta agua que ya pierde su
naturaleza de vino y deja de ser vino.
Tampoco tomó en serio las palabras de hoy un director de cine como Franco
Zefirelli. Produce una película que presenta a un Cristo melancólico y romántico, bohemio
y bonachón. Es el mismo Cristo que trasmite la imagen de San Francisco de Asís en la
película “Hermano Sol, hermana Luna”, donde todos confunden a San Francisco con el novio de
Santa Clara. Quieren hacer de Cristo un chico bueno y soñador, en definitiva, inofensivo, que no mata
una mosca.
Y esta imagen de Cristo de Renán y de Zefirelli es la imagen que
lamentablemente se presenta en cientos de parroquias en los catecismos de los sábados. Ni más ni
menos. Un Cristo como el de Renán, ingenuo y puro hombre. Un hombre como el de Zefirelli, tierno y
sentimental.
Y se olvidan de las palabras de hoy: fuego, guerra, sangre, división.
Cuando se dice de alguien que entra ‘a sangre y fuego’, se dice de alguien que es violento, que no
tiene nada de sentimental. Y de hecho Jesucristo hoy dice en el evangelio que entra en el mundo ‘a
sangre y fuego’.
- Fuego
“¡Fuego he venido a traer sobre la tierra, y cuánto quisiera
que ya estuviera ardiendo!”. No fue una palabra. Fue un grito. Un grito que brotó de lo
más profundo de su ser.
¿Qué significa este fuego? Este fuego significa, en primer lugar,
el Espíritu Santo. En el Nuevo Testamento, la identificación entre el Espíritu Santo y el
fuego queda en evidencia con claridad en Pentecostés. Allí el Espíritu Santo
descendió sobre la Iglesia naciente en forma de lenguas de fuego. Cuando Jesús dice que vino a
traer fuego sobre la tierra y que está ansioso de que esté ya ardiendo, está diciendo que
Él vino a traer el Espíritu Santo y está ansioso hasta que el Espíritu Santo queme
interiormente el alma de los hombres y éstos estén llenos del Espíritu Santo.
Cuando el fuego toma una madera primero la purifica de todas sus impurezas.
Luego se hace una brasa ardiente y ya casi no se distingue entre la madera y el fuego: se han hecho una sola
cosa. Así también el Espíritu Santo que entra en un alma, primero la purifica
quemándole todos los pecados, vicios y defectos. Luego la va convirtiendo en Sí Mismo, hasta que
el alma está tan unida al Espíritu que ya no se distingue entre el Espíritu y el alma.
Este hecho de que el alma quede indisolublemente unida a Dios se realiza por el
amor que el alma le profesa al Espíritu y el amor del Espíritu hacia el alma. Por eso el fuego
es también símbolo del amor que transforma al alma en el Amado. De hecho, el Espíritu, en
Dios, es la Persona-Amor. El Espíritu Santo es el amor. Y el amor es una pasión que lo arrolla
todo, como el fuego: “Las aguas torrenciales no podrían apagar el amor, ni ahogarlo los
ríos. Fuerte es el amor como la muerte” (Cant.8,6-7).
Entonces el fuego de nuestro texto es el Espíritu Santo que es un fuego
“que purificará y abrasará los corazones y que debe encenderse en la cruz”. De
hecho, este fuego que es el Espíritu Santo se encendió en la cruz, cuando Cristo, al morir
“exhaló su espíritu” (Mt.27,50). El Espíritu Santo es fuego que purifica las
conciencias. Ya en el Antiguo Testamento el fuego simbolizaba la acción soberana de Dios y de su
Espíritu para purificar las conciencias (cf. Is.1,25; Za.13,9; Ml.3,2-3). Esta interpretación se
confirma con Hech.1,5; dice Jesús: “Juan bautizó con agua, pero ustedes dentro de pocos
días serán bautizados en Espíritu Santo”.
