San Teófano Vénard y los misioneros de sus tiempo – Hna. María Gloria de la Creu

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Su espíritu martirial en los años de misión

El P. Vénard entró secretamente en el reino del Tonkín en junio de 1854, acompañado por el P. Legrand, un misionero veterano. Primero fue a la así llamada Casa de Dios en el pueblo cristiano de Vinh-Tri, centro del Vicariato Occidental a cargo de Mons. Retord. Aquí los misioneros franceses, gracias al impulso de todos los obispos, pero especialmente de Mons. Retord, tienen desplegado todo un apostolado de formación de catequistas, seminaristas menores y mayores nativos. Teófano queda admirado. Entre las muchas primeras impresiones que describe, leemos ésta acerca de la situación que viven los cristianos: «Aquí todas las habitaciones son del mismo estilo: al ser tan caluroso el clima, se curte uno enseguida; con que te pongas al reparo de las lluvias y de los rayos del sol, basta. Las capillas no son mucho más bellas: un techo de paja sostenido por vigas de madera que en las festividades se cubren de alguna tapicería, nada más; el altar lo forman algunas tablas mal ensambladas. Si los annamitas gozaran de paz, sin ser ricos podrían construir a gloria de Dios templos un poco más suntuosos. Mas, por ahora, no pueden levantar sino edificios de un día, fáciles de derrumbar al primer indicio de persecución».

Ya le tenemos en su tan deseada misión de Tonkín. ¿Qué aventuras le depara la Providencia? Lo primero que debemos señalar es que San Teófano pasó gran parte de sus seis años de misión enfermo, muy enfermo, varias veces al borde de la muerte. El calor húmedo1, sofocante, la humedad reconcentrada del país, sus lluvias torrenciales, los insectos, la alimentación tan diferente de la europea, el humo del tabaco que fumaban para adaptarse a aquella cultura, entre otros factores, eran causa de frecuentes enfermedades que debilitaban, postraban o segaban uno tras otro a los misioneros occidentales. Teófano fue siempre un hombre de salud débil. Había tenido que esperar en París para ser ordenado a causa de una fiebre paratifoidea. Ahora, asfixiado en el reino del Annam y pasando días y noches huyendo de los mandarines o bien a pie, escondido en huecos, casas y bosques, y hasta metido en el río, o bien en barco, sobre las aguas y sumido en la neblina, el pequeño misionero sufrirá lo indecible a causa de enfermedades pulmonares, llegando a sufrir contracciones nerviosas. Se le desarrollará un asma de la que no se curará, y, en más de una ocasión, será sometido sin anestesia a las técnicas de medicina natural china, las cuales, además de devolverle la salud, le curtirán para sufrir cualquier tortura. A propósito, escribe al P. Dallet: «El P. Théruel predica, confiesa y arde en deseos de trabajar: de salud, mejor que así, no puede estar. Pero yo…, no estoy de primera, mas, ¿qué importa? Ya conocéis el refrán:  Los más débiles viven más años, y yo con esto me consuelo. Hay que ser siempre valientes, ¡viva la alegría siempre! Me viene a la memoria una famosa máxima de Santa Teresa que sin duda conocéis, pero que igualmente quiero escribiros, solo para que la vuestra se refresque: “Nada te turbe. Nada te espante. Todo se pasa, Dios no se muda; la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta: solo Dios basta”». 

Cuando, más adelante, la enfermedad lo lleve a un estado alarmante, Teófano escribirá a sus amigos del Seminario de París: «…me apago poco a poco como una vela. Mi vida cuelga de un hilo. ¡Viva la alegría a toda costa!» Nuestro Santo es obedientísimo a sus superiores y a los médicos, disciplinado en su vida que conjuga el régimen espiritual y las prescripciones médicas. Hace lo posible por curarse y ser útil en el apostolado, pero siempre resignado a la voluntad de Dios: «A la Divina Providencia le place, amigos míos, quitarme la salud que antes me había concedido en parte…». 

