1 Macabeos 1 Biblia Straubinger Capítulo 1 de 16

1 Macabeos 1

Libros históricos · Antiguo Testamento

Este domingo: Mt 22, 1-14 Índice de libros

Introducción de la edición

Los dos Libros de los Macabeos son los últimos del Antiguo Testamento, cronológicamente posteriores a los de Esdras y Nehemías, que señalan el retorno de Babilonia. Han recibido su nombre del tercer hijo del sacerdote Matatías: Judas, a quien por su valentía fue dado el sobrenombre de «Makkébet» (martillo). Ese apodo pasó a los hermanos de Judas y a toda su familia que antiguamente se llamaba de los Hasmoneos, por Hasmonai, bisabuelo de Matatías.

La canonicidad de los dos libros es atestiguada por muchos Padres, como Clemente Alejandrino, Orígenes, San Cipriano, San Hilario, San Ambrosio, San Agustín, San Juan Crisóstomo, y por los Concilios de Hipona (393) y Cartago (391). San Jerónimo, sin embargo, no los tradujo al latín, «acaso porque dudaba de su autenticidad» (Bardenhewer). El Concilio de Trento terminó con las dudas sobre su carácter canónico, incorporándolos ambos definitivamente al canon de las Escrituras sagradas.

El primer Libro empieza describiendo la situación política y religiosa de Palestina a raíz de la persecución de Antíoco IV Epífanes (175-164); relata después la resistencia de Matatías, de estirpe sacerdotal, su celo por la Ley, y su muerte (caps. 1-2). Matatías es la encarnación del sentimiento religioso y patriótico, el cual supo infundir a sus hijos y a un pequeño núcleo de su pueblo, que no rehusaba ningún sacrificio para obtener la victoria. A estos dos primeros capítulos se agrega la historia de los hijos de Matatías, sus batallas, victorias y proezas: Judas Macabeo (3,1-9, 22), Jonatás (9, 23-12, 53) y Simón (caps. 13-16).

El segundo Libro trae primero dos cartas de los judíos de Palestina a los de Egipto, que tratan de la fiesta de la Dedicación del Templo. En el Prólogo, subsiguiente a esas cartas, el autor da noticias acerca de la composición del libro, el cual se presenta como compendio de los cinco libros de Jasón de-Cirene (caps. 1-2). La primera parte trae el castigo de Heliodoro, la historia de los sumos sacerdotes Onías, Jasón y Menelao, el martirio de Eleázaro y de la madre de los llamados Macabeos con sus siete hijos (caps. 3-1). El resto del libro está dedicado exclusivamente a Judas Macabeo, cuya historia se narra hasta la victoria sobre Nicanor (caps. 8-15).

En cuanto a la composición se cree que el primer libro fue escrito por un autor palestinense en idioma hebreo, alrededor del año 100 a. C. y traducido poco después al griego. San Jerónimo vio todavía el texto hebreo. El segundo libro, empero, se escribió en griego como fácilmente se prueba por el estilo. Su composición es anterior a la del primero, y ha de fijarse poco después del año 160 a. C. Por eso no alcanza a referir las hazañas de Jonatás ni las de Simón que se narran en el primer libro.

El fin y objeto de los dos libros no es solamente dar una exposición histórica de las guerras contra los más poderosos opresores de Israel, sino también, y más aún, poner de relieve las tremendas pruebas que sufrió el pueblo escogido por querer imitar a los paganos, y destacar el auxilio de la divina Providencia en aquella lucha de vida o muerte, que humanamente hablando, habría debido tener por consecuencia la aniquilación del pequeño pueblo judío. Si esto no sucedió, si el curso de la historia tomó un rumbo contrario a toda expectación humana, estamos autorizados y obligados a atribuirlo a la intervención del Altísimo, que una vez más se mostró benigno para con su pueblo, del cual poco después había de nacer el Mesías.

El segundo libro acentúa más él carácter edificante y confortante de los acontecimientos históricos, exhortando a la celebración de las fiestas, a la reverencia al Templo, a la constancia en la persecución, a la fe en la resurrección y a la esperanza en la eterna recompensa.

En la cronología siguen los dos libros la era de los Seléucidas, cuyo comienzo es el mes de Tischri del año 312 a. C.

Faltando el texto hebreo seguimos, con leves cambios, la versión publicada en nuestra edición de la Vulgata.