Así se explica la ‘oposición’ entre el bautismo de
agua de Juan y el bautismo de fuego del Espíritu Santo de Cristo, presentado por el mismo Juan. El
bautismo de agua de Juan era una llamada a la conversión, al arrepentimiento interior. El de Cristo, a
través del agua del sacramento del Bautismo, incluye una acción concreta del Espíritu que
lava del pecado y purifica más profundamente. De hecho, “el fuego es un medio de
purificación menos material y más eficaz que el agua”.
Pero para tener una noción completa acerca de qué clase de fuego
es el Espíritu Santo es necesario tener en cuenta aquella otra frase de San Juan Bautista,
refiriéndose a Cristo: “En su mano tiene el bieldo para limpiar su era y recoger el trigo en su
granero; pero la paja la quemará con fuego que no se apaga” (Lc.3,17). Porque el Espíritu
Santo que es fuego, tendrá una acción distinta según sea el material sobre el que se
aplica. Sobre el alma buena que busca sinceramente la unión con Dios, el Espíritu Santo
será un fuego que la acrisolará, es decir, la purificará y la enriquecerá,
acrecerá su valor. Es la labor del Espíritu Santo que es fuego de amor. Pero en aquel que ha
rehusado creer en Cristo y ha despreciado su llamada al arrepentimiento y a la santidad, el Espíritu
Santo será un fuego que destruirá como el fuego destruye la paja sin valor,
convirtiéndola en ceniza sin peso. Es la labor del Espíritu Santo en cuanto fuego del juicio.
De nosotros depende qué tipo de fuego será Jesús para
nosotros: “el que recibe a Jesús y su mensaje es colmado del Espíritu Santo. Para el que
rechaza a Jesús, este encuentro se convierte en un juicio”.
Pero hay que tener en cuenta que “Jesús atribuye a su entero obrar
el carácter del fuego”. Jesús “quiere encender, investir, incendiar y, como el
fuego, abrazar, encerrar en su ámbito, penetrando todo”. La acción de Jesús es todo
lo contrario del aceite, que resbala por todos lados y por el que todo resbala. Es todo lo contrario del
merengue y del pastel. Jesús es fuego. Jesús nunca dijo: “Yo soy la miel de la
vida”.
Jesús, cuando dice que vino a traer fuego, quiere decir que su
acción debe envolver toda la vida del que acepta el encuentro con Él. Su presencia debe permear
todos los ámbitos del hombre y todos los momentos de su vida. No solamente se debe vivir de acuerdo a
las máximas de Jesús el domingo en la Misa, sino todos los días, de lunes a domingo, las
24 horas de día. No solamente se debe ser cristiano en la iglesia. Sino también en el trabajo,
en el ómnibus, en la calle, con los vecinos, dentro del hogar, en el deporte, en la escuela, en la
universidad. Ningún ámbito debe quedar excluido, como no hay un solo ámbito que el fuego
perdone cuando embiste.
- Sangre
¿Cuál es el significado de la frase “tengo que recibir un
bautismo”? Queda aclarado en Mc.10,38 cuando Jesús les responde a los hijos del Zebedeo que le
pedían un puesto de honor: “Jesús les dijo: «No sabéis lo que pedís.
¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser
bautizado?»”. No hay duda que la copa o el cáliz de Jesús es los sufrimientos de la
pasión. Por lo tanto, el bautismo de Jesús es también la pasión.
Pero ‘bautismo’ en griego significa ‘inmersión’.
“Tengo que recibir un bautismo” significa “tengo que recibir una inmersión”.
¿A qué inmersión se refiere? Se refiere a la inmersión que Él va a realizar
en su propia sangre, en la pasión. ¿Qué significa ‘¡qué angustia
siento hasta que esto se cumpla plenamente!’? En primer lugar, significa que Jesús, impulsado por
su inmenso amor, tiene un gran deseo de sufrir para consumar la salvación de los hombres.
