Muy amado hijo:
Cuando me pongo a considerar atentamente el estado actual de la república cristiana, y hallo en ella tanta miseria y desventura, tanta aflicción y trabajo, no puedo dejar de sentir un pesar tan entrañable que llego, junto con el Apóstol, a desear la muerte y a decir a Dios lo mismo que Elías: «Señor, basta ya de lo que he vivido, no soy mejor que mis antepasados». Porque verdaderamente mi pontificado ha llegado en un tiempo tan desventurado y triste que no sólo me pesa vivir, sino que aun me avergüenzo de ello.
A cualquier parte que vuelvo los ojos veo debilitada la cristiandad y las fuerzas de nuestra fe, y completamente mancillada y angustiada la hermosura de la Iglesia de Dios: hecha esclava está la que antes fue libre y señora de las gentes. Y sin recontar las pérdidas pasadas que ha sufrido este pueblo cristiano, vengamos a las de ahora. Apenas hube tomado sobre mí este cargo de servidumbre apostólica, cuando el Gran Turco, con un poderoso ejército de pie y de a caballo, entró por Hungría a sujetar lo poco que allí le faltaba para hacerla toda suya, y puso en tanto aprieto a Maximiliano, electo Emperador, y en tanto miedo a toda Alemania, que si Dios, por su infinita misericordia y por las oraciones de los fieles, no hubiera amansado la furia de esta guerra con la muerte de aquel tirano, no solamente habría asolado aquellas provincias, sino que aquí mismo en Italia habríamos corrido el mismo peligro y desventura.
Amansada, pues, esta tempestad, no diré ciertamente que vino la calma a la Iglesia de Dios; porque luego en la Baja Alemania[1], que es de vuestro señorío, se levantaron tantos errores y herejías que estuvieron a punto de salirse de vuestra obediencia. Me acongoja pensar, y cuánto más escribir, las maldades y abominaciones que allí se cometieron: unas iglesias quemadas, otras asoladas, echándolas por tierra profana, y las imágenes de los santos rasgadas y vituperadas. Deshacían altares, perseguían y mataban a los sacerdotes, derramando infinita sangre de justos, y dieron rienda suelta a todo género de torpeza y deshonestidad, poniendo los herejes todo su esfuerzo en apartar a los católicos de su verdadera religión.
Y así, a un mismo tiempo que esto pasaba en Flandes, ocurría lo mismo en Francia. ¿Qué alborotos y qué incendios dejaron de cometer en ella los rebeldes herejes? Su atrevimiento llegó a tanto que se pusieron a prender a su rey cristianísimo Carlos, nuestro amado hijo; y lo habrían hecho si una hora antes no hubiese sido avisado y logrado huir de sus manos. Saquearon las ciudades que no eran de su opinión; robaron las casas y la hacienda de los católicos; a todo aquel reino revolvieron con batallas, muertes y sangre. Y aunque esto se sosegó por algunos días, no dejaron por eso de volver a sus maldades y bellaquerías: hollando el Santo Evangelio, violando todo lo sagrado, los obispos vestidos de pontifical por traídos por las calles para su escarnio y afrenta; a unos los arrojaban a pozos, a otros los despeñaban y arrojaban sus vestidos y cuerpos a las fieras; y los demás ministros de Dios eran martirizados con dolorosos géneros de tormentos. Su rey se vio puesto en gran aprieto, y aunque milagrosamente se ha librado de sus traiciones, vive ahora rodeado de tantos enemigos, dentro y fuera de su casa, que verdaderamente parece que tienen su vida y su reino a disposición de ellos.
¿Qué diré de Inglaterra? ¡Cuán poco florece ya en fe y cristiandad, habiendo de gobernarse ahora por una deshonestísima mujer! La cual, con abominable tiranía, ha hecho de su reino un sumidero de inmundicias a donde se recoge ahora cuanta hediondez y asquerosidad de herejías hay en el mundo; y habiendo quitado el Santo Sacrificio de la Misa, encarcelado a los católicos prelados y apartado de su consejo a los varones nobles y honestos, se intitula cabeza de la Iglesia en sus Estados. ¡Oh abominación terrible! Esta misma malvada mujer –o por mejor decir, ponzoña y corrupción de la república– tiene en prisión a la reina de Escocia, nuestra querida hija en Jesucristo, privada de sus reinos y señoríos; y tras esto, con soberbios edictos y pragmáticas, fuerza a todos los fieles a que profesen su herejía y nieguen la verdadera religión católica, para que de ella no quede ningún rastro en todos sus reinos.