El P. Ven —así le llaman en la misión— pronto se une al P. Castex en su residencia de Hoang-Nguyen, donde los misioneros franceses atienden un colegio. El P. Castex se desvive por Teófano cada vez que cae gravemente enfermo, y, contando con la ayuda del solícito Mons. Retord, logra arrancarlo de las fauces de la muerte una y otra vez. En otra ocasión, viéndole Monseñor fuera de peligro, escribe de él: «Ahora, el P. Ven, sin ser grande y gordo como nosotros, está fresco como una rosa, feliz y contento como un ruiseñor. Puede ejercitar todo el ardor de su celo». 

Volvamos al mes de junio de 1854. Al llegar al poblado de Vinh-Tri, sede de la misión, puede finalmente conocer a Mons. Retord en persona. Abundan en sus cartas las palabras de admiración hacia este obispo de hierro, sobre todo por su gallardía apostólica, simpatía y buen humor. Pero Monseñor presenta la realidad de la misión en su más absoluta crudeza, y así refiere Teófano lo que él le contaría nada más llegar: «Ha visto caer a su lado a muchos misioneros, algunos caídos de espada; otros, víctimas del clima malsano; otros, derrotados por los sufrimientos de la vida apostólica. Mons. Retord ha vivido los peores tiempos; pero su alma enérgica, ayudada del socorro divino, le ha dado fuerza en todas las pruebas, de modo que él, incluso en las dificultades más graves, ha logrado llevar la misión de Tonkín occidental al desarrollo más florecido». Monseñor consiguió recuperar el cuerpo y la cabeza del P. Bonnard y ahora los expone en la iglesia de Vinh-Tri para que todos los cristianos y misioneros, lejos de horrorizarse por lo ocurrido, se alleguen, recen y den gracias a Dios por un nuevo mártir. «Ya os imagináis —prosigue Teófano—que mi primera visita fue a la tumba del P. Bonnard. La han puesto junto al altar de la iglesia del colegio». 

La Casa de Dios en Vinh-Tri goza desde hace algunos años de la protección del mandarín Hung, máxima autoridad de esta provincia de Nam-Dinh, por una deuda de gratitud con el P. Pablo Tinh, que le curó del peligro de quedar ciego. Sin embargo, como veremos en seguida, este amparo no durará mucho. Además, los edictos de Tu Duc contra los cristianos siguen vigentes en todas las provincias del reino. Cristianos annamitas y misioneros, todos sienten la tensión del peligro continuo. En este contexto Teófano emprende la ruda labor del estudio del annamita. Imaginemos cuántos cambios y dificultades abruman al recién llegado. Sin embargo, él tiene muy claros sus ideales: «trabajar mucho para llegar a ser un misionero perfecto, un sacerdote según el corazón de Dios». «Pero no me quiero asustar por las dificultades de la empresa y renunciar, porque confío en la misericordia y en la Providencia de Dios, en la protección de nuestra Señora y Reina, la Santa Virgen María; allí encontraré ayuda en mis impotencias». 

Pasados dos años, el P. Legrand, acompañante de Teófano en su ingreso clandestino en el país, es trasladado por orden de Mons. Retord a Macao. Lleva más de veinte años en Tonkín y sufre de neurastenia. Ahora su salud empeora a causa de lo que aquí llaman el “mal de persecución”. 

En febrero de 1855, cuando Vénard se encuentra todavía en la comunidad de Vinh-Tri, ocurre un hecho que hace dar un vuelco a todo el Vicariato. Tu Duc descubre la presencia de un poblado cristiano casi por entero, Vinh-Tri, con su obispo, sus misioneros franceses, sus Seminarios menor y mayor, una escuela, un nutrido grupo de catequistas y hasta sacerdotes autóctonos. El mandarín Hung, con tal de salvar su pellejo, de protector amistoso pasa a ser el peor de los enemigos. Entonces manda arrasar y destruir absolutamente todo el poblado, con cientos de soldados, cañones y elefantes. El P. Pablo Tinh y otros cristianos son arrestados y conducidos a Hué, donde, tras sufrir torturas, serán o decapitados o estrangulados. Los misioneros logran huir. Al día siguiente, regresan al poblado y contemplan las ruinas, los escombros. ¡Veinte años de labor, entrega y sacrificio extremo, perdidos en unos minutos! Pero no, nada se debe dar por perdido: «¡Viva la alegría, a pesar de todo!», dice el obispo enjugándose el rostro y levantándose para seguir adelante. Mons. Retord manda a San Teófano a Hoang-Nguyen, con el P. Castex, mientras que él se refugia en las montañas con el P. Charbonnier. Pero, al llegar Vénard a Hoang-Nguyen, encuentra al P. Castex muy enfermo, en estado crítico, y ya nada pueden hacer por él. Muere el 6 de junio acompañado de estos tres misioneros que deben vivir ahora escondidos, pues son el blanco del mandarín. 