Texto de 1 Macabeos 1

Prólogo

1 Sucedió que después que Alejandro, hijo de Filipo, rey de Macedonia, y el primero que reinó en Grecia, salió del país de Cetim y derrotó a Darío, rey de los persas y de los medos;* 2 ganó muchas batallas, y se apoderó en todas partes de las ciudades fuertes, y mató a los reyes de la tierra, 3 y penetró hasta los últimos términos del mundo, y se enriqueció con los despojos de muchas naciones; y enmudeció la tierra delante de él. 4 Juntó poder y un ejército muy fuerte; y después se engrió e hinchó de soberbia su corazón; 5 y se apoderó de las provincias, de las naciones y de sus reyes, los cuales se le hicieron tributarios. 6 Después de esto cayó enfermo, y conoció que iba a morirse. 7 Entonces llamó a los nobles de su corte que se habían criado con él desde la tierna edad; y antes de morir dividió entre ellos su reino. 8 Reinó Alejandro doce años, y murió.*

9 En seguida aquellos se hicieron reyes, cada uno en su respectiva provincia. 10 Y así que él murió, se coronaron todos, y después de ellos sus hijos, por espacio de muchos años; y se multiplicaron los males sobre la tierra.

I. Levantamiento de Matatías

Antíoco Epífanes sube al poder

11 Y de entre ellos salió aquella raíz perversa, Antíoco Epífanes, hijo del rey Antíoco, que después de haber estado en Roma como rehén, empezó a reinar el año ciento treinta y siete del imperio de los griegos.* 12 En aquel tiempo se dejaron ver unos inicuos israelitas, que persuadieron a otros muchos, diciéndoles: Vamos, y hagamos alianza con las naciones circunvecinas, porque después que nos separamos de ellas, hemos experimentado muchos desastres.* 13 Les pareció bien este consejo. 14 Y algunos del pueblo se decidieron, y fueron a estar con el rey, el cual les dio facultad de vivir según las costumbres de los gentiles. 15 En seguida construyeron en Jerusalén un gimnasio, según el estilo de los gentiles;* 16 abolieron el uso de la circuncisión, y abandonaron el Testamento, y se coligaron con las naciones y se vendieron como esclavos a la maldad.

Antíoco saquea a Jerusalén

17 Establecido Antíoco en su reino, concibió el designio de hacerse también rey de Egipto, a fin de dominar en ambos reinos. 18 Así entró en Egipto con un poderoso ejército, con carros de guerra, y elefantes, y caballería, y un gran número de naves. 19 Y haciendo la guerra a Ptolomeo, rey de Egipto, temió este su encuentro, y echó a huir, y fueron muchos los muertos y heridos.* 20 Entonces se apoderó de las ciudades fuertes de Egipto, y saqueó el país de Egipto.

21 Después de haber asolado a Egipto, volvió Antíoco el año ciento cuarenta y tres, y se dirigió contra Israel. 22 Y habiendo llegado a Jerusalén con un poderoso ejército, 23 entró lleno de soberbia en el Santuario, y tomó el altar de oro, y el candelero con todas sus lámparas, y todos sus vasos, y la mesa de la proposición, y las palanganas, y las copas, y los incensarios de oro, y el velo, y las coronas, y los adornos de oro que había en la fachada del Templo, y todo lo hizo pedazos.* 24 Tomó asimismo la plata y el oro, y los vasos preciosos, y los tesoros escondidos que encontró. Y después de haberlo saqueado todo, se volvió a su tierra;* 25 habiendo hecho grande mortandad en las personas, y mostrado en sus palabras mucha soberbia.

26 Fue grande el llanto que hubo en Israel y en todo el país.* 27 Gemían los príncipes y los ancianos; quedaban sin aliento las doncellas y los jóvenes; y desapareció la hermosura en las mujeres. 28 Se entregaron al llanto todos los esposos, y sentadas sobre el tálamo nupcial se deshacían en lágrimas las esposas. 29 Y se estremeció la tierra, como compadecida de sus habitantes; y toda la casa de Jacob quedó cubierta de oprobio.

Nuevo estrago en Jerusalén

30 Cumplidos que fueron dos años, envió el rey por las ciudades de Judá al superintendente de tributos, el cual llegó a Jerusalén con grande acompañamiento. 31 Y habló a la gente con una fingida dulzura, y le creyeron.* 32 Pero de repente se arrojó sobre los ciudadanos, e hizo en ellas una gran carnicería, quitando la vida a muchísima gente del pueblo de Israel. 33 Y saqueó la ciudad, y la entregó a las llamas, y derribó sus casas y los muros que la cercaban. 34 Y se llevaron cautivas las mujeres, y se apoderaron de sus hijos y de sus ganados.