Pero dice, ‘hasta que se cumpla plenamente’. Por eso, en
segundo lugar significa que quiere que los hombres participen de ese bautismo. A eso apunta el
‘plenamente’. Apunta a que el Cristo Total, la Iglesia, se sumerja en esa sangre. Que nosotros nos
sumerjamos significa que nos bauticemos y llevemos las promesas bautismales hasta sus últimas
consecuencias. Esto significa que nosotros también debemos sumergirnos en nuestra propia sangre, es
decir, sacrificarnos por los demás hasta el derramamiento de sangre. Esto es lo que se dice en la
segunda lectura: “Pensad en aquel que tuvo que sufrir semejante hostilidad por parte de los pecadores, y
así no os dejaréis abatir por el desaliento. Después de todo, en la lucha contra el
pecado, no habéis resistido todavía hasta derramar vuestra sangre” (Heb.12,1-4).
- División
La tercera proposición del evangelio de hoy es consecuencia de las dos
primeras. La acción del fuego en el juicio es la acción del que discierne, del que divide. Por
eso es que Jesucristo dice también: “¿Ustedes piensan que yo vine a traer la paz? No, no
vine a traer la paz sino la división”. En la formulación de Mateo la división se
expresa con un término más fuerte: “No penséis que he venido a traer paz a la
tierra. No he venido a traer paz, sino espada” (Mt.10,34).
Y la acción de la sangre, la acción de la pasión, la
acción de la cruz es también dividir los corazones de los hombres: “Nosotros predicamos a
un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los
llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios”
(1Cor.1,23-24).
¿Por qué el fuego de Jesucristo es división? Porque el
fuego es el que sirve para discernir entre lo que vale o no vale. Hay algo que se llama crisol. El crisol es
un vaso especial donde se funden metales. Se lo somete a la acción del fuego, a una gran temperatura y
se derriten los metales. Los metales que son nobles, los que valen, como el oro o la plata, permanecen.
Mientras que los metales que no valen mucho, como el plomo o el estaño, se separan y se ponen aparte.
El fuego de Jesucristo hace lo mismo. Él no es gris, Él es blanco
o negro. Él no es verdad y falsedad al mismo tiempo: él es verdad. Bien definido. Él no
es sí y no al mismo tiempo, como dice San Pablo (cf. 2Cor.1,19). Es sí o es no, pero no los dos
al mismo tiempo. Jesucristo es el Amén de Dios. Jesucristo no es el bien y el mal al mismo tiempo:
Jesucristo es el bien.
Además, todos aquellos que se confrontan con Jesucristo deben
necesariamente tomar una posición. No pueden permanecer indiferentes. Por eso dice Jesucristo que
Él va a ser causa de división en el seno de una misma familia. Ni siquiera los nexos familiares,
que son tan fuertes, van a resistir la fuerza de división que trae Jesucristo.
Esto es tan esencial a la misión de Jesucristo que va a ser revelado
desde los inicios del Evangelio. Alguien tan apacible como lo es el anciano Simeón lo va nombrar como
una de las características esenciales de Jesús. En efecto, cuando Jesús tiene apenas
cuarenta días de vida y es presentado en el templo, Simeón le anuncia a la Virgen María:
“ ‘Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel;
será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón.
Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos’.”
(Lc.2,34-35). Al decir ‘los pensamientos íntimos de muchos’ se está refiriendo a la
intención del corazón, es decir, allí donde se fragua la decisión de aceptar o
rechazar a Cristo.
“La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a
todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su
Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.” (Jn.1,9-12)
Lo que hace que Jesús sea causa de división es la verdad. Ante la
verdad es necesario tomar posición. No se puede aceptar la verdad a medias. O se la acepta o se la
rechaza, no queda otra posibilidad. Así por ejemplo, la doctrina católica sobre la
homosexualidad. Sabemos que es un grave pecado y está asentada en una mentira sobre la naturaleza y la
dignidad humanas. La homosexualidad es una falsedad. Lo dice San Pablo. Es un pecado grave. Sin embargo hay
hombres que son perseguidos por afirmar que la homosexualidad es gravemente inmoral. En Holanda, en el
año 2007, un obispo predicó acerca de la homosexualidad, haciendo ver que es inmoral y fue
procesado y condenado a cárcel. Y así sucede con muchas otras verdades acerca de la vida humana:
el aborto, la eutanasia, etc.
