La vida del Padre Pío estuvo marcada no solamente por la extraordinaria fama que adquirió entre los fieles, sino también por un largo período de sospechas, investigaciones, restricciones y sanciones por parte de distintas autoridades eclesiásticas. A lo largo de los años veinte y comienzos de los treinta, diversas figuras influyentes expresaron juicios extremadamente severos sobre él, mientras que otros investigadores llegaron a conclusiones mucho más favorables. Sin embargo, estos últimos pareceres no siempre fueron tenidos en cuenta.
El juicio del P. Agostino Gemelli
Una de las figuras que más influyó negativamente en la valoración del Padre Pío fue el P. Agostino Gemelli, franciscano y fundador de la Universidad Católica del Sagrado Corazón.
Gemelli se encontró con Padre Pío en abril de 1920. Las fuentes discrepan acerca de las circunstancias y duración de aquel encuentro y acerca de si pudo examinar personalmente sus estigmas. A pesar de ello, formuló sobre él un juicio psicológico sumamente negativo. Lo describió como «un hombre con un campo de conciencia restringido, tensión psíquica disminuida, ideación monótona y abulia», afirmando además que no poseía «ninguno de los elementos característicos de la vida mística».
Su conclusión era particularmente dura: el Padre Pío sería «un místico de clínica psiquiátrica».
Años más tarde, en 1926, Gemelli volvió a expresarse en términos semejantes:
«El Padre Pío presenta las características propias de una deficiencia mental de grado notable, con el consiguiente estrechamiento del campo de conciencia (…) es un buen religioso, tranquilo, sereno, manso, más por efecto de la deficiencia mental que por efecto de la virtud; un pobre hombre que repite alguna frase estereotipada de carácter religioso; un pobre enfermo».
De este modo, algunas de las valoraciones que llegaron a las autoridades romanas presentaban al Padre Pío no como un auténtico místico, sino como una persona psicológicamente enferma cuya conducta religiosa podía explicarse principalmente por una supuesta deficiencia mental.
La investigación del Padre Joseph Lemius
Otro de los religiosos encargados de estudiar el caso fue el Padre Joseph Lemius, delegado por el Santo Oficio.
Lemius manifestó su acuerdo con las conclusiones del médico Amico Bignami, que había interpretado los estigmas como un fenómeno de carácter neurótico que habrían sido mantenidos artificialmente. Escribió: «Diría que estoy plenamente de acuerdo con el Dr. Bignami».
Según esta hipótesis, las llagas podían explicarse mediante una especie de “autoestigmatización”. La intensa meditación del Padre Pío sobre las llagas de Cristo y su deseo de participar de sus sufrimientos habrían producido inicialmente un fenómeno psicosomático, un “principio de estigmas”, que posteriormente habría sido mantenido o intensificado mediante productos químicos.
Era, por tanto, una interpretación completamente naturalista del fenómeno, que descartaba su posible origen sobrenatural.
El parecer favorable de Raffaello Carlo Rossi
No todas las investigaciones, sin embargo, llegaron a conclusiones negativas.
Raffaello Carlo Rossi, obispo de Volterra y visitador apostólico enviado para investigar personalmente al Padre Pío, elaboró un informe sustancialmente favorable.
Su juicio describía al fraile como un buen religioso, ejemplar en su conducta, ejercitado en la práctica de las virtudes, entregado a la piedad y posiblemente más elevado en los grados de oración de cuanto podía apreciarse externamente.
Se trataba, por tanto, de una valoración profundamente distinta de la formulada por Gemelli y por otros críticos. Sin embargo, este informe favorable no impidió que en los años siguientes el Santo Oficio adoptara medidas cada vez más restrictivas contra Padre Pío.
El intento de hacer desaparecer al Padre Pío de la vida pública
En el ámbito del Santo Oficio comenzó a imponerse progresivamente una estrategia orientada a hacer desaparecer al Padre Pío de la atención pública.
Una de las posibilidades estudiadas era trasladarlo a un convento apartado, lejos de San Giovanni Rotondo y de las multitudes que acudían a verlo. Este proyecto, sin embargo, resultaba difícil de ejecutar debido a la enorme adhesión popular que rodeaba al fraile. Las autoridades temían que su traslado pudiese provocar fuertes reacciones entre los fieles e incluso disturbios.
Ante la imposibilidad práctica de trasladarlo, se optó progresivamente por otra estrategia: aislarlo dentro del mismo convento y limitar todo lo posible su contacto con los fieles.