Vénard permanece en Hoang-Nguyen junto con el P. Théruel. A pesar de los peligros, despliegan una admirable labor pastoral y no abandonan las cristiandades de su distrito: «El día de la Asunción, fui a visitar una cristiandad de más o menos 200 almas dispersas en medio de los paganos, muy cercana a la residencia del mandarín. Ningún europeo había estado nunca allí, por eso me he escondido lo máximo que he podido. Pero los niños a los que he administrado la confirmación me han mostrado en público, diciendo que había llegado un europeo pequeñito, de piel blanca y muy bonito […]. En esta situación, he puesto mi confianza en María y he trabajado día y noche durante una semana para plantar la viña del Señor. Mis buenos cristianos tenían mucho miedo, hacían la guardia ininterrumpidamente para observar las intenciones de los paganos, que, sabiendo de la presencia de un europeo, pedían con insistencia poderlo ver, algo que jamás les había sido permitido».

En algunas cartas que escribe por estos días a su hermana, el Santo nos descubre el martirio de su alma: «Estoy convencido, querida Mélanie, que en tu buen corazón soy considerado un gran santo, pero te engañas, porque, en realidad, no soy ni siquiera un pequeño santo. La enfermedad ha hecho pedazos mi pobre cuerpo, atontado mi mente, vuelto tibio mi corazón. […] Como arde el sol de los trópicos, así está mi corazón: frío y helado. Aquí no hay bellas iglesias ni ceremonias de gran pompa para despertar del sopor, para refrescar, con el rocío de alguna gota de piedad, la aridez de la fe». En otra carta dice: «Hoy construyes una iglesia, un colegio: dentro de algunos años lo tienes que destruir todo y huir. Compras a los paganos de tu pueblo, por una cierta suma de dinero, el derecho de quedar exentos de contribuir a las supersticiones: uno o dos años más tarde hay que volverlo a comprar, o doblegarse bajo la mano del más fuerte. A veces se tiene paz por algo de tiempo, pagando a los mandarines todos los años; viene otro mandarín que no ve las cosas del mismo modo o que pide demasiado: entonces tu edificio, construido con tantas penas, se derrumba. […] Sin duda, tenemos que esperar un milagro del poder divino, debemos pedirlo mucho más que la intervención de Francia; también es verdad que nuestra condición actual es dolorosa».

Año 1858. El mandarín Hung sigue buscando furiosamente a Mons. Retord y sus secuaces. La persecución parece difundirse desde la provincia de Nam-Dinh por todo el reino, llegando incluso al Vicariato Oriental encomendado a los Padres Dominicos. En las puertas de las ciudades principales son colocados centinelas que vigilan por si algún viandante se niega a pisar las cruces puestas allí para este fin. Los mandarines parecen competir para ver quién inventa el método de tortura y de ejecución más sádico. Mueren este año los dos obispos españoles Dominicos, Mons. Díaz Sanjurjo, decapitado, y Mons. Melchor García de San Pedro, despedazado vivo. La muerte de Sanjurjo provoca la reacción de España contra Tu Duc. Francia y España se alían para entrar en el Annam y acabar con la crueldad del rey contra los católicos.

La noche del 10 de junio, los soldados de Hung irrumpen en Hoang-Nguyen. Los Padres Théruel y Vénard consiguen esconderse, pero varios cristianos y sacerdotes annamitas son arrestados y cruelmente torturados; luego, varios mueren y otros son exiliados. Iglesia, colegio y casas de la misión, todo termina en llamas. En una carta a su hermano Eusèbe, el P. Vénard describe cómo se las arreglan para permanecer cerca de los fieles: «…nuestros cristianos montan la guardia en derredor para advertirnos cuando se acerca el peligro, y nuestra gran táctica es estar escondidos en algún rincón de la casa como en una prisión celular, observando un silencio de trapense, sin osar toser, escupir, estornudar demasiado fuerte. ¡Feliz quien puede tener, en esta soledad, un pequeño resquicio por el que pase un rayo de luz que ilumine las páginas del breviario o de cualquier otro libro amigo! En tal aislamiento es bueno tener paciencia y abandonar la propia vida a la disposición de la Providencia».

