2 Macabeos 15 Biblia Straubinger Capítulo 15 de 15

2 Macabeos 15

Libros históricos · Antiguo Testamento

Este domingo: Mt 22, 1-14 Índice de libros

Texto de 2 Macabeos 15

Nuevas blasfemias de Nicanor

1 Luego que Nicanor tuvo noticia que Judas estaba en tierra de Samaria, resolvió acometerle con todas sus fuerzas en un día de sábado.* 2 Y como los judíos que por necesidad le seguían, le dijesen: «No quieras hacer una acción tan feroz y bárbara como esa; mas honra la santidad de este día, y respeta a Aquel que ve todas las cosas»; 3 les preguntó aquel infeliz, si había en el cielo algún poderoso que hubiese mandado celebrar el sábado. 4 Y le contestaron ellos: «Sí, el Señor vivo y poderoso que hay en el cielo, es el que mandó guardar el día séptimo». 5 Pues yo, les replicó él, soy poderoso sobre la tierra, y mando que se tomen las armas, y que se ejecuten las órdenes del rey. Mas a pesar de eso, no pudo Nicanor efectuar sus designios; 6 siendo así que había ideado ya, en el delirio de su soberbia, erigir un trofeo de todas sus victorias sobre Judas.

Judas alienta el ánimo de los suyos

7 En medio de esto, el Macabeo, esperaba siempre con firme confianza que Dios le asistiría con su socorro; 8 y al mismo tiempo, exhortaba a los suyos a que no temiesen el encuentro de las naciones, sino que antes bien, trajesen a la memoria la asistencia que otras veces habían recibido del cielo, y que al presente esperasen que el Todopoderoso les concedería la victoria.* 9 Y dándoles igualmente instrucciones sacadas de la Ley y de los Profetas, y acordándoles los combates que antes habían sostenido, les infundió nuevo aliento. 10 Inflamados de esta manera sus ánimos; les ponía igualmente a la vista la perfidia de las naciones, y la violación de los juramentos. 11 Y armó a cada uno de ellos, no tanto con darle escudo y lanza, como con admirables discursos y exhortaciones, y con la narración de un sueño digno de fe, con lo cual llenó a todos de alegría.

Se le aparecen Onías y Jeremías

12 Esta fue la visión que tuvo: Se le representó que estaba viendo a Onías, sumo sacerdote, que había sido hombre lleno de bondad y de dulzura, de aspecto venerando, modesto en sus costumbres, y de gracia en sus discursos, y que desde niño se había ejercitado en la virtud; el cual, levantadas las manos, oraba por todo el pueblo judío,* 13 y que después se le había aparecido otro varón, respetable por su ancianidad, lleno de gloria, y rodeado por todos lados de magnificencia; 14 y que Onías, dirigiéndole la palabra, le había dicho: «Este es el amante de sus hermanos y del pueblo de Israel; este es Jeremías, profeta de Dios, que ruega incesantemente por el pueblo y por toda la Ciudad Santa»;* 15 y que luego Jeremías extendió su derecha y entregó a Judas una espada de oro, diciéndole: 16 «Toma esta santa espada, don de Dios, con la cual derribarás a los enemigos de mi pueblo de Israel.»

Antes del combate

17 Animados todos con estas palabras de Judas, las más eficaces para avivar el valor e infundir nuevo aliento en la juventud, resolvieron atacar y combatir vigorosamente a los enemigos, de modo que su esfuerzo decidiese la causa; pues así el Templo como la Ciudad Santa estaban en peligro. 18 Y a la verdad, menos cuidado pasaban por sus mujeres, por sus hijos, por sus hermanos y por sus parientes que por la santidad del Templo, que era lo que les causaba el mayor y principal temor. 19 Pero los que se hallaban dentro de la ciudad, estaban en grande sobresalto por la suerte de aquellos que iban a entrar en batalla.

