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“Viva como si no hubiese en este mundo más que Dios y ella (el alma),
para que no pueda su corazón ser detenido por cosa humana”.
Y “nada, nada hasta dejar la piel y lo restante por Cristo”,
“Cuando con propio amor no lo quise, dióseme todo sin ir tras de ello…
después que me he puesto en nada, he hallado que nada me falta”.
En definitiva, debemos amar todo lo que Dios quiere que amemos,
sin ser esclavos de nuestros afectos a las creaturas, es decir,
amar sin encadenarnos, poseer sin quedar presos, usar sin goces egoístas,
conservar la completa independencia, buscar en todo y por todo la gloria de Dios”.

(Constituciones n. 68)

 

De una carta de San Juan de la Cruz se ha salvado apenas un jirón. El papel está roto, las primeras líneas desaparecieron, y la firma se la comió el tiempo. Quedó sólo un fragmento —como un rescoldo que basta para encender fuego—, y Dios sabrá por qué quiso conservar precisamente eso.

Dice el Santo a una Carmelita Descalza, en viaje de Granada a Madrid, en agosto de 1586:

“Hija, en el vacío y sequedad de todas las cosas ha Dios de probar los que son soldados fuertes para vencer su batalla; que saben beber el agua en el aire sin pegar el pecho a la tierra, como los soldados de Gedeón, que vencieron con barro seco y candelas encendidas dentro, que significa la sequedad del sentido, y dentro, el espíritu bueno y encendido.”

Nada más nos ha quedado. Pero en esas pocas líneas está condensado, como en todo su magisterio oral —del que sus cartas son prueba viva—, el núcleo del ascetismo de San Juan de la Cruz: el despojo, la vigilancia, la fe pura que no necesita apoyos.

A Gedeón lo escogió Dios cuando trillaba el trigo a escondidas, entre el miedo y la obediencia. No era un héroe de estirpe épica, sino un instrumento dócil: un hombre común, tomado por Dios precisamente por la hondura de su pequeñez. Hijo de Joás, de la tribu de Manasés, su historia —breve y densa— nos ha sido conservada en el libro de los Jueces (caps. 6-8), donde la Escritura muestra cómo el Señor se complace en obrar la victoria a través de lo frágil.

A este Gedeón Dios lo prueba —como a todos los que escoge— y lo va depurando hasta dejarle apenas trescientos soldados. No quería multitudes, sino almas limpias; no números que se gloríen, sino instrumentos que no puedan atribuirse la victoria. “No sea que Israel se engría a mi costa diciendo: mi propia mano me ha salvado”, dice el Señor, aun cuando el enemigo era innumerable, “como langostas”, y sus camellos incontables “como la arena a la orilla del mar”. Así muestra Dios que se complace en obrar la victoria a través de lo frágil. Y la prueba fue curiosa: el modo de beber.

Los que se arrodillaban a beber del arroyo quedaron fuera; los que lamían el agua con la mano, sin postrarse, fueron los elegidos. Con ellos venció.

Esa escena, tan simple, encierra una verdadera parábola de la vida interior. Dios escoge a los que beben en el aire: vigilantes, sin pegar el pecho a la tierra, como quien está en guerra y no puede distraerse ni un instante en saciar la sed. El soldado que se inclina del todo queda expuesto al ataque; el que bebe lo necesario y sigue atento, permanece en pie. Así también el alma a la que Dios concede algún consuelo: lo recibe como agua para el camino, no como morada; se fortalece con él, pero no hace nido en su dulzura ni se queda en el sabor de un bien finito. Por eso, cuando Dios se lo quita, no cae, porque sabe que no era suyo. Usa del agua sin esclavizarse a ella, y conserva el corazón libre, como aconseja el salmo: “Si se aumentan vuestras riquezas, no pongáis en ellas el corazón”. Es el alma que no hace nido y por eso vuela más ligero.

San Juan de la Cruz veía en ese gesto toda la pedagogía de Dios: el alma que sabe vivir en la sequedad, sin apoyos sensibles, es la que está en condiciones de luchar la batalla del espíritu. El barro seco —dice— es la sequedad del sentido; y la candela encendida dentro, el fuego interior del amor. Cuando el cántaro se quiebra, la luz sale. Así es también el camino del alma: seca por fuera, pero encendida por dentro.