Más tarde, Vénard y Théruel se unen a Mons. Retord y a otros misioneros; y todos juntos pasan unas semanas vagando por los montes, huyendo no solo de los soldados sino también de los tigres y de las serpientes. Van descalzos, están desnutridos y no tienen lo necesario para celebrar una sola Misa. Luego deciden separarse. 

Vénard se refugia en el convento de las hermanas Amantes de la Cruz, en el pueblo de But-Dong. Llegan noticias de la intervención de Francia y España. Todos están a la expectativa, hay esperanzas. Pero, nos cuenta el santo, «La persecución no ha disminuido. Es más, el furor del rey y de los mandarines contra los misioneros y los cristianos, que acusan de haber llamado a Francia en su auxilio, crece cada vez más. […] Me han contado ahora el martirio de cuatro sacerdotes, de un cristiano rico y de un joven alumno de nuestro colegio. Este valiente muchacho, habiendo tenido la desgracia de apostatar, ha ido arrepentido a ponerse en manos del gobernador de Nam-Dinh, quien, irritado, lo ha hecho pisotear por los elefantes». Muere también, el 22 de octubre, Mons. Retord, consumido por la fiebre en el seno de las montañas, asistido por el P. Mathevon. Ahora queda de vicario Mons. Jeantet, que nombra provicario al P. Théruel.

En 1860, la expedición francesa da marcha atrás ante la resistencia de Tu Duc: Francia ha fracasado en su intento de liberar a los misioneros, que siguen escondidos. El odio de los perseguidores estalla sin que nada ni nada le ponga freno. Los mandarines que hasta ahora se han dejado sobornar son reemplazados por otros más fieles al rey. Apostata un gran número de cristianos, incluso muchos se pasan al lado enemigo y se convierten en espías o perseguidores de la peor clase. No hay pueblo sin un puesto de guardia y una cruz en la puerta, escenario de delación de tantos cristianos. San Teófano permanece firme en su propósito de seguir a Jesucristo, sin desanimarse bajo el peso de tantas penurias: «En cuanto a mí, confío en Dios que llevaré a cabo mi cometido, que conservaré intacto el depósito de la fe, de la esperanza y del amor, y que se me concederá participar con mis amigos en la corona de la justicia».

Oculto en el convento de But-Dong, Teófano ejerce su ministerio entre las monjas como capellán, de tal manera que nos recuerda a San Juan de la Cruz en el Carmelo de la Encarnación de Ávila. Aprovechando este retiro casi monacal, nuestro santo traduce aquí los Santos Evangelios al annamita. Toma disciplinas con un flagelo terrorífico que él mismo ha fabricado: cada cordel termina con un pedacito de bambú del tamaño de un dedo, relleno de plomo y lleno de pinchos afilados. A veces, el fervoroso P. Ven se pone a cantar a pleno pulmón, olvidando que el pueblo es un hervidero de espías. La Madre Superiora corre a pedir a las hermanas que hagan rodar el molino para que el ruido cubra su hermosa voz. Un día se atreve a pedirle que no se exponga de ese modo al peligro, y la respuesta del santo es tajante: «¡Pequeñas hijas miedosas y preocupadas solo de las cosas de este bajo mundo! […] no os lo escondo, mi voto más ardiente es el de dar también yo mi vida por la salvación del pueblo de But-Dong». «¡Ah, quiera el cielo concederme el derramar mi sangre por Dios!». La hermana Ana Hinh contará más adelante dos significativas anécdotas: «Habíamos notado que, mientras recitaba sus oraciones, el Padre Ven levantaba de vez en cuando la cabeza. Le preguntamos por qué lo hacía. “Me estoy ejercitando, respondió: En el momento del suplicio, ¡tendré que levantar la cabeza así!” Finalmente, en el último coloquio que tuvo con nosotras en But-Dong, nos dejó como adiós estas palabras: “Me voy de aquí íntimamente convencido de que tengo, donde, no lo sé, que derramar mi sangre por la fe”».

