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debemos vivir de la fe y tener una fe viva,
firme, intrépida, eminente, heroica;
una fe convencida de que Dios no sería Dios
si fuése­mos capaces de abarcarlo con nuestra inteligencia limitada,
si compren­diésemos todos sus juicios y caminos.
(Dir. Esp. n. 76)

 

Hay una cosa que cuesta —y cuesta mucho— en la vida espiritual: aprender a vivir de la fe.

No basta creer. Eso, en cierto modo, lo hace cualquiera. Otra cosa muy distinta es obrar según la fe. Porque la fe no es sólo una luz: es también una oscuridad. Y esa oscuridad no nos gusta.

Estamos hechos —o, mejor dicho, acostumbrados— a movernos por lo que vemos, por lo que entendemos y por lo que sentimos. Nos movemos por lo que vemos cuando juzgamos un apostolado según los resultados visibles: si hay frutos inmediatos, si la gente está contenta, si “funciona”. Nos movemos por lo que entendemos cuando queremos tener todo claro antes de obedecer: el porqué de un destino, el sentido de una decisión, la lógica de una indicación. Y cuando no lo comprendemos, nos cuesta dar el paso. Nos movemos por lo que sentimos cuando medimos la vida espiritual por el gusto interior: si hay consuelo, si hay paz sensible, si la oración “sale”, entonces ese destino, superior, oficio… es el indicado. Y cuando eso desaparece, empezamos a sospechar que algo está mal.

Y la fe viene a trastocar ese modo de vivir. Nos pone delante de un orden que no manejamos, de un Dios que supera toda medida.

Por eso dice el Maestro de los senderos que conducen a la unión con Dios, San Juan de la Cruz: “La fe es oscura noche para el alma… y el alma ha de estar a oscuras de su luz para que de la fe se deje guiar” (2 S 4,1 ). Dios supera todo. Y nosotros no estamos acostumbrados a eso.

La fe nos habla de realidades que no caben en la imaginación. Es como querer explicar el color a un ciego de nacimiento. Entonces, inevitablemente, hacemos lo que podemos: asociamos a Dios con lo que conocemos. Pero así siempre nos quedamos cortos.

Para entrar en la fe, hay que aceptar perder esas seguridades. San Juan de la cruz lo dice así: “en este camino, el entrar en este camino es dejar su camino” … y dejar su modo, es entrar en lo que no tiene modo, que es Dios” (2 Subida 4, 5).

Aquí está el punto difícil. Vivir de la fe es renunciar al modo propio. Y eso, naturalmente, parece una locura.

El que vive de la fe empieza a obrar de un modo que no se entiende desde fuera —y muchas veces tampoco desde dentro. Aprende a discernir según criterios sobrenaturales, a no dejarse llevar por lo inmediato, a conformarse con la voluntad de Dios incluso cuando no la comprende. Por eso es tan importante el discernimiento de espíritus: porque nos educa en este modo nuevo de conocer y de actuar.

Ahora bien, todo esto —que puede parecer abstracto— se ilumina de un modo muy concreto si por ejemplo lo miramos en estos días de Pascua.

¿Cómo actúa Cristo Resucitado? San Ignacio dice que tiene un oficio: el de consolar. Pero hay que entender bien qué significa eso. Porque Cristo no consuela como nosotros imaginamos. No se aparece a Pilatos para demostrarle que tenía razón. No busca desquitarse. No hace ostentación. Se aparece a los suyos. Y cuando los encuentra, no siempre los acaricia. A veces los corrige.

En el Evangelio, dice San Marcos, que les reprochó su incredulidad. Y en Emaús, todavía es más claro: “¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer!”. Extraña manera de consolar. Y, sin embargo, ahí está el secreto. El consuelo de Cristo no es sensible. No consiste en quitarnos la cruz, ni en evitarnos el sufrimiento. Su consuelo es espiritual: hacernos crecer en la fe, en la esperanza y en la caridad. No cambia las circunstancias. Cambia el modo de vivirlas.

A los de Emaús no les quitó la cruz. Les abrió la inteligencia para entenderla. Les enseñó a ver en la cruz el camino hacia la gloria. “¿No era necesario que el Mesías padeciera…?” Ese es el consuelo.

Y ahí se ve con claridad: vivir de la fe no es dejar de sufrir, sino aprender a sufrir. No es que desaparezcan las tormentas, sino que uno empieza a sostenerse en medio de ellas.

Por eso tantas desilusiones —también en la vida cristiana, también en la vida sacerdotal— nacen de falsas expectativas: de haber imaginado una vida sin cruz, una fe sin noche, un seguimiento sin despojo. Y esto se vuelve especialmente concreto en momentos como los que nos toca vivir: cuando falta claridad, cuando la comunicación es escasa, cuando circulan rumores que inquietan —incluso sobre nuestro propio Instituto o sobre la Iglesia—. Entonces aparece la tentación de dejarnos llevar por lo que se dice, por lo que parece, por lo que sentimos. Pero es precisamente ahí donde la fe es probada: en permanecer firmes sin ver claro, en no ceder a juicios apresurados, en seguir confiando cuando todo invita a lo contrario. La fe verdadera nos introduce en una noche. Pero es una noche que conduce a la unión. Una noche segura, “más cierto que la luz de medio día”. Una noche habitada por Dios. Y el alma que aprende a caminar en ella —aunque sea a tientas— empieza a entrar en ese orden nuevo donde ya no manda lo visible, sino lo eterno.

Y así se entiende, al final, que vivir de la fe no es simplemente añadir algo a la vida, sino entrar en un camino que desarma nuestros modos. Ahí se acaba el apoyarse en lo que uno maneja. Ahí se termina el querer entenderlo todo. Ahí el alma aprende —no sin lucha— a no asirse a nada. Es un paso exigente. Pero es el único verdadero.

Porque mientras conservamos nuestros modos —y, en el fondo, seguimos queriendo medir a Dios a la medida de nuestra capacidad (cf. Carta n. 3)— todavía no hemos llegado; más aún, ni siquiera hemos comenzado de veras a entrar en el camino. En cambio, cuando empezamos a soltarlos —aunque sea torpemente, a tientas— comenzamos a entrar en ese ámbito donde Dios puede ser Dios en el alma; en esa oscuridad donde Él mismo la ampara y la guía (cf. Carta n. 20).

Esa es la fe vivida. Oscura, sí. Pero segura. Y esa es, en definitiva, la Pascua del alma: pasar de nuestros modos… al modo de Dios.

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