Cuando el Santo escribe la carta que estamos comentando ya había terminado justamente, un año antes, la Subida del Monte Carmelo, donde explicó que la fe es el medio próximo y proporcionado para la unión con Dios, porque sólo la fe puede abrazar lo invisible. Allí recordaba otra vez la milicia de Gedeón: los soldados que llevaban las luces ocultas dentro de los vasos. Decía:

“Todos los soldados se dice que tenían las luces en las manos y no las veían, porque las tenían escondidas en las tinieblas de los vasos… Y así, la fe, que es figurada por aquellos vasos, contiene en sí la divina luz, la cual, quebrada por la quiebra de esta vida mortal, luego parecerá la gloria y luz de la Divinidad que en sí contenía.” (2 S 9, 3-4)

La fe es, pues, el vaso oscuro que encierra la luz divina. El alma creyente camina de noche, llevando esa claridad escondida en las manos. No ve lo que tiene, pero lo tiene. Y un día, cuando se quiebre el barro de esta vida, aparecerá la gloria que dentro guardaba.

Beber en el aire, mantener la candela encendida, y andar con la luz que no se ve: eso es creer.

Y todavía Gedeón vuelve a asomar más adelante, cuando el Santo enseña que, en el tiempo de la gracia, Dios no se deja alcanzar por experiencias extraordinarias, sino por la fe que obra en la obediencia. Dios le había hablado muchas veces a Gedeón, y sin embargo, él seguía temeroso y sin seguridad. Sólo cuando oyó a un madianita contar el sueño que confirmaba su victoria, se sintió fortalecido y bajó con ánimo al combate.
El Santo comenta que no quiso Dios darle seguridad sólo por vía sobrenatural, sino que quiso confirmarlo por boca de hombre, para enseñarnos que las verdaderas seguridades están escondidas en la humildad.

Porque —dice el Santo— “Muchas cosas comunica Dios, cuyo efecto y fuerza y luz y seguridad no la confirma del todo en el alma hasta que […] se trate con quien Dios tiene puesto por juez espiritual de aquella alma […]. Vemos por experiencia en las almas humildes […] que después que las han tratado con quien deben, quedan con nueva satisfacción, fuerza, luz y seguridad. Tanto, que a algunas les parece que, hasta que lo traten, ni se les asienta, ni es suyo aquello, y que entonces se lo dan de nuevo.” (2S 22, 16)

Dios quiso que el hombre no caminara solo, sino bajo la dirección y la palabra de otro hombre. Por eso, las mociones, luces o inspiraciones que no pasan por esa obediencia quedan a medio hacer: no porque no vengan de Dios, sino porque no alcanzan su pleno efecto en el alma. Sólo el alma humilde, que las expone y las recibe de nuevo por la mediación debida, recibe con ellas el sello de la paz.

Y así, en tres escenas —la del arroyo, la de los cántaros, y la del sueño—, el místico del Carmelo traza con Gedeón un retrato completo del alma que busca la unión: pobre, vigilante, fiel y obediente.

El alma que bebe sin tocar la tierra, que guarda la luz en la noche de la fe, y que busca la confirmación de Dios en la voz de otro, ésa es la verdadera soldadesca del Señor.

Tres veces lo probó Dios, y tres veces lo escogió. Todo Gedeón está ahí: pequeño, inseguro, probado, obediente… y victorioso.

Quizás por eso le gustaba tanto a San Juan de la Cruz. Porque él también fue un hombre de trescientos: pobre, vigilante y escondido, que bebía el agua en el aire, sin pegar el pecho a la tierra.

 

P. Gabriel M Prado. IVE

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Comentarios 2

  1. María dice:

    ‘tratarlo con quien deben’.. Y el tema es arduo y se siente sin salida cuando aquel ‘con quien deben’ – según claras señales-, no quiere.. Entonces el alma queda mucho más amedrentada aún.
    Pero muy hermosas y útiles reflexiones Padre, Gracias 🙏❣️

  2. Violeta Bulacia dice:

    Buen día Padre Gabriel, gracias por tan valiosa enseñanza, el Manto de la Madre Santísima siempre lo cubra y su misión 🙏
    Soy Violeta, mamá de seis hijos (32, 28, 27, 24, 20, y 17 años), estoy en importante decisión q con certeza creo estar bajo la guía Divina. Vivo en NYC y creo q es casi imposible encontrar guías espirituales. Agradecería muchísimo si pude comunicarse conmigo por favor 🙏 ya que toda decisión impacta la vida de mi familia.
    Mil bendiciones y Mil Gracias 🙏💕

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