Judas implora al Señor en fervorosa oración

20 Y cuando ya todos estaban aguardando la decisión del combate, estando ya a la vista los enemigos, el ejército formado en batalla, y los elefantes y caballería colocados en los lugares oportunos; 21 considerando el Macabeo la multitud de hombres que venían a dejarse caer sobre ellos; y el vario aparato de armas, y la ferocidad de los elefantes, levantó las manos al cielo, invocando al Señor que obra los prodigios; a Aquel que, no según la fuerza de los ejércitos, sino según su voluntad concede la victoria a los que la merecen. 22 Y le invocó de esta manera: «¡Oh Señor! Tú que en el reinado de Ezequías, rey de Judá, enviaste uno de tus Ángeles, y quitaste la vida a ciento ochenta y cinco mil hombres del ejército de Senaquerib,* 23 envía también ahora, oh dominador de los cielos, a tu Ángel bueno que vaya delante de nosotros, y haga conocer la fuerza de tu terrible y tremendo brazo; 24 a fin de que queden llenos de espanto los que, blasfemando, vienen contra tu santo pueblo.» Así terminó su oración.

La victoria

25 Entretanto, venía Nicanor marchando con su ejército al son de trompetas y de canciones. 26 Mas Judas y su gente, habiendo invocado a Dios por medio de sus oraciones, acometieron al enemigo; 27 y orando al Señor en lo interior de sus corazones, al mismo tiempo que, espada en mano, cargaban sobre sus enemigos, mataron no menos de treinta y cinco mil, sintiéndose sumamente llenos de gozo por la presencia de Dios.* 28 Concluído el combate, al tiempo que alegres se volvían ya, supieron que Nicanor con sus armas yacía tendido en el suelo. 29 Por lo que alzándose al instante una gritería y estrépito, bendecían al Señor Todopoderoso en su nativo idioma.

Castigo de Nicanor

30 Y Judas, que estaba siempre pronto a morir o dar su cuerpo y vida por sus conciudadanos, mandó que se cortase la cabeza y el brazo, junto con el hombro, a Nicanor, y que se los llevasen a Jerusalén. 31 Así que él llegó a esta ciudad, convocó cerca del altar a sus conciudadanos y a los sacerdotes, e hizo llamar también a los del alcázar, 32 y habiéndoles mostrado la cabeza de Nicanor, y aquella su execrable mano, que con tanto orgullo e insolencia había levantado contra la morada santa de Dios Todopoderoso, 33 mandó luego que la lengua de este impío fuese cortada en menudos trozos, y arrojada después para pasto de las aves; y que se colgara enfrente del Templo la mano de aquel insensato.

34 Con esto bendijeron todos al Señor del cielo, diciendo: Bendito sea el que ha conservado exento de la profanación su Templo. 35 Asimismo hizo colgar la cabeza de Nicanor en lo más alto del alcázar, para que fuese una señal visible y patente de la asistencia de Dios. 36 Finalmente, todos unánimes resolvieron que de ningún modo se debía pasar este día sin hacer en él una fiesta particular; 37 y se dispuso que se celebrase esta solemnidad el día trece del mes llamado en lengua siriaca Adar, día anterior al día de Mardoqueo.*

Conclusión

38 Ejecutadas estas cosas en orden a Nicanor, y hechos dueños los hebreos desde entonces de la ciudad, acabaré yo también con esto mi narración. 39 Si ella ha salido bien, y cual conviene a una historia, es ciertamente lo que yo deseaba; pero si, por el contrario, es menos digna del asunto que lo que debiera, se me debe disimular la falta. 40 Pues, así como es cosa dañosa el beber siempre vino, o siempre agua, al paso que es grato el usar ora de uno, ora de otro, así también un discurso gustaría poco a los lectores, si el estilo fuese siempre limado. Y con esto doy fin.

Elegir libro y capítulo

Pentateuco

Libros históricos

Libros sapienciales

Libros proféticos

Evangelios

Hechos de los Apóstoles

Cartas y Apocalipsis

Librería Dictio

Anda. Velez Sarsfield 30 local 6
– pasaje Santo Domingo  –
Córdoba Centro
 tel 0351-4240578
de 10:30 a 18:00

Envíos a todo el país
[email protected]

Especifícanos los libros por los que estás interesado y nos pondremos en contacto lo antes posible.

Librería Gladius

Bartolomé Mitre 1721,
Buenos Aires, Argentina.
[email protected]

Envíos a todo el país