La declaración de 1923
Un momento decisivo llegó en 1923.
El 31 de mayo de ese año fue publicada una declaratio mediante la cual se desautorizaba oficialmente la interpretación sobrenatural de los estigmas del Padre Pío. Dos meses más tarde apareció la correspondiente traducción en L’Osservatore Romano.
La decisión tenía una enorme repercusión pública. En términos sencillos, transmitía a los fieles la idea de que las autoridades de la Santa Sede no reconocían autenticidad sobrenatural a los fenómenos que rodeaban al fraile.
De este modo, la fama de santidad que se había extendido espontáneamente entre el pueblo quedaba oficialmente sometida a una fuerte sospecha.
«Comportémonos como si nunca hubiéramos oído hablar de dicho Padre»
En 1924 la estrategia se volvió todavía más radical.
El 6 de abril de aquel año, la Curia generalicia emitió una disposición en estos términos: «Comportémonos como si nunca hubiéramos oído hablar de dicho Padre».
La intención era clara: debía evitarse todo aquello que pudiera alimentar la fama del Padre Pío.
Poco después, el Santo Oficio confirmó las restricciones adoptadas anteriormente y añadió nuevas prohibiciones. Se intimaba a los fieles a no mantener ningún tipo de relación con él, ni siquiera mediante correspondencia.
Se trataba de un verdadero intento de aislamiento: limitar sus contactos personales, impedir la difusión de escritos sobre él y reducir progresivamente su presencia pública.
Las biografías condenadas
También las publicaciones dedicadas al Padre Pío fueron objeto de medidas restrictivas.
Dos biografías sobre él, publicadas respectivamente en 1924 y 1926, fueron inscritas en el Índice de Libros Prohibidos.
El deseo de impedir su difusión llegó todavía más lejos en el caso de la biografía de 1926. Según los testimonios relativos al episodio, las copias disponibles fueron compradas por el propio Santo Oficio con la intención de retirarlas de circulación y hacerlas desaparecer.
La finalidad era impedir que aquellas publicaciones contribuyeran a aumentar todavía más la fama del fraile entre los fieles.
Las denuncias de monseñor Gagliardi
A este clima de sospecha se añadieron numerosas denuncias presentadas por monseñor Gagliardi contra el Padre Pío y contra otros religiosos del convento.
Las acusaciones eran de naturaleza muy diversa. Algunas se referían a supuestos manejos financieros; otras llegaban a hablar de relaciones impropias con jóvenes mujeres.
La acumulación de estas denuncias contribuyó a crear alrededor del Padre Pío un ambiente cada vez más hostil y a reforzar la desconfianza de determinados sectores de la jerarquía eclesiástica.
La suspensión de 1931
El momento más grave llegó el 14 de mayo de 1931.
A propuesta del Santo Oficio, el Papa promulgó un decreto que, en la práctica, impuso al Padre Pío restricciones semejantes a una suspensión a divinis.
Se le prohibió enseñar, confesar y ejercer la dirección espiritual. La celebración de la Misa quedó también severamente restringida: podía celebrarla únicamente en una iglesia interna del convento y en presencia de los demás frailes.
De este modo, uno de los sacerdotes más conocidos de Italia quedó prácticamente apartado del contacto público con los fieles.
El contraste resultaba particularmente doloroso para quienes estaban convencidos de su santidad: no eran enemigos externos de la Iglesia quienes le imponían aquellas medidas, sino autoridades y eclesiásticos pertenecientes a la misma institución a la que Padre Pío había prometido obediencia.
El cambio de situación en 1933
La situación comenzó a modificarse dos años más tarde.
En julio de 1933 se le permitió nuevamente celebrar la Misa en público. Al año siguiente recuperó progresivamente el ministerio de la confesión: en marzo de 1934 comenzó nuevamente a confesar hombres y en mayo también mujeres.
Este cambio coincidió también con transformaciones internas en los ambientes de la Curia romana. Algunas de las personas que habían demostrado una particular animosidad contra el fraile habían perdido progresivamente su influencia, lo que permitió una revisión de las severas medidas adoptadas durante los años anteriores.
Comenzaba así una nueva etapa en la vida del Padre Pío. Las sospechas y restricciones no desaparecerían completamente, pero el período más duro de su aislamiento eclesiástico había llegado a su fin.
[FUENTE: Paolo Gambi, PADRE PIO DA PIETRELCINA]