Y para que a semejantes calamidades sucedan por nuestros pecados otras iguales o mayores, el Turco, nuestro común y cruel enemigo, quebrantando las antiguas treguas que tenía con los venecianos, se apercibe ahora de poderosa armada, y por tierra de grandes ejércitos, para acometer a la cristiandad, amenazando a sus príncipes de ella con la muerte y la total destrucción de sus reinos y ciudades.
Pues yo, si estoy aquí tan solo para ver tanto mal y en tantas partes, si no pongo en ello algún remedio y no soy de algún provecho y ayuda, ¿a qué quiero vivir más? Porque esta Santa Sede no tiene de por sí fuerzas bastantes que resistan a un enemigo que, con nuestros propios descuidos, se ha hecho tan poderoso, si no es poniendo los príncipes cristianos juntos su último poder y esfuerzo por mar y por tierra. No hay que esperar a su furia: no puedo hacer otra diligencia sino la de mi oficio, que es atalayar desde este lugar alto donde Dios me ha puesto y avisar, como el Profeta manda, a los reyes y a los pueblos, que vienen enemigos, para que se guarden y no sea después a mi cargo ninguna de las almas que perecieren.
Con tiempo, pues, aviso a todos que viene una gran tempestad; y levantando mi voz hasta el cielo, pido ayuda y socorro a los príncipes cristianos, especialmente a Vuestra Majestad, para que, junto con ellos de conformidad, se defiendan, hagan guerra a este bárbaro, y sea con la presteza que la necesidad requiere. La cristiandad está ya tan desmayada y arrinconada que, si toda ella no se junta para remediar su peligro, imposible es dejar de perderse muy en breve; pues la experiencia nos muestra que el poderío de ningún Rey cristiano por sí solo es igual al del turco, pero el de todos juntos es más que suficiente para quebrantarlo y deshacerlo.
Necesario y forzoso es que todos, con una misma conformidad, voluntad y fuerzas, resistan al enemigo común. Esto es lo que a Vuestra Majestad ruego que haga; y pues en religión y poder resplandecéis entre todos los príncipes cristianos, la ayuda que en este negocio prestéis ha de ser también muy aventajada.
Mirad cómo los turcos se enseñorean de las tierras y provincias que mandan, y sobre todo la hambre y codicia con que pretenden sojuzgar a Europa. Para temer que puedan salir con esto, consideremos que en breve se hicieron señores de Asia y de lo mejor de África, y después de toda Grecia, y luego pasaron a Hungría y tienen de ella lo más importante, que es tenernos puesto el cuchillo a la garganta. Porque siendo aquella tierra la defensa y amparo de Alemania e Italia, ahora que es suya tiene abierta la puerta por Inste y Frexe para meter los ejércitos que quisiere; y por mar, en menos de una noche, puede llegar su armada a Bríndisi desde la Belona. Y yerra grandemente el que imagina que una gente belicosa, rica y tan rabiosa por señorear se contentará con lo que ahora posee. Por cierto, ninguna victoria alcanzarían que no piensen que es un escalón para subir a otra mayor, hasta acabar de enterrar el Evangelio y publicar en todo el mundo su malvada secta de Mahoma.
Así que, hijo mío y muy amado en Jesucristo, a quien Dios todopoderoso adornó de tan extremas virtudes y de tantos y tan abundantes reinos os hizo señor: sed vos el primero que persuada a los demás a esta liga contra los turcos. Ninguno de ellos habrá que no siga vuestro parecer y autoridad, ninguno de los reinos dejará de tomar este negocio y pelear por el propio y particular suyo. Yo también, de muy entera y alegre voluntad, ayudaré con lo que pudiere a tan justos movimientos, y asimismo mandaré que se haga oración pública por toda la Iglesia para que se duela Dios de nosotros.