La verdad no es negociable. No se puede renunciar a la verdad por la
búsqueda de una armonía. No se puede pactar un compromiso a costa de la verdad. Y esto divide.
Jesús “de ninguna manera quiere justificar todo, abolir la
distinción entre bueno y malo, poner todo de acuerdo”. Como dijo hace muy poco, en junio de 2013,
el obispo de Chicago, el Cardenal Georges: “Jesús es Misericordioso, pero no es estúpido;
sabe la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal”, en referencia a falsos
católicos que afirmaban que la homosexualidad estaba bien. Él viene a hacer pasar todo por la
prueba del fuego: el fuego del amor y el fuego del juicio.
Y la cruz también divide. En un mundo como el de hoy la cruz es
escandalosa. En el mundo de hoy y en todo ambiente de mentalidad mundana, en todos los tiempos, la cruz
levanta la persecución del mundo y, por lo tanto, la división. La cruz siempre trazará
una línea que divide a unos hombres de otros, aún dentro de una misma familia. Esa línea
contrapone a dos clases de hombres. Porque la cruz se contrapone abiertamente a los principios del mundo. La
contraposición es la siguiente: la humildad de la cruz contra los éxitos espectaculares del
mundo, los sufrimientos de la cruz contra el placer del mundo, la mansedumbre de la cruz contra la violencia
del mundo, el servicio de la cruz contra el poder del mundo. La cruz genera desprecio y persecución. La
cruz, que es sangre y que es bautismo, también divide.
Conclusión
Todo cristiano ha sido llamado a ser otro Cristo y a producir los mismos efectos
de Cristo. Por eso todo cristiano en el mundo debe ser fuego, debe estar ansioso por padecer y debe obligar a
los hombres a tomar partido frente a la verdad del Evangelio.
Nosotros también tenemos que ser ese fuego, tenemos que ser fuego por
participación. Así como somos Dios por participación.
Nosotros debemos tomar muy en serio este evangelio. Primero recibir el fuego:
recibir el Espíritu Santo, que es amor que quema. Segundo, ser fuego que arrasa por el amor. Ser fuego
que discierne, que divide. Aún más: si en nuestra acción de cristianos no somos signo de
contradicción, es sospechoso. Los sacerdotes chinos recién ordenados, apenas entran en contacto
con sus comunidades católicas clandestinas, necesitan ser tomados presos y permanecer un buen tiempo en
prisión. Porque es el único modo en que los fieles chinos pueden saber que ese sacerdote no es
un infiltrado ni un falso sacerdote. Si no son puestos en la cárcel su comunidad sospecha de que sean
verdaderos sacerdotes católicos. Son signos de contradicción y por eso son aceptados por sus
ovejas.
Debemos ser sumergidos en la sangre, un baño por inmersión en la
sangre de Cristo: debemos ser fieles a las promesas bautismales. Debemos bañarnos, bautizarnos en
nuestra propia sangre, sacrificándonos por los demás.
Debe verificarse en nosotros esta poesía del Oficio de Lectura del
Breviario.
¡Espada de dos filos
es, Señor, tu palabra!
Penetra como
fuego
y divide la entraña.
¡Nada como tu voz,
es terrible tu espada!
¡Nada como tu
aliento,
es dulce tu palabra!
(…)
Espada de dos filos
que me cercena el alma,
que hiere a sangre y
fuego
esta carne mimada,
que mata los ardores
para encender la gracia.
Vivir de tus incendios,
luchar por tus batallas,
dejar por los
caminos
rumor de tus sandalias.
¡Espada de dos filos
es, Señor, tu palabra!
Si somos fuego y somos sangre, seremos también división,
espada. No debemos callar ninguna verdad del Evangelio por temor a ser perseguidos.
En medio de este fuego, esta sangre y esta división que Jesús
viene a traer, está su Madre. La espada que busca a Jesús para matarlo, la espada que contradice
al Hijo, atravesará también a la Madre, el alma de su Madre, como dijo el anciano Simeón:
“Y a ti una espada te atravesará el corazón” (Lc.2,34-35).