Aunque no por culpa del santo cantor, los soldados terminan cayendo en este poblado y revisando todo. No encuentran lo que buscaban. Sin embargo, las monjas son transferidas a otro convento y Mons. Jeantet y los PP. Théruel y Vénard huyen. Se esconden en la barraca de una pobre mendiga, para luego cambiar de refugio otra vez. Es el año 1861. Teófano recibe la gracia de conocer que será su último año de vida. Entonces pide a Dios recibir la gracia de derramar su sangre por Cristo y ofrecerse así como víctima por esta Iglesia perseguida de su amadísimo Tonkín. Está convencido de que haciendo esto, la Iglesia annamita verá una primavera de paz, progreso y expansión dentro de no muchos años. Théophane no realiza este ofrecimiento sin pedir permiso al Obispo. En estos momentos de angustia inigualable, ahora que su vida nunca ha sido tan penosa, Théophane Vénard se siente completamente feliz. Mons. Jeantet le niega inicialmente el permiso solicitado, pero poco después lo reconsidera y concede al P. Ven aquello que Jesús le ha pedido siempre. 

Prisión y decapitación de San Teófano Vénard

Un apóstata delata la presencia de misioneros en el pueblo de But-Dong y en seguida caen las tropas, que levantan paredes y desbaratan las casas sin lograr dar con ellos. El hueco en que se esconden los misioneros es asfixiante, oscuro, pestilente, hogar de todo tipo de insectos y alimañas. Teófano escribe lo descorazonador que resulta recibir noticias de asesinatos, torturas, apostasías en una situación así. Pero termina diciendo: «admito que se necesita una gracia especial, esa que se llama gracia habitual, para resistir a la tentación del desaliento y de la tristeza […] pero apenas tengo lo suficiente para decir Misa, así que me olvido del tema. […] Hace algunos días fui a una casa vecina a confesar a algunas personas y me quedé sorprendido de ver que iba tropezando como un borracho: había perdido la costumbre de caminar». 

Metido en el escondrijo de But-Dong, se va escondiendo más y más en su refugio favorito: el Corazón Inmaculado de María. Lee sin prisas la obra de san Luís María Grignion de Montfort, el Tratado de la verdadera devoción a la Santa Virgen y, con el permiso de Mons. Théruel, se consagra a Jesucristo por medio de María el domingo 15 de enero, fiesta del Santo Nombre de Jesús. A la fórmula de consagración añade con su sangre otras doce líneas, y con ella firma también Jean Théophane, siervo de María. Desde este momento añadirá a su firma las iniciales de Mariae servus (MS).

El P. Vénard sale de su escondrijo y recorre por algunos meses varias cristiandades. Los fieles, como ovejas sin pastor, han cedido a la apostasía, celebran las fiestas de los paganos y levantan altares a los ídolos. Teófano llega para demoler, exhortar severamente, reconducirlos a la fe que salva. Termina en la aldea de Dong-Bao. Sus medidas correctivas no han caído bien a todos. Los espías, quien sabe si habrán sido “cristianos”, terminan delatando al mandarín la presencia de un misionero europeo en la casa de la viuda Cam. 

Carta del 3 de diciembre a su familia: «El buen Dios en su misericordia ha permitido que cayera en las manos de los malvados. El día de San Andrea fui encerrado en una jaula cuadrada y transportado a la subprefectura […]. Mañana, 4 de diciembre, seré llevado a la prefectura; ignoro la suerte que me está reservada. Pero no temo nada, la gracia del Altísimo estará conmigo, María Inmaculada no dejará de proteger a su siervo prisionero. […] Los siervos del subprefecto tienen muchas atenciones conmigo y por eso no sufro mucho. Mucha gente viene a verme y me deja hablar libremente: yo aprovecho para hablar de la doctrina cristiana y muchos me confiesan que la religión del Señor del cielo es conforme a la razón y que, si el rey no la prohibiese, la aceptarían de buen grado. Aquí estoy, en la arena de los confesores de la fe. También es verdad que el Señor elige a los pequeños para confundir a los grandes de esta tierra. […] No me apoyo en mis fuerzas, sino en la fuerza de Aquel que ha vencido las potencias del infierno y del mundo en la cruz. Me acuerdo de todos […]. Si obtendré la gracia del martirio, me acordaré especialmente de vosotros.