Esperamos que, siendo fuente de misericordia, se apiadará de su pueblo y no permitirá que este caiga en manos de infieles: sin falta vendrá en nuestra ayuda y haremos maravillas en su nombre. Deshará a nuestros enemigos, porque no es abreviada su mano para hacernos merced; pues aunque ahora se ha alejado de nosotros por nuestros pecados, es tan piadoso que, en llamándole, se nos acercará.
Aplacarle hemos con humildad, pues con soberbia le ofendimos; y viéndonos con contrito corazón y que venimos esforzadamente a pelear por su nombre, terror y espanto pondrá a los enemigos, en tanto que se concluye esta general concordia y defensa común.
Y mientras se prepara lo necesario para ello, ruego a Vuestra Majestad por las entrañas de Jesucristo, y le requiero, que envíe luego la mayor armada que pudiere a Sicilia; porque estará allí a propósito para que, si los enemigos viniesen sobre Malta, puedan defenderla como lo hicieron otra vez. Y si cercaren a La Goleta, con más facilidad será socorrida; y cuando acometiesen, como se teme, a Chipre –isla de los venecianos– y cerrasen el paso para estorbar el socorro que se le enviase, estando las galeras de Vuestra Majestad juntas con las de Venecia, los turcos no se harán señores del mar, o se podría ofrecer la ocasión de pelear con ellos y alcanzar alguna victoria con la ayuda de Dios.
Esto lo pido a Vuestra Majestad con el mayor encarecimiento posible, porque entiendo claramente que, si la armada de Vuestra Majestad se trasladase a Sicilia, sería un freno terrible para los enemigos y un gran desánimo para cuanto emprendiesen. Así, los nuestros, en cualquiera parte que fuesen acometidos, tendrían por seguro el socorro. Como este asunto es de tanta importancia, vuelvo a rogarlo a Vuestra Majestad, y que ponga por delante el peligro común de la cristiandad, el de su propio Estado, la fe que en el bautismo profesasteis y los muchos beneficios con los que Dios os ha obligado a defender su Iglesia; no solamente por haberos creado y redimido con su sangre y haberos dado tantos reinos y señoríos, más aun también por la honra que su Santa Iglesia, Madre de los fieles, ha dado siempre a vuestros progenitores de gloriosa memoria, autorizándolos con el glorioso título y renombre de «Católicos».
Esta Santa Iglesia y Madre nuestra se está quejando, pues, y con lágrimas pide vuestra ayuda: si sus hijos no lo remedian, ¿de quién esperará favor? Yo, como pastor que tengo a cargo tantos rebaños de almas, estoy viendo sobre ello una noche harto oscura de herejías y muy temible por los continuos rebatos en que nos ponen estos lobos infieles. Ahora que oigo sus aullidos, aviso a todos de ello y con vivas lágrimas les notifico que se acerquen. Yo, por mi parte, para la conservación y guarda de mi ganado y para defenderles de estas fieras, muy aparejado estoy a tomar cualquier trabajo y ponerme a cualquier peligro.
Ni más ni menos amonesto a Vuestra Majestad a que lo esté, y por aquel Soberano Señor le encargo el enviar su armada a Sicilia y concluir la liga y unión con los demás, que es lo necesario para la guerra contra los turcos; muestre Vuestra Majestad a todo el mundo el celo que tiene por la honra y servicio de Dios. Y aunque yo sé que, aun sin este aviso y advertencia mía, Vuestra Majestad se resolverá a hacerlo, mas por cumplir con mi oficio y obligación, y con el cuidado que debo tener de verdadero Padre, he querido significarlo por carta. Y porque en ella no se puede decir todo tan cumplidamente como deseo, envío al maestro Torres, de nuestra cámara, persona a quien por su bondad y virtud tenemos particular afición; y siendo tan leal vasallo de Vuestra Majestad, ha venido más a propósito encargarle este negocio; y así, todo lo que de mi parte propusiere, rogamos a Vuestra Majestad que le dé el mismo crédito que a mí.
En Roma, a 5 de marzo de 1571.
* En «Historia del combate naval de Lepanto» de Don Cayetano Rosell, Madrid – Imprenta de la Real Academia de la Historia – 1853. En los «Apéndices», pp.163-167.
[1] Se refiere a los denominados Países Bajos. (Nota de «Decíamos ayer…»)