Jerusalén, ciudad desolada

35 Fortificaron la ciudad de David, con una grande y firme muralla, y con fuertes torres, e hicieron de ella una fortaleza.* 36 La guarnecieron de gente malvada, de hombres perversos, los cuales se hicieron allí fuertes, y metieron en ella armas y vituallas, y también los despojos de Jerusalén, 37 teniéndolos allí como en custodia. Y vinieron a ser como un funesto lazo, 38 estando como en emboscada contra el lugar santo, y siendo como unos enemigos mortales de Israel; 39 pues derramaron la sangre inocente alrededor del Santuario, y profanaron el lugar santo. 40 Por causa de ellos huyeron los habitantes de Jerusalén, viniendo esta a quedar morada de extranjeros, y como extraña para sus naturales, los cuales la abandonaron.* 41 Su Santuario quedó desolado como un yermo, convertidos en días de llanto sus días festivos, en oprobio sus sábados, y reducidos a nada sus honores.* 42 En fin, la grandeza de su ignominia igualó a la de su gloria, y su alta elevación se convirtió en llantos.

Impío edicto de Antíoco

43 En esto el rey Antíoco expidió cartas por todo su reino, para que todos sus pueblos formasen uno solo, renunciando cada uno a su ley: particular.* 44 Todas las gentes se conformaron con este decreto del rey Antíoco, 45 y muchos del pueblo de Israel se sometieron a esta servidumbre, y sacrificaron a los ídolos, y violaron el sábado. 46 En efecto, el rey envió sus comisionados a Jerusalén, y por todas las ciudades de Judá, con cartas, para que abrazasen las leyes de las gentes de la tierra,* 47 y se prohibiese ofrecer en el Templo de Dios holocaustos, sacrificios, y oblaciones por los pecados, 48 y se impidiese la celebración del sábado y de las solemnidades. 49 Mandó además que se profanasen los santos lugares y el pueblo santo de Israel.* 50 Dispuso que se erigiesen altares y templos e ídolos, y que se sacrificasen carnes de cerdo y animales inmundos; 51 que dejasen sin circuncidar a sus hijos, y que manchasen sus almas con toda suerte de viandas impuras y de abominaciones, a fin de que olvidasen la Ley de Dios, y traspasasen todos sus mandamientos; 52 y que todos los que no obedeciesen las órdenes del rey Antíoco perdiesen la vida.* 53 A este tenor escribió a todo su reino, y nombró comisionados que obligasen al pueblo a hacer todo esto; 54 los cuales mandaron a las ciudades de Judá que sacrificasen. 55 Y muchos del pueblo se unieron con aquellos que habían abandonado la Ley del Señor, e hicieron mucho mal en el país; 56 y obligaron al pueblo de Israel a huir a parajes extraviados, y a guarecerse en sitios ocultos.

Profanación del templo y persecución de los que observaban la ley

57 El día quince del mes de Casleu del año ciento cuarenta y cinco, colocó el rey Antíoco sobre el altar de Dios el abominable ídolo de la desolación, y por todas partes se erigieron altares en todas las ciudades de Judá.* 58 Y quemaban inciensos y ofrecían sacrificios delante de las puertas de las casas y en las plazas. 59 Y despedazando los libros de la Ley de Dios, los arrojaban al fuego;* 60 y a todo hombre en cuyo poder hallaban los libros del Testamento del Señor, y a todos cuantos observaban la Ley del Señor, los despedazaban, en cumplimiento del edicto del rey. 61 Con esta violencia trataban, una vez por mes, al pueblo de Israel que habitaba en las ciudades. 62 Porque a los veinticinco días del mes, ofrecían ellos sacrificios sobre el altar, que estaba erigido enfrente del altar.

63 Las mujeres que circuncidaban a sus hijos eran despedazadas, conforme a lo mandado por el rey Antíoco; 64 y a los niños los colgaban por el cuello en todas las casas donde los hallaban, y despedazaban a los que los habían circuncidado. 65 En medio de esto muchos del pueblo de Israel resolvieron en su corazón no comer viandas impuras, y eligieron antes el morir que contaminarse con manjares inmundos;* 66 y no queriendo quebrantar la Ley santa de Dios, fueron despedazados. 67 Terrible fue sobremanera la ira contra el pueblo.*

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