Joel 1 Biblia Straubinger Capítulo 1 de 3

Joel 1

Libros proféticos · Antiguo Testamento

Este domingo: Mt 22, 1-14 Índice de libros

Introducción de la edición

De Joel, profeta de Judá e hijo de Fatuel, nada sabemos fuera de los tres capítulos de profecías que llevan su nombre. El tiempo de su actividad ha de ser calculado después de separarse de la casa de David las diez tribus, pero antes del destierro. El hecho de que solamente se mencionen los sacerdotes, y no los reyes, hace conjeturar que Joel haya escrito en tiempos del rey Jais de Judá (836-791) cuando el sumo sacerdote Joiadá en nombre del rey niño manejaba las riendas del gobierno (IV Reyes 11). Una minoría de exégetas ubican a Joel en el período después del destierro, fundándose especialmente en 3, 6 donde se mencionan los griegos (cf. Nácar-Colunga). Su anuncio, como dice este mismo autor, es escatológico, cosa que no debe olvidarse al interpretarlo.

En el primer discurso profético describe Joel una plaga terrible de langostas, fenómeno conocido en Judea, como figura del oprobio de Israel por parte de las naciones. Ello da ocasión al profeta, en el segundo discurso (2, 18-3, 21), para exhortar a Israel a la contrición y anunciar el «día del Señor» y el juicio de las naciones o castigo de los enemigos del pueblo santo, y el reino mesiánico, siendo especialmente de notar la aplicación que San Pedro hizo de esta profecía (Hechos 2, 28-31) el día de Pentecostés, a los carismas traídos por el divino Espíritu.

Texto de Joel 1

La plaga de langostas

1 Palabra de Yahvé que llegó a Joel, hijo de Fatuel:*

2 Oídlo, oh ancianos,
y prestad oídos, habitantes todos del país.
¿Ha sucedido cosa semejante en vuestros días,
o en los días de vuestros padres?

3 Contádselo a vuestros hijos,
y vuestros hijos a los hijos suyos,
y los hijos de estos a la otra generación.

4 Lo que dejó la (langosta) gazam,
lo devoró la arbeh,
y lo que dejó la arbeh, lo devoró la yélek,
y lo que dejó la yélek, lo devoró la chasil.*

5 Despertad, oh ebrios, y llorad;
y aullad, todos los bebedores de vino,
porque se ha quitado de vuestra boca el mosto.*

6 Pues ha subido contra mi tierra
un pueblo fuerte e innumerable;
sus dientes son dientes de león,
y sus mandíbulas, mandíbulas de leona.

7 Ha convertido mi viña en un desierto,
y destrozado mis higueras;
las descortezó completamente,
y las dejó derribadas;
sus ramas se han vuelto blancas.

8 ¡Laméntate, cual joven esposa,
que se ciñe de saco
por el esposo de su juventud!*

9 Falta la ofrenda y la libación
en la Casa de Yahvé;
los sacerdotes, ministros de Yahvé,
están de duelo.*

10 El campo asolado, la tierra en luto,
porque devastados están los trigales,
se secó el vino, falta el aceite.

11 Confundíos, labradores;
ululad, viñadores, por el trigo y la cebada,
porque la cosecha del campo ha sido destruida.

12 Las viñas agostadas, la higuera marchita;
el granado, la palmera y el manzano,
todos los árboles del campo se han secado;
no hay más alegría entre los hijos de los hombres.*

Exhortación a la penitencia

13 Ceñíos, sacerdotes, y plañid;
lanzad gritos, ministros del altar;
venid, pasad la noche en sacos,
oh ministros de mi Dios,
pues ha desaparecido de la Casa de vuestro Dios
la ofrenda y la libación.*

14 Promulgad un ayuno,
convocad una solemne asamblea;
congregad a los ancianos
y a todos los habitantes del país
en la Casa de Yahvé, vuestro Dios;
y clamad a Yahvé:

15 «¡Ay del día!»,
pues cercano está el día de Yahvé,
como ruina vendrá de parte del Todopoderoso.*

16 ¿Acaso no ha desaparecido
ante nuestros ojos el alimento,
lo mismo que el gozo y la alegría
de la Casa de nuestro Dios?

17 Se pudrieron los granos
debajo de sus terrones;
los graneros se hallan exhaustos,
vacías las trojes,
por haberse secado el trigo.

18 ¡Cómo gimen las bestias!
Andan errando los hatos de ganado
porque no tienen pasto,
y también los rebaños de ovejas están pereciendo.

19 A Ti, oh Yahvé, levanto mi clamor,
porque el fuego ha consumido
las dehesas del desierto,
y la llama ha abrasado
todos los árboles del campo.

20 Hasta los animales del campo
braman hacia Ti,
porque están secas las corrientes de agua
y el fuego ha devorado
los pastizales del desierto.

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