“Imitemos a los Santos de todos los tiempos
que tan grande fruto sacaron de la Escritura,
ellos que nunca se cansaron de leerla, de aprenderla de memoria,
así como tampoco se saciaron nunca de llegar a ser cada vez más santos
”

(P. Buela, La exégesis y el Vaciamiento de la Sagrada Escritura) 

 

Hay libros que uno lee y libros con los que uno termina viviendo. La Sagrada Escritura pertenece, o debería pertenecer, a los segundos.

Durante siglos los monasterios entendieron muy bien esto. El monje no se acercaba a la Biblia solamente para aprender cosas acerca de Dios. La escuchaba en el coro, la cantaba en los salmos, volvía sobre ella en la celda, la rumiaba durante el trabajo y procuraba recordarla a lo largo del día. La Palabra iba entrando lentamente en la memoria hasta darle al alma un lenguaje para hablar con Dios.

De allí viene esa práctica que llamamos lectio divina. Su forma clásica creció y maduró especialmente en los monasterios, pero sería una pena dejarla encerrada entre los muros de un claustro. La Palabra de Dios no fue escrita solamente para los monjes. Todo cristiano necesita aprender a leerla de este modo: sin prisa, con fe, volviendo sobre una frase, dejando que una palabra nos acompañe, nos interrogue y termine convirtiéndose en oración.

Quizás una de las cosas que más nos cuesta hoy sea precisamente eso: leer despacio. Estamos acostumbrados a pasar de una cosa a otra, a reunir información, a terminar páginas. La lectio divina, en cambio, no busca terminar un texto. A veces alcanza con detenerse en una sola frase. El apresurado quiere saber qué dice el capítulo; el que hace lectio quiere escuchar qué le está diciendo Dios.

Y san Juan de la Cruz fue, en este sentido, un extraordinario lector de la Escritura.

Hay un antiguo estudio que merece ser rescatado. En 1942 el dominico Alberto Colunga publicó en la revista Ciencia Tomista un artículo titulado San Juan de la Cruz, intérprete de la Escritura. (El nombre de Colunga seguramente resultará familiar a muchos lectores: es el mismo de la célebre Biblia Nácar-Colunga). En aquel trabajo estudia el modo en que nuestro Santo utiliza la Sagrada Escritura y muestra algo que aparece enseguida al abrir sus obras: San Juan de la Cruz piensa, explica y hasta parece respirar bíblicamente.

Es llamativo comprobar qué pocos autores cita en comparación con la cantidad inmensa de textos de la Escritura que aparecen en sus escritos. Hay alguna referencia a san Agustín, san Gregorio, san Bernardo, santo Tomás, Dionisio o Aristóteles. Pero aquello es casi nada frente a la Biblia.

Cuando san Juan de la Cruz tiene que hablar de las cosas más altas de la vida espiritual —de la purificación, de la contemplación, de la noche, de la unión con Dios— sabe que está entrando en un terreno donde las palabras humanas se quedan cortas. Por eso busca continuamente el apoyo de la Escritura. No le basta su experiencia personal ni su formación teológica. Necesita una autoridad más segura. En la Escritura es Dios quien habla.

Por eso David, Job, Jeremías, Moisés, Tobías o los esposos del Cantar de los Cantares aparecen una y otra vez en sus páginas. El doctor místico reconoce en ellos lo que sucede en el interior del alma. Los lamentos de Job y de Jeremías le sirven para explicar las penas de la noche; el éxodo de Israel ilumina el desprendimiento necesario para caminar hacia Dios; y el Cantar de los Cantares le presta las palabras cuando tiene que hablar de aquello para lo cual casi no existen palabras: la intimidad entre Dios y el alma.

Naturalmente, no debemos buscar en san Juan de la Cruz un exegeta en el sentido moderno de la palabra. No pretende reconstruir el contexto histórico de un texto ni estudiar su vocabulario como lo haría hoy un especialista en Sagrada Escritura. Es un lector espiritual. Su lectura de la Biblia está iluminada por la fe y por una experiencia de Dios que encuentra en aquellas páginas las palabras más verdaderas para expresarse. Esto puede enseñarnos bastante sobre nuestra propia manera de leer.

El fraile de Fontiveros no utiliza la Biblia como un depósito de frases piadosas. Tampoco busca un versículo que confirme algo que ya había decidido pensar. Ha leído tanto la Escritura que, cuando necesita explicar lo que Dios hace en el alma, le vienen espontáneamente las palabras de la Escritura.

Eso es quizá lo que deberíamos pedirle a la lectio divina.

No hace falta leer muchos capítulos. Ni entender cada dificultad. Ni tener a mano cinco comentarios bíblicos. Hay que empezar por algo mucho más sencillo: abrir el Evangelio, un salmo, una carta de san Pablo; leer despacio; detenerse donde el corazón encuentra algo; volver a leer; guardar una frase.

Los antiguos monjes llamaban a esto rumiar la Palabra. La imagen es bastante buena. No se trata de tragar páginas, sino de volver una y otra vez sobre ellas hasta extraerles el alimento.

Y ocurre entonces algo hermoso. Después de un tiempo, cuando llega una tristeza, quizá aparece en nuestra memoria un salmo. Cuando tenemos miedo, recordamos una palabra de Cristo. Cuando necesitamos dar gracias, encontramos que otro ya lo dijo mejor que nosotros hace tres mil años. Cuando no sabemos rezar, la Escritura reza dentro de nosotros.

Eso sucedía en san Juan de la Cruz.

La Biblia terminó dándole no solamente argumentos para sus libros, sino palabras para su propia experiencia de Dios. Y quizá por eso sus escritos conservan todavía tanta fuerza. Cuando intenta explicar lo inefable no inventa un idioma extraño: vuelve continuamente al idioma que Dios mismo nos ha dado.

La lectio divina nació y creció al abrigo de hombres que dedicaban muchas horas al silencio, al coro y a la oración. Nosotros probablemente no tendremos ese tiempo. Pero sí podemos hacer algo. Podemos abrir cada día las divinas letras.

Cinco minutos, diez, quince. Sin teléfono. Sin prisa. Sin querer «aprovechar» demasiado el tiempo. Leer hasta encontrar una palabra en la cual detenernos y llevarla después con nosotros durante el día.

Tal vez así, poco a poco, nos suceda algo de lo que sucedió a nuestro Santo: que la Escritura deje de ser solamente un libro que conocemos y comience a convertirse en la lengua con la que nuestra alma habla con Dios.

Y ese sería ya un magnífico comienzo.

P. Gabriel M Prado, IVE

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