El 5 de diciembre hacia mediodía entran en Hanoi. «¿Me imagináis sentado tranquilamente en mi jaula de madera, en medio de una muchedumbre inmensa que se agolpa a mi paso? Escucho lo que dicen a mi alrededor: “¡Qué gracioso este europeo! … Está sereno y contento como si fuese a una fiesta!… ¡No parece tener miedo! Este no tiene ninguna culpa. ¡Ha venido a Annam para hacer el bien, pero lo condenarán a muerte!”». Al comparecer ante el Prefecto Criminal, que va a interrogarle, nuestro santo se abandona en Dios: «Pedí al Espíritu Santo que nos fortaleciera a mi catequista y a mí y que hablara a través de nuestra boca, según la promesa del Salvador. Invoqué a la Reina de los mártires y le supliqué que asistiese a su pequeño servidor».

El contenido del interrogatorio ha llegado hasta nosotros: el mismo Teófano lo transmitió a su familia en las últimas cartas redactadas en prisión. «Gran mandarín—le decía al prefecto—, vos me preguntáis dos cosas: a la primera respondo que he sido enviado por el Rey del cielo a predicar la verdadera religión a aquellos que no la conocen, a cualquier lugar, en cualquier reino. Nosotros respetamos mucho la autoridad de los reyes de la tierra, pero respetamos más todavía la autoridad del Rey de los cielos. A la segunda cosa respondo que no he incitado en modo alguno a los europeos a mover la guerra contra el reino annamita». El mandarín Hoang-Thu le pregunta si no teme la muerte. Inicia una intensa conversación: 

―Gran mandarín, no temo la muerte. He venido aquí para predicar la verdadera religión; no soy culpable de ningún delito que merezca la muerte, pero si Annam me mata, derramaré con alegría mi sangre por Annam. 

―¿No tenéis ningún odio contra los que os han arrestado?

―Ninguno. La religión cristiana nos enseña a amar a quienes nos odian. 

Le obligan a pisar la cruz. En una carta escribe lo que pensó en aquel momento: «¡He predicado la religión de la cruz hasta hoy! ¿Cómo quieren que abjure? ¡No tengo tanta estima de la vida de este mundo como para querer conservarla a precio de apostasía!» 

Finalmente cae la sentencia de muerte sobre él. Pero debe esperar la orden del emperador Tu Duc. Y la orden de ejecución tarda dos meses en llegar. Realiza un espléndido apostolado con todas las personas que le rodean, entre sonrisas y complicidades, entre insultos y escarmientos, entre horas solitarias y momentos de agolpamiento de annamitas entorno a su jaula. Viene a saber del martirio del P. Néron tras un encarcelamiento de nueve meses. ya podemos suponer que esto no amilanó, sino más bien hizo crecer sus ansias de martirio. Un soldado lo testifica de modo muy bello: «…durante todo el tiempo de su encarcelamiento, el venerable padre Ven suspiró ardientemente el martirio; por eso deseaba que su suerte se decidiera lo antes posible, para gozar sin más demora de la visión de su Dios». A medida que pasan los días, los visitantes lo interrumpen menos y él se recoge más y más, agarrado a su rosario. Escribe a Mons.Theruel que su corazón «está en paz como un lago tranquilo». Reza el Oficio Divino en las horas establecidas y no corta con sus buenos hábitos disciplinares. El soldado Domingo atestará que varias veces lo han visto en actitud de adoración: y es que el sacerdote hace, a distancia, su visita al Santísimo Sacramento. Por la tarde, cuando lo dejan pasear, reza el rosario. En todo momento se mantiene sosegado, «sin sombra de ansiedad o de temor en el rostro», dicen los testigos. ¡Hasta camina sin hacer ruido con sus cadenas! La acción de gracias por el regalo del martirio es abundantísima en sus horas de oración. Canta sin miedo el Himno de la partida de los misioneros y el Himno del misionero que llega a Tonkín, compuesto por él mismo, pero sobre todo antífonas, himnos y cánticos litúrgicos El P. Vénard se siente exultante porque ha recibido la Comunión y la absolución sacramental de modo oculto.

Pocos días antes de ser decapitado, escribe sus últimas cartas a su familia y a los compañeros de misión. (Teófano no sabe que su padre falleció hace dos años y que su hermana ahora es Sor María Teófano, monja concepcionista). «Ahora espero en paz el día en que se me concederá ofrecer a Dios el sacrificio de mi sangre. No lamento perder la vida en este mundo: mi corazón tiene sed de las aguas de la vida eterna. […] No hagáis duelo por mí, no lloréis. Vivid en paz lo años que el Señor os dará. Observad la religión: manteneos puros de todo pecado. […] El prisionero de Jesucristo manda a todos su saludo. Estoy seguro de que dentro de poco seré consumado»; «Hubiera sido feliz trabajando con vosotros, ¡he amado tanto la misión de Tonkín! En lugar de mi sudor le daré mi sangre. Tengo la espada suspendida sobre mi cabeza y no tengo miedo. El buen Dios sostiene mi debilidad: soy feliz. De vez en cuando honro con mis cantos el palacio del mandarín: ¡Oh, Madre amada, acógeme “pronto” en la Patria junto a ti!»; «Seguramente me cortarán la cabeza. Ignominia gloriosa cuya recompensa será el cielo. Ante esta noticia, querida hermana, tu llorarás, pero de felicidad. ¡Imagina a tu hermano con la aureola de los Mártires en la cabeza, con la palma de los triunfadores en la mano!»; «Cuando era un niño de nueve años iba a pastar mi cabra por las colinas de Bel-Air, devoraba con los ojos el librito en el que se narran la vida y la muerte del Venerable Charles Cornay, y me decía: Yo también quiero ir a Tonkín, yo también quiero ser mártir. ¡Oh, hilo admirable de la Providencia, que me has conducido a través del laberinto de la vida hasta Tonkín, hasta el martirio! Bendice y alaba conmigo, querido Eusèbe, al Dios bueno y misericordioso que ha cuidado tanto a su mísera criatura: “por compasión me atrajo a sí”. Querido Eusèbe, he amado y amo todavía al pueblo annamita con amor ardiente. Creo que, si Dios me hubiese dado largos años de vida, me hubiese consagrado enteramente, cuerpo y alma, a la edificación de la iglesia tonquinesa. […] Si nos da la vida, vivimos para él; si nos da la muerte, morimos para él. Hermano mío, Eusèbe, ¡adiós, hasta cuando vendrás a verme al cielo! Tu hermano que te quiere, JEAN THÉOPHANE VÉNARD, M.S.»

Finalmente, el 2 de febrero es conducido a las orillas del Río Rojo. Va cantando el Magníficat. Le dice uno de los guardias con quien ha trabado amistad que los sables de los verdugos no suelen estar bien afilados y que eso le preocupa. Pero a San Teófano no le preocupa en absoluto: «Dejadlo así, por favor. Cuanto más dure, mejor». Llegan al lugar de la ejecución y le colocan en el centro del círculo que forma la escolta. El verdugo intenta sobornarle, pidiéndole dinero a cambio de un suplicio abreviado. «Ni un céntimo. Haced vuestro trabajo. ¿Qué me importa?», responde el Santo. Y estas serán sus últimas palabras, aunque antes ha prodigado sonrisas y palabras de caridad a los cristianos que están allí acompañándole, y de exhortación a los demás annamitas. Cinco golpes de sable son el precio que paga el pequeño Teófano Vénard para poder estar en Tonkín y morir mártir. 

 

Detalle del cuadro del Santo. Capilla de los Mártires, Seminario ME en París.

Cuarta parte en la próxima publicación

 

NOTAS:

1. En este país, la temperatura durante el verano puede superar los 35o. La humedad es del 80%, si no más. Comparamos los registros climáticos aproximados de otras ciudades calurosas que tal vez hayamos visitado en verano: Barcelona – 30o, 70% de humedad; Madrid – 35o, 45% de humedad; Sevilla – 36o, 37% de humedad; Roma – 30o, 60% de humedad; Génova – 27o, 75% de humedad; París – 27o, 65% de humedad; Buenos Aires – 30o, 75% de humedad.

 

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